Antes de comenzar este relato, dale me gusta a este vídeo y suscríbete al canal y cuéntanos desde qué parte del mundo nos ves. Para entender lo que pasó esta semana, hay que empezar por el principio, hay que volver atrás, hay que cerrar los ojos y recordar cómo era Colombia hace 30, 40 años. Cuando un hombre salía de su casa de madrugada con las manos callosas y el corazón lleno de una convicción muy sencilla, pero muy poderosa, la convicción de que si trabajaba duro, si cumplía, si cotizaba puntualmente, si hacía todo lo que el sistema le pedía que hiciera, al final
de su vida iba a tener una recompensa. No una fortuna, no un palacio, sino algo mucho más modesto y mucho más valioso que todo eso. la tranquilidad de saber que cuando el cuerpo ya no aguantara más, cuando las rodillas dijeran basta y los ojos ya no vieran bien en la oscuridad, iba a tener una mesada que le permitiera vivir con dignidad, sin tener que pedirle nada a nadie, sin tener que depender de la caridad del Estado ni de la buena voluntad de sus hijos.

Esa convicción fue la que sostuvo a millones de colombianos durante décadas de trabajo duro. Fue la que hizo que madres de familia en los barrios populares de Bogotá y de Medellín y de Cali se levantaran a las 4 de la mañana para llegar a tiempo al trabajo. Fue la que hizo que campesinos en los departamentos más alejados del país siguieran trabajando la tierra, aunque el jornal fuera pequeño y el camino para llegar al banco fuera largo.
fue la que hizo que conductores de bus y albañiles y vendedores de mercado y costureras y tenderos de esquina cotizaran mes a mes, semana a semana, con la disciplina de quien sabe que está construyendo algo importante, algo que va a valer la pena cuando llegue el momento de cobrar lo que se sembró con tanto esfuerzo. Esa convicción tiene un nombre, se llama sistema pensional.
Y en Colombia ese sistema nació con fuerza en el año 1993, cuando el Congreso aprobó la ley 100, la ley que cambió para siempre la manera en que los colombianos iban a ahorrar para su vejez y que prometía algo que sonaba justo y sensato, que cada colombiano que trabajara y cotizara iba a tener derecho a una pensión, que ese derecho no se le podía quitar, que era suyo, que estaba garantizado por el Estado y por las instituciones del país.
33 años han pasado desde esa promesa. Y la realidad de Colombia hoy es una de esas realidades que duelen cuando uno las mira de frente. Porque la realidad es que de cada 100 colombianos que llegan a la vejez, 75 llegan sin pensión. Llegan a la vejez con las manos vacías después de toda una vida de trabajo. Llegan dependiendo de sus hijos si los tienen, de la caridad si no los tienen o de un subsidio del Estado que durante años fue de 80.000 1000 pesos mensuales.
Una cifra que no alcanza ni para la comida de una semana. Un número que ofende cuando uno lo lee y piensa en la dignidad que merece un ser humano que pasó 50 años trabajando en este país. Esa es la realidad que el gobierno de Gustavo Petro encontró cuando llegó al poder en el año 2022. Esa es la realidad que justificó que su ministra del trabajo impulsara durante dos años una reforma pensional, que prometía cambiar ese panorama, que prometía que más colombianos iban a poder llegar a la vejez con algo en el bolsillo, con una
mesada digna, con la seguridad que toda una vida de trabajo debería garantizarle a cualquier persona. Y esa promesa hay que decirlo con honestidad, porque esta historia no es de los que esconden las cosas. Esa promesa tiene una parte que es justa y necesaria, porque es verdad que Colombia tiene una deuda enorme con los adultos mayores más pobres de este país, con los que llegaron a los 60, a los 70 años sin haber podido cotizar porque trabajaron toda su vida en la informalidad, porque vendieron arepas en una esquina o lavaron ropa ajena o
trabajaron en el campo sin que nadie les descontara ni un peso para su pensión futura. Y esos colombianos también merecen una vejez digna, también merecen comer bien y tener para sus medicamentos y no tener que depender de la generosidad de extraños cuando ya no pueden trabajar. Pero hay otra parte de esa promesa que es donde está el problema, que es donde los números empiezan a no cuadrar, que es donde la historia que el gobierno quiere contar y la historia que los números cuentan empiezan a alejársela. Una de la otra,
de una manera que cualquier colombiano que haya manejado las cuentas de su casa, aunque nunca haya estudiado economía ni haya pisado una universidad, puede entender perfectamente. Para explicar ese problema, hay que hablar de una mujer y de un hombre que esta semana se sentaron frente a frente en los micrófonos de la W Radio en el programa de las 6 de la mañana que muchos colombianos escuchan mientras toman el primer tinto del día y que le dijeron al país con una claridad que pocas veces se ve en la política colombiana. Todo lo
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que el debate sobre la reforma pensional había tenido guardado durante meses detrás de comunicados oficiales y presentaciones con gráficas de colores. La mujer se llama Paloma Valencia, es senadora del Centro Democrático, es abogada, es precandidata presidencial para las elecciones de 2026 y es la persona que radicó ante la Corte Constitucional la primera demanda formal contra la reforma pensional del gobierno de Petro.
La demanda que hoy tiene a esa reforma en un limbo jurídico del que todavía no ha podido salir, la demanda que tiene al gobierno desesperado porque cada mes que pasa sin que la ley entre en vigencia es un mes. Menos de un gobierno que ya está en sus últimos meses de vida. El hombre se llama Gustavo Bolívar, es ex senador del pacto histórico, es escritor, es una de las figuras más reconocidas del petrismo en Colombia y en este debate no estaba hablando solo por sí mismo, sino también como vocero de la campaña presidencial de Iván Cepeda, el candidato del Pacto Histórico
que hoy lidera las encuestas para las elecciones de mayo de 2026. El hombre que si las cosas siguen como están más posibilidades que nadie de sentarse en la silla presidencial. El 7 de agosto de este año, esos dos, Paloma Valencia y Gustavo Bolívar, se encontraron esa mañana ante millones de colombianos que estaban escuchando la radio.
Y lo que salió de ese encuentro fue mucho más que un debate político. Fue una radiografía del corazón del problema pensional de Colombia. Una radiografía que mostró con una claridad brutal que detrás de las promesas y de los discursos y de los números que el gobierno presenta en sus presentaciones, hay una realidad muy diferente, una realidad que afecta directamente el bolsillo, el futuro y la tranquilidad de millones de colombianos que llevan toda una vida trabajando y ahorrando y esperando que el sistema cumpla lo que prometió.
Pero para entender ese debate, hay que entender primero cómo llegó Colombia hasta aquí. Hay que entender de dónde vienen los problemas que la reforma quiere resolver y de dónde vienen los nuevos problemas que la reforma misma está creando. Porque esta no es una historia que empezó esta semana, sino una historia que lleva décadas construyéndose en silencio.
Una historia de promesas y de deudas y de decisiones que se fueron postergando hasta que el peso de todo lo postergado se volvió tan grande que ya no había manera de seguir mirando para otro lado. En Colombia, en este momento, solo el 25% de los adultos mayores tiene una pensión. Solo uno de cada cuatro colombianos que llega a la vejez puede decir que tiene una mesada fija que le llegue todos.
Los meses para cubrir sus gastos, para pagar el arriendo, para comprar los medicamentos, para comer tres veces al día sin depender de nadie, solo uno de cada cuatro. Y eso en un país de 52 millones de personas es una cifra que debería quitarle el sueño a cualquier gobierno, a cualquier político, a cualquier colombiano que tenga padres o abuelos o que algún día vaya a ser viejo.
¿Qué es decir a todos? El 75% restante, los que no tienen pensión, los que llegaron a los 60 o a los 70 años sin haber acumulado las semanas de cotización que la ley exige para tener derecho a una mesada, esos colombianos tienen básicamente tres opciones y ninguna de las tres es digna de lo que una persona que trabajó toda su vida merece.
La primera opción es seguir trabajando aunque el cuerpo ya no dé. seguir cargando bultos o vendiendo en la calle o haciendo lo que sea que les dé para comer, aunque las rodillas ya no aguanten y los ojos ya no vean bien. La segunda opción es depender de sus hijos o de sus familiares, pedirle a la gente joven que también está luchando para sacar adelante a sus propias familias que carga de más con el peso de un adulto mayor que no tiene ingresos.
Y la tercera opción es el subsidio del Estado. El programa que se llama Colombia Mayor y que durante años pagó 80.000 1000 pesos mensuales a los adultos mayores en situación de pobreza extrema. 80,000 pesos, menos de $ al mes, una cifra que no alcanza ni para la semana de mercado más básica de cualquier hogar colombiano.
Esa realidad es la que el gobierno de Petro quiso cambiar con su reforma pensional y es una realidad que merece ser cambiada. Nadie puede mirar esos números y decir que está bien que un país trate a sus adultos mayores de esa manera. Nadie que tenga un gramo de conciencia social puede defender que la vejez en Colombia sea para la gran mayoría de los colombianos sinónimo de miseria, de abandono y de dependencia.
El problema no es el diagnóstico, el problema no es que el gobierno haya identificado mal la enfermedad, el problema es el remedio que propone, porque el remedio que propone la reforma pensional de Gustavo Petro, según lo que Paloma Valencia le explicó a Colombia esa mañana con una claridad que no dejó lugar a malentendidos, ese remedio tiene un costo que el gobierno no está diciendo con toda la honestidad que la situación exige, un costo que no lo van a pagar los ricos ni los empresarios ni los fondos de pensiones, sino usted, el
colombiano que ha cotizado toda su vida, el colombiano que tiene sus ahorros pensionales guardados en un fondo privado esperando el día en que pueda cobrarlos. El colombiano que trabajó 30 años creyendo que esa plata era suya y que el día que la necesitara iba a estar ahí esperándolo. Para entender el mecanismo hay que entender cómo funciona el sistema pensional que existe hoy en Colombia antes de la reforma.
Porque si uno no entiende cómo está el sistema hoy, es imposible entender qué es lo que la reforma cambia y por qué ese cambio importa tanto. En Colombia hoy hay dos maneras de ahorrar para la pensión. Dos caminos que la ley 100 de 1993 creó para que los colombianos pudieran escoger como querían construir su futuro pensional.
El primero es colpensiones, que es la entidad del Estado que maneja el sistema público de pensiones y que funciona bajo un principio que se llama prima media, que en palabras sencillas significa que la plata que usted cotiza hoy no va a una cuenta individual a su nombre, sino a una bolsa común de donde se paga las pensiones de los que ya están pensionados.
El sistema de los que trabajan hoy sostiene a los que ya se retiraron ayer. Es el principio de la solidaridad intergeneracional, el principio de que cada generación le paga a la anterior y confía en que la siguiente le va a pagar a ella. El segundo camino son los fondos privados de pensiones, que son entidades como Porvenir, Protección, Colfondos y O Mutual, que funcionan bajo un principio completamente diferente que se llama ahorro individual, que en palabra sencilla, significa que la plata que usted cotiza si va a una cuenta
individual a su nombre, que esa cuenta crece con los rendimientos que el fondo genera al invertir ese dinero en el mercado y que cuando usted se pensione ese dinero es suyo, es el resultado de lo que usted ahorró durante su vida laboral más los rendimientos que ese ahorro generó con el tiempo. Esos dos sistemas, el público y el privado, llevan más de 30 años funcionando en paralelo en Colombia con sus ventajas y sus desventajas, con sus defensores y sus críticos.
Y hoy en los fondos privados de pensiones hay una cantidad de dinero que es difícil de imaginar. Hay más de 500 billones de pesos, que son el ahorro acumulado de millones de colombianos que han estado cotizando durante años. 500 billones que representan el esfuerzo de una vida de trabajo, que representan el sacrificio de madres que cotizaron mientras criaban a sus hijos, de padres que cotizaron mientras pagaban el arriendo y los colegios y los mercados, de trabajadores de toda Colombia que mes a mes que no para poder decirle si al
futuro. Esa es la plata que está en el centro de todo este debate. Esa es la plata de la que Paloma Valencia habla cuando dice que el gobierno se la quiere robar. Y esa es la plata de la que Gustavo Bolívar habla cuando dice que nadie se la va a quitar a nadie, que la reforma tiene controles suficientes para protegerla y que lo que se está haciendo es simplemente reorganizar el sistema para que funcione mejor y para que llegue a más colombianos.
La reforma pensional que el gobierno de Petro logró aprobar en el Congreso en junio de 2024, la Ley 2381, como se llama oficialmente, cambia ese sistema de una manera que sus defensores describen como una modernización necesaria y que sus críticos describen como un desastre anunciado. Y la diferencia entre esas dos descripciones es precisamente lo que Paloma Valencia y Gustavo Bolívar vinieron a debatir esa mañana ante millones de colombianos.
El cambio central que hace la reforma es este. A partir de su entrada en vigencia, todos los colombianos que ganen hasta 2.3 salarios mínimos, que es decir, todos los que ganen hasta aproximadamente 4 millones de pesos al mes, tienen que cotizar obligatoriamente en colpensiones, en el sistema público. Ya no pueden escoger libremente entre el fondo privado y el público, sino que están obligados a ir al sistema del Estado.
Solo los que ganen más de ese umbral pueden seguir cotizando. en los fondos privados, pero únicamente por la parte de su ingreso que supere ese límite. En palabras más sencillas, la reforma dice que la gran mayoría de los trabajadores colombianos, porque la gran mayoría de los trabajadores de este país gana menos de 4 millones de pesos al mes, va a tener que poner su dinero en la bolsa del estado, en la misma bolsa de la que sale el dinero para pagar las pensiones de los que ya están pensionados.
En el mismo sistema que hoy ya necesita 33 billones de pesos anuales del presupuesto nacional para poder funcionar, el mismo sistema que según los cálculos de los expertos va a necesitar cada vez más plata a medida que pasen los años y que la proporción de pensionados frente a trabajadores activos siga aumentando. Y aquí es donde los números de Paloma Valencia y los números de Gustavo Bolívar empiezan a ir en direcciones completamente opuestas, porque el gobierno dice que este cambio en realidad va a ahorrarle plata al Estado, que al obligar a más colombianos a
cotizar en colpensiones, el sistema público va a recibir más aportes y, por lo tanto, va a necesitar menos subsidio del presupuesto nacional y que con esos ahorros se va a poder financiar el pilar solidario, el bono de 230,000 pesos mensual es que la reforma prom promete pagarles a los 3,125,000 adultos mayores en situación de pobreza extrema que hoy no tienen pensión y que con el sistema actual recibían apenas 80,000 pesos.
Eso es lo que dice el gobierno. Y cuando uno lo escucha la primera vez suena razonable. Suena como una idea bien pensada. Suena como la solución a un problema que Colombia lleva décadas sin poder resolver. Pero Paloma Valencia llegó esa mañana a los micrófonos de la W radio a decir que esa explicación tiene un hueco del tamaño de un edificio, que hay algo en ese razonamiento que el gobierno no está diciendo, algo que cuando uno lo entiende cambia completamente la manera de ver toda la historia, lo que el gobierno no está diciendo, lo
que Paloma Valencia explicó esa mañana con una paciencia y una claridad que demostraron porque lleva tantos años estudiando este tema es lo siguiente y vale la pena escucharlo despacio, porque es el corazón de todo este debate. Cuando la reforma obliga a los colombianos a cotizar en colpensiones en lugar de en los fondos privados, esa plata no va a una cuenta a nombre de cada uno.
Esa plata va a la misma bolsa común de donde salen los pagos de las pensiones actuales y eso significa que el Estado puede usar esa plata para pagar pensiones de hoy en lugar de guardarla para las pensiones de mañana. Y al usar esa plata para las pensiones de hoy, el Estado se libera de tener que sacarla del presupuesto general de la nación.
Y la plata que el Estado ya no tiene que sacar del presupuesto para pagar pensiones. Esa es la plata que el gobierno va a usar para financiar el bono de los 230,000 pesos a los adultos mayores más pobres. Dicho en palabras todavía más sencillas, el gobierno va a tomar la plata que los colombianos están cotizando hoy para su propia pensión futura.
la va a usar para pagar las pensiones de los que ya están pensionados. Ahora se va a ahorrar lo que de otra manera tendría que sacar del presupuesto y con ese ahorro va a pagar el subsidio a los más pobres. Y eso significa que la plata que usted está cotizando hoy ya no va a estar en una cuenta a su nombre esperando el día en que usted se pensione, sino que ya se gastó, ya se usó para pagar las pensiones de otros.
Y cuando llegue el día en que usted necesite cobrar su pensión, el sistema va a depender de que los trabajadores que estén activos en ese momento estén cotizando suficiente para pagarla. Y ahí está el problema que Paloma Valencia señaló esa mañana con una contundencia que Gustavo Bolívar no logró refutar completamente.
Ahí está la bomba que según ella el gobierno le está dejando a las generaciones que vienen. Porque ese sistema de que los que trabajan hoy pagan las pensiones de los que ya se retiraron funciona bien cuando hay muchos trabajadores jóvenes y pocos pensionados. Funciona bien cuando la pirámide de la población tiene una base ancha de gente joven y una cúspide estrecha de adultos mayores.
Pero Colombia hoy no tiene esa pirámide. Colombia hoy tiene una tasa de natalidad que está cayendo año tras año, una tasa de reproducción que se acerca a 1.6 hijos por mujer, una población que está envejeciendo a un ritmo que hace que cada vez haya más pensionados y cada vez menos trabajadores jóvenes para sostenerlos.
Y eso significa que el sistema que la reforma propone, el sistema de que los que trabajan hoy pagan las pensiones de los que ya se retiraron, va a necesitar cada vez más plata para sostenerse, va a poner cada vez más peso sobre los hombros de los trabajadores del futuro. Y según los modelos que los economistas han calculado, para el año 2045, un colombiano va a tener que destinar aproximadamente 30% más de su ingreso para sostener ese sistema.
Un porcentaje que hace que lo que hoy parece una solución razonable se convierta dentro de 20 años en una carga que puede asfixiar a generaciones enteras de colombianos que todavía hoy son niños, que todavía hoy están en el colegio sin saber que el gobierno que está gobernando este año les está dejando una deuda que van a tener que pagar durante toda su vida adulta.
Esa es la discusión que Colombia necesitaba tener y que esta semana finalmente tuvo en vivo y en directo, sin filtros, sin comunicados de prensa, sin la versión pulida y bien peinada que los gobiernos siempre quieren presentar cuando hablan de sus reformas. Esa fue la discusión que Paloma Valencia y Gustavo Bolívar le trajeron a los colombianos esa mañana en los micrófonos de la W radio y lo que hizo que esa discusión fuera diferente a todos los debates que había habido antes sobre la reforma pensional. no fue que dijeran cosas que
nadie había dicho antes, porque los argumentos de fondo ya los habían dicho economistas y analistas desde mucho antes. Lo que hizo esa discusión diferente fue que se dijo en el lugar donde Colombia vive, en la radio del desayuno, en el programa que escuchan los conductores y las amas de casa y los jubilados y los trabajadores que salen temprano en el espacio donde la política deja de ser algo que pasa en los noticieros de la noche y se convierte en algo que toca la vida de la gente que está escuchando mientras toma el tinto y
lo que sintieron muchos de esos colombianos esa mañana, lo que se puede leer en los comentarios y en los mensajes que llenaron las redes. sociales después del debate. No fue la satisfacción de haber entendido mejor un tema complejo, sino algo mucho más incómodo y mucho más profundo. Fue esa sensación que uno tiene cuando se da cuenta de que algo que creía seguro no lo es tanto.
Esa sensación que tiene el que lleva años creyendo que su ahorro pensional está guardado en algún lugar esperándolo y de repente escucha que puede que ese dinero ya tenga otro destino planeado sin que a él le hayan preguntado nada. esa sensación que tiene el que trabajó toda la vida creyendo en unas reglas y que ahora escucha que las reglas se están cambiando en el último momento.
Esa sensación es la que este debate dejó en millones de colombianos y esa sensación es la razón por la que esta historia no es solo una discusión entre políticos sobre cifras y porcentajes, sino una historia sobre algo mucho más cercano y mucho más personal, sobre el miedo más viejo y más honesto que tiene un ser humano que ya vivió mucho y que ya trabajó mucho.
el miedo de llegar al final del camino con las manos vacías, el miedo de haber cumplido con todo lo que le pidieron y de descubrir que la promesa que le hicieron a cambio no era tan firme como le dijeron que era. Eso es lo que está en juego en Colombia con la reforma pensional de Gustavo Petro. Eso es lo que Paloma Valencia y Gustavo Bolívar vinieron a debatir esa mañana ante millones de colombianos que merecían escucharlo.
Y eso es lo que usted, que ha vivido suficiente para entender el valor de lo que se puede perder y el dolor de las promesas que no se cumplen. Necesita saber antes de que la Corte Constitucional tome su decisión, antes de que lleguen las elecciones de mayo, antes de que alguien decida por usted qué va a pasar con la plata que usted ganó con el sudor de su frente.
En la segunda parte de esta historia le vamos a contar todo lo que se dijo en ese debate, argumento por argumento, cifra por cifra, sin quitarle ni ponerle nada, para que usted mismo pueda decidir quién tiene razón, porque esta es su pensión, este es su futuro. Y nadie tiene más derecho que usted de entender exactamente lo que está pasando con él.
Hay momentos en la vida de un país en que la verdad aparece en el lugar menos esperado. No en un discurso presidencial, no en un informe técnico de 100 páginas que nadie lee, no en una declaración oficial llena de palabras difíciles que suenan bien, pero no dicen nada, sino en una conversación real entre dos personas que se sientan frente a frente y se dicen todo lo que piensan sin guardarse nada.
Y ese momento llegó esta semana para Colombia en los micrófonos de la W radio a las 6 de la mañana, cuando la mayoría de la gente todavía está tomando el primer tinto del día y el país apenas está despertando. Y lo que ese país escuchó esa mañana fue una de esas conversaciones que no se olvidan, una de esas conversaciones que dejan una marca, que cambian la manera en que uno entiende algo que creía que ya entendía.
Paloma Valencia llegó al debate sin rodeos, sin la diplomacia cansada de los políticos que llevan años diciendo lo mismo de maneras distintas para no decir nada en concreto. llegó con una claridad que sorprendió incluso a los que ya la conocían, con la claridad de alguien que lleva meses estudiando este tema, que radicó una demanda en la Corte Constitucional contra esta reforma, que conoce cada artículo, cada cifra, cada argumento que el gobierno ha usado para defenderla y que esa mañana decidió que los colombianos merecían
escuchar todo eso en palabras que cualquier persona pudiera entender, no en el lenguaje técnico de los economistas, sino en el lenguaje de la gente que se levanta temprano a trabajar. y que quiere saber qué va a pasar con la plata que ha ahorrado durante toda su vida. Gustavo Bolívar llegó al debate con la convicción del que cree genuinamente en lo que defiende, con los números del gobierno bien aprendidos, con los argumentos de la reforma bien preparados, con la pasión del que ha visto con sus propios ojos la pobreza de
los adultos mayores en Colombia y que cree que lo que el gobierno está proponiendo es la única manera de hacerle justicia a esa realidad que el país ha ignorado durante demasiado tiempo y con la disposición de alguien que no le tiene miedo. al debate, que sabe que su posición es difícil de defender ante una audiencia que en su mayoría tiene sus ahorros en los fondos privados y que teme perderlos.
Y entre los dos, en ese espacio que el periodista Julio Sánchez Cristo moderó con la paciencia de quien sabe que está ante algo importante, se desenvolvió una discusión que Colombia llevaba meses necesitando y que sus dirigentes políticos llevaban meses evitando, porque los debates reales sobre los temas difíciles siempre incomodan a los que tienen algo que perder si la gente entiende demasiado bien lo que está pasando.
La primera pregunta fue directa y simple, y la respuesta de Paloma Valencia fue también directa y simple. Porque esa mañana no había tiempo ni disposición para los discursos largos y las explicaciones circulares que los debates políticos suelen producir cuando los participantes quieren hablar mucho sin decir demasiado.
¿Qué es lo que no le gusta de esta reforma pensional? Y Valencia lo dijo sin preámbulos, sin suavizar las palabras, sin el cuidado diplomático que los políticos suelen usar cuando hablan de temas que pueden costarles votos. Lo dijo como lo diría una persona que ha estudiado el problema durante años y que ya no tiene paciencia para los eufemismos.
Los colombianos llevan toda su vida ahorrando peso a peso, semana a semana. Ese ahorro pensional está guardado hoy en los fondos privados. Ese dinero es de cada trabajador, no es de los fondos, no es del Estado, es de la persona que lo cotizó con el sudor de su trabajo. Y lo que el gobierno quiere hacer con esta reforma es esa plata y meterla en una gran bolsa del Estado para poder usarla y pagarle a los adultos mayores más pobres el subsidio de 230,000 pesos.
Y al hacer eso, el Estado se libera de tener que sacar esa plata del presupuesto general de la nación y la plata que se ahorra en el presupuesto es la que financia ese subsidio. Dicho así suena como un malabar contable, pero Valencia fue más allá y explicó el problema de fondo con una imagen que cualquier colombiano puede entender.
Porque en este país la gente entiende las cosas cuando se las explican con ejemplos de la vida real, no con fórmulas matemáticas. El problema, dijo Valencia, es que cuando usted mete esa plata en colpensiones, cuando esa plata deja de estar en una cuenta individual a su nombre y pasa a ser parte de la bolsa común del sistema público, usted ya no tiene un ahorro, usted tiene una promesa.
Y la diferencia entre un ahorro y una promesa es enorme, porque el ahorro existe aunque el gobierno cambie, aunque la economía vaya mal, aunque haya una crisis, el ahorro está ahí en la cuenta con su nombre, esperándolo. Pero la promesa depende de que el sistema siga funcionando, depende de que haya suficientes trabajadores jóvenes cotizando en el futuro para pagarle su pensión.
y Colombia, como ya lo contamos en la primera parte de esta historia, es un país que está envejeciendo rápidamente y que cada año tiene menos trabajadores, jóvenes y más adultos, mayores que sostener. Eso es exactamente lo que Valencia le explicó a Colombia esa mañana y lo explicó con números concretos que son difíciles de escuchar pero imposibles de ignorar.
El Fondo de las Pensiones con el sistema que propone la reforma se acaba en el año 2070 y para el año 2045 los colombianos van a tener que pagar aproximadamente 30% más de su ingreso para sostener ese sistema. Y eso significa que los niños que hoy tienen 10 años, los niños que hoy están en el colegio aprendiendo las tablas de multiplicar sin saber nada de sistemas pensionales, esos niños cuando sean adultos y estén trabajando van a tener que pagar no solo su propia pensión, sino también una parte de la deuda que el gobierno de Gustavo Petro está
creando ahora mismo con esta reforma. Gustavo Bolívar escuchó los argumentos de Valencia y respondió con la energía del que está convencido de que la otra persona está equivocada y que tiene los datos para demostrarlo. Y hay que reconocer que su respuesta no fue la de un político que va de los temas difíciles, sino la de alguien que realmente conoce el tema y que tiene sus propios números bien fundamentados.
Bolívar empezó por el diagnóstico y en el diagnóstico los dos están de acuerdo porque los dos saben, los dos reconocen, los dos han visto con sus propios ojos que el sistema pensional colombiano está roto, que solo el 23% de los colombianos se pensiona y que ese número es una vergüenza para un país que lleva más de 30 años con un sistema pensional supuestamente moderno, que el promedio en América Latina está en el 51% y que Colombia ni siquiera llega a la mitad de ese promedio.
que hay millones de adultos mayores en este país que reciben 80,000 pesos al mes o no reciben nada. Que hay campesinos que trabajaron toda la vida recogiendo café en Los Andes, que llegaron a la vejez sin un peso de pensión porque nunca pudieron cotizar de manera formal. Que hay madres de familia que pasaron décadas cuidando a sus hijos y a sus hogares sin que ese trabajo invisible, indispensable les contara para nada en el sistema pensional.
Ese diagnóstico es real, ese diagnóstico es doloroso y ese diagnóstico justifica que Colombia haga algo diferente a lo que ha venido haciendo, porque lo que ha venido haciendo claramente no está funcionando para la mayoría de los colombianos. Pero después del diagnóstico es donde los dos empiezan a separarse, porque Bolívar defendió que la reforma sí tiene los controles necesarios para proteger el ahorro individual de los colombianos.
que el artículo 11 de la reforma es clarísimo en decir que los recursos del pilar contributivo, que es donde va el ahorro de los trabajadores, van a ser administrados por el Banco de la República y que son para fiscales, que el Estado no los puede tocar, que están protegidos por ley y que por lo tanto el miedo que Valencia está sembrando en los colombianos sobre la seguridad de sus ahorros no tiene fundamento legal.
Y entonces explicó de dónde sale la plata para pagar el pilar solidario, para pagar los 230,000 pesos a los 3,on125,000 adultos mayores más pobres. Y aquí está uno de los momentos más interesantes del debate, porque Bolívar entró en un nivel de detalle que pocas veces se ve en un debate radial a las 6 de la mañana.
un nivel de detalle que mostraba que este hombre había hecho su tarea, que había estudiado los números con seriedad, aunque no todos esos números terminaran de convencer a la senadora Valencia. El argumento de Bolívar fue este. Hoy el gobierno tiene que sacar 33 billones de pesos anuales del presupuesto general de la nación para subsidiar las pensiones que se pagan en Colpensiones, porque Colpensiones por sí solo no genera suficientes ingresos para pagar todas las pensiones que tiene a su cargo.
Y esa diferencia la pone el Estado todos los años. 33 billones que salen de los impuestos de todos los colombianos para mantener el sistema pensional público. Con la reforma, al obligar a más colombianos a cotizar en colpensiones, al subir el umbral de cotización de un salario mínimo a 2.3 salarios mínimos, Colpensiones va a recibir muchos más aportes y por lo tanto el gobierno va a necesitar poner menos plata del presupuesto.
va a pasar de necesitar 33 billones a necesitar aproximadamente 23 billones y esos 10 billones que se liberan son los que van a financiar el pilar solidario. El bono de los 230,000 pesos, la promesa que el gobierno le hizo a los adultos mayores más pobres de Colombia. Valencia escuchó ese argumento y le respondió con una precisión que mostró porque ella es considerada una de las personas que más sabe de este tema en el Congreso colombiano.
Y su respuesta no fue una descalificación ni un ataque personal, sino una corrección técnica que tiene consecuencias muy concretas para la plata de millones de colombianos. El problema con ese argumento, explicó Valencia, es que ignora el lado de la deuda que se va a acumular en el futuro, porque es verdad que en el corto plazo el sistema va a tener más aportes de los trabajadores que están cotizando hoy, pero esos trabajadores que están cotizando hoy también van a tener derecho a una pensión mañana y cuando llegue ese momento, el sistema va a
tener que pagarles. Y para pagarles va a necesitar que los trabajadores de ese mañana estén cotizando suficiente. Y sí, Colombia sigue envejeciendo al ritmo que está envejeciendo, si la tasa de natalidad sigue cayendo, si cada vez hay menos trabajadores jóvenes para sostener a más pensionados viejos, ese sistema se va a volver insostenible.
Y el pasivo pensional, ¿qué es la deuda que el Estado va a tener que pagar en el futuro por todas las pensiones que va prometiendo hoy? va a crecer de manera alarmante. Valencia dijo que con esta reforma el pasivo pensional de Colombia va a pasar del 106% del producto interno bruto aproximadamente el 161% del producto interno bruto.
Y eso significa que Colombia le va a deber en el futuro una cantidad de plata equivalente a casi dos veces, todo lo que el país produce en un año. Una deuda que no se puede pagar sin afectar seriamente la capacidad del Estado de invertir en salud, en educación, en infraestructura, en todo lo que necesita un país para crecer y para darles oportunidades a sus ciudadanos.
Y ahí fue cuando Valencia dijo algo que se quedó resonando en el debate y que muchos colombianos que estaban escuchando esa mañana sintieron como un golpe en el estómago, algo que salió de los tecnicismos del debate para tocar algo mucho más cercano y más humano. Dijo que esta reforma está pateando la pelota para adelante.
Está resolviendo el problema de hoy, creando un problema mucho más grande para mañana. Y el que va a tener que resolver ese problema más grande no va a ser el gobierno de Petro, que ya no va a existir cuando ese problema llegue, sino los hijos y los nietos de los colombianos que hoy están trabajando, los colombianos que todavía son niños y que no tienen voz en este debate, pero que van a tener que cargar con las consecuencias de las decisiones que se están tomando ahora.
Pero el debate no fue solo sobre los grandes números macroeconómicos que a veces se sienten tan lejanos, que es difícil conectarlos con la vida de la gente real, porque también hubo un momento en que la discusión bajó a tierra, bajó al nivel de la persona concreta que está escuchando la radio y que está pensando en su propia situación, en su propio ahorro, en lo que va a pasar con la plata que ella ha cotizado durante 20 o 30 años.
Un periodista del programa le hizo a Valencia una pregunta que muchos colombianos se hacen. Una pregunta que toca el corazón del debate de una manera que los números solos no pueden tocar. Una pregunta sobre los trabajadores que están en los fondos privados y que cuando van a pensionarse se llevan una sorpresa muy desagradable, porque la pensión que les ofrecen los fondos es mucho menor de lo que esperaban o peores.
Les devuelven los saldos acumulados porque no alcanzaron las semanas de cotización que exige la ley. Y entonces se preguntan qué hicieron mal, por qué cotizaron tanto tiempo para recibir tan poco, por qué el sistema no les funciona. Valencia reconoció ese problema con honestidad porque esta es una de esas situaciones en que ninguno de los dos lados del debate puede pretender que el sistema que defiende es perfecto.
El sistema actual tiene fallas reales que afectan a trabajadores reales y que no se pueden ignorar. y explicó que la razón por la que la pensión en los fondos privados a veces sale mejor en colpensiones que en los fondos privados es porque colpensiones tiene subsidios del Estado que los fondos privados no tienen.
El Estado le está poniendo plata de todos los colombianos para que con pensiones pueda dar mejores pensiones y eso no es gratis, tiene un costo que alguien paga y ese alguien somos todos los colombianos a través de los impuestos. Pero Valencia también dijo algo que los defensores de la reforma no suelen decir con tanta claridad.
Reconoció que hay cosas en la reforma que son buenas, específicamente la eliminación de ciertos subsidios que beneficiaban desproporcionadamente a las pensiones más altas. dijo que ella hubiera preferido ir más lejos en ese sentido, que hubiera subsidiado únicamente las pensiones más bajas y hubiera eliminado completamente los subsidios a las pensiones más altas, que es donde los recursos del estado terminan beneficiando a los que menos los necesitan.
Y esa honestidad, esa disposición a reconocer lo que el otro lado hace bien fue uno de los momentos más valiosos de todo el debate, porque mostró que este no era simplemente un enfrentamiento ideológico, sino una discusión sobre cómo resolver mejor un problema real. Bolívar también tuvo sus momentos de verdad en el debate, sus momentos de honestidad, que van más allá de lo que un político defensor de su gobierno suele estar dispuesto a decir en público.
Y el más importante de esos momentos fue cuando habló de la edad de pensión, que es el tema que todos los políticos colombianos evitan como si fuera una mina antipersona. El tema que saben que hay que discutir, pero que ninguno quiere tocar porque saben que les puede costar votos. Bolívar dijo con todas las letras lo que todos los economistas que estudian el tema saben, pero que ningún candidato presidencial está dispuesto a decir en campaña que en Colombia las mujeres se pensionan a los 57 años y los hombres a los 62 y que Colombia está entre los
cinco países del mundo donde las mujeres se pensionan más joven. y que eso es insostenible en un mundo donde la gente vive cada vez más tiempo, donde una persona que se pensiona a los 50 y 7 años puede vivir perfectamente hasta los 85 o los 90, que son 30 años de pensión pagados por un sistema que en muchos casos esa persona cotizó 20 o 25 años.
Bolívar reconoció que tarde o temprano algún gobierno va a tener que tomar la decisión de subir la edad de pensión en Colombia, que no hay economía en el mundo que pueda sostener indefinidamente un sistema donde la gente se pensiona tan joven y vive tan larga. Y que la razón por la que ningún político lo dice es porque el que lo dijo en 2018 perdió la elección.
habló de Sergio Fajardo, que cuando le preguntaron si subiría la edad de pensión, respondió que sí, que era necesario y que esa respuesta honesta le costó votos que nunca recuperó. Ese momento del debate fue importante, no por lo que dijo Bolívar sobre la reforma específicamente, sino por lo que reveló sobre el estado de la política colombiana, sobre la incapacidad que tiene este país de tener conversaciones honestas sobre los temas difíciles cuando hay elecciones de por medio, sobre la brecha que existe entre lo que los políticos saben que hay que
hacer y lo que están dispuestos a decir en público porque saben que la honestidad a veces se paga con derrota electoral. Pero el debate tuvo también sus momentos de mayor tensión, sus momentos en que la cortesía de la radio de las 6 de la mañana se puso a prueba y en que las diferencias entre los dos no fueron solo técnicas, sino también muy personales.
Y esos momentos llegaron cuando Paloma Valencia habló de los escándalos de corrupción del gobierno de Petro y de lo que eso significa en el contexto de una reforma que le pide a los colombianos que confíen en el Estado para administrar sus ahorros. Valencia sacó los números que el gobierno de Petro lleva evitando desde que salieron a la luz.
Habló de los 23,000 millones de pesos en contratos relacionados con servicios en la presidencia que los medios describieron como el escándalo del peluquero de la primera dama. Aunque Bolívar explicó que en realidad eran contratos para más de 50 personas durante 3 años y medio en diferentes labores de comunicación y logística. Habló de los 12.
5 5 billones de pesos en contratos firmados solo en enero sin licitación pública. Habló de los 32 billones en contratación sin los procesos transparentes que la ley exige y dijo algo que en boca de cualquier colombiano mayor que ha visto la corrupción de cerca durante décadas tiene un peso que va mucho más allá de las cifras.
dijo que un gobierno que tiene funcionarios investigados por corrupción y varios congresistas procesados por haber recibido presuntos sobornos para votar por esta misma reforma, por haber recibido sobornos para votar por esta misma reforma, un gobierno que todos los días amanece con un nuevo escándalo, un gobierno que ha demostrado que no puede manejar con honestidad ni la plata que ya tiene.
Ese gobierno no puede venir a pedirle a los colombianos que le confíen los ahorros de toda su vida, porque la confianza no se exige, se gana y este gobierno no la ha ganado. Bolívar respondió defendiendo la reforma en sus términos técnicos, aclarando los números sobre los contratos, explicando que los 23,000 millones no eran para un solo peluquero, sino para 50 personas durante 3 años y medio, que era una forma engañosa de presentar esa información y que comparar esa cifra con los 9 billones que cuesta el pilar solidario no tiene ningún sentido
matemático. Y en eso tuvo razón, porque si uno hace la cuenta, es obvio que con 23000 millones no se financian 9 billones de subsidio a los adultos mayores. Pero hay algo en ese intercambio que va más allá de los números y que los colombianos que escucharon ese debate sintieron más con el corazón que con la cabeza, algo que tiene que ver con la confianza, algo que tiene que ver con la credibilidad, algo que tiene que ver con la pregunta fundamental de si uno puede separar los dos cosas.
Por un lado, la reforma como idea y por otro lado, el gobierno que la está implementando. Si uno puede decir que la idea es buena, aunque el gobierno que la ejecuta haya demostrado no merecer la confianza que esa idea exige, la discusión terminó con un intercambio sobre los escenarios electorales que se avecinan sobre la consulta del 8 de marzo, donde varios candidatos presidenciales de diferentes corrientes van a medir sus fuerzas antes de la primera vuelta de mayo.
Y ese intercambio reveló algo que tiene que ver no solo con la reforma pensional, sino con el estado de la política colombiana en general. Bolívar habló de Roy Barreras, el ex senador que anunció su candidatura presidencial y que ha dicho que si saca más votos que Iván Cepeda en la consulta debería ser el candidato de la izquierda.
Y Bolívar lo rebatió con un argumento que tiene su lógica, que Cepeda participó en una consulta interna del pacto histórico donde había apenas 2,0007,000 personas habilitadas para votar y 19,000 mesas, mientras que la gran consulta del 8 de marzo va a tener 22 millones de votantes potenciales y 120,000 mesas. Y que comparar los votos de un proceso tan diferente al otro es como comparar los peces que uno pesca en un estanque pequeño con los que pesca en el mar.
que el universo es completamente distinto y por lo tanto los números no son comparables. y Paloma Valencia, cuando le preguntaron si apoyaría a cualquier candidato que esté enfrentado al candidato del gobierno en caso de que ella no llegue a segunda vuelta, respondió sin dudar con una frase que muchos colombianos que escuchaban esa mañana sintieron como un alivio, como la confirmación de que hay alguien que entiende que lo que está en juego en estas elecciones es más grande que las diferencias entre los candidatos de oposición. dijo que apoyaría a
cualquiera, a cualquiera. ¿Por qué? Lo que Colombia necesita es defender la democracia, defender los empleos, defender la soberanía energética, defender el futuro de un país que lleva 4 años viendo como un gobierno gasta la plata sin control y pide más. Ese es el debate que Colombia escuchó esta semana.
Ese es el debate que usted merece conocer en su totalidad, porque es su dinero el que está en discusión, es su pensión la que está en juego, es su futuro y el futuro de sus hijos y de sus nietos el que depende de que las decisiones que se tomen en los próximos meses sean las correctas. No hay una respuesta fácil en este debate.
No hay un lado que tenga toda la razón y un lado que no tenga ninguna. Hay dos colombianos que ven el mismo problema desde ángulos diferentes y que proponen soluciones diferentes. Y hay millones de colombianos que tienen que escuchar los dos lados con la cabeza fría y la memoria de todo lo que han vivido en este país para decidir en quién confían y qué futuro quieren para sí mismos y para los que vienen después de ellos.
Lo que sí quedó claro esa mañana, lo que ese debate demostró con una contundencia que ningún comunicado oficial puede desmentir, es que la reforma pensional de Gustavo Petro no es la solución simple y generosa que el gobierno dice que es, que tiene consecuencias que el gobierno no está presentando con la misma claridad con que presenta sus promesas y que los colombianos que van a votar en mayo de 2026 merecen saber todo eso antes de poner su nombre en las urnas y decidir quién va a gobernar este país. durante los próximos 4 años.
En la tercera parte de esta historia le vamos a contar qué significa todo esto para su bolsillo, para su futuro pensional y para el de su familia. Y le vamos a hacer la pregunta que Colombia no puede seguir evitando. La pregunta que ese debate dejó flotando en el aire esa mañana y que todavía no tiene respuesta.
La pregunta que usted mismo va a tener que responder cuando llegue el momento de decidir. Mientras usted está leyendo estas palabras, mientras Colombia sigue su vida cotidiana con sus alegrías y sus preocupaciones de todos los días, hay 11 magistrados en una sala del Palacio de Justicia en Bogotá que tienen en sus manos una decisión que va a cambiar el futuro pensional de millones de colombianos.
Una decisión que lleva más de un año postergándose, que ha generado 91 demandas de inconstitucionalidad, que produjo un empate histórico de cuatro votos contra cuatro entre los magistrados de la Corte Constitucional y que hoy depende de un solo hombre, el conjuez Carlos Pablo Márquez, escogido por sorteo para desempatar una votación que los magistrados titulares no pudieron resolver por sí solos.
El hombre que en los próximos días o semanas va a decir si la reforma pensional de Gustavo Petro sobrevive o si cae y con esa decisión va a definir qué pasa con el ahorro de millones de colombianos que llevan toda una vida cotizando y que hoy están en la incertidumbre más grande que ha vivido el sistema pensional colombiano en sus más de 30 años de historia.
Esa es la realidad en que Colombia se encuentra esta semana. Esa es la realidad que el debate entre Paloma Valencia y Gustavo Bolívar, que escucharon millones de colombianos en los micrófonos de la W radio ayuda a entender con una claridad que pocas veces se logra cuando se habla de temas tan complejos como el futuro de las pensiones.
Y esa es la realidad que cualquier colombiano que tenga más de 50 años, que haya trabajado toda su vida, que haya cotizado con disciplina creyendo en una promesa que el sistema le hizo, necesita entender antes de que esa decisión llegue, antes de que los titulares de los noticieros digan la corte decidió y antes de que alguien le explique en 30 segundos lo que lleva décadas construyéndose y lo que va a afectar su vida durante los años que le quedan.
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Para entender lo que se viene, hay que entender primero en qué punto está la reforma pensional hoy, en febrero de 2026. Porque el debate entre Valencia y Bolívar no ocurrió en el vacío, sino en un momento muy específico y muy tenso de la historia de esta ley que el gobierno de Petro aprobó en junio de 2024 y que desde entonces ha vivido más turbulencias que la mayoría de las reformas que Colombia ha visto en su historia democrática.
La Corte Constitucional suspendió la entrada en vigencia de la ley desde el momento en que empezaron a llegar las demandas y esa suspensión significó que la reforma existe en el papel que fue aprobada por el Congreso, que tiene el número de ley y las firmas que necesita, pero que no puede aplicarse, que no puede cambiarle la vida a ningún colombiano mientras la Corte no diga si es constitucional o no, mientras 11 magistrados no resuelvan si el proceso con que fue aprobada cumplió con todas las reglas que la Constitución exige
para que una ley sea válida en este país. Y ese proceso en la corte ha sido tan accidentado, tan lleno de demoras y de polémicas y de recusaciones de magistrados que tenían intereses en el caso, que a mediados de febrero de 2026 el debate en el Alto Tribunal volvió a aplazarse, volvió a posponerse, volvió a quedar pendiente para unos días después en una cadena de postergaciones que el expresidente Ernesto Samper criticó públicamente diciendo que esa demora solo beneficiaba a los fondos privados de pensiones, mientras el gobierno y Sus
aliados insistían en que la reforma era constitucional y necesitaba ser aprobada cuanto antes para poder pagarles el bono a los adultos mayores más pobres del país. Esa incertidumbre tiene un costo que no es solo político ni económico, sino profundamente humano. Porque hay más de 500,000 personas en Colombia que en este año 2026 van a llegar a la edad de pensión, que van a cumplir los años que la ley exige para retirarse, que van a presentarse ante Colpensiones o ante su fondo privado a reclamar lo que durante
décadas han cotizado y que hoy no saben exactamente bajo qué reglas van a ser tratadas, si bajo las reglas del sistema antiguo o bajo las reglas de la reforma que puede ser declarada constitucional o inconstitucional en cualquier momento. Y esa incertidumbre no es un tecnicismo jurídico, sino la angustia real de personas reales que han trabajado toda su vida y que merecen saber con claridad que les espera cuando llegue el momento de descansar.
Pero más allá de la decisión inmediata de la Corte Constitucional, más allá de si la reforma sobrevive o cae, hay una realidad que ninguna decisión jurídica puede cambiar. Una realidad que Paloma Valencia explicó con claridad esa mañana en la radio y que los números del país confirman con una contundencia que no admite debate.
Una realidad demográfica que Colombia no puede ignorar por más tiempo porque ignorarla tiene un costo que cada año que pasa se vuelve más grande. En el año 2024 nacieron en Colombia 453,901 personas, la cifra más baja de nacimientos que este país ha registrado en la última década. una caída del 12% frente al año anterior y del 31.3% frente al año 2015.
una caída que no es un accidente ni un evento puntual, sino una tendencia que llevan años señalando los expertos en demografía y que refleja una transformación profunda en la manera en que los colombianos estamos organizando nuestras familias, en las decisiones que las parejas jóvenes están tomando sobre cuántos hijos teneros y tener hijos en absoluto.
Eso significa que Colombia está envejeciendo, que cada año hay más personas mayores que necesitan pensiones y menos personas jóvenes que cotizan para pagarlas. que la pirámide poblacional que sostuvo durante décadas el sistema pensional colombiano está cambiando de forma, de una manera que ninguna reforma puede detener porque no depende de las leyes, sino de las decisiones de millones de familias colombianas que están respondiendo a las condiciones económicas, sociales y culturales de este tiempo.
Y esa transformación demográfica es la que hace que el debate sobre la reforma pensional no sea simplemente un debate sobre cómo distribuir la plata que hay hoy, sino un debate sobre cómo garantizar que haya suficiente plata mañana, pasado mañana, dentro de 20 años, cuando los niños que hoy están en el colegio sean los trabajadores que tengan que sostener a una población de adultos mayores mucho más grande de lo que es hoy, cuando las reglas que se están fijando ahora sean las que determinen si ese sistema es sostenible si se
convierte en una crisis que afecte a todos. Los fondos privados de pensiones, que son el corazón del debate porque son los que manejan el ahorro individual de millones de colombianos, terminaron el año 2025 con rendimientos que muestran por qué tanta gente defiende ese modelo con tanta pasión.
El fondo moderado de Scandia, por ejemplo, cerró el año con un rendimiento del 16.32%. Cifras que muestran que cuando una persona tiene sus ahorros en un fondo privado y ese fondo hace bien su trabajo de invertir ese dinero, la plata puede crecer a un ritmo que el sistema de prima media de colpensiones simplemente no puede igualar porque no funciona con el mismo principio de acumulación individual.
Pero hay otra realidad que también existe y que el debate entre Valencia y Bolívar tocó cuando un periodista preguntó por los trabajadores que llegan a la edad de pensión en los fondos privados y se encuentran con una decepción, porque la verdad es que el sistema de ahorro individual funciona muy bien para los que tienen ingresos altos y estables y que pudieron cotizar sin interrupciones durante toda su vida laboral, pero funciona mucho menos bien para los colombianos de ingresos bajos y medios que tuvieron periodos de desempleo, que
trabajaron en la informalidad por temporadas, que sus ingresos no fueron suficientes para acumular el capital que necesitan para una pensión digna. Y esos colombianos son la mayoría. son el tipo de trabajador más común en un país donde el 57% de la fuerza laboral está en la informalidad, donde la estabilidad laboral que permite cotizar sin interrupciones es un privilegio que no todos pueden tener.
Esa tensión, esa coexistencia de dos realidades que en principio parecen contradictorias, pero que en realidad son complementarias, es lo que hace que este debate sea tan difícil y tan importante al mismo tiempo. Porque si uno solo mira los rendimientos de los fondos privados, parece obvio que el ahorro individual es la mejor opción.
Pero si uno solo mira los colombianos de bajos ingresos que llegan a la vejez sin pensión, parece obvio que el Estado necesita hacer algo para cambiar eso. Y la pregunta real no es cuál de los dos sistemas es mejor en abstracto, sino cómo se diseña un sistema que funcione para los colombianos reales en sus circunstancias reales, con las limitaciones reales que tienen sus vidas.
Y en ese punto es donde la política entra en el debate de la manera más complicada y a veces más dolorosa. Porque en Colombia las decisiones sobre el sistema pensional no se toman solo con base en los análisis técnicos de los economistas, sino también con base en los cálculos electorales de los políticos, en las alianzas que se construyen, en los intereses que se defienden, en las promesas que se hacen en campaña y que a veces no tienen en cuenta si los números las soportan o no.
Paloma Valencia fue muy directa en el debate sobre ese punto. Habló con nombres y apellidos sobre los escándalos que rodearon la aprobación de la reforma en el Congreso. Habló de los ministros que están en la cárcel, de los congresistas que fueron acusados de recibir sobornos para votar a favor de la ley, de la sensación que deja en la gente el hecho de que una reforma que se presenta como un acto de justicia social haya sido aprobada en medio de acusaciones de corrupción que todavía no han sido completamente esclarecidas. y
dijo algo que los colombianos, que han vivido suficiente para recordar cuántas veces la política de este país ha usado a los más pobres como pretexto para decisiones que en realidad beneficiaban a otros, ese algo que Valencia dijo resonó de una manera que va más allá de la reforma pensional específicamente dijo que no es aceptable que un gobierno que todos los días amanece con un nuevo escándalo de corrupción, que se mamó la plata en influencers y en amigos y en contratistas sin licitación, que descuidó la salud de los colombianos,
¿Qué ha demostrado no poder manejar con honestidad ni el dinero que ya tiene. Venga a pedirles a los colombianos que confíen en él para administrar los ahorros de toda su vida, porque la confianza no se exige, se gana y este gobierno no la ha ganado. Y ese argumento que técnicamente no tiene que ver con la mecánica de la reforma, sino con la credibilidad del gobierno que la impulsa.
Es, sin embargo, uno de los argumentos más importantes que Colombia tiene que considerar, porque un sistema pensional no es solo un conjunto de reglas técnicas, es también una relación de confianza entre el Estado y los ciudadanos. una relación que dice que si usted cumple con lo que el sistema le pide, si cotiza, si trabaja, si sigue las reglas, el Estado va a cumplir con lo que le prometió a cambio.
Y esa confianza, una vez que se rompe, es muy difícil de reconstruir. Hay algo más en esta historia que no se puede ignorar cuando se piensa en lo que viene para Colombia en los próximos meses. algo que tiene que ver con las elecciones de mayo de 2026 y con la manera en que el debate sobre la reforma pensional va a entrar en esa campaña de una manera que nadie puede evitar porque la reforma es una de las decisiones más grandes que el gobierno de Petro tomó y porque su futuro, si cae o si sobrevive, va a ser un tema central de lo que cada
candidato les diga a los colombianos sobre qué quieren hacer con el sistema pensional cuando lleguen al poder. Paloma Valencia, que participa en la gran consulta interpartidista del 8 de marzo como una de las candidatas con mayores posibilidades de ganar. Tiene una posición clara. La reforma tal como está diseñada no es la solución.
Hay que repensar el sistema desde la raíz. Hay que crear un modelo que permita que los colombianos empiecen a ahorrar desde que nacen. Que el Estado les dé el primer ahorro a los niños que nacen en condiciones de vulnerabilidad. que los trabajadores informales puedan cotizar lo que puedan cuando puedan, sin que el sistema los penalice por no poder cotizar de manera continua y formal, y que el sistema no esté basado en la deuda, sino en el ahorro real, en la plata que realmente existe y no en promesas que dependen de que las
generaciones futuras estén dispuestas y en capacidad de pagarlas. Gustavo Bolívar, que habló en nombre de la campaña de Iván Cepeda, el candidato que hoy lidera todas las encuestas para la primera vuelta de mayo, tiene una posición igualmente clara. La reforma es necesaria, es justa, es la única manera de hacerle justicia a los millones de colombianos que llegaron a la vejez sin pensión y el pilar solidario de 230,000 pes que ya el gobierno empezó a pagar a 3 millones de adultos mayores en situación de pobreza extrema es una
realidad que no puede deshacerse, que ya está en el bolsillo de las familias más pobres de Colombia y que cualquier candidato que quiera quitarla va a tener que explicarle a esas familias porque decidió que su bienestar no importa. Y en ese punto específico, Bolívar tiene razón, porque el bono de 230,000 pesos ya existe, ya se está pagando, ya llegó a las manos de personas que lo necesitan con desesperación.
Y eso cambia la naturaleza del debate, porque ya no es una discusión sobre si hacer algo, sino sobre cómo sostenerlo, cómo garantizar que esa plata siga llegando mes a mes a los adultos mayores que la necesitan sin crear una deuda impagable que los jóvenes de hoy van a tener que cargar sobre sus hombros durante toda su vida adulta.
Ese es el nudo del problema. Ese es el punto en que los dos lados del debate tienen algo de razón y ninguno tiene toda la razón. Ese es el espacio donde Colombia necesita una conversación honesta que ningún gobierno, ni el de Petro ni los que vinieron antes, ha sido capaz de tener con suficiente franqueza, porque la verdad, la verdad completa que ningún político quiere decir en campaña, pero que cualquier economista serio que estudie el tema puede confirmar, es que Colombia necesita simultáneamente tres cosas que ningún sistema pensional puede
dar de manera perfecta. Al mismo tiempo, necesita que los adultos mayores más pobres reciban una ayuda digna, porque es una injusticia que después de toda una vida de trabajo un ser humano no tenga para comer. Necesita que el ahorro individual de los trabajadores esté protegido y crezca, porque ese ahorro es el fruto de décadas de disciplina y de sacrificio que merece respeto y necesita que el sistema sea sostenible en el largo plazo.
que un sistema que se financia creando deuda para el futuro no es una solución, sino un problema que se aplaza. Esas tres cosas son compatibles, pero requieren decisiones difíciles. Requieren hablar con honestidad sobre la edad de pensión, sobre las semanas de cotización, sobre los subsidios que el Estado puede y debe dar y los que no puede sostener sin arruinar las finanzas públicas.
sobre la demografía de un país que está envejeciendo y que necesita políticas que incentiven el crecimiento económico y la formalización laboral, porque sin una base de trabajadores formales que coticen suficiente ningún sistema pensional puede sostenerse y esas conversaciones difíciles, esas decisiones que cuestan votos, son exactamente las que Colombia necesita que sus candidatos presidenciales tengan antes de que llegue el 31 de mayo, antes de que los colombianos entren a las urnas a decidir quién va a gobernar este país durante los próximos 4 años, porque
el próximo presidente de Colombia va a tener que enfrentar una Corte Constitucional que puede haber tumbado la reforma o una reforma que sobrevivió, pero que genera una deuda que crece cada año y en cualquiera de los dos escenarios va a necesitar tener una propuesta real y honesta sobre como Colombia le va a garantizar una vejez digna a sus ciudadanos sin destruir el futuro de sus hijos.
Hay algo que esta historia, este debate que Paloma Valencia y Gustavo Bolívar le trajeron a Colombia esa mañana en la radio deja muy claro para cualquier colombiano que la escucha con cuidado y sin las gafas de la ideología política. Y es que los problemas que tiene el sistema pensional de este país no son problemas que aparecieron con el gobierno de Petro, sino problemas que llevan décadas acumulándose, problemas que los gobiernos anteriores también vieron y también decidieron no resolver completamente, porque resolver
completamente los problemas del sistema pensional requiere decisiones que tienen costos políticos que ningún gobierno quiere pagar. Pero también deja claro que el hecho de que el problema sea viejo no justifica que la solución sea apresurada o que se construya sobre fundamentos que los propios números del gobierno no pueden sostener y que los colombianos que llevan toda una vida cotizando y que merecen respuestas claras sobre el futuro de sus ahorros no pueden ser tratados como el terreno de un experimento político que se prueba ahora
y cuyos resultados se verán dentro de 20 o 30 años cuando las personas que tomaron las decisiones ya no estarán en el poder para responder por ellas. Los colombianos que hoy tienen 50, 60, 70 años, los que cotizaron durante décadas creyendo en una promesa, los que hoy están viendo este debate con la angustia de quien siente que las reglas del juego pueden cambiar en él.
Último momento, esos colombianos no tienen tiempo para los experimentos ni para las promesas que suenan bien, pero que los números no soportan. Esos colombianos necesitan certeza. Necesitan saber que lo que han cotizado es suyo, que va a estar ahí cuando lo necesiten, que el sistema va a cumplir lo que prometió, aunque el gobierno que está de turno tenga otros planes para esa plata.
Y hay algo más, algo que el debate tocó de refilón, pero que merece ser dicho con toda la claridad que la situación exige. Algo que tiene que ver no solo con el sistema pensional, sino con el tipo de país que Colombia quiere ser para sus ciudadanos que ya pasaron los mejores años de su vida trabajando para construirlo.
En Colombia hay hoy millones de adultos mayores que viven en condiciones que no merecen, que llegaron a los 60 o a los 70 años después de toda una vida de trabajo y de sacrificio y que no tienen pensión. que dependen de sus hijos o de la caridad o de un subsidio que hasta hace poco era de 80,000 pesos al mes.
Una cifra que insulta la dignidad de cualquier ser humano que trabajó toda su vida. Una cifra que dice que este país decidió que la vejez de sus ciudadanos más pobres vale menos que el costo de una semana de mercado. Eso tiene que cambiar. Nadie puede defenderlo y cualquier colombiano que tenga un gramo de conciencia social tiene que reconocer que hay una deuda enorme con esos adultos mayores, que el país tiene que pagar de alguna manera, que el debate no puede ser si pagarla, sino como pagarla de una manera que sea
justa, que sea sostenible y que no cree nuevas injusticias al resolver la injusticia que existe hoy. Pero pagar esa deuda tomando la plata del ahorro de otros colombianos que también trabajaron toda su vida, diciéndoles que su sacrificio ahora va a financiar el subsidio de otros sin que a ellos les hayan preguntado, sin que el sistema les garantice que también van a tener lo que les prometió.
Eso no es justicia social, sino una manera de resolver una injusticia creando otra. Y Colombia tiene suficiente experiencia con las soluciones que crean nuevos problemas como para saber que ese camino lleva lugares que nadie quiere visitar. Entonces, ¿qué le queda a usted con todo esto? Con todo lo que se dijo en ese debate, con todo lo que esta historia ha tratado de explicarle con la honestidad y la claridad que usted merece.
Le queda saber que su pensión está en el centro de una de las discusiones más importantes que Colombia ha tenido en años. que hay personas que están peleando por proteger lo que usted ahorró con tanto esfuerzo y personas que creen que ese ahorro puede usarse de otra manera para resolver un problema que también es real y también es urgente, que ninguno de los dos lados tiene toda la razón, pero que ambos están señalando partes de una misma realidad que Colombia necesita enfrentar.
Le queda saber que la Corte Constitucional va a tomar una decisión en los próximos días o semanas que puede cambiar radicalmente el panorama, que esa decisión puede confirmar la reforma o puede tumbarla y que en cualquiera de los dos casos el debate no termina, sino que se traslada a la campaña electoral y eventualmente a las decisiones del próximo gobierno que tome posesión el 7 de agosto de 2026.
Le queda saber que las elecciones de mayo van a ser en parte un referendo sobre qué tipo de sistema pensional quieren los colombianos que los candidatos van a tener que responder preguntas concretas sobre este tema y que usted tiene el derecho y la responsabilidad de exigirles respuestas claras, no promesas bonitas ni cifras que suenan bien pero no se sostienen, sino respuestas reales sobre qué van a hacer con el sistema pensional, cómo van a proteger el ahorro de los que ya cotizaron. ¿Cómo van a pagarle a los
adultos mayores más pobres? ¿Y cómo van a garantizar que el sistema sea sostenible para los jóvenes que hoy están empezando a trabajar y que dentro de 30 años van a necesitar una pensión también? Y le queda algo que ningún debate político puede quitarle, que ninguna reforma pensional puede legislar y que ninguna corte puede declarar inconstitucional.
La memoria de lo que costó cada peso que usted ahorró. la memoria del esfuerzo y del sacrificio y de los años que puso en ese sistema creyendo en una promesa, una memoria que es el mejor argumento que existe para exigir que esa promesa se cumpla, que las reglas se respeten y que las personas que quieren gobernar este país entiendan que los colombianos que llevan toda una vida trabajando no son una cifra en una presentación de PowerPoint, sino seres humanos que merecen respeto, que merecen certeza y que merecen llegar a la vejez con la dignidad que toda una
vida de trabajo les ganó. Si este vídeo le ayudó a entender mejor lo que está pasando con su pensión, si sintió que por fin alguien le explicó este tema con las palabras claras y sencillas que merece, le pedimos que haga dos cosas muy simples que no le cuestan nada, pero que para nosotros significan mucho. Déjenos su me gusta en este vídeo.
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Usted que sabe mejor que nadie lo que costó cada peso que tiene ahorrado en ese sistema. ¿Confiaría usted el ahorro de toda su vida a un gobierno que todavía no ha podido demostrar que sabe cuidar ni el dinero que ya tiene? ¿O cree que Colombia merece un sistema que proteja lo que cada trabajador ganó con su propio esfuerzo sin importar qué gobierno esté de turno? Déjenos su respuesta en los comentarios.
Queremos saber lo que usted piensa, porque en este canal su voz no es un comentario más, sino parte de la conversación que Colombia necesita tener. Hasta la próxima. M.