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El Mexicano que HUMILLÓ al Mundo y JAMÁS Perdió | Top 10 Nocauts del Finito López

 Un viaje que te va a llevar desde Ciudad Madero, Tamaulipas, hasta el mismísimo Madison Square Garden de Nueva York, desde los gimnasios polvorientos de Cuernavaca hasta el Coracoen Hall de Tokio, Japón. Y en cada parada de este viaje vas a ver a un mexicano de 1,65 m de estatura hacer algo que parecía imposible. Destruir a los mejores peleadores del planeta con una precisión que parecía sacada de un libro de cirugía.

 Te voy a contar la historia de 10 knockouts, 10 momentos en los que Ricardo el Finito López demostró por qué es considerado el mejor peso mínimo de todos los tiempos, el mejor peleador libra por libra de su generación. Un hombre que el mismísimo Julio César Chávez, el gran campeón mexicano, dijo alguna vez, “Estoy muy contento de que Ricardo no pelee en mi peso porque nunca le habría podido ganar.

” Cuando Julio César Chávez, el hombre que acumuló más de 100 peleas, te dice eso, más vale que pongas atención. Así que acomodódate, sube el volumen y prepárate, porque lo que estás a punto de ver es historia pura, es sangre mexicana, es orgullo tricolor, es boxeo del bueno, del que ya no se hace, del que te pone la piel de gallina.

 Y cuando lleguemos al número uno, te prometo que vas a entender por qué este hombre merece estar en la misma conversación que los más grandes de todos los tiempos. No importa la división, no importa el peso, la grandeza no se mide en libras, se mide en corazón. Y el finito tenía el corazón más grande que ha pisado un cuadrilátero.

 Pero antes de empezar con el número 10, necesitas entender algo fundamental sobre Ricardo López. Este hombre no era un peleador cualquiera, no era un brawler que salía a intercambiar golpes como loco. No, el finito era un artista, un cirujano con guantes de boxeo. Entrenado por la leyenda viviente Ignacio Nacho Berstein, el mismo genio que moldeó a Juan Manuel Márquez, López aprendió a pelear como si cada golpe fuera una pincelada en un lienzo.

 Su llave era una obra de arte, su derecha cruzada era un misil teledirigido y su upercut de izquierda, bueno, ya lo vas a ver en esta lista, era un golpe que mandaba almas directamente al otro mundo. López empezó a boxear a los 9 años, se metió a un gimnasio en Cuernavaca y le pidió al entrenador que lo dejara pelear contra otro chico que llevaba más tiempo entrenando y le ganó.

 Desde ese día, el boxeo se convirtió en su vida. Cuentan que de niño tomaba huevos crudos para imitar a Rocky Balboa. Ganó cuatro campeonatos consecutivos de los guantes de oro de México entre 1981 y 1984. Nunca perdió como amater. Se hizo profesional a los 18 años. Y desde ese primer knockout contra Rogelio Hernández, el 18 de enero de 1985, Ricardo López inició un camino de destrucción que duraría 16 años.

 51 victorias, 38 knockouts, cero derrotas, un solo empate que él mismo se encargó de vengar en la revancha. 26 peleas de campeonato mundial consecutivas sin perder, igualando el récord de Joe Luis, campeón del WBC, del WO, de la AMB y del [música] Fib. cuatro cinturones de los cuatro organismos más importantes del boxeo.

 Todo eso lo logró un hombre que pesaba apenas 105 libras, un hombre al que muchos ni siquiera conocen porque peleaba en las divisiones más ligeras. Un hombre que merecía ser una superestrella mundial, pero que fue ignorado por la industria simplemente porque no pesaba lo suficiente para generar los mismos ratings que los pesos pesados.

 Hoy con este video vamos a hacer justicia porque la grandeza del finito no puede seguir siendo un secreto. [música] México necesita recordar a sus héroes y Ricardo López es uno de los más grandes que ha dado esta nación al deporte mundial. Vamos con el número 10. Y créeme, si el número 10 ya te parece brutal, espera a ver lo que viene después.

 Número 10, Simpraert Kitty Cassem. 22 de agosto de 1992. Auditorio de Madero, Ciudad Madero, Tamaulipas, México. [música] Defensa del título doble, VC peso mínimo. Empezamos este conteo con una pelea que a simple vista podría parecer menor. Un rival tailandés con récord de 10 victorias, dos [música] derrotas y un empate.

 Un tipo del que casi nadie había escuchado hablar sin Prasert Kitty Cassem, un nombre que la mayoría de los aficionados al boxeo ni siquiera puede pronunciar correctamente. Pero esta pelea está en el número 10 por una razón muy específica, [música] porque en ella Ricardo López demostró algo que definiría toda su carrera. Demostró que no importaba quién se parara enfente de él.

 No importaba si venías de Tailandia, de Filipinas, de Japón, de Corea o de la Luna. Si te subías al ring contra el finito, tu destino estaba sellado. Ciudad Madero, Tamaulipas. Agosto de 1992. El calor del noreste mexicano era sofocante. El auditorio de Madero estaba repleto de aficionados que habían venido a ver a su campeón defender el cinturón verde y oro del Consejo Mundial de Boxeo.

 Ricardo López ya llevaba 2 años como campeón. Ya había viajado a Japón, a Corea del Sur. Ya había peleado en la Ciudad de México y ahora regresaba a tierras tamaulipecas para seguir construyendo su leyenda. Kitikasem llegó a México con la ilusión de cualquier retador. Venía desde Tailandia, un país con una tradición de pelea profundamente arraigada en su cultura.

 Los tailandes nacen peleando. El Muai Thai corre por sus venas como el agua por los ríos. Y sin Prasert era la excepción. Era un muchacho duro curtido en los gimnasios de Bangkok con la mentalidad de un guerrero que había cruzado medio mundo para buscar la gloria. Pero lo que sin Praserta, lo que nadie le había explicado con suficiente claridad, era que estaba a punto de enfrentarse a una máquina de destrucción perfectamente calibrada.

 Desde la primera campana, López estableció su dominio. Esa era la cosa con finito. No necesitaba calentamiento, no necesitaba rounds de estudio. Desde el primer segundo, su jab ya estaba encontrando el blanco. Sus pies ya estaban en la posición perfecta. Su guardia era impenetrable. Era como ver a un relojero suizo trabajando. Cada movimiento tenía un propósito.

 Cada gesto era deliberado. Cada milímetro estaba calculado. Kitikasem intentó pelear. Hay que darle crédito al tailandés. No vino a tirarse. Intentó conectar sus mejores golpes. Intentó presionar. Intentó encontrar un ángulo que le permitiera penetrar la defensa de López, pero era como intentar golpear un fantasma.

 Cada vez que lanzaba un golpe finito, ya no estaba ahí. se movía con una fluidez que desafiaba la lógicaadoado. También por este Raúl Valdés, el popular Criso, exilista. Aquí va. Un paso atrás, un giro de cadera, una inclinación de cabeza que hacía que el puño del rival pasara a centímetros de su cara. Y entonces, [música] en ese microsegundo en el que el rival estaba desequilibrado y expuesto, el contragolpe llegaba con la fuerza de un relámpago.

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