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El General Imperial Se Burló De Los “Campesinos” Republicanos En Querétaro — Hasta Que Un Antiguo…

 Los infantes mexicanos que peleaban por convicción conservadora o simplemente porque ya no tenían a dónde ir. 2000 almas dispuestas a jugarse la vida en una mañana de abril. “Soldados”, gritó Miramón con voz que resonó contra los muros del convento. “Hoy rompemos el cerco. Hoy demostramos que el valor disciplinado vence a la muchedumbre.

 Hoy abrimos el camino hacia la victoria.” Los hombres respondieron con un rugido ronco. No era el grito entusiasta de tropas frescas, sino el gruñido decidido de hombres que sabían exactamente lo que arriesgaban. A las 5:30, la columna imperial comenzó su avance hacia el sur. Miramon había dividido sus fuerzas en dos grupos. Él mismo comandaría 15 hombres en el ataque principal contra Zimatario, mientras el general Castillo lideraría 500 en una maniobra de distracción hacia la garita de México.

 Era táctica clásica, estudiada en academias militares de Europa, ejecutada mil veces en campos de batalla desde Austerlitz hasta Solferino. El terreno entre la ciudad y el cerro cimatario era ondulado, salpicado de nopales y mequites que ofrecían cobertura intermitente. Miram conocía cada metro de ese paisaje después de semanas observándolo desde las murallas.

Sabía dónde estaban las posiciones republicanas, dónde habían cavado trincheras, dónde habían emplazado artillería. Lo que veía confirmaba los reportes de sus exploradores. Defensas dispersas, sin profundidad, vulnerables a un golpe concentrado. A las 6 de la mañana, cuando el sol ya calentaba la tierra y la niebla se había disipado completamente, la columna principal alcanzó la base del cerro.

Miramon detuvo el avance y estudió las posiciones enemigas con su catalejo alemán. Podía ver las trincheras republicanas excavadas a media ladera. Los cañones emplazados en la cima, las banderas tricolores sondeando con la brisa matutina. También podía ver lo que buscaba. Espacios entre las posiciones, sectores donde la línea defensiva era delgada, puntos donde un ataque decidido podría penetrar.

“Exactamente como anticipé”, murmuró a su ayudante. Escobedo ha extendido demasiado sus líneas. Tiene muchos hombres, pero mal distribuidos. Atacaremos el flanco oriental. donde la pendiente es menos pronunciada. Lo que Miram interpretaba como error táctico republicano era, en realidad diseño deliberado, pero eso no lo sabría hasta que fuera demasiado tarde.

A las 6:15, Miramon dio la orden de avanzar. Los tambores marcaron el paso, mientras 100 hombres comenzaron a subir la ladera en formación cerrada. Los úsares desmontaron y avanzaron a pie junto con la infantería, guardando los caballos para la persecución que vendría después de romper las líneas enemigas. Era doctrina europea aplicada con precisión: infantería para romper, caballería para explotar.

 Los primeros disparos republicanos llegaron cuando la columna imperial alcanzó los 200 m de las trincheras. Eran disparos espaciados, sin coordinación aparente, [música] como si los defensores estuvieran nerviosos o mal entrenados. Miram sonrió al escucharlos. Ese fuego errático confirmaba todo lo que pensaba sobre el enemigo.

 Campesinos jugando a soldados, incapaces de mantener disciplina bajo presión. Paso redoblado, ordenó Miram. No les den tiempo de reorganizarse. La columna imperial aceleró su avance. Los hombres jadeando por el esfuerzo de subirla pendiente con rifles y equipo. Algunos cayeron alcanzados por balas perdidas, pero la mayoría continuó adelante, impulsados por la certeza de que la victoria estaba cerca.

Podían ver a los republicanos moviéndose en las trincheras, algunos disparando, otros aparentemente preparándose para huir. A las 7:15, la vanguardia imperial alcanzó las primeras trincheras republicanas. Lo que encontraron superó las expectativas más optimistas de Miramón. Posiciones medio abandonadas, defensores que huían ladera arriba sin orden ni formación, cajas de municiones dejadas atrás en la prisa por escapar.

Los imperiales ocuparon las trincheras con gritos de triunfo, disparando contra las espaldas de los republicanos en retirada. Miramon cabalgó hasta la posición recién capturada y observó el panorama con satisfacción profunda. Más arriba podía ver la segunda línea de defensas republicanas desmoronándose mientras sus hombres continuaban el avance.

[música] Los cañones enemigos en la cima permanecían extrañamente silenciosos, como si sus dotaciones hubieran abandonado los puestos. “Los tenemos”, gritó a sus oficiales. “Continúen el avance. No se detengan hasta tomar la cima.” Para las 7:30 de la mañana, las tropas imperiales habían capturado 21 cañones republicanos, tomado más de 300 prisioneros y controlaban dos tercios del cerroario.

Los defensores republicanos huían en todas direcciones, algunos arrojando sus armas para correr más rápido. Era victoria completa, aplastante, exactamente lo que Miramon había prometido la noche anterior. El general imperial permitió que sus hombres descansaran brevemente mientras organizaba la siguiente fase.

 Envió mensajeros a Querétaro anunciando el triunfo. Ordenó que los cañones capturados fueran volteados contra las posiciones republicanas restantes y comenzó a planificar el avance hacia las líneas de suministro enemigas. La brecha en el cerco estaba abierta, solo faltaba explotarla. Lo que Miram no notó, ocupado con los detalles de la victoria fue que la retirada republicana había sido demasiado ordenada para hacer pánico genuino.

 Los defensores no habían huído en todas direcciones como hacen los hombres aterrorizados. habían retrocedido hacia el norte y el oeste, convergiendo en puntos específicos detrás de las colinas que rodeaban simatario. Y los 21 cañones abandonados que ahora sus artilleros intentaban voltear contra el enemigo estaban extrañamente faltos de munición, pero esos detalles pasaron desapercibidos en la euforia del momento. Miram había ganado.

 Ahora solo necesitaba tiempo para consolidar la victoria. tiempo que Mariano Escobedo no tenía ninguna intención de concederle. Eran las 8 de la mañana cuando Miramon notó la primera señal de que algo no marchaba según lo previsto. Sus artilleros, que llevaban 20 minutos intentando poner en funcionamiento los cañones capturados, se acercaron con expresiones de desconcierto.

“Mi general”, reportó el capitán de artillería, “las piezas están en perfecto estado, pero apenas encontramos munición para tres o cuatro descargas por cañón. Los republicanos se llevaron los proyectiles o los escondieron antes de retirarse. Miram frunció el ceño. Era extraño. Un ejército en huida no tiene tiempo de evacuar municiones.

 Las abandona junto con todo lo demás, pero desechó la inquietud atribuyéndola o a algún oficial republicano particularmente precavido. “Usen lo que tengan”, ordenó. “Pronto capturaremos sus depósitos de suministros.” A las 8:15, un teniente húngaro llegó al galope desde el flanco oriental. Su caballo estaba empapado de sudor y el oficial tenía el rostro pálido bajo el polvo del combate.

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