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FERNANDO VALENZUELA: LA VERDAD SALIO A LA LUZ

 La tercera, los 33 años de silencio. Lo que Fernando nunca dijo en público, las verdades que se guardó hasta la tumba. Y la cuarta, la carta, las tres páginas que explican toda su vida, el perdón que escribió, pero nunca envió. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te  pierdes lo más importante. La respuesta.

 ¿Por qué un hombre que lo tuvo todo eligió perdonar en silencio a quienes lo  humillaron? Empecemos. Hechoquila 1960. Hechoquila, Sonora, México. Hecho Joaquila. 300 personas sin electricidad permanente, sin agua corriente. El agua llegaba en burro, las casas eran de adobe, los niños, en lugar de ir a la escuela, iban al campo.

 Ahí nació Fernando Valenzuela Anguamea, el menor de 12 hermanos, 12 hijos, una familia entera sostenida por Abelino, que cultivaba maíz y frijol en 3 haáreas de tierra seca. Su esposa María lavaba ropa para otros, cocinaba, cuidaba animales. En esa casa nunca sobraba nada, pero tampoco faltaba lo esencial. Había dignidad, había trabajo.

 Fernando tenía 6 años  cuando empezó a trabajar en los campos de tomate. 6 años. Cortaba tomates, los metía en cajas de madera, se quemaba la piel con el sol del desierto sonorense, que en verano supera los 45 gr. le pagaban 15 centavos por caja en un día bueno, un día donde el cuerpo aguantaba y los tomates estaban a la mano, Fernando llenaba cinco cajas, 75 centavos.

 Eso era lo que valía un día completo de trabajo de un niño de 6 años en Hechohquila en 1966. Pero había algo que Fernando amaba más que cualquier cosa en el mundo, el béisbol. Enchohuaquila no había diamante de béisbol, no había campos marcados, ni líneas blancas en el suelo, ni gradas donde sentarse a ver. Había un terreno valdío lleno de piedras donde los niños jugaban después del trabajo, cuando ya había oscurecido y el calor bajaba apenas lo suficiente para correr.

 Sin guantes de cuero,  sin bates de verdad, solo palos de madera que alguien había tallado y pelotas hechas con calcetines viejos enrollados apretado con cinta de tela. Con eso jugaban béisbol en hechohquila y Fernando era zurdo. En el béisbol los lanzadores zurdos son especiales. Pueden atacar a los bateadores desde ángulos que los  derechos no pueden.

 Tienen ventaja natural contra la mayoría de los bateadores en el home. Pero en hecho nadie sabía nada de eso. Nadie analizaba mecánicas ni estudiaba estadísticas. Solo veían a un niño gordo que lanzaba raro, que giraba el cuerpo de una forma extraña antes de soltar la pelota. “Mi hermano mayor me enseñó lo básico”, confesó Fernando años después.

 Me dijo que lanzara fuerte y que los bateadores se preocuparan por el resto. Eso fue toda mi academia. A los 14 años, Fernando ya jugaba en el equipo de Nabojoa, un pueblo más grande, a 40 km de Hechoaquila, por camino de Terracería. Su padre Abelino lo llevaba en la troca los domingos. Salían a las 5 de la madrugada, una hora de camino sacudido de polvo y  piedras para llegar a tiempo a los juegos.

Abelino nunca faltó, nunca. En los años que Fernando jugó en Nabojoa, su padre estuvo en todos los juegos que pudo. Se quedaba de pie junto al campo, callado, con los brazos cruzados, viendo a su hijo lanzar. No aplaudía, no gritaba,  solo miraba. Así era Abelino, un hombre del silencio.

 Un día llegó alguien diferente al campo de Nabojoa. Se llamaba Mike Brito, scout de los  Dodgers de Los Ángeles, buscando talento sin pulir en el norte de México. Ese día vio a Fernando lanzar. Vio la curva que quebraba en un ángulo imposible para un chico de 14 años. vio la recta que subía  en lugar de bajar, que engañaba a los bateadores que esperaban golpearla y se la encontraban medio metro más arriba de lo calculado. Y vio el Screwball.

 Un lanzamiento que los pitchers  profesionales tardaban años en aprender. Un lanzamiento que requería una mecánica especial,  una rotación del brazo hacia adentro que pocos cuerpos podían hacer de manera natural. Fernando lo hacía de manera instintiva. Brito esperó al final del juego.

 ¿Quién te enseñó ese Screwball? Le preguntó en español.  Fernando lo miró sin entender bien la pregunta. Nadie, solo me sale así. Esa misma noche, Mike Brito llamó a la oficina de los Dodgers en Los Ángeles. Encontré algo en Sonora. Un niño de 14 años.  No habla inglés, no tiene entrenamiento formal, pero lanza como los dioses.

 Vengan a verlo. Los Dodgers tardaron 2 años en firmar a Fernando. Lo siguieron, lo observaron, lo evaluaron.  En 1979, cuando Fernando tenía 19 años, le extendieron un contrato. Le pagaron $3,000.  $3,000. Para una familia que había vivido de 75 centavos al día,  $,000 era una fortuna incomprensible.

 Su madre María lloró cuando Fernando hizo sus maletas.  No eran lágrimas de alegría pura, eran lágrimas mezcladas de orgullo y de miedo. No sabía si iba a volver, dijo Fernando muchos años  después, en una de las pocas entrevistas largas que concedió. No sabía si podría. Pensé que si fracasaba en Estados Unidos, si esos $,000 que  habían invertido en mí no daban resultado, mi familia no me lo iba a poder perdonar.

 Ni  yo me lo iba a poder perdonar. Abelino no fue al aeropuerto. La noche anterior entró al cuarto donde Fernando empacaba, le puso la mano en el hombro y le dijo una sola cosa. Lanza fuerte. Eso fue todo. Eso fue suficiente. Los Ángeles sin hablar inglés. Fernando llegó a Los Ángeles sin hablar una sola palabra de inglés.

 19 años, 95 kg. Cara redonda, sonrisa tímida, piel morena quemada por el sol de Sonora. Parecía más un trabajador del campo que un atleta profesional. Los periodistas americanos que cubrían  los entrenamientos de los Dodgers lo miraban con una mezcla de curiosidad y condescendencia que Fernando no entendía, pero  que sentía.

“Este es el futuro de los Dodgers”, escribió un columnista con sarcasmo  en 1979. Un muchacho gordo de México que parece  que va a ponerse a vender tacos en vez de a lanzar una pelota. Fernando leía inglés, no entendía  lo que escribían de él, solo lanzaba. y lanzar era lo único que necesitaba para que el mundo entendiera quién era.

 1980, ligas menores. Fernando pasó la temporada completa ponchando  bateadores con una consistencia que los entrenadores no habían visto en mucho tiempo. 162  ponches en 174 innings. Los Dodgers lo subieron al equipo grande en septiembre. 10 innings, cero carreras permitidas. Entonces llegó 1981,  el año que lo cambió todo, el año que cambió Los Ángeles, el año que cambió lo que significaba ser mexicano en Estados Unidos.

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