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12 MINUTOS que CAMBIÓ el TABLERO — ABELARDO DE LA ESPRIELLA FRENTE al LEGADO de PETRO

Eso fue Abelardo de la Espriella cuando salió de Montería rumbo a la capital hace más de 30 años con la maleta llena de sueños y el bolsillo casi vacío. Dispuesto a demostrarle a una ciudad que nunca lo esperaba que un costeño sin rosca también podía llegar lejos. Colombia es un país que lleva décadas eligiendo presidentes que vienen de las mismas familias, de los mismos colegios, de los mismos clubes, de los mismos círculos donde se reparten los cargos antes de que el pueblo vote y donde el apellido que uno carga vale más que

cualquier título universitario o cualquier año de trabajo honesto. Esa es una realidad que los colombianos mayores conocen bien porque la han vivido en carne propia, porque han visto como sus hijos se quedan sin empleo mientras el hijo del político de turno consigue tres contratos.

sin hoja de vida, porque han visto como los que mandan protegen a los suyos y dejan al resto mirando desde afuera. Y sin embargo, en medio de ese sistema que parece inamovible, de vez en cuando aparece alguien que no encaja en el molde. Alguien que no viene del club correcto, ni tiene el apellido correcto, ni debe favores a los de siempre, alguien que llega desde abajo y que por eso mismo habla diferente, piensa diferente y propone diferente.

Esa figura siempre genera una mezcla de esperanza y desconfianza en el corazón colombiano, porque este país ha aprendido a desconfiar de las promesas, pero también porque en el fondo nunca ha dejado de esperar que alguien llegue a cumplirlas de verdad. Esta semana, mientras el gobierno del presidente Gustavo Petro seguía acumulando escándalos, mientras la fiscalía seguía avanzando con sus investigaciones, mientras los nombres de los suyos seguían apareciendo en los titulares por razones que ningún gobierno del cambio

debería tener que explicar. Abelardo de la Espriella se sentó frente a un micrófono en un programa de radio y televisión y habló durante horas con una calma que sorprendió a muchos, con una claridad que desarmó a sus críticos y con una honestidad que para bien o para mal es difícil de ignorar. No fue una entrevista de esas en que el político llega con sus respuestas preparadas, con sus asesores de imagen detrás de cámara diciéndole qué decir y qué evitar, con el traje perfecto y la sonrisa calculada de quien ya sabe que todo está bajo

control. Fue una conversación larga, desordenada en algunos momentos, llena de interrupciones y de risas, de anécdotas personales y de posiciones políticas fuertes, de recuerdos del pasado y de propuestas para el futuro, de momentos en que se le veía incómodo con las preguntas y de momentos en que se le veía disfrutar del debate como alguien que lleva toda la vida preparándose para esta pelea.

Y en esa conversación que tuvo lugar ante miles de colombianos que la siguieron en vivo por YouTube y por los canales de Radio del Caribe, pasaron cosas que vale la pena contar con detalle, porque lo que de la Esprella dijo ese día y la forma en que lo dijo no es solo una noticia de política, es el retrato de un país que está buscando desesperadamente algo que no encuentra desde hace mucho tiempo, una voz que suene verdadera.

Para entender por qué lo que pasó en ese programa importa tanto, hay que empezar por el principio. Por la historia de un hombre que llegó a la política desde un lugar completamente inesperado y que por eso mismo genera reacciones tan intensas y tan contradictorias en un país acostumbrado a los políticos de siempre.

Abelardo de la Espriella no viene de la política, viene del derecho, de los tribunales, de los juzgados, de esos espacios donde los casos no se ganan con discursos, sino con argumentos, con pruebas, con conocimiento de la ley y con la capacidad de mirar a un juez a los ojos y convencerlo de que uno tiene razón.

Durante más de 20 años ejerció la abogacía en Colombia. Llevó casos que marcaron la historia jurídica del país, defendió a personas que nadie más quería defender y también representó a víctimas que sin él no habrían tenido voz, ni en los juzgados ni en la opinión pública. Y en esos 22 años de ejercicio profesional, algo que él mismo se encargó de recordar en el programa con una claridad que no admite malentendidos.

No acumuló ni una sola sanción penal ni una sola sanción disciplinaria. Eso en Colombia no es un detalle menor, porque en un país donde la justicia muchas veces depende de a quién conoces y de cuánto puedes pagar, llevar dos décadas trabajando en los casos más difíciles, más controversiales y más observados del país, sin que ninguna instancia judicial o disciplinaria haya encontrado razones para sancionarte.

Es una prueba que no se puede ignorar ni se puede fabricar, pero hay algo que los críticos de de la espriella repiten cada vez que su nombre aparece en los medios, algo que lo ha seguido durante años como una sombra y que él mismo tuvo que enfrentar esa mañana frente a las cámaras con la misma contundencia con que ha enfrentado siempre los argumentos que no le gustan, el nombre de David Murcia Guzmán y los supuestos millones de dólares que según una narrativa que circula en ciertos círculos, él habría retenido de ese caso. La historia de Murcia Guzmán es

una de las más oscuras y más complejas de la historia reciente de Colombia. una historia de pirámides de dinero, de miles de colombianos que perdieron sus ahorros, de redes criminales que se extendían desde el país hacia Venezuela y hacia los mercados ilegales internacionales y de un juicio que terminó con Murcia extraditado a los Estados Unidos y condenado por las autoridades de ese país.

En medio de todo ese enredo, de la esprilla fue el abogado de Murcia durante un tiempo y eso le generó una mancha en la imagen que sus adversarios políticos han usado una y otra vez para intentar destruir su candidatura antes de que despegue. Ese día en el programa, cuando le preguntaron por los supuestos 472 millones de dólares, de la espriella no se escondió, no desvió la pregunta, no intentó cambiar el tema.

respondió con una pregunta simple que dejó en el aire una verdad que muchos no se habían preguntado antes. ¿Qué abogado en el mundo maneja la plata de sus clientes? Eso no existe. Eso no es lo que hacen los abogados. Eso es lo que ven en las series de televisión, quienes no conocen cómo funciona el derecho en la vida real.

Lo que él cobró por su trabajo como abogado lo facturó, pagó sus impuestos y está documentado hasta el último peso. Y más aún, dijo que Murcia le quedó debiendo cerca de 700 millones de pesos de honorarios que nunca terminó de pagar. Esa respuesta no cierra el debate definitivamente, porque Murcia, por su parte, tiene su propia versión y ha dicho lo contrario.

Y esos dos relatos enfrentados están hoy en manos de instancias jurídicas que tendrán que resolver cuál de los dos tiene razón. Pero lo que importa para esta historia no es quién tiene razón en ese pleito específico, sino la forma en que de la espriella enfrentó la pregunta más incómoda que le podían hacer sin bajar la cabeza, sin ponerse nervioso, sin buscar salidas laterales, mirando a la cámara y respondiendo con la misma claridad con que respondió todas las demás preguntas de esa mañana.

Hay algo en la forma de hablar de de la espriella que no encaja con lo que Colombia ha visto en sus políticos durante décadas. Algo que los colombianos mayores detectan enseguida con ese sexto sentido que da la experiencia de haber visto. Demasiados discursos vacíos y demasiadas promesas que nunca se cumplieron. Cuando este hombre habla no suena a político, suena a alguien que viene de la calle, del trabajo real, de los problemas reales, de ese mundo donde las cosas no se resuelven con declaraciones, sino con decisiones.

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