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3 MINUTOS que HUNDIERON a CEPEDA — la respuesta fría de ABELARDO DE LA ESPRIELLA que nadie esperaba

 Cada movimiento mostraba que estaba listo para una batalla que intuía difícil. Pocos minutos después, el ambiente cambió por completo. Abelardo de la espriella entró al salón, no caminando, sino desfilando. Llevaba un traje a medida y saludaba con confianza, repartiendo abrazos y sonrisas. se movía con la seguridad de quién está en su propio territorio.

Subió al escenario sin papeles, guiñó un ojo al moderador y se sentó frente a Cepeda cruzando las piernas con elegancia. Sus mocasines sin medias completaban el mensaje. Aquí, el que manda soy yo. El debate comenzó con una calma falsa. El moderador hizo preguntas generales. Cepeda habló con su tono académico sobre la necesidad de una justicia con enfoque social, una justicia que entendiera las causas históricas de la violencia.

Abelardo respondió con frases cortas y contundentes sobre la necesidad de un sistema judicial fuerte con mano dura contra el crimen. Durante casi 40 minutos, los dos hombres danzaron en un tango de indirectas, de críticas veladas, pero sin tocarse, hasta que el moderador hizo la pregunta que encendió la pólvora.

 “Doctor de la espriella”, dijo el moderador, “Usted ha construido una carrera defendiendo algunas de las figuras más controvertidas de la historia reciente de Colombia. políticos acusados de corrupción, empresarios con presuntos vínculos con grupos armados. Sus críticos, como el senador Cepeda argumentan que su éxito como abogado se ha construido sobre la impunidad de muchos.

 ¿Qué les responde? El silencio en el salón fue total. Esa era la pregunta. Esa era la herida abierta. Abelardo sonrió con suficiencia. Les respondo que vivo en un estado de derecho, no en una tiranía moralista. Mi deber como abogado no es juzgar a mis clientes, sino garantizar que tengan una defensa justa. Todo ciudadano, sin importar la acusación, tiene derecho a la mejor defensa posible.

 Esa es la base de la civilización. Lo demás es barbarie. La respuesta fue elegante, de manual, pero le había dado a Iván Cepeda la apertura que había estado esperando toda la noche. El senador pidió la palabra, se inclinó hacia adelante y su voz, antes controlada ahora estaba cargada de una indignación contenida que había estado guardando durante años.

 El doctor de la espriella habla de civilización y derecho a la defensa, comenzó Cepeda, su voz resonando en el salón. Palabras muy bonitas. Pero detrás de esas palabras bonitas se esconde una realidad muy fea, una realidad de impunidad, de dolor, de injusticia. se giró en su asiento para mirar a Abelardo directamente. Hablemos de casos concretos, doctor.

Hablemos del exministro al que usted defendió por el escándalo de agroingreso seguro. Un programa diseñado para ayudar a los campesinos pobres, cuyo dinero terminó en los bolsillos de los terratenientes más ricos del país. Gracias a su brillante defensa, a sus trucos legales, ese hombre hoy está libre disfrutando de su fortuna.

Mientras los campesinos que debían recibir esa ayuda siguen en la miseria. Es eso, estado de derecho, doctor. Abelardo lo miraba, su sonrisa ahora completamente borrada, su rostro una máscara de piedra. Cepeda no se detuvo. Hablemos del empresario al que usted defendió, acusado por la fiscalía de financiar grupos paramilitares en la costa.

Grupos que masacraron a cientos de personas. Gracias a su habilidad, los testigos clave desaparecieron o cambiaron su versión y su cliente fue absuelto por duda razonable. Vaya y háblele de debido proceso a las viudas y a los huérfanos que dejó esa guerra sucia. Dígales a ellos que su trabajo es la base de la civilización.

La voz de Cepeda se había elevado. Ya no era un senador debatiendo, era un fiscal acusando en el tribunal de la historia. Se puso de pie un gesto que rompió por completo el protocolo y apuntó con su dedo a un abelardo que permanecía inmóvil. Usted no es un abogado, doctor de la espriella.

 Usted es un lavador de reputaciones. Usa el sagrado derecho a la defensa como una cortina de humo para limpiar la imagen y los crímenes de los peores personajes de este país a cambio de millones de dólares. Su carrera, su lujo, sus trajes caros están construidos sobre la impunidad de los criminales y sobre el dolor sin fin de sus víctimas.

La acusación, tan brutal y tan personal, dejó a la audiencia sin aliento. El moderador, pálido, intentaba balbucear algo, pedir orden, pero era inútil. El salón entero observaba en un silencio de SOC. Y entonces, en la cima de su furia, Cepeda gritó la frase que él creía que sería el golpe final. ¿Usted usa la ley para engañar a la gente.

 El grito quedó flotando en el aire. Cepeda jadeando, permanecía de pie con el dedo extendido. Esperaba una reacción igual de furiosa. Esperaba un duelo de gritos que él sabía que podía ganar. Pero a Abelardo de la espriella no le dio ese gusto. Permaneció sentado. Con una calma que era casi inhumana, tomó su vaso de agua y bebió un sorbo. Lo dejó sobre el posavasos haciendo un ruido mínimo.

Se ajustó el nudo de su corbata, se recostó en el respaldo del sillón y durante 10, 15, 20 segundos no dijo absolutamente nada, solo lo miraba. No con odio, con una curiosidad fría, analítica, como un científico observando una reacción química interesante. Ese silencio fue más poderoso que cualquier grito. El silencio desarmó a Cepeda.

Lo hizo parecer exagerado, histérico. La furia del senador, al no encontrar una furia igual con la que chocar, se quedó sin energía. Se desinfló. Cepeda, sintiéndose de repente expuesto y ridículo en su propia explosión, bajó lentamente el brazo y se sentó de nuevo. Su rostro enrojecido, su respiración agitada.

Solo entonces, cuando tuvo el control absoluto de la escena, cuando todos en la sala estaban inclinados hacia adelante, desesperados por escuchar su respuesta, Abelardo de la Espriella se acercó lentamente al micrófono. La lección estaba a punto de comenzar. El grito de Cepeda había llenado el auditorio, una acusación directa y furiosa.

Pero el verdadero evento no era el grito, era el silencio que lo siguió. Un silencio que Abelardo de la espriella estaba a punto de romper y nadie, ni siquiera Iván Cepeda, estaba preparado para la leunción de justicia que estaba por comenzar. El silencio que siguió al grito de Iván Cepeda fue pesado, espeso, cargado de electricidad.

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