Era el orgullo de Japón, un samurá moderno cuya agresividad y poder parecían invencibles en casa. Y frente a él, bajo las luces inclementes, un hombre que parecía sacado de otro mundo, de otro deporte. Nicolino Loche, el argentino de Mendoza, no había tensión en su rostro, ni la mirada asesina que se espera de un retador en territorio hostil.
Había calma, una sonrisa casi burlona jugueteando en sus labios. Lo llamaban El intocable y no era un apodo casual. Loche era un enigma. Un artista del esquive, un bailarín que convertía el ring en su salón privado. Su defensa era legendaria, casi sobrenatural. Podía sentir los golpes antes de que fueran lanzados, moverse medio centímetro y dejar que el peligro pasara rozando el aire.

Pero su ofensiva, bueno, digamos que no era su carta de presentación. No pegaba fuerte, no buscaba el knockout. Su boxeo era un ballet defensivo, exasperante para sus rivales, hipnótico para quienes entendían su genialidad. La prensa japonesa y gran parte del mundo lo consideraba poco menos que un chiste. ¿Cómo podía este hombre, que apenas lanzaba golpes, sobrevivir siquiera a la tormenta llamada Fuji? Las apuestas eran abrumadoramente en contra del argentino.
Se esperaba una una ejecución rápida. Fuji, alimentado por el rugido de miles de compatriotas, salió como un toro embravecido desde el primer segundo. Buscaba arrancar la cabeza de con cada volado, con cada gancho. Quería borrar esa sonrisa insolente del rostro del argentino. Y entonces comenzó la danza. Fuji se lanzaba una y otra vez con una furia ciega. Sus puños cortaban el aire.
encontrando solo el vacío donde un instante antes estaba la cabeza o el cuerpo del o era como intentar atrapar humo con las manos. Nicolino, con las manos bajas la mayor parte del tiempo, apenas movía la cintura, inclinaba el torso, daba un pasito lateral. Y el peligro se esfumaba.
La multitud rugía con cada ataque fallido de Fuji. Pero poco a poco un murmullo de incredulidad comenzó a extenderse por el budo como lo hacía. Parecía tener imanes en los guantes de Fuji, repelándolos en el último instante. Fuji, frustrado, redoblaba la apuesta. Más presión, más golpes. Lanzaba combinaciones furiosas buscando el cuerpo, la cabeza, cualquier cosa que pudiera detener a ese fantasma. Kivo.
Algunos golpes inevitablemente encontraban su destino. Golpes que habrían derribado a otros hombres, pero Loche los absorbía, a veces con una mueca casi imperceptible, otras simplemente encajándolos con una resistencia inesperada. Y entre esquive y esquive, Loche hacía algo más. Tocaba, no golpeaba, tocaba.
Jobs rápidos y precisos, sin potencia aparente, pero que encontraban una y otra vez el rostro de Fuji. Pequeños cortes empezaron a aparecer alrededor de los ojos del campeón. Nada grave al principio, pero eran como picaduras de abeja, molestas, constantes, irritantes. [Aplausos] Round tras round, el patrón se repetía. La tormenta de Fushi chocando contra el rompeolas impasible de Oche.
La frustración del japonés era palpable. Su rostro, antes confiado, ahora mostraba una máscara de confusión y rabia impotente. Empezó a cometer errores, a lanzarse descontroladamente, perdiendo la técnica en favor de la fuerza bruta. Y eso era exactamente lo que Loche esperaba. El argentino con una inteligencia táctica soberbia leía cada movimiento, anticipaba cada intención, no solo esquivaba, sino que con sus movimientos obligaba a Fuji a fallar, a desgastarse, a perder el equilibrio.
Se dice que Loche fumaba en el vestuario antes de las peleas. Tal era su nivel de relajación y confianza en su habilidad defensiva, algo impensable hoy en día. A medida que avanzaban los asaltos, la atmósfera en el budocán cambiaba drásticamente. El rugido inicial se había convertido en un silencio tenso, roto solo por exclamaciones de asombro ante los esquives de loche o de frustración ante la inefectividad de Fuji.
[Aplausos] Los pequeños golpes del argentino, esos que parecían inofensivos, empezaban a dejar marca. El ojo izquierdo de Fuji comenzó a hincharse peligrosamente, cerrándose poco a poco. La sangre, aunque no abundante, tenía el rostro del campeón, un testimonio visible de la precisión quirúrgica del intocable.
Loche, fiel a su estilo, seguía con su espectáculo. Se apoyaba en las cuerdas, invitando a Fuji a atacar para luego deslizarse como una anguila en el último instante. A veces incluso bajaba completamente la guardia, un gesto de desdén que enfurecía a Fuji, pero maravillaba a los entendidos. No era arrogancia gratuita, era una demostración de control absoluto, de una confianza inquebrantable en sus reflejos y su lectura del combate.
Estaba desmantelando al campeón no con poder, sino con inteligencia y arte. Le estaba ganando la pelea en el plano físico y sobre todo en el mental. Fuji estaba siendo humillado en su propia casa ante su gente por un hombre que se negaba a pelear como se suponía que debía hacerlo. era conocido por hablar con sus rivales durante la pelea, no siempre con palabras amables, aumentando su frustración.
Llegó el octavo, el noveno asalto. La cara de Fuji era un mapa de la frustración y el castigo acumulado. Su ojo izquierdo estaba prácticamente cerrado. La hinchazón era grotesca, seguía lanzando golpes, pero ahora eran más lentos, más desesperados. Loche, en cambio, parecía fresco, casi intacto, seguía bailando, esquivando y ahora, sintiendo la debilidad de su presa, conectaba con mayor frecuencia.
Sus golpes seguían sin ser demoledores, pero eran constantes, precisos y caían sobre las heridas ya abiertas de Fuji. El campeón japonés era un guerrero valiente, nadie podía negarlo, pero estaba siendo superado por una estrategia que simplemente no podía descifrar. Era como luchar contra el viento.
La esquina de Fuji observaba con creciente preocupación. Su hombre estaba recibiendo un castigo innecesario. Cada golpe fallido de Fuji era energía desperdiciada. Cada toque preciso de Oche era un clavo más en el ataúd esperanzas. La multitud japonesa, aunque leal, ya no rugía. observaban en un silencio atónito, casi respetuoso, la maestría defensiva del argentino.
Estaban presenciando algo único, la deconstrucción de un noqueador por parte de un artista del escape. Comienza el décimo round. Fuji sale con el corazón con lo último que le queda de orgullo y energía. Intenta una última embestida desesperada, pero Loche ya lo tiene medido. Decifrado. Esquiva los ataques con una facilidad casi insultante y responde, ahora sí, con un poco más de intención.
conecta una serie de jabs y rectos cortos que hacen retroceder a Fuji. El campeón apenas puede ver por su ojo izquierdo. Está agotado, herido y, sobre todo, mentalmente quebrado. Ya no sabe cómo atacar a ese fantasma que tiene enfrente. Loche lo lleva a las cuerdas, no lo acbilla, no busca el knockout espectacular, simplemente sigue tocando, conectando golpes precisos en el rostro hinchado y sangrante del campeón.
