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4 carros blindados vs 500 caballos: cómo Pancho Villa humilló al general estadounidense Pershing

 La noticia corrió por el telégrafo hasta llegar al despacho oval, golpeando el orgullo nacional como un mazo. Un bandolero mexicano, un hombre que apenas sabía leer y escribir, acababa de abofetear a la potencia industrial emergente del siglo XX en su propia casa. La respuesta del presidente Woodro Wilson fue visceral e inmediata.

 No se trataría simplemente de repeler un ataque, se trataba de una venganza imperial. Se ordenó la organización de la Expedición Punitiva, una fuerza militar colosal puesta bajo el mando del general más disciplinado y severo del ejército, John Shaw, Blackjack Pershing. La misión era clara en el papel, capturar a Villa vivo o muerto y destruir su ejército para siempre.

 Pero para Persing esta no era una simple operación policial, era el ensayo general para la gran guerra que se libraba en Europa. Por eso decidió llevar la guerra al futuro. Estados Unidos desplegó una tecnología nunca antes vista en combate. Flotas de camiones motorizados para la logística, motocicletas armadas y lo más asombroso de todo, el primer escuadrón aéreo.

 Ocho biplanos Curtis JN3 fueron enviados al desierto, prometiendo ser los ojos de Dios que localizarían al enemigo desde el cielo. Parecía un combate desigual, la era industrial contra la era de la caballería. Sin embargo, al cruzar la frontera hacia el laberinto hostil de Chihuahua, la maquinaria estadounidense estaba a punto de descubrir que la tecnología es inútil contra un fantasma que conoce cada piedra, cada cueva y cada secreto de la sierra.

 Para comprender la magnitud de la audacia suicida que impulsó el ataque a Columbus, es necesario descender primero a los abismos de la mente torturada de Francisco Villa en los albores de 1916. El hombre que ordenó cargar contra la frontera estadounidense no era el general victorioso que había desfilado en la ciudad de México y cenado en el Palacio Nacional apenas un año antes.

Era un león herido, acorralado por la geopolítica y la traición. La revolución mexicana había girado cruelmente en su contra tras ser destrozado militarmente en el vajío por las ametralladoras y el alambre de púas del general Álvaro Obregón, quien había aprendido las tácticas de la Primera Guerra Mundial en Europa, la invencible división del norte se había desintegrado.

 De ser un ejército de 50,000 hombres con trenes y artillería, Villa había quedado reducido a un puñado de fieles y una sed de venganza insaciable. Pero el golpe de gracia no vino de sus enemigos mexicanos, sino de Washington. El presidente Woodro Wilson, quien anteriormente había cortejado a Villa viendo en él a un posible aliado, decidió pragmáticamente reconocer al gobierno de su archienemigo, Benustiano Carranza, como la única autoridad legítima de México.

 El cambio de lealtades de la Casa Blanca tuvo consecuencias inmediatas y devastadoras en el terreno. Se impuso un embargo de armas estricto que estranguló la capacidad de fuego de los villistas, mientras que los trenes cargados de municiones estadounidenses y suministros fluían libremente hacia las tropas carrancistas en agua prieta.

 Villa se sintió apuñalado por la espalda por los mismos gringos que antes le palmeaban el hombro y lo filmaban para los noticieros. Su lógica forjada en la dureza de la sierra y la supervivencia dictó una respuesta brutal y estratégica. Si Estados Unidos quería intervenir en la política mexicana apoyando a Carranza, él los obligaría a intervenir físicamente, arrastrándolos al barro de una guerra que no deseaban.

El ataque a Columbus no fue un acto de pillaje al azar ni la locura de un desesperado. Fue una maniobra de provocación calculada con frialdad para demostrar que Carranza no controlaba el país y para resucitar su propia leyenda como el único defensor de la soberanía nacional frente al invasor extranjero. La ejecución del plan fue una pesadilla de caos, fuego y errores tácticos.

 En la oscuridad de la madrugada del 9 de marzo, las dos columnas de asalto villistas penetraron las defensas del pueblo con una facilidad pasmosa, burlando las patrullas fronterizas. El objetivo táctico era el banco local y los depósitos de armas, pero la operación degeneró rápidamente en una batalla urbana desordenada.

 Los gritos de muerte a los gringos se mezclaron con el crepitar de las llamas que consumían el hotel comercial y varios edificios adyacentes, iluminando el desierto con un resplandor apocalíptico que se veía a kilómetros. La guarnición del descoimiento de caballería de E, chase, tomada completamente por sorpresa, reaccionó con una mezcla de pánico inicial y heroísmo individual.

 Los soldados salieron de sus barracones en ropa interior, descalzos y cegados por el humo, intentando montar sus ametralladoras Benet Mercier bajo fuego enemigo. Y aquí, en los primeros minutos del combate, la tecnología dio su primer aviso funesto de lo que vendría después. Las ametralladoras, armas complejas y delicadas, se encasquillaron repetidamente en la oscuridad debido al polvo y la falta de mantenimiento nocturno, obligando a los soldados a usar sus rifles y pistolas en combates cuerpo a cuerpo desesperados entre los

callejones humeantes. Aunque tácticamente el ataque fue un fracaso costoso para Villa, perdió a más de 70 hombres, muchos de ellos oficiales valiosos, y no consiguió el botín de armas esperado. El efecto psicológico fue una bomba nuclear en la conciencia estadounidense. Al amanecer, cuando el humo se disipó, 18 ciudadanos norteamericanos, entre civiles y militares, yacían muertos en su propio suelo, acribillados por invasores extranjeros.

 La prensa de William Randolphst y los halcones en el Congreso gritaron pidiendo sangre, ocupación y anexión. Woodro Wilson, que enfrentaba una campaña de reelección complicada y observaba con nerviosismo cómo la gran guerra en Europa amenazaba con arrastrar a su país, no podía permitirse parecer débil ante un ataque directo a la soberanía nacional.

 La violación de la frontera exigía una respuesta que restaurara el honor herido del gigante del norte. Así nació la expedición punitiva, una fuerza diseñada no solo para capturar a un hombre, sino para proyectar el poder imperial de una nación moderna y enviar un mensaje al mundo. El general John Jaw Pershin, un veterano endurecido en las guerras coloniales en Filipinas y un hombre de una disciplina de acero, recientemente golpeado por la tragedia personal de perder a su familia en un incendio, recibió el mando con una orden clara.

dispersar a la banda de Villa. Para cumplirla, el ejército estadounidense volcó en un esfuerzo logístico sin precedentes en su historia. La frontera en Columbus se transformó en cuestión de días, donde antes solo había cactus y polvo. Surgieron ciudades de tiendas de campaña, depósitos de combustible y talleres mecánicos.

 Llegaron trenes cargados con lo último en tecnología bélica, camiones Dodge y white de llantas sólidas para reemplazar a las mulas de carga, motocicletas Harley Davidson e Indian para los correos y tractores blindados. Pero la gran novedad, la que capturó la imaginación del público y llenó las portadas de los periódicos, fue la aviación.

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