Posted in

EL CASO QUE CONGELÓ AL PERÚ: UNA PAREJA, UNA DESPEDIDA Y UNA DESAPARICIÓN SIN EXPLICACIÓN

 Desde la ventana de su habitación, en el segundo piso de la casa familiar, podía ver las luces de los edificios encendiéndose una a una, como luciérnagas urbanas que marcaban el inicio de otra noche en la capital. El aire era denso, cargado con esa humedad característica de marzo que se pegaba a la piel y hacía que todo se sintiera más pesado, más real.

 “Ya terminaste, hija?” La voz de su madre rosa resonó desde el pasillo. “Casi, mamá, dame 5 minutos.” Valeria se miró en el espejo que colgaba junto a su closet. Su rostro mostraba una mezcla de emoción y nerviosismo. Había esperado este momento durante meses mudarse a Arequipa junto a Diego, su pareja de 3 años, para abrir una pequeña tienda de artesanías peruanas.

 Habían planificado cada detalle con meticulosidad casi obsesiva. Los permisos municipales, el local alquilado en el centro histórico de la ciudad blanca, incluso los proveedores de textiles ayacuchanos ya estaban confirmados. Diego Paredes, de 26 años, ingeniero de sistemas con alma de emprendedor, había renunciado a su trabajo estable en una empresa de telecomunicaciones hacía dos semanas.

Era un riesgo calculado, según él. “Valeria, si no lo intentamos ahora, nunca lo haremos”, le había dicho una tarde mientras caminaban por el malecón de Miraflores con el océano Pacífico rugiendo debajo de los acantilados. En ese momento, a menos de 2 km de distancia en su departamento alquilado en Pueblo Libre, Diego también estaba terminando de empacar.

 La pequeña sala estaba repleta de cajas de cartón etiquetadas con marcador negro, cocina, ropa, documentos importantes. Su laptop estaba abierta sobre la mesa del comedor, mostrando la confirmación de sus pasajes de bus para las 7s0 am del día siguiente. la empresa de transporte Cruz del Sur, salida desde el terminal de Plaza Norte, destino Arequipa, con llegada estimada a las 6:30 pm.

 Diego revisó por tercera vez su mochila de mano, documentos de identidad, contrato del local, números de contacto de sus nuevos proveedores, cargador del celular, una botella de agua, todo estaba en orden. Miró su teléfono. 19:45. Valeria le había enviado un mensaje media hora antes, terminando de empacar. Nos vemos a las 21 en casa de mis papás para la despedida. Te amo.

 Él respondió con un emoji de corazón y una carita feliz. Sería la última comunicación digital que alguien recibiría de Diego Paredes. Casa de la familia Ramos, San Miguel, 2050 aes. La pequeña casa de dos pisos de la familia Ramos estaba más llena de lo habitual. Además de Rosa y su esposo Héctor, estaban presentes la hermana menor de Valeria, Camila, de 19 años, y los tíos paternos Roberto y Luz, que habían llegado desde San Juan de Lurigancho para despedirse de la sobrina.

 Rosa había preparado una cena sencilla pero abundante. Arroz con pollo, causa limeña, papa a la huancaína y para el postre suspiro a la limeña. Los aromas llenaban cada rincón de la casa mezclándose con el sonido de la música criolla. que sonaba bajito desde el equipo de sonido de la sala. “¿Ya llegó Diego?”, preguntó Héctor mirando su reloj. “Debe estar por llegar, papá.

El tráfico a esta hora es terrible”, respondió Valeria mientras ponía la mesa. A las 21:10, el timbre sonó. Diego apareció en la puerta con una sonrisa amplia cargando una botella de vino y un ramo de flores para rosa. Vestía jeans oscuros, una camisa celeste y zapatillas blancas.

 Su apariencia era la de un joven común. lleno de planes y energía. “Buenas noches, familia Ramos”, saludó con ese tono jovial que tanto le gustaba a Rosa. “Perdón la demora. El tráfico en la Fauset estaba imposible. Los abrazos comenzaron. Primero Rosa, luego Héctor con un apretón de manos firme y una palmada en la espalda, después Camila, con un abrazo rápido y finalmente los tíos.

 Todo transcurría con la normalidad de una despedida familiar más, sin señales de alarma, sin presagios oscuros. Durante la cena, la conversación giró en torno a los planes de la pareja. Diego explicó con entusiasmo cómo había investigado el mercado artesanal en Arequipa, las oportunidades del turismo post pandemia y cómo confiaba en que su tienda podría convertirse en un referente de productos peruanos auténticos.

 Tenemos contactos con artesanos de Puno, Cuzco y Ayacucho”, explicó Diego mientras servía vino en las copas. La idea es crear una cadena de valor justa donde los creadores reciban el precio que merecen por su trabajo. Valeria asentía con orgullo mientras su madre la miraba con esa mezcla de alegría y melancolía que solo las madres conocen.

 “Solo prométeme que van a llamar seguido”, dijo Rosa con los ojos ligeramente humedecidos. “Y que van a cuidarse mucho.” “Te lo prometo, mamá. Vamos a llamar cada dos días como mínimo, respondió Valeria tomando la mano de su madre sobre la mesa. Héctor, más pragmático, preguntó por los detalles del viaje.

 ¿A qué hora sale su bus mañana? A las 7 de la mañana desde Plaza Norte, respondió Diego. Llegaremos a Arequipa como a las 6:30 de la tarde. El dueño del local nos va a estar esperando para entregarnos las llaves del departamento que alquilamos arriba de la tienda. Y tienen todo en orden, documentos, dinero, insistió Héctor. Todo, don Héctor.

 Incluso hice una copia digital de todos nuestros papeles importantes. Diego sacó su celular y mostró una carpeta en la nube. Por si acaso se nos pierde algo. La cena continuó entre anécdotas, risas y algunos consejos de los mayores sobre cómo manejar un negocio. Roberto, que tenía una pequeña ferretería en San Juan de Lurigancho, compartió sus experiencias sobre tratar con proveedores y la importancia de mantener un buen control de inventario.

 Cerca de las 230 horas, cuando ya habían terminado el postre y el café, llegó el momento más emotivo de la noche. Rosa desapareció unos minutos en su habitación y regresó con dos pequeñas cajas envueltas en papel de regalo. Queríamos darles algo para su nueva etapa”, dijo con voz temblorosa. Valeria abrió la suya primero.

 Era una medalla de la Virgen de Chapi, patrona de Arequipa, con una cadena de plata para que los proteja en su nueva ciudad, explicó Rosa. Diego recibió la segunda caja. Dentro había una billetera de cuero con sus iniciales grabadas y adentro un billete de 100 soles doblado. “Es para la suerte en los negocios”, dijo Héctor con una sonrisa.

 Los abrazos finales comenzaron alrededor de las 23:30, uno por uno. Cada miembro de la familia se despidió de la pareja. Camila abrazó a su hermana con fuerza, susurrándole al oído. Te voy a extrañar mucho. Yo también, hermanita, pero puedes venir a visitarnos cuando quieras. Arequipa no está en otro planeta.

Read More