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$17,822 Pesos y 5 Meses — Así México Construyó Su Primera Locomotora en Plena Revolución…

 Un grupo de trabajadores mexicanos estaba a punto de intentar lo que nadie creía posible. Y si esta historia de orgullo mexicano merece ser conocida, un like ayuda a que más personas la descubran. Suscríbete si aún no lo has hecho y comenta de dónde nos escuchas. Pero ahora regresemos a Aguascalientes, 1913. Estos trabajadores no eran ingenieros graduados de universidades europeas, no eran técnicos formados en las academias estadounidenses, eran mecánicos, [música] baileros y herreros mexicanos.

Hombres con las manos callosas y los rostros curtidos por el trabajo en los talleres. Hombres como Tirso Oreñana, Evaristo Martínez, Lorenzo Rodríguez y Silvestre G. trujano. Hombres que el mundo había olvidado mencionar en los libros de historia, pero ellos estaban a punto de demostrar algo que cambiaría la narrativa de lo que México podía o no podía lograr.

 Porque mientras Estados Unidos producía su locomotora número 30,000, México no había producido ni una sola, cero. Cada locomotora que recorría las vías mexicanas había sido fabricada en el extranjero. Cada pieza crítica importada, cada decisión técnica tomada por ingenieros extranjeros, el personal que dirigía los movimientos de los trenes y que tenía la responsabilidad en la operación de los talleres era extranjero.

 Los superintendentes, extranjeros, los jefes de departamento técnico, extranjeros. [música] México pagaba, México trabajaba, pero México no decidía. Hasta que un día, en medio de una guerra civil que desgarraba al país, estos hombres decidieron que México podía hacer algo más que reparar las máquinas de otros. México podía construir su propia locomotora y lo que lograron en los siguientes 5 meses con 17,822 pesos y 90 desafiaría todo lo que las grandes potencias industriales creían saber sobre las capacidades de un país en guerra. Esta es la historia de la

NDM40, la primera locomotora construida en territorio mexicano, una máquina de 65,000 kg capaz de arrastrar 53 vagones. Una prueba de que el ingenio mexicano no tiene límites cuando se le da la oportunidad de demostrar lo que vale. Pero para entender la magnitud de este logro, primero necesitamos entender la profundidad del abismo que México debía cruzar. México no construía locomotoras.

En 1910, solo meses antes de que estallara la revolución, los ferrocarriles nacionales de México compraron 13 locomotoras tipo malet, 46 coches de pasajeros y 2,550 carros de carga. Todas esas unidades fueron fabricadas en Estados Unidos. Cada tornillo, cada válvula, cada rueda cruzó la frontera ya terminada.

 México solo ponía el dinero y las vías. La dependencia era absoluta. El 100% de las locomotoras que operaban en territorio mexicano habían sido importadas. Baldwin Locomotive Works y American Locomotive Company controlaban el mercado. Cuando México necesitaba una locomotora nueva, la compraba del extranjero. Cuando necesitaba refacciones, las importaba del extranjero.

 Cuando necesitaba asesoría técnica, la pagaba a extranjeros. Y lo más doloroso, cuando México necesitaba personal capacitado para operar y mantener su propio sistema ferroviario, ese personal también era extranjero. Los superintendentes de los talleres llevaban apellidos que no se pronunciaban en español. Los jefes de departamento técnico habían estudiado en academias de Philadelphia y Pittsburg.

Las decisiones sobre el futuro del ferrocarril mexicano se tomaban en inglés con mentalidad estadounidense para beneficio de empresas estadounidenses. Los trabajadores mexicanos hacían el trabajo pesado, reparaban, mantenían, limpiaban, pero no diseñaban, no construían, no decidían. Se les consideraba capaces de seguir instrucciones, pero no de crear.

 Nadie creía que México pudiera fabricar una locomotora. La lógica era simple y cruel. México era un país agrícola, un país minero, un país que exportaba materias primas y compraba productos terminados. La industrialización avanzada, la que requería conocimiento técnico de primer nivel, esa estaba reservada para las grandes potencias, para Estados Unidos, para Europa, no para México.

 Y en 1913, México no solo cargaba con esa dependencia económica, cargaba también con una guerra civil que amenazaba con destruir todo lo que el país había construido. La Revolución Mexicana llevaba ya 3 años desgarrando el territorio nacional. Los ejércitos de Madero, luego de Huerta, luego de Villa y Carranza. Todos usaban los ferrocarriles como herramienta de guerra y todos los destruían cuando les convenía.

 Los puentes volaban, las vías eran arrancadas, las estaciones ardían y las locomotoras, esas máquinas que México no sabía construir, eran capturadas, destruidas o inutilizadas por todos los bandos. En medio de ese caos, en medio de esa destrucción, en medio de esa total dependencia del extranjero, un grupo de hombres en Aguascalientes decidió que las cosas podían ser diferentes.

 Pero había alguien en particular que haría posible el cambio, alguien que ocupaba un puesto que ningún mexicano había ocupado antes. José SDegar no era un hombre común. En 1913 ocupaba el puesto de primer gerente general mexicano de ferrocarriles nacionales de México. Primer mexicano. Antes de él, ese cargo había sido ocupado exclusivamente por extranjeros, estadounidenses principalmente, hombres que veían a México como un mercado, no como una nación capaz de industrializarse.

 Echegaray pensaba diferente. Creía que los trabajadores mexicanos no eran solo brazos para reparar lo que otros construían. Creía que tenían la capacidad técnica, la inteligencia y la determinación para crear y estaba decidido a probarlo. Pero Echegaray no podía construir una locomotora solo con su convicción. Necesitaba a los hombres que transformarían esa visión en acero y vapor.

 En los talleres de fuerza motriz de Aguascalientes, trabajaba Porfirio Valdés, superintendente de talleres, otro mexicano que había escalado posiciones que antes estaban reservadas para extranjeros. Valdés conocía cada rincón de esas instalaciones. Sabía lo que los trabajadores mexicanos eran capaces de lograr cuando se les daba la oportunidad.

 José Vera lideraba el departamento técnico. Habiendo tomado el puesto que antes ocupaba un estadounidense llamado Fred H. Vera, había estudiado los planos de las locomotoras Baldwin que México importaba. Conocía cada válvula, cada cilindro, cada mecanismo y sabía que lo que Baldwin fabricaba en Philadelphia podía fabricarse en Aguascalientes.

 Pese Morales servía como superintendente general de fuerza motriz y maquinaria, otro puesto arrebatado a manos extranjeras. Morales había reemplazado a M. Ho Schneider y con él llegó una nueva mentalidad, la de que México podía hacer más que reparar. Pero las manos que realmente construirían la locomotora pertenecían a hombres cuyos nombres la historia casi olvidó.

 Tirso Oreñana Evaristo Martínez. Estos dos hombres fueron los constructores del bastidor, la estructura fundamental que sostiene todo el peso de una locomotora. Un trabajo de precisión extrema que requiere conocimiento metalúrgico, habilidad manual y una paciencia infinita. No tenían títulos universitarios, lo que tenían era experiencia.

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