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Cómo la idea “RIDÍCULA” de un bandolero derrotó a los trenes blindados federales | Máquina Loca

más espectaculares de toda la revolución mexicana. Porque los oficiales federales, formados en las academias militares y entrenados en la doctrina convencional habían despreciado a Villa como un bandolero analfabeto, incapaz de concebir operaciones militares serias. Disponían de artillería moderna, de tropas disciplinadas, de trenes blindados que constituían fortalezas móviles sobre las vías.

Y sin embargo, fueron derrotados por una idea que ningún manual militar contemplaba. convertir una locomotora en un ariete cinético, en un misil balístico de acero y fuego lanzado contra sus posiciones. Esta es la historia de aquella idea, de cómo un expón de Hacienda, despreciado como simple bandolero por los militares profesionales, derrotó a los trenes blindados del Ejército Federal mediante el ingenio brutal de la máquina loca y de cómo aquella locomotora cargada de explosivos, lanzada sin conductor contra

las líneas enemigas en los arenales de Tierra Blanca, se convirtió en una de las armas más temibles. y originales de toda la guerra revolucionaria mexicana. Para entender por qué Pancho Villa terminó lanzando una locomotora cargada de dinamita contra las líneas federales en Tierra Blanca, hay que reconstruir la situación estratégica que durante el otoño de 1913 había convertido a los ferrocarriles en el sistema nervioso de toda la guerra revolucionaria del norte y que había planteado a villa el problema específico

que la máquina loca resolvería de manera era espectacular. El régimen contra el cual Villa combatía era la dictadura militar de Victoriano Huerta, instaurada en febrero de 1913 mediante el golpe de estado de la decena trágica y consolidada mediante el asesinato del presidente Francisco Madero. que durante la fase maderista de la revolución había combatido bajo las órdenes del presidente legítimo, se levantó en armas contra el usurpador y durante los meses siguientes reorganizó las fuerzas revolucionarias del norte,

en lo que progresivamente se convertiría en la división del norte, el ejército revolucionario más poderoso de toda la guerra civil contra Huerta. Para finales de 1913, aquella fuerza había alcanzado dimensiones considerables y disponía de recursos que la distinguían de las imágenes convencionales de un ejército guerrillero improvisado.

Contrariamente al desprecio con que los federales lo describían, el ejército de Villa no era una asamblea desordenada de combatientes aficionados. Disponía de artillería moderna. Los soldados vestían uniformes y portaban fusiles mauser alemanes de 7 mm de fabricación reciente. Adicionalmente, la división del norte había desarrollado un sistema de abastecimiento notablemente organizado con un comprador principal en los Estados Unidos y una red logística que operaba a lo largo de toda la frontera, adquiriendo y

transportando municiones, uniformes, medicinas, monturas y todo lo que un ejército necesitaba hasta cualquier punto donde villa operara. Los recursos que sostenían aquel ejército, que eventualmente alcanzaría los 40,000 soldados, provenían del ganado confiscado, de los ingresos aduaneros y de las contribuciones forzosas que villa imponía a los residentes más acaudalados de Chihuahua.

El factor que durante toda la campaña condicionaría la estrategia villista era la importancia decisiva de los ferrocarriles. México había desarrollado durante el porfiriato una red ferroviaria considerable y aquella red se había convertido en el sistema nervioso de la guerra revolucionaria. Los ejércitos se desplazaban por ferrocarril, los suministros se transportaban por ferrocarril.

 Las comunicaciones dependían de las líneas telegráficas que seguían el trazado de las vías. El control de los nudos ferroviarios determinaba la capacidad de maniobra de los ejércitos y los trenes blindados, con boyes acorazados, equipados con artillería y ametralladoras, se habían convertido en fortalezas móviles que dominaban las vías y que constituían uno de los instrumentos militares más temibles de toda la guerra.

A finales de octubre y principios de noviembre de 1913, Villa había tomado Ciudad Juárez mediante la célebre estratagema del tren de Troya, infiltrando a sus hombres en la ciudad fronteriza a bordo de un convoy carbonero. La captura de Juárez le había proporcionado el control de uno de los principales pasos fronterizos, resolviendo parcialmente el problema crónico del abastecimiento al establecer una conexión directa con los proveedores estadounidenses.

Pero aquella victoria había planteado inmediatamente un nuevo problema estratégico. El ejército federal, decidido a recuperar la plaza fronteriza, organizó una fuerza considerable que avanzaba desde Chihuahua hacia el norte para enfrentar a Villa y reconquistar Juárez. Villa comprendió que no podía permitir que aquellos refuerzos federales lo sitiaran dentro de Ciudad Juárez.

Combatir dentro de la ciudad fronteriza presentaba además un riesgo adicional. Cualquier combate en Juárez podía producir disparos que cruzaran la frontera hacia El Paso, Texas, provocando un incidente internacional con los Estados Unidos que Villa quería evitar a toda costa. La decisión del caudillo fue salir al encuentro del enemigo, desplazando el campo de batalla lejos de la frontera.

Eligió para ello la pequeña estación ferroviaria de Tierra Blanca. situada a unos 56 km al sur de Juárez, donde el terreno arenoso ofrecía ventajas tácticas específicas, dificultaba el desplazamiento de la pesada artillería federal y alejaba el combate de la frontera estadounidense. Allí, sobre los arenales que rodeaban la estación, Villa atrincheró a sus fuerzas y esperó la llegada del ejército federal, comandado por el general José Inés Salazar.

La batalla que se avecinaba pondría a prueba el ingenio del caudillo contra la superioridad técnica del enemigo. El escenario que Villa eligió para enfrentar al ejército federal reflejaba la inteligencia táctica que sus enemigos sistemáticamente le negaban. Tierrablanca, la pequeña estación ferroviaria situada a unos 56 km al sur de Ciudad Juárez ofrecía un conjunto de ventajas que el caudillo había evaluado cuidadosamente antes de decidir presentar allí la batalla.

 El terreno arenoso que rodeaba la estación dificultaba considerablemente el desplazamiento de la pesada artillería federal, neutralizando parcialmente una de las principales ventajas técnicas del enemigo. A distancia respecto a la frontera eliminaba el riesgo de un incidente internacional con los Estados Unidos y la disposición del terreno permitía a Villa atrincherar a sus fuerzas en posiciones defensivas mientras oblidaba a los federales a atacar a través de los arenales.

Las dos fuerzas que se enfrentarían en tierra blanca eran de magnitud relativamente equilibrada en términos numéricos. Villa disponía de aproximadamente 5 a 6 hombres. El ejército federal comandado por el general José Inés Salazar sumaba entre 5250 y aproximadamente 7000 soldados. Pero la equivalencia numérica ocultaba una asimetría cualitativa que favorecía teóricamente a los federales.

 Las tropas de Salasad eran en principio más disciplinadas según los estándares militares convencionales y disponían de mayor cantidad de artillería. Adicionalmente, contaban con trenes blindados los convoyes acorazados que constituían fortalezas móviles sobre las vías y que representaban uno de los instrumentos militares más temibles de toda la guerra.

La superioridad técnica federal en artillería y en material blindado parecía, sobre el papel suficiente para inclinar la balanza en favor del ejército regular. Villa, consciente de aquella asimetría técnica, articuló una estrategia destinada a neutralizar las ventajas federales mediante una combinación de factores.

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