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Bukele Vio a un Anciano Pidiendo Limosna con 3 Medallas Militares – 40 Años Buscándolo 🇸🇻

 Cuando finalmente recordó quién era, ya era demasiado tarde.  El mundo había seguido sin él. Su esposa lo había llorado. Sus hijos habían crecido pensando lo muerto y él, demasiado avergonzado para volver a una familia que ya había hecho su luto, decidió desaparecer en las calles de San Salvador con sus únicas pertenencias, un viejo uniforme militar y tres medallas que nadie se molestaba en mirar.

 Hasta una mañana de octubre, cuando el convoy presidencial de Nayib Bukele se detuvo en un semáforo y el presidente vio algo en el reflejo del cristal blindado que cambiaría todo. Tres destellos metálicos sobre el pecho de un mendigo. Tres medallas que él reconoció al instante porque las había estudiado en libros de historia militar.

 Esta es la historia del soldado que su patria olvidó y del presidente que se negó a dejarlo morir como un desconocido en una acera. Roberto Linares nació en 1947 en un pequeño pueblo llamado Caca Opera en el departamento de Morazán. Su padre era un campesino que cultivaba maíz y frijoles en una parcela alquilada. Su madre tejía hamacas para vender en el mercado del pueblo.

  Eran pobres, pero felices. Roberto era el mayor de seis hermanos y desde muy joven supo que tenía que ayudar a mantener a la familia. A los 12 años ya trabajaba en el campo junto a su padre. A los  15 sabía manejar el machete tamban bien como cualquier adulto. Pero Roberto no quería ser campesino toda su vida.

 Soñaba con algo más grande, con servir a su país, componerse un uniforme y defender a su gente. Cuando cumplió 18 años, en 1965,  se enlistó en el ejército salvadoreño. Su madre lloró el día que se fue.  Su padre lo abrazó en silencio porque los hombres de cacaopera no lloraban delante de sus hijos.

 “Vas a cuidarte”, le dijo su padre apretándole el hombro. Y vas a volver. Roberto prometió que volvería. No sabía que esa promesa le tomaría 40 años cumplirla. En el ejército  encontró su lugar. Era disciplinado, valiente, leal. Sus superiores notaron rápidamente que tenía algo especial, una capacidad natural para el liderazgo,  una calma bajo presión que no se podía enseñar.

 Lo ascendieron a cabo a los 20 años. a sargento a los 23, cuando estalló la guerra de las 100 horas con Honduras en 1969, Roberto estaba en la primera línea. Demostró tanto valor en combate que le otorgaron su primera medalla, la cruz al mérito militar. La recibió de manos de un general en una ceremonia oficial. Su madre vino a verlo desde Cacaopera.

Lloró de orgullo cuando vio a su hijo con uniforme de gala. recibiendo aquel honor, mi muchacho. Le dijo, “Tu papá estaría tan orgulloso.” Su padre había muerto un año antes de un infarto en el campo. Roberto no había podido despedirse. En 1972 conoció a María Elena en una fiesta del pueblo. Ella tenía 22 años.

 Era la hija del maestro de la escuela y tenía una sonrisa que a Roberto le pareció más hermosa que cualquier amanecer en Morazán. Se casaron 6 meses después. Tuvieron dos hijos, Roberto Junior en 1974 y Carmen en 1977. Roberto era feliz. Por primera vez en su vida sentía que tenía todo lo que un hombre podía pedir, una esposa que lo amaba.

 dos hijos sanos, una carrera militar exitosa, pero esa felicidad estaba a punto de quebrarse en 1000 pedazos. En 1980 estalló la guerra civil salvadoreña, lo que empezó como tensiones políticas se convirtió en un conflicto brutal que dividió al país durante 12 años. Roberto, ahora con 33 años, fue movilizado al frente de batalla.

 servía en una unidad especial encargada de operaciones en zona montañosa. Morazán  era uno de los departamentos más conflictivos. Los enfrentamientos eran diarios. Los compañeros caían uno tras otro.  Roberto vio cosas que nunca contó a nadie. Cargó cuerpos de amigos, disparó a hombres que probablemente tenían familias esperándolos.

 Lloró en silencio dentro de trincheras improvisadas mientras el sonido de las balas reemplazaba al canto de los pájaros. Cada vez que tenía un permiso, volvía corriendo a casa. Abrazaba a María Elena con desesperación, levantaba a sus hijos en el aire y les hacía cosquillas hasta que reían. Atesoraba cada minuto porque sabía que cualquier minuto podía ser el último.

 Papá, ¿cuándo se va a acabar la guerra?, le preguntó Roberto Junior una noche. Tenía 8 años y ya entendía cosas que un niño de 8 años no debería entender. Pronto, mi hijo, pronto se va a acabar y yo voy a estar aquí todos los días. ¿Lo prometés? Lo prometo. Otra promesa que tardaría 40 años en cumplirse. En 1982, Roberto recibió su segunda medalla,  La estrella de valor, por salvar la vida de tres compañeros durante una emboscada en Perquín.

 Le hicieron una ceremonia en el cuartel. María Elena no pudo asistir porque las carreteras estaban bloqueadas. Cuando volvió a casa, le mostró la medalla a sus hijos. Pa, cuando yo crezca también quiero ser soldado”, le dijo Roberto Junior con los ojos brillantes. Roberto sintió que algo se le rompía por dentro.

“No, mi hijo, vos vas a ser ingeniero o doctor o lo que vos querás, pero no soldado. La guerra no es como en las películas. ¿Por qué? Porque te quita pedazos del alma que nunca recuperás. La emboscada del 15 de marzo de 1984 fue diferente. La unidad de Roberto había sido enviada a una misión de reconocimiento en una zona montañosa cerca de la frontera con Honduras.

 Eran 12 soldados. Roberto era el segundo al mando. Cayeron en una trampa. Los rebeldes los habían estado siguiendo durante días sin que ellos lo supieran.  Cuando comenzaron a disparar, fue desde tres direcciones diferentes, un fuego cruzado del que era casi imposible escapar. Los primeros seis soldados murieron en los primeros segundos.

 Roberto vio caer a su mejor amigo, el cabo Méndez, con quien había compartido cigarrillos esa misma mañana. Tomó el mando de los sobrevivientes y los guió hacia un barranco donde podían cubrirse. Pero antes de llegar, una granada explotó a metros de él. La onda expansiva lo lanzó por los aires. Cayó rodando por la pendiente del barranco.

Una metralla le entró por el costado, otra le hirió la cabeza. Cuando perdió la conciencia, fue lo último que recordó claramente durante muchos años. El cielo gris de Morazán girando sobre él mientras escuchaba los gritos de sus compañeros muriendo. Cuando los refuerzos llegaron horas después, encontraron 11 cuerpos.

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