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Familia latina desapareció cruzando el desierto en 1987 — 27 años después hallaron su mochila

 La inflación rebasaba el 100% anual. El peso se había devaluado drásticamente y millones de mexicanos miraban a Estados Unidos como la única esperanza de supervivencia para sus familias. En el pequeño pueblo de San Miguel de Orcaitas, Sonora, residía la familia Herrera. Roberto Herrera, de 34 años, había trabajado por 15 años como mecánico en un taller local.

 Su esposa Carmen, de 29 años, se dedicaba al hogar y esporádicamente vendía tamales para complementar los ingresos familiares. Tenían tres hijos. Miguel, de 12 años, estudiante de secundaria con magníficas calificaciones. Sofía de 8 años. Una niña extrovertida que soñaba con ser maestra. y el pequeño Diego de solo 4 años.

 San Miguel de Orcaitas es una comunidad agrícola situada aproximadamente a 180 km al sur de la frontera con Arizona, con una población de poco más de 8,000 habitantes en esa época. Era el tipo de sitio donde todos se conocían, donde las tradiciones familiares se pasaban de generación en generación y donde la palabra de una persona valía más que cualquier contrato escrito.

 Roberto había heredado el taller mecánico de su padre, pero la crisis económica había mermado drásticamente el trabajo. Los precios de las refacciones se habían hecho prohibitivos y muchos clientes simplemente no podían costear reparar sus vehículos. Carmen había aumentado la venta de tamales, levantándose a las 4 de la madrugada para prepararlos, pero los ingresos apenas daban para cubrir las necesidades básicas de la familia.

La decisión de emigrar no se tomó a la ligera. Roberto había hablado con otros hombres del pueblo que habían hecho el viaje con éxito. Su primo hermano, Jesús Herrera, había cruzado 2 años antes y ahora laboraba en una construcción en Fénix, mandando dinero regularmente a su familia.

 Las cartas de Jesús describían abundantes oportunidades de trabajo, salarios que en una semana igualaban lo que Roberto ganaba en dos meses. Por meses, Roberto ahorró cada peso que pudo. Vendió sus herramientas más preciadas. Carmen vendió sus joyas de boda y hasta los niños colaboraron vendiendo sus juguetes. La meta era juntar suficiente dinero, no solo para pagar al coyote, sino también para subsistir las primeras semanas en Estados Unidos mientras Roberto hallaba trabajo.

 El plan era relativamente simple, al menos en el papel. Se encontrarían con un grupo de otros migrantes en altar, Sonora, un pueblo que se había vuelto un punto de partida común para quienes intentaban cruzar hacia Arizona. Desde allí, un guía local los conduciría a través del desierto, siguiendo rutas conocidas y eludiendo las patrullas fronterizas.

 El viaje completo, según les habían prometido, tomaría un máximo de tres días caminando. Roberto había escogido Marzo específicamente porque las temperaturas del desierto eran más tolerables. Durante el día podían llegar a los 25 a 30 grassers, caluroso, pero soportable. Y por las noches bajaban a unos 10 ºC. No era el calor mortal del verano sonorense que podía rebasar los 45 gr.

La familia había preparado con esmero su equipaje. Cada persona aportaría una mochila con agua suficiente para tr días, alimentos no perecederos como tortillas de harina, frijoles enlatados y golosinas para los niños. Roberto llevaba además un pequeño botiquín de primeros auxilios y algo de dinero oculto en diferentes partes de su ropa.

Carmen había cosido pequeños compartimentos secretos en la ropa de cada miembro de la familia, donde guardaron documentos de identidad y fotografías familiares. También llevaba una pequeña imagen de la Virgen de Guadalupe que había sido de su abuela, envuelta cuidadosamente en un trozo de tela.

 Los últimos días en San Miguel fueron particularmente duros. Roberto cerró definitivamente su taller entregando las llaves al dueño del local. Carmen se despidió de sus amigas más íntimas, prometiendo escribir tan pronto llegaran a Estados Unidos. Los niños tuvieron que decir adiós a sus compañeros de escuela y a sus mascotas. Miguel, el mayor comprendía la gravedad de la situación familiar mejor que sus hermanos menores.

 Había sido un estudiante ejemplar y sabía que dejar México significaba abandonar sus anhelos de seguir estudiando al menos temporalmente. No obstante, también entendía que sin esta oportunidad su futuro en San Miguel sería tan limitado como el de su padre. Sofía, por su lado, había empacado a escondida su muñeca favorita en el fondo de su mochila a pesar de las instrucciones de llevar solo lo esencial.

 Diego, muy pequeño para entender del todo lo que ocurría, se entusiasmaba con la idea de un viaje de aventura, como le habían explicado sus padres. La noche previa a partir, la familia fue a una misa especial en la iglesia local. El padre González, quien había bautizado a los tres niños, les dio una bendición privada y les obsequió pequeñas estampas religiosas para el camino.

 Muchas familias de la comunidad habían pasado por situaciones similares y existía una comprensión tácita de que estos no eran abandonos, sino sacrificios indispensables para la supervivencia. Roberto había contactado al Coyote por medio de recomendaciones de otros migrantes exitosos. El hombre, conocido simplemente como el chino por sus ojos rasgados, tenía fama de ser confiable y conocer bien las rutas del desierto.

 El precio pactado era de 800 americanos por persona, una suma que representaba los ahorros de varios años para la familia Herrera. El punto de reunión estaba fijado para el 15 de marzo de 1987 en Altar, Sonora. La familia partiría de San Miguel en autobús la tarde previa, pasaría la noche en un pequeño hotel y al amanecer se uniría al grupo para empezar la travesía del desierto.

 Los vecinos de San Miguel los despidieron con una mezcla de tristeza y esperanza. Sabían que podrían pasar años, quizás décadas antes de volver a verlos, pero también comprendían que esta era la única oportunidad real que tenía la familia Herrera de forjar un futuro mejor para sus hijos. El 14 de marzo de 1987, a las 3:30 de la tarde, Roberto Carmen y sus tres hijos subieron a un autobús de segunda clase en la central de autobuses de San Miguel de Orcaitas con destino a altar.

 El conductor Ramiro Vázquez recordaría años después a la familia porque los niños parecían emocionados por el viaje mientras los padres permanecían en silencio con expresiones serias. El viaje de 85 km hasta altar duró aproximadamente 2 horas por las múltiples paradas en pequeños poblados. La familia se alojó esa noche en el hotel San Francisco, un establecimiento modesto de una sola planta que era frecuentado principalmente por personas en tránsito hacia la frontera.

 La dueña, doña Esperanza Ruiz, los registró bajo el nombre de Roberto Herrera y les dio la habitación número siete. Según el testimonio posterior de doña Esperanza, la familia cenó temprano en el pequeño restaurante del hotel. Ordenaron quesadillas y frijoles y los niños tomaron refrescos de naranja. Roberto preguntó específicamente sobre el clima previsto para los próximos días, mostrando particular interés en las temperaturas nocturnas y la posibilidad de lluvia.

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