Si estos informes en los que indagamos en el pasado de las grandes potencias les gusta, pueden escribir pasado en los comentarios. Comencemos. Rusia no nació en 1613 con la dinastía Romanov, ni en 1721 cuando Pedro el Grande la proclamó imperio. Sus raíces son más antiguas, pero siempre violentas.
En el siglo IX, los Varegos, guerreros escandinavos que navegaban los grandes ríos en busca de rutas comerciales hacia Bizancio, fundaron Kiev, el primer estado eslavo oriental, la Rus de Kiev. De ese crisol de pueblos eslavos nórdicos y esteparios nació la identidad que siglos después seguiría llamándose rusa. Vino después la catástrofe definitoria.

En 1240, los ejércitos mongoles de Batucán arrasaron Kiev y sometieron las tierras rusas durante más de dos siglos. Ese periodo, el yugo Tártaro, modeló algo profundo en la estructura política del territorio. La convicción de que solo un poder central despiadado podía sobrevivir en una llanura sin fronteras naturales, rodeada de enemigos por todos los flancos.
Cuando Iván el terrible se coronó primer zar de todas las Rusias en 1547, no estaba inventando una tradición, la estaba formalizando. El poder absoluto, la paranoia ante el extranjero y la expansión territorial como imperativo de supervivencia no fueron excesos del sarismo tardío, fueron sus fundamentos de origen.
Rusia siempre gobernó desde el miedo porque siempre tuvo razones para tenerlo. Rusia no era en vísperas de 1917. El vestigio medieval que la imaginación popular suele representar era algo más perturbador. El primer estado moderno que sistematizó la contrarrevolución como filosofía de gobierno. Mucho antes de que Mussolini creara legiones de camisas negras o Hitler perfeccionara el arte del miting, los últimos ares ya habían diseñado el manual.
El punto de partida fue un asesinato. En marzo de 1881, una bomba lanzada por revolucionarios mató al Sar Alejandro II, el sar libertador que había abolido la servidumbre en 1861 e impulsado tímidas reformas. Su hijo y sucesor Alejandro Io respondió con una contraofensiva que cambiaría la historia de Europa.
Terminó con la línea de ses lampiños iniciada por Pedro el Grande, se dejó crecer una larga barba y se hizo fotografiar vestido como un campesino. No era vanidad, era política. El mensaje era que la modernización occidental era el problema, no la solución. propaganda y una falsa empatía con el pueblo. La fórmula invencible que aún hoy es la columna vertebral de casi todas las organizaciones, desde empresas hasta estados.
El cerebro que operaba detrás de ese programa era Constantín Popedonostep, curador del santísimo Sínodo y tutor personal de los dos últimos emperadores. El poeta Alexander Block lo describió como una figura cuyas alas de búo se extendían sobre toda Rusia oscureciendo el día. Pobonstep definió la soberanía popular como la gran mentira de nuestra época.
Décadas antes de Joseph Goversels colocó a la Revolución Francesa en el lugar de Némesis y se propuso destruir todos sus efectos. Ese ejemplo de rebeldía exitosa contra el poder central debía ser acallado a toda costa. Para eso se valió de la censura de la prensa, el cierre de universidades, la expulsión de mujeres de la educación superior y el envío directo de los estudiantes políticamente activos al servicio militar y sobre todo la creación de lo que él llamó el estado de excepción, un régimen de reglamentaciones temporales que permitía
al Estado perseguir a cualquier sospechoso en tribunales especiales sin necesidad de demostrar nada. Bajo ese paraguas jurídico comenzó lo que el régimen llamó rusificación y que en la práctica fue terror nacionalista. Los finlandes perdieron la autonomía de su ejército y de su correo. En las universidades de Varsovia y Vilna se clausuraron las clases.
No se podía imprimir nada en ucraniano y la literatura polaca debía estudiarse en ruso. Los lituanos comenzaron a perder el derecho a usar el alfabeto latino y sobre todo los judíos, 5 millones de personas dentro de las fronteras del imperio. Cayó la maquinaria más sistemática de persecución que Europa había visto desde la Inquisición.
restricciones al voto, a la propiedad, a la educación y hasta los nombres que podían llevar sus hijos. Oleadas de violencia callejera organizada o tolerada desde arriba que provocaron el éxodo masivo más grande de la historia judía moderna. Casi la mitad de esa población tuvo que exiliarse para sobrevivir.
Fue en esa Rusia esarista donde se fraguó uno de los documentos más letales de la historia moderna, los protocolos de los sabios de Sion, el texto que estableció los cimientos. de todas las teorías de conspiración sobre dominación mundial. Publicado en 1903 y reimpreso clandestinamente por la policía secreta zarista, La Rana, llegó a Berlín en 1919 y a Estados Unidos en 1920.
Adolf Hitler lo leyó, Henry Ford lo leyó. El fiscal que participó en su difusión en Rusia terminaría años después colaborando con los nazis. Ese texto es efectivamente uno de los fraudes más dañinos de la historia. Lo que lo hace tan persistente es que no fue escrito como una ficción, sino diseñado por la policía secreta del Sar, específicamente para desviar el descontento social hacia un enemigo externo y ficticio.
A pesar de que el diario británico de Times demostró ya en 1921 que se trataba de un plagio de una sátira política francesa de 1864 que nada tenía que ver con los judíos, el daño ya estaba hecho. Su estructura de plan secreto resultó ser un modelo tan efectivo que sigue siendo la plantilla básica de casi todas las teorías de conspiración actuales.
En noviembre de 1905, después de una revolución fallida que había hecho tambalear el régimen, nació en Rusia la primera organización fascista de Europa. La Unión del Pueblo Ruso, conocida como las centurias negras, portaban camisas amarillas. Décadas antes de las camisas negras de Mussolini o las Pardas de Hitler organizaban brigadas de combate callejero, promovían el terror contra judíos e liberales y recibían armas de la policía, subsidios del estado y condecoraciones personales del SAR.
Hasta Rasputín, el confesor de la familia imperial, mantuvo como confidente al monje más radical de las centurias negras. Cuando la revolución llegó y la clase dirigente se exilió, más de 2 millones de personas en lo que se llamó la internacional negra llevaron consigo ese bagaje ideológico a Berlín, Munich y París.
Los historiadores pueden trazar una línea directa entre las centurias negras rusas y el nazismo alemán. El imperio que parecía un anacronismo era en realidad el laboratorio donde se diseñaron las herramientas del siglo más violento de la historia. Pero si el zarismo fue tan efectivo en la represión, ¿por qué no pudo salvar su propio trono? Cuando llegó el momento, en 1913, el año del último gran esplendor imperial, la producción industrial de Rusia era 14 veces menor que la de Estados Unidos, seis veces menor que la de Alemania y dos veces y
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medias menor que la de Francia. El PI per cápita era inferior al de Hungría o España y representaba apenas una cuarta parte del estadounidense. El 85% de la población vivía en zonas rurales. Un diputado del Comité Legislativo señaló ese año que en muchos pueblos la presencia de chinches y cucarachas en los hogares se consideraba señal de riqueza.
Al menos había algo vivo en la casa. El imperio era una contradicción andante. San Petersburgo, rebautizada Petrogrado, al inicio de la guerra, para sonar menos alemana, era una ciudad europea de óperas, ballets y salones literarios donde la vanguardia artística rusa dialogaba con París y con Berlín. A pocas horas entré en la servidumbre había sido abolida apenas en 1861 y el campesinado vivía en condiciones que los visitantes occidentales describían con horror.
No era un país atrasado, eran dos países superpuestos, sin puente entre ellos. La industrialización que el régimen promovía para competir con las potencias occidentales estaba financiada en casi la mitad por capital extranjero. Generaba ciudades, pero no ciudadanos. Obreros arrancados del campo, asinados en barracones, sin derechos laborales, sin sindicatos libres, sin más canal político que la huelga ilegal.
Lenin los llamaba el proletariado, el SAR los llamaba agitadores y los enviaba a Siberia. Nicolás II era el hombre menos indicado para gobernar esa contradicción. Educado para obedecer y transmitir, no para crear. Era un padre cariñoso, un hombre de gustos sencillos y una total incapacidad para distinguir entre la lealtad personal y la competencia política.
Rodeado de cortesanos que le decían lo que quería escuchar, gobernaba el imperio más grande del mundo con la mentalidad de un propietario de finca, que confía en que las cosas siempre han sido sí y siempre lo serán. El primer aviso grave llegó en 1905. La guerra contra Japón, que Rusia perdió de manera humillante, desencadenó una revolución que el régimen solo sofocó con sangre y con promesas.
El domingo sangriento de enero de 1905, cuando las tropas dispararon contra una marcha pacífica de trabajadores que llevaban iconos religiosos y una petición al SAR, mató a cientos de personas e hiriíó algo más difícil de cuantificar, la idea de que el Sar era el padre del pueblo. El manifiesto de octubre de ese año creó un parlamento, la Duma, y prometió libertades civiles.
Pobedonostev murió convencido de que había sido una traición, pero las reformas llegaron tarde, fueron tibias y nunca cambiaron lo fundamental. Un sar que seguía gobernando por decreto los engranajes de una burocracia corrupta e ineficiente, un ejército cuya oficialidad trataba a los soldados con castigos corporales y una economía que crecía espectacularmente en las ciudades, mientras el campo seguía viviendo igual que en el siglo anterior.
La primera revolución de 1905 fue el ensayo general. Nadie en el palacio entendió la señal. En 1914 el imperio entró en la Primera Guerra Mundial. El primer ministro Piot Stolipin, el hombre que había ahorcado a 3,000 revolucionarios para mantener el orden y que también impulsaba reformas agrarias que podrían haber estabilizado el régimen, ya había sido asesinado en 1911.
En su ausencia, Nicolás II tomó el mando personal del ejército en 1915, una decisión de consecuencias catastróficas. Cada derrota militar se convirtió desde ese momento en una derrota personal del SAR. Para entonces, el único consejero que la emperatriz Alejandra, alemana de nacimiento, lo que bastaba para hacerla sospechosa en tiempos de guerra, consultaba con devoción era Gregory Rasputin, un monje siberiano de poderes curativos supuestamente milagrosos que había logrado aliviar los episodios hemofílicos del Sarevic Alexei.
Rasputin recomendaba ministros, influía en decisiones militares y acumulaba enemigos en toda la corte. En diciembre de 1916, un grupo de nobles lo envenenó, le disparó y lo arrojó al río Nevá. Cuando esto circuló en los salones de San Petersburgo, hubo quienes lo celebraron. Era demasiado tarde. Una nación no colapsa de un día para otro.
Se desangra lentamente hasta que alguien tira del hilo y todo se deshace a la vez. El invierno de 1917 fue especialmente duro. En Petrogrado escaseaba el pan. Las filas ante las panaderías comenzaban antes del amanecer. El ejército llevaba casi 3 años en el frente con 1.7 millones de muertos y casi 6 millones de heridos enviados a morir por oficiales que en ocasiones distribuían munición del calibre equivocado para sus armas.
En las fábricas, los obreros trabajaban jornadas extenuantes para una economía de guerra que los dejaba sin alimento. El 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer, según el calendario occidental. El 23 de febrero, según el calendario juliano que Rusia todavía usaba, las trabajadoras de las fábricas textiles de Petrogrado salieron a la calle. Pedían pan.
No eran revolucionarias profesionales, eran mujeres agotadas. Los obreros de las grandes fábricas, incluida la Putilov, con sus 35,000 trabajadores, se sumaron a la huelga. Al día siguiente, la ciudad estaba paralizada. Nicolás II, que estaba en el cuartel general del Frente, ordenó al comandante de la guarnición de Petrogrado que restaurara el orden.
Los soldados recibieron la orden de disparar. Durante un día obedecieron. Después comenzaron a cruzar las líneas para unirse a los manifestantes. No era ideología, era que esos soldados eran hijos de los mismos obreros y campesinos que marchaban. En menos de una semana todos los regimientos de la guarnición se habían sumado a la revuelta.
El Estado Mayor presionó al Sar para que apicara. Nicolás II se dió el trono el 2 de marzo, el 15 de marzo según el calendario gregoriano, en un vagón de tren con una frase que un testigo registró y que resume todo. Se deshizo del imperio como un comandante de escuadrón entrega su mando. Su hermano, el gran Duque Miguel rechazó la corona al día siguiente.
300 años de los Romanov terminaron sin una sola batalla en su defensa. Lo que siguió fue durante unas semanas algo que los contemporáneos describieron como el estallido de libertad más intenso que nadie había visto. El gobierno provisional abolió la pena de muerte, abrió las prisiones, permitió el regreso de todos los exiliados, incluido Lenin, que viajó desde Suiza en un vagón sellado con permiso alemán.
Proclamó las libertades de prensa, reunión y conciencia. El antisemitismo de estado desapareció oficialmente en Moscú. Los trabajadores obligaban a sus patrones a aprender el nuevo código laboral. En Odessa, los estudiantes dictaban a sus profesores el nuevo programa de historia. En el ejército, los soldados invitaban al capellán a sus reuniones para que diera sentido a sus vidas.
Era, en palabras de Lenin, el país más libre del mundo. Duró poco. El gobierno provisional cometió el error que costaría todo. Decidió continuar la guerra. Los bolcheviques de Lenin, que prometían paz, tierra y pan, ganaron posiciones semana a semana. En octubre de 1917, la Guardia Roja tomó los puentes, las estaciones, el Banco Central y la central telefónica de Petrogrado, casi sin disparar un tiro, los tranvías siguieron circulando.
Los teatros no cancelaron sus funciones. Uno de los eventos más importantes del siglo XX ocurrió mientras la ciudad dormía. La revolución que empezó pidiendo PAN terminó dando origen a la Unión Soviética, a 70 años de comunismo de partido único, al Gulac, a la Guerra Fría y a la carrera armamentística nuclear que puso al mundo al borde del apocalipsis.
Todo eso estaba contenido en semilla en aquella semana de marzo en la que nadie defendió al último zar. Y es así como nuestra historia vuelve al principio. El 25 de diciembre de 1991, la bandera roja de la Ósia, el martillo, fue arriada por última vez sobre el Kremlin. La Unión Soviética, el experimento político más ambicioso y más sangriento del siglo XX, se disolvió sin una revolución, sin una guerra, sin un disparo. Se disolvió de agotamiento.
Vladimir Putin, un teniente general de la KGB destinado en Dresden cuando cayó el muro de Berlín, dice haber llorado ese día. Lo llama la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX. En menos de una década, Putin pasó de ser un funcionario de inteligencia sin perfil público a dirigir el FSB, el sucesor de la KGB, y luego a la presidencia que ocupa con interrupciones formales desde el año 2000.
Lo que construyó en ese tiempo es algo que los politólogos han llamado autocracia electoral, estado policial suave o simplemente putinismo. Un sistema donde hay elecciones pero no competencia real, donde hay prensa, pero no líneas independientes. En resumen, donde hay oposición sus líderes terminan envenenados, encarcelados o exiliados.
Alexil Navalni, el opositor más visible de la última década, sobrevivió a un envenenamiento con Novichok, el agente nervioso de origen militar soviético en 2020. Regresó voluntariamente a Rusia, fue arrestado en el aeropuerto y murió en una colonia penal ártica en febrero de 2024 a los 47 años.
El Kremlin negó cualquier responsabilidad. Nadie en el mundo creyó esa negación. En febrero del 2022, Putin lanzó la invasión a gran escala de Ucrania, la mayor guerra terrestre en Europa desde 1945. La justificó con una mezcla de argumentos que cualquier Povedonstev reconocería. La necesidad de desnazificar un territorio que históricamente es ruso, la amenaza de la expansión de la OTAN, la defensa de los rusoparlantes de Donbas.
La guerra no terminó en tr días, como Moscú calculó. 2 años después costaba ya más de 100,000 muertos en cada bando. Había destruido ciudades enteras y reconfigurado el orden de seguridad europeo de una manera que los analistas compararon con 1914. La tensión entre Rusia y Occidente alcanzó niveles que no se veían desde la crisis de los misiles de Cuba.
La OTAN amplió sus fronteras hasta Finlandia y Suecia, países que habían mantenido la neutralidad durante toda la guerra fría. Las sanciones occidentales intentaron aislar la economía rusa. China y Rusia profundizaron su alianza estratégica mientras Corea del Norte comenzaba a suministrar municiones y misiles. El mundo se reorganizó en bloques con una velocidad que recordaba el periodo de entre guerras.
Dentro de Rusia el régimen recrudeció la represión. Hablar de guerra en lugar de operación militar especial se convirtió en delito con penas de hasta 15 años. Miles de personas fueron detenidas por sostener cartulinas en blanco. Cientos de miles de hombres en edad militar huyeron al extranjero para evitar la movilización. La propaganda estatal saturó todos los canales disponibles con una narrativa de cerco occidental y misión civilizatoria que recordaba en sus estructuras profundas al pegermanismo y al pensamiento de las centurias negras. Y
sin embargo, los paralelos con 1917 que algunos observadores trazan tienen límites importantes. Rusia en 2026 no es el imperio de 1917. Tiene armas nucleares, tiene petrublos, tiene una clase media urbana más integrada y tiene un aparato de seguridad infinitamente más sofisticado que la Rusia zarista.

No hay un Lenin esperando en un tren suizo. No hay levantamientos espontáneos en las fábricas. Pero hay algo que sí se repite con una exactitud inquietante. La brecha entre el poder y la realidad y la fe del gobernante en que la fuerza puede sustituir a la legitimidad. La historia del imperio ruso es en el fondo, la historia de un poder que creyó haber resuelto para siempre la ecuación entre autoridad y pueblo.
Lo creyeron Alejandro II y Povedonasev. Lo creyó Nicolás II. La semana del 8 de marzo de 1917 demostró que ningún trono es eterno cuando el pueblo que lo sostiene decide simplemente soltarlo. La pregunta que flota sobre Moscú en el siglo XXI no es si ese momento puede volver a ocurrir. La historia enseña que siempre puede volver.