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25 Actores INFANTILES Cruelmente ABUSADOS y el Silencio de Hollywood 😱

Con apenas 7 años de edad, Ismael ya tenía la cara pintada y un buen café negro esperando para mantenerlo despierto durante los rodajes interminables. En el plató le repetían que era simplemente para no quedarse dormido, campeón. Pero la verdad es que ahí asomaban las primeras señales de un drama gigantesco.

 Aquel pobre crío sobrevivía a base de mucha cafeína y píldoras extrañas que le metían sin darle explicaciones, únicamente para que soportara aquel ritmo salvaje del estudio de grabación que jamás daba tregua. Justo entre cada toma, alguien del equipo le acercaba una ayudita rápida para poder aguantar y evitar desplomarse de cansancio o calmar sus nervios.

sin que el chico supiera qué porquería estaba tomando. Un día cualquiera, en plena filmación junto al mismísimo Pedro Infante, Ismael se quedó petrificado de golpe. No estaba durmiendo, estaba paralizado por semejante agotamiento físico y químico. Lo sacaron del plató corriendo y le metieron algo extraño bajo la lengua.

Unos minutos después, el chico regresó como si nada raro ocurriera. Este chico tiene aguante”, soltó un técnico. Pero esa supuesta resistencia ocultaba un agotamiento mental tan profundo que nadie en la industria quiso aceptar. En su casa la cosa no pintaba mejor. Su padre era más rígido que cualquier cineasta y su madre lo presionaba muchísimo más que el guion más complejo.

Si alguien de fuera notaba que el chaval no comía, se excusaban soltando un Está nervioso. Es algo normal. Nadie quería ver que lo forzaban al límite absoluto. Tampoco dejaban que el pequeño Ismael tuviera la oportunidad de plantar cara y decir basta. Con el correr del tiempo, toda aquella presión y los abusos le pasaron factura.

 Su cuerpo y mente se apagaron de golpes. A los 20 años su trayectoria estaba liquidada. Su organismo ya no reaccionaba a los estimulantes como antes. Sus ojos perdieron la magia frente a las cámaras. De adulto en las entrevistas esquivaba hablar sobre esa oscura etapa, salvo por una única vez que soltó. Casi no guardo recuerdos de las escenas, pero jamás olvidaré ese terrible dolor de barriga justo antes de entrar al plató.

 Esa sencilla confesión lo resumía absolutamente todo. Había mucho dolor tras la fama. La triste historia de Ismael Poncianito Pérez es un claro ejemplo, brutal, de como la cúpula del cine mexicano clásico, carente de cualquier tipo de leyes y empatía, exprimía sin piedad a sus jóvenes estrellas, los transformaba en puras máquinas de facturar billetes, destrozando por completo su salud física y mental solo para conseguir taquilla y aplausos constantes.

 El pobre Ismael nunca fue la excepción. Solo fue un niño más secuestrado por una maquinaria despiadada que los explotaba sin importar nada el costo. Luego está Alfonso Mejía, el niño prodigio que la industria devoró en absoluto silencio. Mejía poseía una de esas caras que se quedaron marcadas a fuego en la época dorada del cine de México.

 Tu tremendo papel en los olvidados de Luis Buñuel no solo le regaló una popularidad fulminante, también lo erigió como la cara representativa de toda una generación. Pero ojo, lo que la gente admiraba en la pantalla, esa mirada tan dura, ese sufrimiento crudo, no era puro teatro, era su propia realidad gritándole a los espectadores.

Desde muy jovencito, Alfonso encarnó el mito trágico del artista infantil que no interpretaba, sino que sobrevivía a diario. Y mientras todos aplaudían su brillante talento, ni un alma pensaba en el altísimo costo que sufría tras el telón. Con 15 años, en vez de estar haciendo trabajos del instituto o disfrutando su juventud, el chico acumulaba madrugadas repletas de fiestas VIP y eventos sociales que cualquier adolescente normal de su entorno.

 Los interminables viajes de prensa y los eventos lo traían como un trapo por todas partes. Y si en algún rato se notaba agotado o soltaba un bostezo, nunca faltaba alguien dispuesto a darle un empujoncito extra para aguantar despierto. En su cartera no cargaba libros de clase, sino frascos con pastillas raras, precisamente las que le permitían fingir una sonrisa estupenda o aguantar de pie cuando su cuerpo le rogaba descanso.

 El primer choque directo con las drogas sucedió por culpa de un poderoso productor que le puso en la mano su primera pastilla azul soltándole. “Tómala, esto te va a despertar el alma.” Tristemente, no fue la última. Alfonso se metió de lleno en un infierno adictivo disfrazado de pura gloria, donde las sustancias químicas y las exigencias formaban parte oculta de su propio contrato.

 Ya de adulto, Alfonso confesó con muchísima amargura que hubo días grises en los que vivía encerrado a solas en su camerino, intentando desesperadamente respirar un poco de paz en lugar de estar bajo los focos de grabación. La inmensa ironía es que él solo quería actuar de corazón, pero la despiadada maquinaria lo degradó a producto comercial.

Un icono muy rentable, unas letras de neón cartelera que ya ni sentía suyas. Entretanto, sus propios padres se cegaron por la falsa euforia del puro éxito. Todo el mundo quería sacarle algo. Exigían que rindiera siempre, pero absolutamente nadie, ni representantes ni familiares. Freno para preguntarle si de verdad estaba bien.

 El cine lo disparó al estrayato y luego lo dejó caer al vacío. Sin red, sin apoyo. Cuando las luces de los focos se apagaron y aquella fama desapareció, Alfonso intentó huir de todo, del mundillo artístico, del propio país e incluso de su verdadero nombre. En una entrevista, muchos años después, cuando le preguntaron por qué no regresaba la gran pantalla, su respuesta resultó tan brutal como sincera.

literalmente dijo, “Porque no quiero volver a depender de nada para poder dormir.” Aquella frase resumía una vida entera marcada por la explotación pura, las expectativas inalcanzables y ese consumo totalmente silencioso de sustancias químicas que jamás pidió. Alfonso no murió joven, es cierto, pero se fue apagando poco a poco.

Acabó consumido a plazos, triturado por las brutales exigencias de una industria cinematográfica que primero lo exprimió y luego lo desechó. Su dramática historia, igual que la de muchísimos otros talentos, terminó borrada por completo de los titulares. Y aunque esa enorme fama lo mantuvo arriba un tiempo, lo que llegó después, ese vacío, el abandono total y la adicción fue una caída libre sin red que nadie quiso contar.

Anabel Gutiérrez. La dulce sonrisa que tapaba un grito de auxilio. Para el gran público, Anabel Gutiérrez siempre fue la eterna jovencita risueña del cine clásico mexicano. Su carisma tan natural, esa simpatía y una risa supercontagiosa parecían convertirla en la auténtica niña de oro de la pantalla grande.

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