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EL CASO QUE CONGELÓ ARGENTINA: UNA VIDA EN COMÚN, UN INICIO DE ENSUEÑO Y UN DESAPARECIMIENTO TOTAL

 En un barrio residencial del oeste de la ciudad, donde las casas de madera y piedra se mezclan con el paisaje montañoso, vivía una pareja que para todos los vecinos representaba la estabilidad misma. Valentina Ochoa tenía 32 años. Trabajaba como diseñadora gráfica freelance desde su casa, un chalet acogedor que compartía con su pareja desde hacía 4 años.

 Era una mujer de estatura media, cabello castaño largo que solía recoger en una cola de caballo y ojos verdes que transmitían una calma natural. Los vecinos la describían como cordial pero reservada. Alguien que saludaba con una sonrisa, pero no se detenía demasiado en conversaciones banales.

 Prefería la compañía de sus dos gatos persas y las largas caminatas por el circuito chico en las tardes de primavera. Matías Reynoso, su pareja, era ingeniero civil de 35 años. trabajaba para una empresa constructora local que se especializaba en proyectos residenciales y hoteleros. Alto de complexión atlética gracias a su afición por el ciclismo de montaña, tenía el pelo negro y corto, siempre impecablemente peinado y una barba prolijamente recortada.

 Era conocido en su círculo laboral como un hombre metódico puntual hasta el extremo, alguien que planificaba cada detalle de su vida con precisión matemática. La relación entre Valentina y Matías había comenzado en 2015, cuando ambos coincidieron en una exposición de arte en el centro cívico de Bariloche. Ella exhibía algunos de sus trabajos de ilustración digital.

 Él había asistido por invitación de un colega. La conexión fue inmediata. Conversaron durante horas sobre viajes, montañas, proyectos de vida. Se meses después, Valentina se mudó al chalet de Matías. una propiedad que él había heredado de sus abuelos y que había renovado con sus propias manos.

 Para quienes los conocían eran la pareja perfecta. Compartían el amor por la naturaleza, las salidas a restaurantes acogedores del centro, las proyecciones de cine en el teatro La Baita. No se les conocían discusiones públicas, escándalos ni conflictos visibles. Matías hablaba con orgullo del talento artístico de Valentina. Ella mencionaba con admiración la dedicación profesional de él.

 En febrero de 2019, apenas un mes antes de los acontecimientos que paralizarían a toda la región, la pareja había anunciado a sus familias que planeaban casarse en diciembre de ese mismo año. Habían comenzado a organizar la boda. Reservaron el salón del hotel Yao Yao. Eligieron el menú, diseñaron las invitaciones que Valentina misma ilustraría.

 La mañana del 18 de marzo de 2019 comenzó como cualquier otra. El despertador sonó a las 6:45 a en el dormitorio principal del chalet. Matías se levantó primero, como era su costumbre. Se duchó, se vistió con su ropa de trabajo habitual, jeans oscuros, camisa celeste, botas de seguridad. Bajó a la cocina y preparó mate, siguiendo el ritual de todas las mañanas.

 Valentina bajó alrededor de las 7:20 a vistiendo una bata de franela gris y pantuflas. Según el testimonio posterior de Matías, desayunaron juntos mientras conversaban sobre los planes del día. Valentina tenía programada una videollamada con un cliente de Buenos Aires a las 10 a. debía presentar el diseño final de una campaña publicitaria para una marca de cosméticos naturales.

 Había trabajado en el proyecto durante tres semanas y estaba satisfecha con el resultado. Matías, por su parte, tenía que supervisar una obra en construcción en el barrio Melipal, en la zona sur de Bariloche. Era un complejo de departamentos que llevaba 6 meses de desarrollo y estaba en una etapa crítica, el hormigonado de las losas del segundo piso.

 A las 7:55 a, Matías besó a Valentina en la frente, tomó su mochila con los planos y herramientas y salió de la casa. Subió a su camioneta Ford Ranger Gris, modelo 2016, y enfiló hacia la obra. Este detalle quedó registrado en las cámaras de seguridad de la estación de servicio IPF de la avenida Bustillo, donde Matías se detuvo a cargar combustible a las 8:03 a.

 El empleado que lo atendió, Roberto Maldonado, lo recordaría después como normal, tranquilo, igual que siempre. Valentina se quedó sola en la casa. Según la reconstrucción posterior, subió al estudio que había montado en una de las habitaciones del segundo piso, encendió su computadora, abrió los archivos del proyecto y preparó la presentación para la videollamada.

 A las 9:30 a envió un mensaje de WhatsApp a su hermana menor Carolina Ochoa, que vivía en Neuken capital. El mensaje decía, “Hermana, hoy presento el proyecto grande. Estoy nerviosa pero contenta. Te cuento después cómo me fue. Te quiero.” Carolina respondió con emojis de ánimo y un vas a hacerlo increíble. Ese fue el último mensaje que Valentina Ochoa envió en su vida.

 A las 10:02 a, el cliente de Buenos Aires intentó conectarse a la videollamada programada. Nadie respondió del otro lado. Esperó 5 minutos y volvió a intentar. Silencio. Envió un mensaje por email. Valentina, estamos esperando. ¿Todo bien? No hubo respuesta. A las 10:20 a, preocupado por la situación inusual, Valentina era conocida por su profesionalismo y puntualidad, el cliente llamó al teléfono celular de ella.

 El teléfono sonó cinco veces y luego entró al buzón de voz. Mientras tanto, Matías se encontraba en la obra de Melipal, supervisando el trabajo de los albañiles. Su presencia quedó documentada en las fotos que él mismo tomó con su celular para enviar el reporte diario a su jefe. Las imágenes estaban marcadas con la geolocalización y el horario.

 10 15 a, 10:47 a, 11:23 a. En todas aparecían los trabajadores, las estructuras en construcción. Las mezcladoras de hormigón en funcionamiento. Testigos presenciales confirmaron que Matías estuvo en el sitio sin interrupción desde las 8:30 a hasta la hora de almuerzo, alrededor de las 130 horas. A las 13:30 pm, Matías llamó a Valentina para avisarle que compraría empanadas de carne en la roticería del barrio y volvería a casa para almorzar juntos, como hacían habitualmente los lunes.

 El teléfono de Valentina sonó. Pero nadie atendió. Matías no le dio mayor importancia. Pensó que quizás ella estaba concentrada en su trabajo o había salido un momento a comprar algo. Pasó por la roticería a don Luis, compró una docena de empanadas y a las 13:50 pm llegó a su casa. Lo que encontró al abrir la puerta cambiaría su vida para siempre.

 La casa estaba en completo silencio. Los gatos maullaban insistentemente como si no hubieran comido en horas. Matías llamó a Valentina en voz alta. No hubo respuesta. Subió las escaleras hacia el estudio. La computadora estaba encendida. La pantalla mostraba el salvapantallas. Los archivos del proyecto estaban abiertos, listos para la presentación.

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