Posted in

EL CASO QUE CONGELÓ MÉXICO: una entrega de trabajo y una desaparición en plena luz del día

 La moto era una italica de 150 cm cic roja con un pequeño raspón en el guardabarros trasero que nunca terminó de reparar porque siempre le faltaba tiempo o dinero. O las dos cosas. Julio César era motoboy, repartidor, de los que salían antes de que la ciudad despertara del todo y regresaban cuando ya oscurecía, con las manos adoloridas del manubrio y la espalda tensa del tráfico.

trabajaba para una empresa pequeña de mensajería llamada Express Moto, ubicada sobre la avenida Revolución en la zona centro oriente de la ciudad. No era un trabajo glamoroso, tampoco era un trabajo fácil, pero era su trabajo y él lo hacía bien. Sus compañeros lo recuerdan así, puntual, tranquilo, de pocas palabras, pero buen humor.

 El tipo que llegaba, tomaba su hoja de rutas, decía, “Ya voy.” Y se iba sin hacer drama. El tipo que nunca se quejaba, aunque le tocaran las entregas más largas o el tráfico más caótico del día. Lo que nadie sabe todavía es que ese martes Julio César aceptó una entrega que nadie más quiso hacer y que esa decisión lo borró del mapa.

 Antes de seguir, necesito pedirte algo importante. Si llegaste hasta aquí es porque esta historia ya te atrapó y todavía no hemos llegado ni a la mitad. Suscríbete al canal si aún no lo has hecho. Deja tu like para que más personas puedan conocer este caso y cuéntame en los comentarios desde dónde estás viendo esto.

 Desde la Ciudad de México, desde Monterrey, desde algún otro país. Me encanta saber quién está del otro lado. Ahora sí vamos. Express Moto era una empresa chica, de esas que operan con ocho o 10 motoboys, una recepcionista de medio tiempo y un dueño que hace las veces de despachador, contador y jefe de recursos humanos al mismo tiempo.

 El dueño se llamaba don Aurelio Serrano, un señor de cincuent y tantos años, robusto, con bigote entreco, y una voz de radio que imponía sin querer. Llevaba más de 15 años en el negocio de la mensajería y conocía Guadalajara como la palma de su mano. Sabía que colonias había que evitar en ciertas horas. Sabía qué rutas se ponían imposibles a mediodía y sabía también cuando una entrega olía rara.

 Esa mañana del martes la llamada llegó a la oficina cerca de las 9. Era una voz femenina, calmada, profesional, de las que saben exactamente lo que quieren. Se identificó como representante del despacho de arquitecturas solares y asociados. dijo que necesitaban hacer una entrega urgente de documentos legales relacionados con un proyecto en construcción, planos firmados, permisos, contratos, apeles que no podían enviarse por correo electrónico porque requerían firmas originales y sellos físicos.

La dirección de entrega no era en el centro de la ciudad, era en una obra ubicada en el municipio de Tlajomulco de Zúñiga, a unos 45 km al sur de Guadalajara. Don Aurelio frunció el ceño. No era una ruta imposible, pero tampoco era una entrega común. Tlajomulco había crecido como espuma en los últimos años. fraccionamientos nuevos, desarrollos habitacionales, bodegas industriales, obras por todas partes.

 Era normal que hubiera movimiento de documentos entre los despachos del centro y las construcciones en la periferia, pero 45 km en moto, en un martes consola a mediodía en carretera de dos carriles con topes y tráileres, no era cosa de tomarse a la ligera. le preguntó a la mujer si tenían flexibilidad en el horario.

 Ella dijo que no, que los documentos tenían que llegar antes de la 1 de la tarde porque el encargado de obra salía a esa hora y no regresaba hasta el día siguiente. Don Aurelio miró su lista de personal disponible. Tres de sus motoboys estaban en rutas activas. Uno había llamado enfermo esa mañana. Roberto, al que todos llamaban el chino, estaba presente, pero acababa de regresar de una entrega larga y ya tenía otra asignada para las 10.

 Y luego estaba Julio César, que había llegado puntual. Había tomado dos entregas locales y las había completado rápido. Tenía ventana libre. Don Aurelio lo llamó. Julio César escuchó la ruta, preguntó la dirección exacta, sacó su celular y la buscó en Google Maps. 43 km, aproximadamente una hora de camino dependiendo del tráfico.

 Luego el regreso no puso cara de problema. Ya voy,” dijo. Y eso fue todo. Lo que don Aurelio no supo en ese momento, lo que nadie supo hasta mucho después, es que el número desde el que llamó esa mujer no correspondía al despacho de arquitectura que mencionó. No todavía. Eso vendría después, cuando ya era demasiado tarde.

 Julio César recogió el sobre en las oficinas del despacho ubicadas en la colonia americana sobre la calle Marsella, una zona tranquila de edificios viejos con balcones de herrería y árboles que tapan la banqueta. El sobre era grueso, color café, cerrado con cinta y con una etiqueta pegada a mano que decía documentos para ing.

barragán, urgente, confidencial, lo firmó en la bitácora de salida. Anotó la hora 9:47 de la mañana. Le tomaron una foto al sobre como protocolo. Le dieron el número de contacto del ingeniero Barragán en obra, una extensión de celular que terminaba en 8804. Julio César guardó el sobre en su caja de entregas, se subió a la moto y encendió el GPS.

Nadie de ese despacho volvió a verlo. El camino hacia Tlajomulco en moto tiene algo que los tapatíos conocen bien. Sales por la avenida López Mateo Sur, esa arteria enorme que atraviesa la ciudad de norte a sur, cargada de centros comerciales, concesionarias de coches y puestos de tacos cada cuadra. Es caótica al principio.

 Semáforos, topes, microbuses que frenan sin avisar. Pero conforme avanzas hacia el sur, la ciudad empieza a adelgazarse, los edificios se espacian. aparecen terrenos valdíos, bodegas, rastros, gasolineras y luego la carretera libre con sus dos carriles y el cielo abierto de Jalisco. Julio César conocía esa ruta, no de memoria, pero sí lo suficiente.

 Había hecho entregas en esa zona antes, aunque nunca tan al sur, ni en una ubicación tan específica. La dirección que le dieron no correspondía a un fraccionamiento o a una zona comercial conocida. Era un camino de terracería que salía de la carretera principal a la altura del kilómetro 23, pasando el crucero del castillo. Un acceso sin nombre oficial en los mapas, solo una referencia.

 Entrada a obra nueva, portón azul a mano derecha. A las 10:18 de la mañana, el GPS de su celular registró su última ubicación activa en ese punto exacto, el kilómetro 23 de la carretera Guadalajara, Tlajomulco, antes del crucero del castillo y después, silencio. Sofía Arredondo tenía 23 años y trabajaba en una tienda de ropa en el centro comercial de patria.

Read More