Hacia el siglo XV, los Tutsis comenzaron a imponer su dominio sobre los jutus, creando una estructura parecida al feudalismo con un reid o wami al mando. La sociedad ruandesa precolonial se organizaba en clanes, no en etnias cerradas. Es decir, aunque la población se agrupaba en grandes linajes familiares, la identidad social no era rígida.
Las personas hablaban la misma lengua conocida como Kñia Ruanda. Compartían religión, podía mezclarse entre sí, ascender en la jerarquía y convivir sin divisiones estrictas. Sin embargo, un linaje tutsi logró consolidar el poder y formar el reino de Ruanda, que se expandió en el siglo XVII, y alcanzó su máximo esplendor bajo el mando del rey Kigeli Ruambukiri en el siglo XIX.

Este monarca implantó reformas que incrementaron las ya de por sí existentes diferencias entre los jutus y los tutzsis, entre ellas sistemas de trabajo forzados conocidos como Uburetua, para poder retomar la posesión de tierras que les habían sido arrebatadas y relaciones de dependencias llamadas Ubuake, donde los líderes Tutzis otorgaban ganado a otros quienes quedaban obligados a brindarles trabajos y favores a cambio.
Esta jerarquía social marcaría la historia del país y se profundizaría con la llegada de la colonización europea. Primero bajo el dominio alemán entre 1897 y 1916 y luego bajo los belgas emergieron nuevas fuentes de poder que favorecieron principalmente a los tutzis. Los motivos la creencia belga de que los tutsis eran más parecidos a los europeos.
Incluso implementaron un sistema rígido de clasificación étnica basado en características físicas como la forma de la nariz y el cráneo. ¿Qué era lo único que se reforzaba de este modo? El mito de que ciertos rasgos determinaban la pertenencia a un grupo específico. La jerarquía social era clara. Los tutsis ocupaban el nivel más alto disfrutando de un estatus social superior y accediendo a los mejores puestos en la administración colonial.
Los tuas, aunque considerados inferiores a los tutzis, recibían cierto trato favorable de esta casta dominante, siendo considerados más dignos que los jutus. Y en el escalón más bajo de la pirámide social se encontraban los jutus, quienes sufrían una discriminación sistemática y carecían de acceso a los privilegios y oportunidades reservados para las otras etnias.
Para la década del 50, los belgas revirtieron su decisión y comenzaron a apoyar a los jutus. Y en ese momento la violencia comenzó a crecer, sobre todo tras la creación de partidos políticos étnicos como la Unión Nacional Ruandesa y el Partido del Movimiento de Emancipación jutu, que reforzaron las divisiones, mientras que los misioneros europeos ayudaron a legitimar el sistema colonial, estableciendo normas que buscaban frenar la explotación y la desigualdad entre los grupos.
En 1958, un manifiesto de los hutus que reclamaba un cambio social provocó una terrible respuesta. La reacción de la Corte Real Tutzi al manifiesto Hutu fue contundente y se expresó mediante las siguientes declaraciones y cito, “La relación entre nosotros y ellos ha estado siempre fundamentada sobre el basallaje. No hay, pues, ningún fundamento de fraternidad.
Si nuestros reyes conquistaron el país de los jutus matando a sus reyes suelos y sometiendo así a los jutus a la servidumbre, ¿cómo pueden ahora pretender nuestros hermanos? En contraposición, figuras claves como el obispo Perraudín abogaron por la igualdad de los derechos para todos los ciudadanos, argumentando que las instituciones que consagraran un régimen de privilegios, favoritismo o proteccionismo para individuos o grupos sociales, no eran conformes a la moral cristiana.
Esto no hizo más que dar pie al ya irrefrenable conflicto. En 1959, un enfrentamiento entre Tutsis y Jutus desató una revuelta popular que resultó en la muerte de miles de Tutsis y el exilio de otros 150,000. Do años más tarde, en 1961, Ruanda se independizó de Bélgica. Se celebró entonces un referéndum que rechazó la monarquía tutsi y consolidó la República jutu.
Nuevamente miles de tutsis, esta vez adeptos al sistema monárquico, debieron exiliarse. Gregóir Kayibanda asumó la presidencia tras la independencia de Ruanda en un contexto de crecimiento económico moderado y cierta estabilidad social. Sin embargo, aunque Jutus y Tutsis convivían sin mayores conflictos, los ya mencionados tutsis exiliados y partidarios del sistema monárquico comenzaron a organizar ataques desde países vecinos.
Todo esto junto al creciente resentimiento entre ambos grupos continúa alimentando una división social cada vez más profunda. En 1972, una masacre en Burundi dejó un saldo de 350,000 jutus muertos a manos de Tutsis, lo que intensificó la postura antiutsi entre los jutus de Ruanda. La población exigió medidas firmes al presidente Calibanda, pero su gestión marcada por la corrupción y la inacción llevó un golpe de estado en 1973.
Este golpe liderado por el jutu Juvenal Javiriman lo colocó en el poder y estableció una era de relativa estabilidad respaldada por Francia. El régimen replicó la segregación racial impuesta por los belgas, pero la inversa, es decir, con los jutus en el poder. Por su parte, en 1979, los tutzis exiliados formaron la alianza ruandesa para la unidad social.
A pesar de las tensiones intensificadas por los reclamos de los tutzsis exiliados que denunciaban que se les negaba el retorno a país, Ruanda fue vista como un modelo de desarrollo en África en los años 80. Sin embargo, la economía colapsó a fines de esa década, principalmente debido a la caída del precio del café. Las tensiones políticas se agudizaron y en 1987 la Alianza Ruandesa para la Unidad Nacional se transformó en una fuerza armada conocida como el Frente Patriótico Ruandés o FPR.
Y aunque esos miembros tenían diversas ideas políticas, compartían dos objetivos en común: derrocar al gobierno ruandés y lograr el regreso de los exiliados. En octubre de 1990, el FPR inició una ofensiva en Ruanda para alcanzar estas metas, dando inicio a una guerra civil. Bajo la presión de grupos extremistas jutus, el presidente Javi Arimana se volvió más radical, formó el grupo paramilitar Hutu Interhamawe y comenzó a perseguir a los tutsis.
Al mismo tiempo, una campaña de propaganda masiva antituts se estaba desarrollando y les atribuyó una imagen completamente negativa. Eran retratados como altivos, manipuladores y sedientos de control absoluto. Esta publicidad no solo alimentaba el ya latente desprecio, sino que también acrecentaba el odio propagando falsos rumores sobre supuestos complots para aniquilar a la población jutu.
Finalmente, en 1993, una serie de pactos conocidos como los acuerdos de Aruya pusieron fin a esta guerra y establecieron un gobierno de transición conformado por Jutus y Tutsis, encabezado, como hasta el momento, por Juvenal Javiana. Pero la frágil paz alcanzada terminaría por romperse el 6 de abril de 1994, cuando un ataque con misiles la haría estallar en pedazos.
Y es así como nuestra historia vuelve al principio. El avión que transportaba al presidente ruandés Javier Arimana y al presidente burundés Ciprien Tarira, ambos de origen jutu, recibió el impacto de un misil tierra aire en una de sus salas durante el aterrizaje en el aeropuerto de Kigali, capital de Ruanda. Al cabo de unos segundos, otro misil destruyó la cola de la aeronave.
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El vehículo se incendió y se estrelló dando como resultado la muerte de 12 personas. Esa misma noche se creó un comité de emergencia integrado por altos mandos militares liderado por el coronel Teoneste Bagosora. Este comité tomó el control inmediato del país. Al día siguiente, la primera ministra Agate Uwiilingi Jimana y 10 soldados belgas de la ONU que la protegían fueron asesinados por la guardia presidencial que culpó la organización de derribar el avión del presidente.
Aunque se esperaba una intervención firme de la ONU, su reacción fue sorpresiva. Rápidamente retiró a sus tropas. La población quedó entonces expuesta y extremadamente vulnerable. Los extremistas jutus del gobierno provisional aprovecharon esta oportunidad para iniciar una violenta y coordinada masacre. Las tropas se desplegaron por toda la ciudad, los accesos fueron bloqueados y los soldados, paramilitares y civiles armados patrullaron las calles de Kigali con un solo objetivo, asesinar a los Tutsis y sus familias. Serjutu tampoco
te garantizaba la supervivencia. Aquellos que se oponían al gobierno eran de igual modo perseguidos y asesinados. El mismo destino les aguardaba a quienes mostraban solidaridad con los tutzis, tuvieran lazos familiares con ellos o sencillamente se negaran a participar en las matanzas.
Para llevarlas a cabo se entregaban listados de personas a las milicias encargadas de perseguirlas y asesinarlas. Emisoras de radios como la RTML o la radio televisión libre de las 1000 colinas creadas por extremistas Jutus transmitían alguno de estos nombres y ubicaciones de tutsis y opositores, incitando a la población a ir también en su búsqueda y atacarlos.
Los periódicos difundían sistemáticamente propaganda y discursos de odio, hablando constantemente de eliminar a las cucarachas, tarea que se estaba realizando con toda celeridad. Tanta que en pocos días la ciudad se volvió inhabitable. El edor de los cuerpos en descomposición se volvió insoportable.
La violencia se extendió al interior del país con las autoridades locales, policías, militares y la Interamha organizando los ataques. La brutalidad no hizo más que ir en aumento. Los asesinos usaban machetes y armas primitivas como palos con clavos atacando casa por casa hasta eliminar a todos sus habitantes. Algunas personas ofrecían dinero a cambio de una muerte rápida por disparo, con tal de evitar la tortura de ser asesinadas a machetazos.
Durante los tres meses siguientes, vecinos se volvieron contra vecinos. Incluso en algunos casos, los maridos asesinaron a sus propias esposas tutsis, alegando que de negarse ellos mismos serían las próximas víctimas. Y como suele ocurrir en estas ocasiones, la violencia sexual se convirtió en un instrumento más del horror.
Se estimó que entre 250,000 y 500,000 mujeres fueron abusadas, muchas de ellas secuestradas y obligadas a convertirse en esclavas sexuales, aunque también las torturaban por mera y perversa diversión, mutilando sus pechos o rompiendo botellas en sus cavidades. La muerte también alcanzó a muchos de los 5000 bebés que nacieron como consecuencia de los abusos.
Ni los bebés ni los niños podían escapar del macabro y dantesco infierno que se había desatado. En muchas ocasiones los asesinaban delante de sus padres amputándoles sus extremidades y abandonándolos en una lenta agonía por desangramiento. Una de las estrategias más comunes de los genocidas en Ruanda era la de encerrar a una gran cantidad de víctimas en espacios reducidos y sin salida, como edificios, estadios deportivos o recintos vallados para luego asesinarlas.
Las iglesias irónicamente se convirtieron en escenarios con mayor número de muerte. Muchas monjas y sacerdotes también asesinaron a quienes desesperados acudieron a ellas en busca de protección. Pero pese a la tragedia, hubo personas que arriesgaron su vida para proteger a las víctimas, entre ellos religiosos católicos, la comunidad musulmana, testigos de Jehová y muchas familias jutus que se negaron a participar en los asesinatos o a entregar a sus vecinos y conocidos, llegando incluso a esconderlos en sus propias casas a riesgo de perder sus
propias vidas en el intento. Finalmente, tras 3es meses de un terrible horror que cubrió absolutamente todo, un giro inesperado dio por finalizado lo que se había desatado en Ruanda. El Frente Patriótico Ruandés, liderado por el comandante en jefe Paul Kagame y apoyado por el ejército hugandés, había comenzado a movilizarse, ni bien inició el genocidio y poco a poco había conseguido ir avanzando hasta que sus tropas entraron el 4 de julio en una kigali completamente sitiada con todas las vías de abastecimiento bloqueadas.
Para el 15 de julio, alrededor de 2 millones de jutus entre civiles y aquellos involucrados en el genocidio escaparon cruzando la frontera hasta elire por miedo a las represalias. Otros se refugiaron en Tanzania y Burundi. Las fuerzas francesas entregaron el control entonces a las tropas etíopes, mientras que el Frente Patriótico Ruandés estableció en Kigali un gobierno provisional de unidad nacional.
Pero las secuelas de la masacre habían dejado heridas imborrables. En los 100 días que duró el genocidio se estimó que entre 800,000 y 1.2 millones de personas fueron asesinadas. Alrededor del 70% de la población tutsi resultó exterminada. Grupos de derechos humanos aseguraron que el Frente Patriótico Ruandés fue responsable de las muertes de miles de civiles jutus al tomar el poder en Ruanda, pero este rechazó las acusaciones.
Lo cierto es que de todos modos la muerte siguió haciéndose presente luego de finalizada la matanza oficial. En los campos de refugiados, miles de personas perdieron la vida a causa de enfermedades y nuevos actos de violencia. En Elare, donde cerca de un millón de ruandes buscaron refugio y que pasaría luego a conocerse como República Democrática del Congo, se desató una de las epidemias de cólera más graves que había enfrentado la región.
La ONU estimó que alrededor de 12,000 personas fallecieron debido a la enfermedad y se responsabilizó algunas organizaciones humanitarias por permitir que gran parte de la ayuda fuera captada. por las milicias jutus. Además, se estimó que aproximadamente el 70% de las mujeres abusadas durante el genocidio contrajeron B y H y la mayoría sufrió traumas psicológicos prolongados.
En un país marcado por la pobreza y el acceso limitado al tratamiento médico, la mayor parte murió dejando a sus hijos pequeños en situación de indigencia y extrema vulnerabilidad. Mientras la tragedia se desarrollaba, la comunidad optó una postura única, la ignorancia absoluta. No hicieron nada, absolutamente nada de nada para frenar la locura que se había desatado en Ruanda.
Muy por el contrario, ciertos documentos evidenciaron que el exministro de exteriores de Egipto y el exse secretario general de la ONU tuvieron su participación en la venta ilegal de armas durante el genocidio. Del mismo modo, se supo que China suministró una gran cantidad de machetes que fueron empleados para perpetrar los asesinatos.
En noviembre de 1994, por resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, se creó el primer tribunal internacional encargado de juzgar a los principales responsables del genocidio. Entre 1994 y su disolución en 2015, tras años de juicios complejos y prolongados, el Tribunal Penal Internacional para Ruanda procesó a más de 90 personas, incluyendo altos mandos militares, políticos y líderes de milicias, todos ellos de origen jutu.
Muchas de estas sentencias fueron cadenas perpetuas o largas penas de prisión por crímenes de genocidio, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad. El ya mencionado coronel, teonista y Bagosora, máxima autoridad militar tras la muerte del presidente, fue juzgado como uno de los principales instigadores del genocidio en Ruanda y el cerebro detrás de la orquestada Masacre.
Se le responsabilizó no solo de coordinar a las fuerzas armadas y milicias implicadas en las masacres, sino también de organizar el asesinato de la primera ministra Agate Uwiilingi Jimana, de líderes opositores y de 10 soldados belgas. Paralelamente entre el 2012 y 2012 funcionaron los Gaka, tribunales locales que se basaron en la justicia comunitaria tradicional.
Estos buscaban agilizar los procesos judiciales de los cientos de miles de acusados por su implicación en el genocidio, con la intención de alcanzar también la verdad, la justicia y la reconciliación entre los ruandeses. Durante 10 años funcionaron cerca de 12,000 de ellos en todo el país. Reunidos semanalmente en espacios públicos. Los gak abordaron más de 1.
2 millones de casos relacionados con la masacre. Aún así, alrededor de 10,000 detenidos perdieron la vida antes de enfrentar un juicio. Hasta el día de hoy no se ha podido esclarecer con certeza quién fue el responsable del ataque al avión que desató la matanza. Después del genocidio se hicieron enormes e intensos esfuerzos para poder rearmar la sociedad.
El ya mencionado Paul Kagame asumió la presidencia una vez detenida la masacre y continúa siendo, a la fecha de publicado este video, el presidente de Ruanda. Actualmente cumple su cuarto mandato tras ganar la reelección con casi el 99% de los votos, resultado que varios acusan de fraudulento. El sujeto ha recibido cierto reconocimiento por haber impulsado el desarrollo económico acelerado del pequeño y devastado país.
Ruanda mostró avances notables en salud, seguridad, negocios y economía. Pero continúa siendo una nación extremadamente pobre que aún enfrenta grandes desafíos. Además, la represión y la vigilancia política limitan las libertades y generan preocupación. Los detractores de Kagame aseguran que el presidente no tolera ningún tipo de oposición.
Sostienen además que varios rivales políticos han muerto en circunstancias sospechosas. Por si esto fuera poco, las tensiones étnicas continúan presentes y todavía no consiguieron resolverse. La población de Ruanda está compuesta hoy en día aproximadamente por un 84% de jutus, 15% de tutsis y un 1% de TUA. Y si bien en el país es ilegal hablar públicamente sobre etnias, esta medida genera opiniones divididas.
Mientras algunos la ven como una forma de prevenir discursos de odios y futuros genocidios, otros consideran que es contraproducente en tanto dificulta una reconciliación verdadera y profunda. Gran parte de los asesinatos cometidos por el ejército y el Frente Patriótico Ruandés no han sido juzgados y el tema sigue siendo tabú en Ruanda.

Amnistía Internacional advierte que la falta de investigación y castigo alimenta la impunidad, atropella los derechos de los ruandes y genera una peligrosa inestabilidad. Las décadas de tensiones y resentimientos étnicos finalmente desembocaron en una de las calamidades más atroces de la historia reciente y en uno de los episodios de violencia étnica más devastadores que supo presenciar la humanidad.
El genucidio de Ruanda nos vuelve a recordar la importancia de mantener una vigilancia permanente frente al odio y la intolerancia para evitar que tragedias como esta vuelvan a ocurrir. También nos recuerda lo necesario, que es que volvamos a fomentar el entendimiento y la unidad de cara a un ciclo de violencia que constantemente amenaza con repetirse. Sí.