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ANTONIO encontró a FLOR con JAVIER SOLÍS en un hotel… Los vio abrazados durante 3 horas

 Pepe nunca había visto llorar a su padre, [música] ni cuando enterraron a su hermano, ni cuando perdieron el rancho en Jalisco, ni siquiera cuando la artritis le destruyó las manos y ya no pudo montar a caballo. Papá, no entiendo de qué hablas. Javier Solís. El nombre cayó como una bomba en esa habitación de hospital que olía a desinfectante y a muerte [música] cercana.

 Javier Solís, el rey del bolero ranchero, el ídolo de México, el hombre que murió en 1966 a los 34 años por complicaciones de una cirugía de vesícula. El amigo de la familia, el compadre Antonio, respiró hondo, sus pulmones haciendo un ruido húmedo y terrible. En el closet del rancho, Caja de Puros Romeo y Julieta, ahí está la prueba.

 Un pañuelo blanco, las iniciales de tu madre bordadas. Él lo usó para secar sus lágrimas. Yo lo recogí del piso de la habitación [música] 307 del hotel Regis. Lo guardé 45 años porque necesitaba saber que no estaba loco, que lo que vi esa noche fue real. ¿Qué viste, papá? Pero Antonio ya no respondió. Sus ojos se cerraron. La enfermera entró apurada porque el monitor cardíaco empezó a sonar diferente.

 Pepe fue empujado hacia el pasillo. Dos horas después, [música] a la 1:52 de la madrugada del 18 de junio, Antonio Aguilar dejó de respirar y Pepe se quedó con esas palabras clavadas en el pecho como puñales. El funeral fue un circo mediático. Miles de personas en las calles, mariachis tocando hasta que se les rompieron las cuerdas, políticos dándose baño de pueblo.

 Flor silvestre vestida de negro riguroso, el rostro cubierto por un velo llorando con ese dramatismo que solo ella sabía ejecutar a la perfección. Pepe la observó durante toda la ceremonia. Su madre de 76 años, todavía bella a pesar de las arrugas, todavía imponente a pesar del dolor. Lloraba, sí, pero lloraba por Antonio o lloraba por algo más, por alguien más.

Durante tres [música] semanas, Pepe no pudo regresar al rancho. Las giras, los compromisos, la familia, los abogados, el testamento. La vida continuaba con esa crueldad característica de seguir girando, aunque el mundo de uno se haya detenido. Pero la confesión de Antonio lo perseguía.

 En las noches, acostado junto a Anelis, cerraba los ojos y escuchaba esa voz quebrada. Tu madre amó a otro hombre más que a mí. Era posible. Flor Silvestre, la mujer que construyó un imperio junto a Antonio, [música] que cantó con él en más de 200 películas, que tuvo dos hijos con él, que envejeció a su lado, había amado a otro.

 El 8 de marzo de 2021, 14 años después de la muerte de Antonio, Pepe finalmente se atrevió a buscar la verdad. Flor había muerto el 25 de noviembre de 2020 y el rancho en Zacatecas había permanecido intacto desde entonces. Nadie se atrevía a tocar nada. Era como un museo congelado en el tiempo. Pepe llegó solo. No le dijo a nadie a dónde iba, ni siquiera a Anelis.

 Necesitaba hacer esto en privado. La casa olía acerrado, a polvo acumulado, a recuerdos guardados en cajas. Subió las escaleras hacia la habitación principal. La cama estaba hecha. Las fotografías en las paredes mostraban una vida de gloria. Antonio y Flor en sus años dorados, jóvenes y hermosos, sonriendo a la cámara como si el mundo les perteneciera.

 El closet de Antonio estaba tal como lo recordaba, trajes charros organizados por color, sombreros apilados con precisión obsesiva, botas de piel con décadas de uso y al fondo, en el estante superior, una hilera de cajas de puros. Pepe las bajó una por una, Montecristo, Coimba, Partagas y finalmente Romeo y Julieta. La caja era de madera rojiza con el logo dorado desgastado por los años.

 Pepe la abrió con las manos temblorosas. Adentro no había apuros. Había un pañuelo blanco doblado con cuidado casi reverencial. Pepe lo tomó. La tela era suave, vieja, amarillenta en los bordes y ahí bordadas en hilo dorado que alguna vez fue brillante. Tres letras Gj. Guillermina Jiménez Chabolla, el nombre completo de Flor Silvestre antes de ser Flor Silvestre. Pero eso no era todo.

Debajo del pañuelo había más cosas. Una fotografía en blanco y negro, pequeña, del tamaño de las que se tomaban en las cabinas automáticas de los años 60. En la imagen, Flor Silvestre y Javier Solís, ella recargada en su hombro, él besándole la frente, los dos con los ojos cerrados.

 La ternura en esa imagen era palpable incluso décadas después, debajo de la fotografía un recibo del hotel Regis. Fecha 14 de febrero de 1962. Habitación 307. Registrada a nombre de Javier Solís Jiménez. Una noche, 85 pesos y debajo del recibo, algo que hizo que Pepe tuviera que sentarse en el piso porque las piernas dejaron de sostenerlo.

 Un cuaderno pequeño de esos de pasta dura color vino que se usaban en las escuelas. En la portada con la letra precisa de Antonio, lo que vi. 14 de febrero de 1962. Pepe abrió el cuaderno. Las manos le temblaban tanto que casi no podía sostenerlo. La primera página tenía una sola línea.

 Hoy descubrí que el amor de mi vida ama a otro hombre y decidí no hacer nada al respecto. Las páginas siguientes eran un relato minucioso, obsesivo, doloroso. Antonio había escrito cada detalle de esa noche como si necesitara sacarlo de su mente y plasmarlo en papel para poder seguir viviendo. 8:47 de la tarde. Llegué al Teatro Blanquita. Flor no estaba.

Esteban [música] Mireles, el maquillista, me dijo que salió hace 20 minutos muy arreglada, vestido azul marino que nunca le vi. Se perfumó tres veces. 9:1 de la tarde. Manejé sin rumbo por la avenida Juárez. No sé qué buscaba. Quizás esperaba verla caminando, quizás en algún café con amigas.

 Quizás mentía [música] Esteban y seguía en el teatro. Pasé por el hotel Regis. Vi el Lincoln Continental Verde de Javier estacionado afuera. Placas JMX GU 847. Las mismas placas que vi la semana pasada cuando fueron juntos al estudio de grabación. Las mismas placas que he visto estacionadas frente a nuestra casa cuatro veces en los últimos dos meses cuando yo supuestamente estaba de gira.

Pepe sintió como el aire se le escapaba de los pulmones. Su padre lo había sabido no solo aquella noche, lo había sabido antes. Había estado vigilando. Había estado contando las veces que Javier visitaba su casa mientras él no estaba. Siguió leyendo. 9:1 de la noche, entré al lobby, [música] le di 500 pesos a Armando Castillo, el recepcionista.

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