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Estudiante Mexicana Fue A Ee uu De Intercambio Y Lo Que Descubrió En La Casa Casi Le Costó La Vida

Matrícula, alojamiento con familia anfitriona, asignación mensual para gastos personales. El 12 de agosto aterrizó en el aeropuerto internacional de Austin Burstrom con una maleta grande, una mochila y un sobre con los datos de contacto de la familia que la recibiría. Los Merser vivían en West Lake Hills, un municipio independiente enclavado dentro del condado de Chavis, al oeste de Austin.

 Menos de 4,000 habitantes, calles arboladas, índices de criminalidad entre los más bajos de todo Texas. La casa estaba al fondo de una callo sin salida, dos plantas de piedra caliza, garaje para dos vehículos integrado en la planta baja, parcela de unos 2000 m² con piscina en la parte trasera, robles y cedros en el perímetro.

 Arthur Mercer, 52 años, trabajaba como consultor financiero independiente desde un despacho en la esquina noroeste de la planta baja. La ventana de ese despacho daba al lateral izquierdo de la entrada al garaje. Su esposa Celia, 49 años, era intermediaria inmobiliaria de lujo. Su nombre aparecía en vallas publicitarias por todo el sector oeste de la ciudad.

 Llevaban 3 años consecutivos colaborando con el programa académico como familia anfitriona. La habitación de Diana quedaba en el extremo derecho del pasillo de la segunda planta. Tenía una ventana orientada al sureste con vista directa al techo del garaje y en ángulo a la puerta lateral de acceso al mismo. 16 m², baño privado, escritorio.

 El contrato del programa especificaba que la estudiante dispondría de llave propia y acceso independiente a la cocina. El sistema de seguridad de la propiedad incluía cuatro cámaras exteriores, una sobre la puerta principal mirando la calle, otra sobre la puerta trasera cubriendo la piscina y el jardín, la tercera en el lateral derecho del garaje apuntando a la entrada de vehículos.

 La cuarta bajo el alero del tejado en el lateral izquierdo con ángulo hacia la valla perimetral y la calle lateral. Las grabaciones se almacenaban en un sistema local dentro del despacho de Arthur. Solo él y Celia tenían acceso a las imágenes. Las primeras semanas transcurrieron sin incidentes. Diana iba al campus por las mañanas, regresaba por las tardes y cenaba con los Merer tres o cuatro veces a la semana.

 La convivencia era educada pero distante. Celia planificaba los menús con antelación y Arthur limitaba las conversaciones a la adaptación académica de la estudiante y a las condiciones climáticas locales. Ninguno de los dos hacía preguntas sobre su vida personal más allá de lo estrictamente relacionado con el programa. A finales de agosto apareció Cristian, 23 años, estudiante de derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Texas en Austin.

 No vivía en la casa familiar. Tenía un apartamento propio en el distrito universitario a unos 12 km al noreste de West Lake Hills, pero se presentaba con frecuencia y sin avisar. Llegaba en un sedán deportivo de color oscuro registrado a nombre de una empresa vinculada a su padre. aparcaba siempre dentro del garaje. Desde el principio, Diana notó que algo no encajaba.

 Cuando Cristian llegaba, Arthur y Celia dejaban lo que estuvieran haciendo. Las conversaciones entre los tres se desarrollaban con frecuencia en el despacho, puerta cerrada, y a veces subían de tono. En septiembre ocurrió al menos dos veces y Diana lo escuchó desde el pasillo de arriba sin poder distinguir las palabras. Al día siguiente de cada una de esas visitas, Celia aparecía en la cocina con una atención que no hacía esfuerzo por disimular.

 Algunos vecinos le habían comentado a Diana de pasada durante encuentros casuales en la calle que Cristian había tenido problemas durante el bachillerato. Nadie especificó cuáles. Lo que Diana sí podía observar en su convivencia diaria era que Arthur y Celia gestionaban activamente las consecuencias económicas de las decisiones de su hijo.

 En dos ocasiones escuchó a Cele hablar por teléfono sobre transferencias bancarias. relacionadas con deudas de origen no aclarado. Hacia afuera, los Mercer proyectaban éxito y estabilidad. Por dentro, mantener ese equilibrio le costaba a la familia un esfuerzo continuo que Diana comenzó a percibir con claridad mucho antes de que terminara el verano.

 La noche del 22 al 23 de octubre era despejada. En Westake Hills la temperatura había bajado a 16ºC tras el atardecer y sobre la autopista 360 el tráfico era escaso. A las 23:42, una cámara de vigilancia urbana ubicada en el cruce de la 360 con Barton Creek Boulevard captó el paso de un vehículo que circulaba por encima del límite de velocidad en dirección norte.

 La resolución no alcanzaba para leer la matrícula, pero la marca y el color oscuro de la carrocería quedaron registrados en ese mismo punto. A esa misma hora, un peatón fue golpeado por el automóvil. Murió en el lugar. El vehículo no se detuvo. 6 minutos después, a las 23:48, alguien que pasaba por la zona llamó al 911.

Las unidades del departamento de policía de Austin llegaron a la escena poco antes de la medianoche. Aseguraron el área, precogieron fragmentos de carrocería dispersos sobre el asfalto y tomaron muestras biológicas. Entre los restos había piezas de la cubierta de un faro delantero derecho y rastros de pintura oscura sobre el guardarraí lateral.

 La autopsia posterior identificaría la víctima, un hombre de 44 años residente en el sur de Austin, que volvía a pie desde su lugar de trabajo. A las 0 horas 15 minutos del 23 de octubre, Diana bajó a la cocina de la planta baja a buscar agua. La casa estaba en silencio y la luz del pasillo estaba apagada. Al pasar frente al despacho de Arthur, notó voces adentro.

La puerta no estaba del todo cerrada. Sin detenerse, escuchó durante unos 40 segundos. Tres personas hablando en tono bajo pero agitado. Cristian describía haber golpeado a alguien con el coche sobre la autopista 360 y no haberse detenido. Arthur preguntó si alguien había visto la matrícula. Celia dijo que el coche tenía que salir del garaje antes del amanecer.

 Nadie mencionó el 911. Diana volvió a su habitación sin el agua. Se sentó en el borde de la cama. No podía ver la planta baja desde ahí, pero durante los minutos siguientes escuchó movimiento en el interior de la casa. A las 2 de la madrugada se acercó a la ventana. Desde ese ángulo tenía visión directa sobre el techo del garaje y sobre la puerta lateral de acceso al mismo.

 La puerta estaba abierta y la luz encendida. Arthur sostenía una manguera conectada a la toma de agua del garaje. Cristian frotaba con un trapo lateral derecho del sedán en la zona del faro delantero. En el suelo, junto al vehículo había fragmentos de plástico que los dos recogieron y metieron en una bolsa de basura negra. La bolsa fue depositada en el maletero de la camioneta de lujo de Arthur, estacionada junto al sedán.

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