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¡El dictador acorralado! La pregunta de Milei sobre Venezuela que sacudió al mundo

 Si quieren descubrir el verdadero rostro de la política con relatos sin filtros y impactantes, no olviden suscribirse y activar las notificaciones, porque cada semana estamos aquí con historias tan impactantes como esta. Pero nuestra historia comienza mucho antes de esa noche. En 2013, en un estante de supermercado en Venezuela, las personas se pisoteaban por un solo paquete de papel higiénico en el país con las mayores reservas petroleras del mundo.

Peleas por papel higiénico. Nicolás Maduro era entonces apenas un político común viviendo a la sombra de Hugo Chávez. Nadie podía imaginar que crearía un desastre tan grande. Pero en 2013, con la muerte de Chávez, el destino de Venezuela cayó en manos de este hombre. En 2015, incluso en las Mercedes, el barrio más lujoso de Caracas, se cortaba la electricidad.

En un país rico en petróleo, las colas para gasolina se extendían por kilómetros. Maduro bailaba salsa en televisión, literalmente. El mundo observaba estas imágenes con asombro, pero lo más impactante era que sin importar lo que pasara, Maduro seguía sonriendo a las cámaras, como si todo estuviera bien en Venezuela.

En 2017, una llamada telefónica de una madre en Caracas conmovió al mundo. “Mi hijo encontró pan en la basura hoy”, decía entre lágrimas. Gracias a Dios que no estaba rancio. Esta grabación de audio fue compartida millones de veces en redes sociales, pero en el Palacio de Maduro esa voz nunca se escuchó. Porque los dictadores no escuchan la voz del pueblo hasta que alguien los obliga a escuchar.

Septiembre 2024, Manhattan. La sede de las Naciones Unidas se preparaba para recibir a los líderes más poderosos del mundo. En la septa Asamblea General, la crisis venezolana estaría nuevamente en el centro de la agenda. Pero esta vez algo sería diferente. Javier Miley subiría al podio de la ONU por primera vez como presidente de Argentina.

 Su equipo le repetía constantemente lo mismo. Use lenguaje diplomático, no provoque, respete los protocolos internacionales. Pero en los ojos de Miley había un brillo diferente. Él conocía de cerca el drama venezolano. Había hablado con millones de refugiados venezolanos que habían huído a Argentina.

 Había escuchado sus historias y sabía que ya no guardaría silencio. En Buenos Aires, en el barrio Villa 31, María González jamás olvidaría la historia que le contó a mi ley en Caracas. Mi hijo de 9 años me dijo, “Mamá, el niño vecino murió. Él también tenía mucha hambre. No supe qué responderle. Mi ley no pudo dormir esa noche porque al día siguiente Maduro también hablaría en la ONU y mi ley sabía que permanecería callado frente a ese hombre. Estaba equivocado.

 La mañana del 22 de septiembre, el edificio de la ONU bullía de actividad. Las medidas de seguridad se habían elevado al máximo nivel, porque ese día dos visiones del mundo completamente diferentes se encontrarían bajo el mismo techo. Mientras la delegación de Maduro desayunaba en su hotel de lujo, ordenando de los restaurantes más caros de Nueva York, era irónico.

 Mientras el pueblo venezolano moría de hambre, su líder comía bistec de $500. Mi ley, por su parte, revisaba nuevamente las estadísticas venezolanas en su habitación del hotel. Tasas de inflación, tas de mortalidad infantil, números de refugiados. Cada cifra era parte de una gran tragedia. En el reporte que tenía mi ley estaba escrita esta frase. Entre 2019 y 2024, 7.

7 millones de personas huyeron de Venezuela. Esta es la mayor crisis de refugiados en América Latina desde la Segunda Guerra Mundial. 7.7 millones de personas, casi una cuarta parte de la población total de Venezuela. No eran solo números, eran familias destrozadas, hogares abandonados, la historia de sueños truncados.

 A las 14:30, Nicolás Maduro subió al podio. Su traje era impecable, pero su sonrisa parecía completamente falsa. Cuando comenzó su discurso, el salón se silenció. Estimados delegados, dijo Maduro, nuestra Venezuela continúa en pie a pesar de los ataques de las fuerzas imperialistas. Nuestro pueblo está unido, nuestra economía se fortalece.

Algunas personas en el salón fruncieron el seño, porque todos conocían la verdadera situación de Venezuela. Pero Maduro continuó hablando como si viviera en un universo paralelo. Gracias a nuestros programas sociales, el nivel de vida de nuestro pueblo está mejorando. Venezuela es hoy uno de los países más estables de América Latina.

En ese momento, Antonio Rivera, un periodista refugiado venezolano que estaba en el salón, cerró los ojos porque sabía que cada palabra de Maduro era una traición a su pueblo sufriente. Mientras Maduro hablaba, esto sucedía en tiempo real en Caracas. Tres personas murieron en hospitales por falta de medicamentos.

Un niño de 15 años se desmayó de hambre y en el mercado más grande de la ciudad, el precio de un kilo de carne era tres veces el salario mínimo. Pero Maduro continuaba hablando en el podio de la ONU sobre su pueblo viviendo en prosperidad. Cuando terminó el discurso de Maduro, resonaron aplausos educados, pero estos aplausos eran solo gestos diplomáticos de cortesía.

 Nadie realmente creía en lo que había dicho. Después del discurso, los delegados abandonaron el salón para el receso de café. Maduro también avanzaba por el pasillo con su comitiva, con pasos seguros, como si hubiera logrado un gran éxito. Justo entonces, desde el otro extremo del pasillo, apareció Javier Miley. Miley, que avanzaba con la delegación argentina, se detuvo cuando vio a Maduro.

 La distancia entre los dos líderes era de aproximadamente 20 m, pero el abismo ideológico entre ellos era tan profundo como un océano. En ese pasillo había dos hombres listos para hacer historia. Uno, el dictador que condenó a su pueblo al hambre. El otro el libertario que nunca temía decir la verdad. Y ambos sabían muy bien quién era el otro.

 El equipo de seguridad de Maduro trataba de empujarlo hacia delante, pero mi ley había reducido el paso. Sus ojos estaban fijos en Maduro. Cuando Maduro notó a mi ley, por un momento apareció una expresión genuina en su rostro. Porque sabía que mi ley no usaría lenguaje diplomático como él. Señor presidente, dijo Maduro con falsa cortesía, he estado siguiendo sus éxitos en Argentina.

Mi ley permaneció en silencio por un segundo. Luego, con una voz que todos en el pasillo podían escuchar, respondió, éxitos. Mi éxito es que ningún niño muera de hambre. A diferencia del suyo. El pasillo se tensó inmediatamente. Los diplomáticos, periodistas y guardias de seguridad alrededor, todos trataban de entender qué estaba pasando.

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