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532 y Dos Austríacos Vinieron a “Cazar Mexicanos” — Dos Mil Campesinos Los Enterraron En Catorce…

 Hoy lo sacaremos de su agujero. Von Hammerstein señala hacia las montañas que se elevan frente a ellos. Dicen que está en algún lugar de esa sierra con sus campesinos armados, con machetes y mosquetes oxidados. Perfecto, dice Kevin Huller. Será una cacería corta, pero lo que no saben es que en menos de 5 horas 398 de ellos estarán muertos o capturados.

 El coronel Kevin Huller estará de rodillas frente al mismo arriero que desprecia. Y el teniente Hze, el que se burló del indio de Oaxaca, no volverá a reír jamás. La columna avanza por el camino de tierra que serpentea hacia la sierra. 532 hombres, cuatro cañones de montaña, 600 caballos y mulas cargando municiones y provisiones para un mes.

 Esto no es una patrulla, es una expedición de exterminio. El mariscal Basin, comandante supremo de las fuerzas francesas en México, ha ordenado personalmente esta misión. Limpien Oaxaca. Fueron sus instrucciones exactas. Eliminen a Días y sus bandidos. No quiero prisioneros problemáticos. Kevin Huller ha tomado esas palabras al pie de la letra.

 En su maleta de campaña lleva copias del decreto negro firmado por Maximiliano el 3 de octubre de 1865. El decreto que ordena ejecutar sin juicio a cualquier republicano capturado con armas. El decreto que convierte a cada campesino mexicano en un criminal condenado. Hoy aplicaremos el decreto”, anuncia Kevin Huller a sus oficiales durante la última parada antes de entrar a la sierra.

 Cualquier rebelde que encontremos será fusilado en el acto, sin excepciones, sin piedad. Los oficiales asienten, algunos sonríen. Esta no será una batalla, será un paseo triunfal. La moral de la columna está en su punto más alto. Estos hombres han cruzado medio mundo para servir al imperio. Han dejado Viena, Salzburgo, [música] Insbrook.

 Han sobrevivido el viaje por mar, las fiebres de Veracruz, las marchas interminables por el altiplano y ahora, finalmente tendrán su recompensa. Gloria militar contra un enemigo inferior. Medallas que mostrar cuando regresen a Europa. Historias que contar a sus nietos sobre cómo civilizaron a los salvajes de México. “Señor”, dice un sargento acercándose a Kevin Huller.

 Los guías locales se niegan a continuar. Kevin Huller apenas gira la cabeza. ¿Qué dicen? Dicen que el cañón adelante es peligroso, que los republicanos conocen estos caminos, que deberíamos tomar la ruta larga por el valle. El coronel suspira con fastidio. Esos cobardes ven fantasmas en cada sombra. Ignóralos. Seguiremos por el cañón.

 Es el camino más corto. Pero, Señor, insisten en que he dicho que seguiremos por el cañón. La voz de Kevin Huller es de acero. Y si los guías no quieren venir, que se vayan. No necesitamos su cobardía. Los guías locales se marchan sin mirar atrás. Dos ancianos mixtecas que han caminado estos cerros toda su vida, que conocen cada roca, cada barranco, cada punto donde un hombre puede esconderse.

Kevin Huller los ve alejarse con desprecio. “Indios supersticiosos”, murmura. No sabe que esos dos ancianos caminan directamente hacia el campamento de Porfirio Díaz. No sabe que llevan información exacta sobre la composición de su columna. 532 hombres, cuatro cañones, la ruta exacta que tomarán. Y definitivamente no sabe qué días ha estado esperando esta columna durante 11 días.

 El general republicano, el arriero del que se burlan, ha estudiado cada metro del terreno que los austriíacos están a punto de cruzar. Ha posicionado a 2500 hombres en puntos estratégicos a lo largo del cañón de la carbonera. Ha cronometrado los tiempos de marcha, ha calculado los ángulos de fuego y ha dado una orden simple a sus hombres.

 Dejen que entren todos hasta el último y luego cierren el cañón. En este momento, mientras Kevin Huller se burla de los guías que huyen, 100 rifles republicanos ya lo tienen en la mira desde las alturas del cañón. El coronel austríaco levanta su catalejo y examina el camino adelante.

 Ve un cañón angosto entre dos paredes de roca, quizás 400 m de largo, 20 m de ancho en el punto más estrecho. Excelente, dice asintiendo. Pasaremos en menos de una hora. Para el atardecer estaremos en territorio seguro. Guarda el catalejo y hace una señal. La columna comienza a moverse hacia la entrada del cañón. 532 soldados austriíacos.

 La élite del imperio marchando directamente hacia su tumba. Arriba, en las rocas que nadie mira, un campesino con sombrero de paja hace una señal silenciosa, tres dedos extendidos, luego un puño cerrado. La señal viaja de roca en roca, invisible para los ojos europeos. En menos de un minuto, 2500 mexicanos saben que la presa ha mordido el anzuelo.

Porfirio Díaz, el arriero, el indio, el don Nadie observa la columna desde una posición elevada a 800 m de distancia. Su rostro no muestra ninguna emoción, solo la paciencia fría de un hombre que ha esperado 11 días para este momento. Que entren todos, repite en voz baja, hasta el último.

 Y los austríacos entran sin sospechar, sin miedo, riéndose todavía del muletero jugando a ser general. En menos de 5 horas aprenderán que algunos muleteros saben exactamente lo que hacen. A las 11:47 de la mañana, la vanguardia austríaca cruza la entrada del cañón de la carbonera. 68 soldados de caballería lideran la columna. Sus cascos brillan bajo el sol de octubre.

Los caballos levantan polvo con cada paso, creando una nube que sigue a la columna como un fantasma. Detrás de la caballería vienen los cazadores de infantería, 342 hombres en formación de marcha. Sus rifles cuelgan de los hombros con la negligencia de quienes no esperan usarlos. Algunos cantan canciones en alemán, otros hablan de las tabernas de Viena que extrañan.

 El coronel Kevin Hüller cabalga en el centro de la formación. Desde su posición puede ver toda la columna extenderse como una serpiente blanca sobre el camino marrón. 532 hombres. su responsabilidad, su gloria futura. El cañón no parece peligroso a primera vista. Las paredes de roca se elevan gradualmente a ambos lados, empezando con apenas 10 m de altura.

 El fondo es relativamente ancho, quizás 40 m de terreno transitable. Bor, dice Kevin Huller a Von Hammerstein. Los guías exageraban. Este cañón es perfectamente seguro. Von Hammerstein asciente, pero algo en su expresión sugiere inquietud. Sus ojos recorren las paredes de roca buscando algo que no puede identificar. “Está demasiado silencioso,”, murmura.

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