Sus tres hijos, Alejandro González Junior, Yair González y Luis González, asesinados los tres en Guadalajara [música] por el crimen organizado en un lapso de 7 años entre 2016 y 2023. Un hombre que sobrevivió 55 peleas profesionales, que recibió golpes de los mejores peleadores de su generación, que cruzó el desierto de la adicción y salió del otro lado con la ayuda de una iglesia cristiana en Los Ángeles.
No pudo esquivar lo que le llegó después del retiro. No con los puños, no con el carismas, no con el cinturón que todavía guarda en algún cajón. Porque esta vez el enemigo no tenía guantes, ni un ring, ni un refery que pudiera parar el combate. [música] Lo que nadie te contó completo es qué pasó entre aquel 7 de enero de 1995 cuando un muchacho de 21 años de Guadalajara hizo temblar la la [música] modom de San Antonio al noquear al invicto campeón del mundo Kevin Kelly en el décimo round.
Y el 9 de diciembre de 2016, cuando su hijo mayor apareció muerto en una Nissan X-Trail abandonada en la colonia San Carlos con un narcomensaje del crimen organizado al lado de los tres cuerpos. En los próximos minutos vas a [música] conocer cuatro cosas que nunca te contaron juntas. Primera, ¿quién era el chico pobre de Guadalajara que llegó a ser campeón del mundo del senbe a los [música] 21 años? ¿Cómo lo logró y qué prometió cuando lo consiguió? Segunda, ¿qué pasó exactamente el 23 de septiembre de 1995 en Sacramento, California? La noche en
que perdió el cinturón y cómo esa derrota abrió la puerta a 5 años de [música] cocaína diaria que él mismo confesó en entrevistas. Tercera, el 9 de diciembre de 2016, hora. Camioneta, narcomensaje. Y por qué el padre del chico asesinado admitió que su hijo tenía amigos [música] que no eran bienvenidos. Cuarta.
Cómo Alejandro González perdió a [música] sus tres hijos en 7 años y qué dijo con su propia voz sobre lo que eso le hizo. Te voy a avisar cuando llegue [música] cada una. Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante. Que declaró la cobrita sobre su hijo muerto, sobre su esposa que murió al año siguiente y sobre el silencio que se impuso en el boxeo mexicano frente a esta historia que nadie quería explicar del todo.
Pero antes de llegar al infierno tienes que entender el paraíso, porque sin saber de dónde venía Alejandro González, no puedes entender lo brutal que fue lo que perdió, ni lo mucho que costó lo que construyó. [música] Guadalajara, la perla de occidente. La ciudad que le ha dado al boxeo mexicano más campeones por metro cuadrado que casi cualquier otro rincón del país.
Es el lugar donde entrenaron Marco Antonio Barrera, Eric el terrible Morales, el propio Canelo Álvarez. Es el lugar donde creció José Chepo Reinoso, el entrenador que años después llevaría a Canelo a la cima del mundo y que primero antes de eso, le dio estructura a un chico de familia humilde llamado Alejandro González. Grábate esto.
La cobrita nació el 11 de agosto de 1973 en una familia donde los cinco hermanos sabían lo que era el dinero escaso. No era la pobreza extrema de quien no come, pero era la pobreza de quien cuenta cada peso, de quien ve a sus padres luchar todos los días para que alcance, de quien aprende desde chico que lo que quieres lo tienes que ir a buscar con las propias manos porque nadie te lo va a traer a la puerta.
A los 13 años entró al boxeo. No fue el fútbol su primer amor, aunque lo jugaba y era buen jugador. El problema era que cuando en la cancha le hacían faltas, él respondía con los puños y terminaba en peleas. Ese carácter broncudo, como él mismo lo describe, buscó su cauce natural en un gimnasio y en ese gimnasio encontró a Julián Magdaleno y a José Chepoor Reinoso, dos entrenadores que vieron en ese adolescente delgado de Guadalajara algo que valía la pena invertir tiempo y esfuerzo.
Escucha esto. La cobrita le prometió a su mamá algo específico. No le prometió ser famoso. No le prometió aparecer en la televisión. Le prometió una casa. que cuando fuera campeón del mundo, lo primero que haría sería comprarle una casa. Eso contó a la revista The Ring años después, con la sencillez de quien habla de algo que ya hizo y que no necesita adornarse.
Eso era lo que movía ese chico, la imagen concreta de su madre con un techo propio. No la gloria abstracta, una casa. Empezó como amatur. 30 peleas en esa categoría antes de dar el salto al profesionalismo. Debutó como profesional el 28 de abril de 1988 con 14 años. 14. Cuando la mayoría de los chicos todavía están descubriendo qué quieren hacer con sus vidas, Alejandro González ya firmaba contratos de boxeo y subía al ringarse el dinero con los puños.
Los primeros años fueron el circuito duro del boxeo mexicano. No el circuito de las grandes televisoras ni de los promotores de Las Vegas. El circuito de las peleas en gimnasios de colonia en arenas de segunda, contra rivales que no tienen el talento de llegar al mundo, pero sí tienen suficiente para hacerte daño si bajas la guardia.
Ese circuito es la escuela que nadie te da en los libros. La escuela donde aprendes lo que realmente significa pelear cuando no hay cámara ni público entusiasta. solo el ring y el tipo que viene a hacerte lo mismo que tú le quieres hacer a él. En mayo de 1992, Alejandro González ganó el título internacional Peso Pluma del CMB derrotando a Paquito [música] Peno.
Tenía 18 años. Era la primera confirmación de que lo que Chepo Reyoso había visto en ese adolescente broncudo de Guadalajara era real y [música] siguió construyendo cuatro defensas del título regional. Entre sus víctimas durante ese periodo estuvo el futuro [música] campeón mundial Luisito Espinoza al que detuvo y luego César Soto, otro futuro campeón del mundo en una pelea eliminatoria del CMB.
Grábate este detalle porque dice todo sobre cómo era la cobrita González antes de la [música] gloria. Cuando llegó a la pelea eliminatoria contra César Soto, su récord era de 33 victorias y dos derrotas. Había perdido dos peleas en su carrera. Las derrotas en el boxeo mexicano de ese nivel no son solo estadísticas, son señales de advertencia que los promotores y los rivales usan para decidir qué tan serio eres.
Pintor venció a Soto de todas formas y dejó su récord en 33 a 2, listo para lo que vendría. Y lo que vendría era Kevin Kelly. Aquí viene la primera revelación que te prometí. Kevin Kelly no era cualquier rival, [música] era el campeón reinante del CMB en peso pluma. tenía un récord de 41 victorias, cero derrotas y 28 knockouts. Invico.
Uno de los mejores peleadores de su categoría en el planeta en ese momento. Cuando los promotores anunciaron que Alejandro González [música] iba a pelear con él, la reacción en el ambiente del boxeo fue de escepticismo, [música] no de expectativa, de escepticismo. Ellie se permitió incluso [música] bajar al retador antes del combate diciéndole que tenía más respeto por Cobra Soto que por la cobrita González, que iba a correr como una gallina.
La cobrita [música] escuchó eso, lo procesó y le dijo que se iba a comer sus palabras. El 7 de enero de 1995, La Alamodome de San Antonio, Texas, 8000 personas. Transmisión en vivo por HBO. Alejandro González, 21 años, de Guadalajara, Jalisco. Camisa humilde, familia numerosa. La promesa de una casa para su mamá en el bolsillo.
[música] Kevin Kelly, invicto, seguro de sí mismo, campeón del mundo. La pelea fue una guerra desde el primer round. No fue un knockout fácil de un boxeador superior aplastando a un retador menor. Fue una guerra de verdad entre dos hombres que se tomaban en serio. En el sexto round, la cobrita tiró a Kelly. El campeón cayó, se levantó, respondió derribando a González en el octavo.
La pelea siguió y en el décimo round la esquina de Kevin Kelly arrojó la toalla. El reloj marcó el fin de ese asalto y la cobrita González era el nuevo campeón del mundo del CMB en Peso Pluma. Piensa en ese momento un instante, [música] 21 años. Guadalajara. El chico que jugaba fútbol y terminaba en peleas de barrio.
El que entrenó 30 peleas amateors antes de subir al profesionalismo. El que hizo las primeras peleas en circuitos de segunda sin que nadie pusiera su nombre en una marquesina. Ese chico acaba de derrotar al invicto campeón del mundo de su categoría en HB o frente a 8000 personas en Texas. Lo primero que hizo cuando llegó a México fue comprarle una casa a su mamá.
Los meses que siguieron fueron los mejores de su vida deportiva. Primera defensa del título. Venció al excampeón Luis Espinoza por decisión unánime. Segunda defensa, otra victoria. La Cobrita González era el campeón, era el orgullo de Guadalajara, era el boxeador que Marco Antonio Barrera y Eric Morales le citarían años después con afecto cuando compartieran mesa en una conversación sobre los viejos tiempos del boxeo Tapatío.
Y entonces llegó el 23 de septiembre de 1995, Sacramento, California. La tercera defensa del título, Manuel Mantecas Medina, otro mexicano, el tipo que el ambiente del boxeo usaba para recordarle a la cobrita que el cinturón te lo prestan, no te lo regalan. Escucha [música] esto. Alejandro González perdió esa pelea por decisión dividida.
No lo noquearon, no lo pararon. Perdió en las tarjetas después de 12 rounds. Un resultado que en cualquier otra pelea podrían haber generado una revancha, un debate, otra oportunidad. Pero no generó nada de eso en la vida de la cobrita González. [música] Lo que generó fue una puerta. Una puerta que él mismo describió con palabras exactas en una entrevista con el canal Un Round Más de Marco Antonio Barrera, años después, [música] sin filtros.
Esta es la segunda revelación que te prometí. Cuando perdí el título mundial, te agüitas, estás con los amigos, pides una cervecita, les dices, “Andas a toda madre, les dices, dame.” Mi cuate me decía que no. Yo sentí el puro chingazo. Y de ahí cada que pisteaba preguntaba, “¿No traes nada?” Y así empecé.
Grábate esas palabras. [música] No son las palabras de alguien intentando construir una imagen de sí mismo. Son las palabras de un hombre que describen el mecanismo exacto [música] de cómo empieza algo que después no puedes parar. La cerveza que sigue al agüite. [música] La pregunta que haces después de la cerveza.
El chingazo que sientes y que buscas de nuevo. El hábito que se construye tan despacio que cuando te das cuenta [música] ya no es un hábito, sino una necesidad. Alejandro González consumió cocaína a diario durante [música] 5 años. 5 años. No fue un episodio aislado, no fue una temporada mala, no fue un desliz del que se recuperó rápido.
Fueron 5 años de adicción activa al mismo tiempo que seguía peleando, que seguía firmando contratos, que seguía subiendo al ring boxeo le pedía [música] que hiciera, porque el boxeo tampoco espera. El boxeo sigue girando aunque tú estés cayendo. extraordinario. Lo que hace que este caso resulte [música] todavía más difícil de entender desde afuera es que durante esos 5 años, Adicto González siguió teniendo victorias, siguió peleando, siguió siendo boxeador profesional y en el año 2000, 5 años después de la pérdida del cinturón del
CMB, [música] 5 años dentro de la adicción, venció a Harold Warren para coronarse campeón mundial de la IBA en peso ligero. doble campeón del mundo en dos décadas distintas, adicto y campeón al mismo tiempo. Eso dice algo sobre el nivel de destreza que tenía y también sobre el nivel de negación en el que vivía.
Se retiró el 28 de marzo de 2003. Su última pelea fue una derrota ante John Brown por puntos en Oxnard, California. El récord final, 49 victorias, 33 de ellas por knockout, cinco [música] derrotas y un empate. 55 peleas profesionales en 15 años de carrera, un currículum que cualquier boxeador firmaría sin dudar.
Y entonces llegó el retiro y con el retiro, el momento más peligroso de todos. Piensa en esto un momento. Los atletas profesionales tienen en el retiro la misma crisis que tienen cuando pierden el título, pero multiplicada por 10. El entrenamiento diario que estructuraba cada hora de cada día desaparece. La adrenalina que el cuerpo aprendió a no necesitar para funcionar ya no tiene cause.
La identidad que durante 15 años fue la cobrita González, [música] el boxeador, el campeón, el que sube al ring y gana. Esa identidad de repente no tiene ring donde manifestarse. Y si encima de eso cargas con 5 años de adicción a la cocaína ya en el historial, el territorio del retiro se vuelve un campo minado. González lo reconoció él mismo.
Tras su retiro, tuvo conflictos que le pudieron costar [música] la vida. No especificó cuáles, no dio nombres, pero la frase es lo suficientemente clara para entender su dimensión. Situaciones que pusieron su vida en peligro real. y la forma en que salió de ellas, según sus propias declaraciones, fue la Iglesia Cristiana en Los Ángeles, California, donde eventualmente se estableció para trabajar como entrenador de boxeadores jóvenes.
Desde 2013, según versiones publicadas en medios deportivos, González dejó las adicciones. La iglesia fue su ancla, los guantes de entrenador su nueva identidad. La cobrita se convirtió en el entrenador que formó a su propio hijo Alejandro González Junior para que siguiera sus pasos en el ring. Eso era la cobrita en 2016. Un hombre sobrio en Los Ángeles entrenando boxeadores con su hijo mayor siguiendo su huella en el deporte [música] con su historia de gloria y adicción y recuperación ya suficientemente lejana para poder mirar hacia delante. El 9 de
diciembre de 2016 todo eso se rompió de golpe. Esta es la tercera revelación que te prometí. Poco después de las 3 de la madrugada del viernes 9 de diciembre de 2016, la comisaría de seguridad del municipio de Guadalajara recibió un reporte. Un vehículo abandonado y mal estacionado en la avenida González Gallo, cerca del cruce con la calle Francisco Silva Romero, en la colonia [música] San Carlos.
Cuando los elementos municipales llegaron al lugar y abrieron la Nissan Xtrail color arena con placas de Jalisco JFG 3235, encontraron lo que encontraron. Tres cuerpos, tres [música] hombres, semidesnudos, amarrados de pies y manos, con marcas de golpes, con un alambre atado al cuello de cada uno y [música] junto a los cuerpos una cartulina.
Un narcomensaje que los peritos del servicio médico forense recogieron como evidencia. El mensaje, según reportó el diario local, El Occidental, aludía a una invasión de demarcaciones dominadas por un grupo de la delincuencia organizada y señalaba a las víctimas como presuntos ladrones de tiendas de autoservicio y como cadeneros.
Uno de los tres [música] cuerpos será el de Alejandro González Junior. Tenía 23 años, récord de 25 victorias y tres derrotas en el boxeo profesional. Había peleado en julio de 2015 contra Carl Frampton. por entonces campeón supergallo de la FIP y lo había tumbado dos veces [música] en el primer asalto antes de perder la pelea por decisión unánime.
Esa pelea contra Frampton le había ganado respeto en el boxeo internacional. Tim Smith, presidente de medios de Premier Boxing Champions, declaró al conocer su muerte. Fue un boxeador fantástico con un futuro brillante. Es una pérdida trágica para la comunidad del boxeo. Carl Frampton mismo escribió en sus redes, “Este chico me dio el susto de mi vida. Muy triste.
Descansa en paz, campeón.” Las autoridades presumieron, según ESPN, que el Pujil estaba acompañado de su abuelo. Eso significaba que entre los tres cuerpos estaba posiblemente el padre del padre. Tres generaciones de la misma familia tocadas por la misma noche. Alejandro González padre recibió la noticia desde Los Ángeles, donde se encontraba en ese momento planificando peleas como entrenador.
No estuvo en Guadalajara cuando mataron a su hijo. Estaba en California trabajando lejos y recibió la llamada, lo que González declaró después en el canal de YouTube, un round más de Marco Antonio Barrera. tiene esa honestidad dolorosa que no se puede [música] fabricar. Se me murió mi chavo, lo mataron. ¿Por qué? No sé.
Cinco palabras después del por qué. No sé. Y luego, al año se me muere mi esposa. Fue duro para la familia. Se te va todo como si te quitaran un brazo. La vida me acabó de rematar con mi esposa. Las dos partidas aún me duelen al año. Su esposa murió al año de que mataron a su hijo. No en un asesinato, por enfermedad u otras causas.
Pero en el mismo periodo de tiempo, en el mismo Guadalajara, en la misma vida que la cobrita González había construido, grábate esto. Cuando le preguntaron si creía que los asesinatos de sus hijos tenían que ver con sus supuestos vínculos con el narcotráfico, González negó esa versión. Lo ha negado siempre, pero admitió algo que es más específico y más revelador que una negación general.
Admitió que su hijo Alejandro tenía amigos que no eran bienvenidos. Esa frase, amigos que no eran bienvenidos, no dice más, pero tampoco necesita decir más para que quien escucha entienda de qué tipo de entorno está hablando. El narcomensaje encontrado junto a los tres cuerpos en la Extrail aludía a invasión de territorio.
El crimen organizado en Jalisco, donde el CJNG opera con la ferocidad documentada que todos los medios han registrado, no distingue entre quién fue famoso y quién no. no distingue entre el hijo de un campeón del mundo y cualquier otro muchacho que se equivocó de plaza o de amigos o de momento. Para esos señores de la guerra, como los llamaba el briefing de este video, y es una descripción exacta, no existen los héroes del deporte, existen activos y estorbos.
Existen los que sirven y los que hay que eliminar. y un narcomensaje en una cartulina junto a tres cuerpos amarrados con alambre al cuello en una camioneta abandonada en Guadalajara. Es la forma en que esa jerarquía se comunica. Esto que te voy a contar ahora es la cuarta revelación que te prometí. El 4 de junio de 2022, 6 años después de la muerte de Alejandro González Jor, otro hijo de la cobrita González, Yair González, fue asesinado en Guadalajara.
No en una camioneta abandonada en la madrugada en plena tarde a unas cuadras de su residencia en la colonia Atlas. Yahir había ido a cobrar la renta de un departamento en un edificio en el cruce de río Ameca y Riolarca. Cuando descendió de su carro, una Nissan versa color ocre fue recibido a balazos. Murió en el lugar.
Dos hijos, dos asesinatos, 6 años de diferencia, el mismo Guadalajara, el mismo crimen organizado, el mismo silencio de la Fiscalía de Jalisco, que en ambos casos abrió carpetas de investigación que no condujeron a ninguna detención pública confirmada. Y el 14 de abril de 2023, 7 años después de la primera muerte, Luis González Ochoa, el tercer hijo de la cobrita de 19 años, fue encontrado en el kilómetro 22,5 de la carretera Saltillo a Guadalajara, en el municipio de Zapopan.
El reporte al 911 llegó a las 90:09 de la mañana, una persona inconsciente a la orilla de la carretera. Cuando llegaron los paramédicos, Luis González ya no tenía signos de vida. Presentaba heridas producidas por arma de fuego en tórax, muslo derecho y cuello. Sus familiares informaron que se dedicaba al boxeo en Los Ángeles y que estaba en Guadalajara de vacaciones. De vacaciones.
Fue de vacaciones y no volvió. Tres hijos, tres asesinatos. 2016, 2022, 2023. Todos en el área metropolitana de Guadalajara. Todos con el sello del crimen organizado. Ningún detenido confirmado públicamente por ninguno de los tres casos hasta donde la información disponible indica. La Fiscalía de Jalisco con pocas pistas, como reconoció en el caso de Luis.
El boxeo mexicano mirando hacia otro lado, porque hablar de esto incomoda, porque explica cosas que nadie en el deporte quiere explicar, porque señala conexiones que nadie en el mundo del ring señalar. Escucha esto y piénsalo bien. Alejandro Martín González, la cobrita está vivo. Tiene más de 50 años. Vive en Los Ángeles.
Trabaja como entrenador. Sobrevivió a la adicción. sobrevivió al retiro, sobrevivió a los problemas que según él mismo estuvieron a punto de costarle la vida y sobrevivió a ver morir a sus tres hijos en el Guadalajara del crimen organizado. Enterró a su primogénito, enterró a su esposa al año siguiente, enterró a su segundo hijo 6 años después, enterró a su tercero un año más tarde de eso.
Hay una pregunta que el boxeo mexicano no se atreve a responder en voz alta. ¿Por qué la familia González que lo conecta estos tres asesinatos? Es el apellido, la colonia, las amistades que la cobrita padre reconoce que no eran bienvenidas, las compañías que su hijo Alejandro Junior frecuentaba.
Nadie lo dice con nombre y apellido porque en Guadalajara decir ciertas cosas en voz alta tiene consecuencias que todos conocen y que todos prefieren evitar. El silencio no es cobardía en todos los casos. A veces el silencio es la única forma que tiene la gente de seguir estando viva. Se ha rumorado, según versiones publicadas en medios como El Financiero, que algunas de las muertes podrían deberse a supuestos vínculos de la cobrita con el narcotráfico durante los años de su adicción y su retiro.
González lo ha negado siempre. Nunca se comprobó públicamente nada en ese sentido. Lo que sí dijo, y esto está en sus propias palabras, en entrevistas documentadas, es que tras su retiro tuvo conflictos que pudieron costarle la vida, que tuvo problemas, [música] que la iglesia cristiana fue lo que lo sacó. Eso no es una confesión de nada ilegal, pero es el reconocimiento de que el entorno que rodeó a esta familia en Guadalajara tenía una carga que el boxeo no preparaba para manejar.
Piensa en esto un momento. Chepo Reynoso, el mismo entrenador que le dio estructura a la cobrita González cuando era un adolescente broncudo de 13 años en Guadalajara. Es el mismo entrenador que años después llevó a Saúl Canelo Álvarez a la cima del boxeo mundial. Los dos venían del mismo gimnasio, del mismo entrenador, del mismo barrio.
Uno llegó a ser el boxeador más rico del planeta con contratos que superan los 1,000 millones de dólares. El otro llegó a ser campeón del mundo del CMB. Cayó en la cocaína, se recuperó en una iglesia de Los Ángeles y enterró a tres hijos asesinados por el crimen organizado en 7 años. El boxeo no garantiza nada fuera del ring. El talento no es un escudo.
El cinturón no es un salvoconducto. Y Guadalajara, con toda su historia de campeones y gimnasios y gloria deportiva, también tiene plazas que se disputan a tiros y demarcaciones que se marcan con narcomensajes en cartulinas junto a cuerpos amarrados con alambre. La diferencia entre un campeón que muere viejo y tranquilo y uno cuya familia paga el precio de las sombras que el éxito atrae no siempre está en las decisiones del ring.
A veces está en decisiones mucho más pequeñas. ¿En qué amigos dejas entrar a tu mundo cuando el mundo empieza a girar demasiado rápido? ¿En qué puertas no cierras cuando deberías? ¿En qué entorno no abandonas cuando tienes el dinero y la fama para abandonarlo? ¿Y en qué le transmites a tus hijos sobre ese entorno cuando ellos crecen y hacen sus propias elecciones? La Cobrita González hizo una promesa cuando era campeón del mundo.
Le prometió a su mamá una casa y la cumplió. Fue lo primero que hizo con el dinero del cinturón. Eso habla de quién era en el mejor momento de su vida. Y ahora con más de 50 años sobrio en Los Ángeles, entrenando a otros boxeadores jóvenes para que lleguen a donde él llegó, tiene una deuda que ningún dinero puede saldar y ninguna promesa puede resolver. Sus tres hijos.
El apellido González que él construyó sobre el ring y que el crimen organizado usó de formas que él no controlaba y que todavía no termina de entender. El boxeo lo elevó. El boxeo le dio el cinturón. La casa de su mamá, El orgullo de Guadalajara, la portada de The Ring, la pelea en HB o frente a 8,000 personas y el entorno que el boxeo trae consigo, el mundo que se pega al éxito sin que tú lo invites, las amistades que llegan cuando eres campeón y que no se van cuando dejas de serlo.
Ese entorno también fue parte de lo que destruyó lo más importante que tenía después del retiro. No hay lección simple aquí. No hay moraleja de un párrafo que resuma esto. Hay un hombre vivo que enterró a sus tres hijos. Hay una fiscalía de Jalisco con pocas pistas. Hay un narcomensaje en una cartulina que el SEMFO recogió como evidencia en 2016 y que probablemente sigue en algún archivo sin resolver.
Hay el silencio del boxeo mexicano frente a una historia que todos conocen y que nadie quiere terminar de contar. Y hay un excampeón del mundo en Los Ángeles que le dijo a la cámara de Marco Antonio Barrera, “Se me murió mi chavo, lo mataron. ¿Por qué no sé? Al año se me muere mi esposa.
Las dos partidas aún me duelen. Eso es todo lo que hay y es demasiado. Guadalajara, la perla de Occidente, la ciudad que le ha dado al boxeo mexicano más campeones por metro cuadrado que casi cualquier otro rincón del país. Es el lugar donde entrenaron Marco Antonio Barrera, Eric el terrible Morales, el propio Canelo Álvarez.
Es el lugar donde creció José Chepo Reynoso, el entrenador que años después llevaría Canelo a la cima del mundo y que primero antes de eso le dio estructura a un chico de familia humilde llamado Alejandro González. Grábate esto. La cobrita nació el 11 de agosto de 1973 en una familia donde los cinco hermanos sabían lo que era el dinero escaso.
No era la pobreza extrema de quien no come, pero era la pobreza de quien cuenta cada peso, de quien ve a sus padres luchar todos los días para que alcance, de quien aprende desde chico que lo que quieres lo tienes que ir a buscar con las propias manos porque nadie te lo va a traer a la puerta.
A los 13 años entró al boxeo. No fue el fútbol su primer amor, aunque lo jugaba y era buen jugador. El problema era que cuando en la cancha le hacían faltas, él respondía con los puños y terminaba en peleas. Ese carácter broncudo, como él mismo lo describe, buscó su cauce natural en un gimnasio y en ese gimnasio encontró a Julián Magdaleno y a José Chepo Reyoso, dos entrenadores que vieron en ese adolescente delgado de Guadalajara algo que valía la pena invertir tiempo y esfuerzo de verdad, no a medias.
Escucha esto. La cobrita le prometió a su mamá algo específico antes de ser campeón. No le prometió ser famoso. No le prometió aparecer en la televisión, ni que su cara iba a estar en los periódicos. Le prometió una casa, que cuando fuera campeón del mundo, lo primero que haría sería comprarle una casa.
Eso contó a la revista de Ring años después, con la sencillez directa de quien habla de algo que ya hizo y que no necesita adornarse con retórica. Eso era lo que movía a ese chico desde adentro, la imagen concreta de su madre con un techo propio. No la gloria abstracta del cinturón, no el reconocimiento en la calle, una casa, un techo, algo que se toca con las manos y que no desaparece. Empezó como amater.
30 peleas en esa categoría antes de dar el salto al profesionalismo. 30 peleas donde aprendió que el boxeo no te regala nada. donde aprendió a leer rivales, a absorber golpes, a administrar el cuerpo en rounds largos contra hombres que también tenían hambre de ganar. Debutó como profesional el 28 de abril de 1988 con 14
años. 14. Cuando la mayoría de los chicos todavía están descubriendo qué quieren hacer con sus vidas, Alejandro González ya firmaba contratos de boxeo y subía al ring a ganarse el dinero con los puños sobre la lona. Los primeros años fueron el circuito duro del boxeo mexicano, no el circuito de las grandes televisoras, ni de los promotores de Las Vegas, ni de las transmisiones en HBO.
El circuito de las peleas en gimnasios de colonia en arenas de segunda categoría contra rivales que no tienen el talento suficiente para llegar al mundo, pero sí tienen suficiente para hacerte daño real si bajas la guardia un segundo. Ese circuito es la escuela que nadie te da en los libros de boxeo. La escuela donde aprendes lo que realmente significa pelear cuando no hay cámara principal enfocándote ni público entusiasta gritando tu nombre.
Solo el ring y el tipo enfrente que viene a hacerte lo mismo que tú le quieres hacer a él. Esa escuela construye algo que los campeones que llegaron por el camino rápido nunca tienen del todo. El hábito de encontrar una manera de ganar, aunque el camino para ganar no sea el que esperabas. En mayo de 1992, Alejandro González ganó el título internacional Peso Pluma del CMB derrotando a Paquito Peno.
Tenía 18 años. Era la primera confirmación pública y oficial de que lo que Chepo Reinoso había visto en ese adolescente broncudo de Guadalajara era real y sostenible. No un destello, no un golpe de suerte, sino talento real que con entrenamiento podía llegar al nivel más alto y siguió construyendo sobre esa base cuatro defensas del título regional.
Entre sus víctimas durante ese periodo estuvo el futuro campeón mundial Luisito Espinoza, al que detuvo antes del límite y luego César Soto, otro futuro campeón del mundo en una pelea eliminatoria del CMB que funcionó como auténtica prueba de fuego. Grábate este detalle porque dice todo sobre cómo era la cobrita González antes de llegar a la gloria.
Cuando llegó a la pelea eliminatoria contra César Soto, su récord era de 33 victorias y dos derrotas. había perdido dos peleas en su carrera. En el boxeo mexicano de ese nivel, las derrotas no son solo estadísticas en papel, son señales de advertencia que los promotores y los rivales usan para decidir qué tan serio y confiable es un peleador cuando las cosas se ponen difíciles.
González venció a Soto de todas formas, no de manera fácil ni cómoda, sino de la manera que define a los boxeadores que van a llegar al nivel más alto, encontrando la forma de ganar, cuando el rival también tiene argumentos válidos para creer que puede ganarte. Y lo que vendría después de Soto era Kevin Kelly.
Aquí viene lo primero que te prometí al comienzo. Kevin Kelly no era cualquier rival, no era un relleno ni un escalón cómodo para un retador en ascenso. Era el campeón reinante del CMB en Peso Pluma. Tenía un récord de 41 victorias, cero derrotas y 28 knockouts. Invico. Sin ninguna mancha en el expediente, uno de los mejores peleadores de su categoría en el planeta en ese momento concreto.
Cuando los promotores anunciaron que Alejandro González iba a pelear con él por el título, la reacción general en el ambiente del boxeo fue de escepticismo directo, no de expectativa emocionada, de escepticismo. se permitió incluso bajar públicamente al retador antes del combate, diciéndole en declaraciones a los medios que tenía más respeto por Cobra Soto que por la cobrita González, que iba a correr como una gallina, que el chico de Guadalajara no tenía nada que hacer ahí.
La cobrita escuchó eso, lo procesó y le dijo en respuesta que Kelly se iba a comer sus palabras antes de que terminara la noche. No con rabia histriónica para las cámaras, con la calma específica de quien ha entrenado para ese momento y sabe lo que tiene que pasar cuando suene la primera campana. El 7 de enero de 1995, la Alamodome de San Antonio, Texas.
8,000 personas en el auditorio. Transmisión en vivo por HB o para toda América. Alejandro González, 21 años de Guadalajara, Jalisco. Hijo de familia numerosa y recursos escasos, con la promesa de una casa para su mamá todavía pendiente. Kevin Kelly, invicto, seguro de sí mismo, campeón del mundo, que había declarado públicamente que el retador no merecía estar en ese ring con él.
La pelea fue una guerra desde el primer round. No fue el knockout limpio y rápido de un boxeador superior, aplastando a un retador que no debería estar ahí. Fue una guerra de verdad entre dos hombres que se tomaban completamente en serio el uno al otro, aunque uno de los dos había declarado antes de la pelea que no era así. En el sexto round, la cobrita mandó a Kelly a la lona.
El campeón cayó, se levantó, respondió con furia y derribó a González en el octavo asalto. La pelea siguió con los dos hombres dándolo todo en cada uno de los rounds siguientes. Y en el décimo round, la esquina de Kevin Kelly tomó la decisión que las esquinas toman cuando ven que su hombre ya no puede salir de ahí sin consecuencias graves.
Arrojó la toalla. El reloj marcó el fin de ese asalto y Alejandro La Cobrita González era el nuevo campeón del mundo del CMB en Peso Pluma. Piensa en ese momento un instante, 21 años. Guadalajara. El chico que jugaba fútbol y terminaba en peleas de barrio porque no sabía canalizar el carácter.
El que entrenó 30 peleas amateurs antes de ver un contrato profesional. el que hizo las primeras peleas en circuitos de segunda sin que nadie pusiera su nombre ninguna marquesina importante. Ese chico acaba de derrotar al invicto campeón del mundo de su categoría en HB o frente a 8,000 personas en Texas. Y el campeón, que lo había llamado gallina antes de la pelea, está en su esquina con la toalla adentro del ring.
Lo primero que hizo Alejandro González cuando llegó a México después de esa noche fue cumplir la promesa. Le compró la casa a su mamá. Eso fue lo primero. No los lujos, no los carros, no la fiesta, la casa. Exactamente lo que había prometido que haría cuando tuviera el cinturón. Los meses que siguieron fueron los mejores de su vida deportiva y uno de los periodos más luminosos del boxeo tapatío de esa época.
[música] Primera defensa del título. Venció al excampeón Luis Espinosa por decisión unánime en una pelea dominante. Segunda defensa, otra victoria. La Cobrita González era el campeón vigente, era el orgullo de Guadalajara, era el boxeador que Marco Antonio Barrera y Eric Morales citarían años después con genuino afecto cuando compartieran conversaciones sobre los referentes del boxeo jaliciense de los 90.
era parte de esa generación dorada que hizo que el mundo pusiera los ojos en Guadalajara cuando pensaba en boxeo de élite. Y entonces [música] llegó el 23 de septiembre de 1995, Sacramento, California. La tercera defensa del título. Manuel Mantecas. Medina, otro mexicano, el tipo que el ambiente del boxeo usaba para recordarle a cualquier campeón que el cinturón te lo prestan, que nadie te lo regala para siempre, que hay alguien entrenando todos los días para quitártelo mientras tú entrenas para conservarlo.
Escucha esto porque aquí es donde todo cambia. Alejandro González perdió esa pelea por decisión dividida. No lo noquearon, no lo pararon ni tiró la toalla a su esquina. Perdió en las tarjetas de los jueces después de 12 rounds completos. Un resultado que en cualquier otra circunstancia podría haber generado una revancha, un debate sobre los jueces, otra oportunidad de demostrar que la primera vez fue un error de los árbitros, pero no generó nada de eso en la trayectoria real de la cobrita González. Lo que generó fue algo
diferente, una puerta, una puerta que él mismo describió con palabras exactas, sin filtros ni decoraciones, en una entrevista con el canal Un Round Más de Marco Antonio Barrera, años después de que ya todo había pasado. Esta es la segunda revelación que te prometí. Estas son sus palabras tal como las dijo.
Cuando perdí el título mundial, “Te agüitas, estás con los amigos, pides una cervecita, les dices, andas a toda madre, les dices, dame.” Mi cuate me decía que no. Yo sentí el puro chingazo. Y de ahí cada que pisteaba preguntaba, “¿No traes nada?” Y así empecé. Grábate esas palabras. No son las palabras de alguien intentando construir una imagen pública ni de alguien leyendo un comunicado preparado.
Son las palabras de un hombre que describe el mecanismo exacto, el mecanismo preciso y cotidiano de cómo empieza algo que después no puedes parar. La cerveza que sigue al agüite de haber perdido el cinturón. La pregunta que haces después de la cerveza porque el agüite no se fue con la cerveza. El chingazo que sientes por primera vez y que reconoces como algo que puede callar lo que no quieres escuchar por dentro.
El hábito que se construye tan despacio, pregunta por pregunta, noche por noche, que cuando te das cuenta ya no es un hábito que puedes elegir mantener o desechar. Ya es una necesidad que te organiza la vida, aunque tú no hayas pedido que lo hiciera. Alejandro González consumió cocaína de manera diaria durante 5 años consecutivos.
5 años. No fue un episodio aislado que duró unos meses. No fue una temporada mala que se cerró cuando el cuerpo dijo basta. No fue un desliz del que se recuperó con relativa rapidez y del que aprendió la lección. Fueron 5 años de adicción activa, sostenida y diaria en paralelo a una carrera de boxeo que no esperaba por nadie, en paralelo a peleas que se seguían firmando, en paralelo a subirle al ring, a intentar hacer lo que el boxeo le pedía que hiciera, mientras por dentro cargaba algo que el boxeo no tiene ningún protocolo para manejar,
porque el boxeo no espera. Eso es lo que la gente de afuera no entiende del todo. El boxeo sigue girando aunque tú estés cayendo. Los promotores siguen llamando, los contratos siguen llegando, los rivales siguen entrenando y si tú no estás disponible, si tú no firmas, si tú no subes al ring, alguien más ocupa tu lugar en el cartel y punto.
No hay pausa de cortesía mientras un campeón resuelve lo que tiene que resolver en su vida privada. El negocio funciona con o sin ti. Lo extraordinario de este caso, lo que resulta más difícil de procesar cuando se ve desde afuera con todos los datos juntos es que durante esos 5 años de adicción activa a la cocaína, Alejandro González siguió teniendo victorias dentro del ring.
Siguió siendo boxeador profesional activo y funcional en términos de resultados. Y en el año 2000, 5 años exactos después de perder el cinturón del CMB, 5 años adentro de la adicción que él mismo confesaría después. Venció a Harold Warren para coronarse campeón mundial de la IBA en peso ligero.
Doble campeón del mundo en dos décadas distintas, en dos categorías diferentes. [música] Adicto activo y campeón del mundo al mismo tiempo, en la misma vida, en el mismo cuerpo. Eso dice algo sobre el nivel de destreza física y técnica que tenía este hombre. [música] Y también dice algo sobre el nivel de negación con el que el ser humano es capaz de funcionar cuando todavía le quedan recursos para compensar el daño que se está haciendo desde adentro.
Se retiró el 28 de marzo de 2003. Su última pelea fue una derrota ante John Brown por puntos en Oxnard, California. [música] El récord final al cerrar la carrera, 49 victorias, 33 de ellas por knockout, cinco derrotas y un empate. 55 peleas profesionales en 15 años de carrera activa.
Un currículum que cualquier boxeador en cualquier generación firmaría sin dudar ni un segundo. Y entonces llegó el retiro. Y con el retiro llegó el momento más peligroso de todos en la vida de cualquier atleta profesional, pero especialmente en la vida de uno que ya cargaba 5 años de adicción en el historial. Piensa en esto porque es importante entenderlo bien.
Los atletas profesionales enfrentan en el retiro una crisis de identidad que la mayoría de las personas que nunca compitieron a ese nivel no pueden dimensionar completamente desde afuera. El entrenamiento diario que estructuraba cada hora de cada día, que daba propósito a la mañana y al mediodía y a la tarde, de repente desaparece.
La adrenalina que el cuerpo aprendió a producir y a consumir para funcionar ya no tiene el cause que le daba el ring. La identidad que durante 15 años fue la cobrita González, el boxeador, el campeón, el que sube al ringa identidad de repente no tiene ring donde manifestarse ni rival donde probarse. Y si encima de esa crisis de identidad normal del retiro cargas con 5 años de adicción activa ya documentados en tu historia personal, el territorio del retiro se convierte en un campo minado donde cada paso puede activar algo que
ya sabías que estaba ahí. González lo reconoció con esa honestidad directa que caracteriza sus declaraciones cuando habla de ese periodo. Tras su retiro, tuvo conflictos que pudieron costarle la vida. No especificó de qué tipo eran esos conflictos. No dio nombres, ni fechas, ni lugares, pero la frase es suficientemente clara para entender su dimensión real, situaciones que pusieron su vida en peligro físico, concreto y real, no metafórico, real.
y la forma en que salió de ellas, según sus propias declaraciones en múltiples entrevistas, fue la Iglesia Cristiana en Los Ángeles, California, donde eventualmente se estableció para rehacer su vida y para trabajar como entrenador de boxeadores jóvenes. Desde 2013, según versiones publicadas en medios deportivos, González dejó definitivamente las adicciones.
La iglesia fue su ancla cuando ya no había rin que lo anclara. Los guantes de entrenador fueron su nueva identidad cuando la identidad del boxeador activo ya no estaba disponible. La Cobrita González, el campeón del CMB de 1995, se convirtió en el entrenador que formó a su propio hijo Alejandro González Joriera sus pasos en el deporte que había definido toda su vida.
Eso era la cobrita en 2016. [música] Un hombre sobrio en Los Ángeles entrenando boxeadores jóvenes con la experiencia de quien lo hizo de verdad al más alto nivel, con su hijo mayor siguiendo su huella en el ring, con su historia de gloria y adicción y recuperación ya suficientemente lejana para poder mirar hacia adelante sin que el pasado lo detuviera en cada paso.
Era, en los términos más directos disponibles, un hombre que había encontrado el otro lado del túnel y estaba viviendo en él. El 9 de diciembre de 2016 a las 3 de la madrugada, todo eso se rompió de golpe y para siempre. Esta es la tercera revelación que te prometí. Poco después de las 3 de la madrugada del viernes 9 de diciembre de 2016, la comisaría de seguridad del municipio de Guadalajara recibió un reporte.
Un vehículo abandonado y mal estacionado en la avenida González Gallo, cerca del cruce con la calle Francisco Silva Romero, en la colonia San Carlos. Cuando los elementos municipales llegaron al lugar y abrieron la Nissan Extrail color arena con placas de Jalisco, encontraron lo que encontraron. Tres cuerpos, tres hombres jóvenes semidesnudos, amarrados de pies y manos, con marcas evidentes de golpes que venían de antes de la muerte, con un alambre atado al cuello de cada uno y junto a los cuerpos, sobre el asiento o en el piso de la camioneta, según los
distintos reportes de los medios locales que cubrieron la escena, una cartulina, un narcomensaje escrito a mano que los peritos del servicio médico forense recogieron como evidencia del caso. mensaje. Según reportó el diario local, El Occidental, aludía a una invasión de demarcaciones dominadas por un grupo de la delincuencia organizada en la zona metropolitana de Guadalajara y señalaba a las víctimas como presuntos ladrones y como personas que operaban en territorio que no les correspondía. Uno de los tres
cuerpos era el de Alejandro González Junior. Tenía 23 años. Tenía un récord profesional de 25 victorias y tres derrotas en el boxeo. Había peleado en julio de 2015 contra Carl Frampton, por entonces campeón supergallo de la FB, uno de los mejores boxeadores libra por libra del planeta en ese momento, y lo había mandado a la lona dos veces en el primer asalto antes de perder la pelea por decisión unánime en 12 rounds.
La pelea contra Frampton le había ganado respeto internacional genuino y había abierto una conversación real sobre su futuro como contendiente en el boxeo de élite. Tim Smith, presidente de medios de Premier Boxing Champions, declaró al conocer la noticia de su muerte. Fue un boxeador fantástico con un futuro brillante.
Es una pérdida trágica para la comunidad del boxeo. Carl Frampton mismo escribió en sus redes sociales, “Este chico me dio el susto de mi vida. Muy triste. Descanse en paz, campeón. Alejandro González padre recibió la noticia desde Los Ángeles, donde se encontraba en ese momento. No estaba en Guadalajara esa noche, estaba en California trabajando, lejos de lo que estaba pasando en la colonia San Carlos y recibió la llamada que ningún padre del mundo está preparado para recibir bajo ninguna circunstancia, independientemente de lo que haya vivido
antes o de lo duro que haya sido su camino. Lo que González declaró después en el canal de YouTube, un round más de Marco Antonio Barrera. Tiene esa honestidad descarnada que no se puede fabricar ni ensayar porque viene de un lugar demasiado profundo para que el filtro social funcione. Se me murió mi chavo. Lo mataron. ¿Por qué? No sé.
Cinco palabras después del por qué. No sé. No. Una explicación elaborada, no una teoría sobre qué pasó ni por qué le tocó a su hijo. Solo eso. No sé. Y luego al año se me muere mi esposa. Fue duro para la familia. Se te va todo como si te quitaran un brazo. La vida me acabó de rematar con mi esposa.
Las dos partidas aún me duelen. Al año. Su esposa murió al año de que asesinaron a su hijo. En ese mismo periodo comprimido de tiempo, Alejandro González padre perdió a su hijo mayor y a la madre de sus hijos. Dos pérdidas en 12 meses. Dos duelos que se superponen antes de que el primero tenga tiempo de procesarse siquiera en su forma más básica.
[música] Grábate esto. Cuando le preguntaron directamente si creía que los asesinatos de sus hijos tenían relación con vínculos al narcotráfico, González negó esa versión con firmeza. Lo ha negado consistentemente en todas las entrevistas donde se lo han preguntado, pero admitió algo más específico y más revelador que una negación general.
admitió que su hijo Alejandro tenía amigos que no eran bienvenidos. esa frase exacta, amigos que no eran bienvenidos, sin más detalles, sin nombres, sin explicaciones adicionales que pudieran comprometer a alguien o comprometerse él mismo. Esa frase y punto. Pero esa frase es suficiente para que cualquier persona que entienda cómo funciona el crimen organizado en Jalisco sepa exactamente de qué tipo de situación está hablando sin que nadie tenga que decirlo con más palabras.
Si la historia de Alejandro La Cobrita González te enseñó algo que no sabías. Si ahora entiendes que el cinturón del mundo no protege lo que más quieres fuera del ring, si ahora ves que la gloria más brillante puede coexistir con la tragedia más oscura en la misma vida de un mismo hombre, entonces haz algo por mí.

Dale like a este video y suscríbete al canal. No por mí, por la cobrita González, para que su historia completa, no solo el knockout a Kevin Kelly, ni las drogas, ni los titulares de nota roja, llegue a más personas que necesitan entender lo que realmente cuesta la gloria del deporte cuando el entorno no perdona.
Para que la próxima vez que alguien diga que la cobrita era solo un boxeador de los 90, alguien más pueda decir, “No.” Era un hombre que le compró una casa a su mamá, que peleó con todo en el ring y fuera de él, y que perdió lo que ningún campeón debería perder jamás. M.