Siko se levantaba a las 5 de la mañana, confesó su madre años después. Entrenaba una hora antes de ir a la escuela. Volvía, iba a Flamengo. Volvía y entrenaba otra hora. antes de dormir. ¿Por qué lo hacía? Porque tenía miedo. Miedo de que su cuerpo no aguantara su cabeza. Grábate eso. Esa obsesión por fortalecer lo que era débil, esa certeza de que su cuerpo era su enemigo.
Esa obsesión lo llevó a la grandeza y lo destruyó. 1971, Sico tenía 18 años. Debutó en el primer equipo de Flamengo. No fue espectacular. Entró en el segundo tiempo, tocó tres balones, dio un pase que terminó en gol. Pero algo pasó ese día, algo que los periodistas notaron. Ese muchacho piensa diferente, escribió uno.
No corre como los demás, camina, observa y cuando recibe el balón ya sabe exactamente qué hacer. Segunda temporada, 23 goles. Flamengo campeón estadual. Tercera temporada, 32 goles. El mejor jugador de Brasil. A los 22 años, Siko ya era una leyenda en Río de Janeiro, pero no en el mundo, porque en 1974 pasó lo que lo marcó para siempre.
Copa del Mundo de Alemania. Brasil, campeón defensor, iba con Pelé retirado, con Jairciño envejeciendo, con una generación de transición. Sico fue convocado. 22 años, su primer mundial, no jugó un solo minuto. El entrenador, Mario Sagallo, lo llevó solo para que aprendiera. Eres muy joven, observa, tu momento va a llegar.
Siko se sentó en la banca durante siete partidos. Vio a Brasil perder en semifinales contra Holanda. Vio a Brasil terminar cuarto humillado. Y cuando volvió a Brasil se prometió algo. El próximo mundial va a ser mío. Voy a ser el mejor del mundo y voy a ganar. Esa promesa, esa obsesión. Esa fue su condena.
1978, Mundial de Argentina. Sico llegaba como el mejor jugador de Sudamérica. 25 años, 48 goles en el año anterior. El cerebro de un Flamengo imparable. Brasil jugó contra Suecia en el primer partido, 1 a un. Sico metió el gol. Segundo partido. España 0 a0. Sico fue el mejor en la cancha, pero no metió gol. Tercer partido. Austria 1 a0.
Sicoo otra vez la figura. Sin gol, Brasil clasificó a la segunda ronda. Enfrentó a Argentina, el país anfitrión, el Monumental lleno, 100,000 argentinos gritando. 0 a cer. Brasil eliminado por diferencia de goles. Sico volvió a Brasil destrozado. Fui el mejor jugador del torneo, pero no gané nada. Los periódicos brasileños fueron brutales.
Pico es bueno, pero no es Pelé. Pico tiene talento, pero le falta carácter. Pico juega bien, pero no gana mundiales. Esa narrativa, esa comparación constante con Pelé, esa fue la primera piedra de la tumba que Brasil le estaba construyendo. Pero entonces llegó 1980 y Siko dejó de ser humano. Flamengo 1980. El mejor equipo de clubes de la historia de Brasil.
Algunos dicen que de Sudamérica, algunos dicen que del mundo. Sico, Junior, Adilio, Tita, Andrade, Moser, Leandro. Un equipo que jugaba como Brasil del 70, pero mejor, más rápido, más letal. Ese año Flamengo ganó todo. Campeonato Carioca, campeonato brasileño, Copa Libertadores, Copa Intercontinental. Y sí, cometió 89 goles.
89 en 58 partidos. El Maracaná se llenaba solo para verlo. 150,000 personas de pie cantando su nombre. Sico, Sico, Sico. En diciembre de ese año, Flamengo jugó la final de la Copa Intercontinental contra el Liverpool de Inglaterra, el mejor equipo de Europa en ese momento. Tokio, Estadio Nacional, 60.000 personas.
Sico destrozó al Liverpool. Un gol, dos asistencias, una exhibición de fútbol que dejó a los ingleses sin respuestas. Flamengo 3, Liverpool 0. Sico fue cargado en hombros llorando. Este es el mejor día de mi vida. Pero había algo que Siko no sabía, algo que nadie sabía todavía. Ese partido en Tokio fue la última vez que Sico fue completamente feliz jugando fútbol, porque lo que vino después fue presión, expectativa, obsesión y una rodilla que empezó a dolerle cada vez que corría.
Esta es la primera revelación que te prometí al principio. ¿Por qué rechazó al Barcelona, al Real Madrid y al Juventus? 1981, Siko tenía 28 años. El mejor jugador del mundo. Barcelona lo quería. Ofrecieron 3 millones de dólares por su pase. Un contrato de 5 años. El sueldo más alto de Europa. Real Madrid también.
4 millones de dólares. Un contrato de 6 años. Juventus hizo una oferta de 5 millones. Lo que quieras, solo ven. Siko rechazó las tres ofertas. No porque no quisiera ir a Europa, no porque el dinero no le importara, porque en 1978, después del mundial de Argentina, SICO había firmado un pacto con la directiva de Flamengo, un pacto secreto que nunca se hizo público hasta 30 años después.
Flamengo le prometió, “Si te quedas, construimos el mejor equipo de Brasil. Te damos el control. Tú decides quién viene, quién se va. Tú eres el rey. Y Siko aceptó porque Siko no quería ser uno más en el Barcelona. No quería ser una estrella entre estrellas en el Madrid. Sico quería ser Dios en Flamengo. Yo podía ganar más dinero en Europa, confesó años después.
Pero en Europa iba a ser un jugador. En Flamengo era todo, el estadio, el equipo, la ciudad, todo giraba alrededor de mí. ¿Y eso te hizo feliz? Silencio. No, eso me hizo prisionero. Ese pacto secreto, esa decisión de quedarse en Brasil. Esa fue la segunda piedra de su tumba. Porque cuando llegó el mundial de 1982, Siko ya no era solo un jugador, era la esperanza de todo un país y nadie sobrevive a eso.
España, 1982, el mundial de Sico, el mundial donde Brasil iba a recuperar su gloria. El equipo era perfecto. Sico, Sócrates, Falcán, Junior, Cerezo, Eder, no era un equipo, era una orquesta. Y Siko era el director. Primer partido, Unión Soviética, 2 a 1. Sico metió un gol, una obra maestra de tiro libre. Segundo partido, Escocia, 4 a 1.
Sico dio tres asistencias, tercer partido, Nueva Zelanda, 4 a0. Scoió dos goles. Brasil pasó a la segunda ronda como favorito absoluto, el fútbol más bello del planeta. Pero había un problema. Un problema que nadie notó hasta que fue demasiado tarde. Siko estaba jugando lesionado. En el partido contra la Unión Soviética, una entrada brutal le destrozó la rodilla izquierda.
Los médicos le dijeron después del partido, “Tienes un desgarro en el ligamento colateral. Necesitas parar.” ¿Cuánto tiempo? Tres semanas mínimo. No tengo tres semanas, tengo 4 días para el siguiente partido. Si juegas, te vas a romper. Psico jugo contra Escocia, contra Nueva Zelanda, con infiltraciones de cortisona antes de cada partido.
La rodilla se hinchaba después de cada juego. Los médicos le drenaban el líquido, le inyectaban más cortisona, le vendaban y Sico salía a jugar otra vez. ¿Por qué lo hacías?, le preguntaron años después. Porque era el mundial. Porque Brasil me necesitaba. Porque yo no podía fallar. Segunda ronda. Brasil enfrentó a Argentina, el clásico, el partido que todos querían ver.
Siko jugó con la rodilla completamente vendada. No podía correr, no podía girar, solo podía caminar y pensar. Y fue suficiente. 3 a 1, Brasil ganó. Siko dio dos asistencias sin correr más de 50 met. Siguiente partido, Italia, el partido que cambió todo. 25 de julio de 1982, Estadio Sarriá, Barcelona, Brasil contra Italia.
El ganador iba a semifinales, el perdedor se iba a casa. 44,000 personas en el estadio, 1000 millones viendo por televisión. Siko salió a la cancha con la rodilla destrozada. Los médicos le habían dicho esa mañana, “Si juegas hoy, tu carrera puede terminar.” No me importa, hoy juego. Le inyectaron el doble de cortisona, el doble de antiinflamatorios, lo que fuera para que aguantara 90 minutos.
El partido comenzó. Italia metió el primer gol. Rossi, minuto 5. Brasil empató. Sócrates, minuto 12. Italia volvió a adelantarse. Rossi otra vez. Minuto 25. Brasil empató otra vez. Falcón minuto 68. 2 a 2. 20 minutos para el final. Brasil necesitaba un gol más. Minuto 74. Un centro desde la derecha. Cico en el área. Saltó. Giró. La rodilla se dobló.
Cayó mal. El dolor fue instantáneo. Insoportable. Sico se quedó en el piso agarrándose la rodilla, gritando. Los médicos entraron corriendo. Tienes que salir. No, Pico, no puedes seguir. Dame algo, lo que sea, pero no salgo. Le inyectaron más cortisona. Ahí mismo en la cancha, delante de 44,000 personas, Sico se levantó cojeando, llorando de dolor y siguió jugando.
Minuto 74, Paolo Rossi metió el tercero. 3 a 2 para Italia. Brasil atacó desesperadamente. Sócrates, Falca, Eder, todos buscando el empate. Minuto 89, último minuto, un corner para Brasil. El balón llegó al área, un rebote cayó en los pies de Sico. Sico, a 2 metros del arco, solo con el arquero caído, tuvo el gol del empate. Pateó con la pierna mala.
La rodilla no respondió. El balón salió desviado. Afuera, pitazo final. Brasil eliminado. Cico se desplomó en el piso. No de cansancio, de dolor, de desesperación. había fallado el gol que iba a salvar a Brasil y Brasil nunca se lo perdonó. El peso de ser Dios. Siko volvió a Brasil destrozado, no solo físicamente, emocionalmente.
Los periódicos fueron implacables. Sico falló cuando Brasil más lo necesitaba. El genio que no pudo ser héroe. Pico es talento sin corazón. Esa última frase, talento sin corazón. La repitieron mil veces. en radios, en televisión, en las calles. Pico no dijo nada, se encerró en su casa durante dos semanas.
No salió, no habló, no vio a nadie. Su esposa Sandra confesó años después. Pensé que se iba a matar. No comía, no dormía, solo lloraba. La rodilla necesitaba cirugía. Los médicos fueron claros. 6 meses de recuperación mínimo. Psico no aceptó. No puedo estar 6 meses fuera. Flamengo me necesita. Pico, si no te operas, tu rodilla nunca va a estar bien.
Me opo después del mundial. ¿Cuál mundial? El siguiente. México 86. Los médicos se miraron entre ellos. Nadie dijo nada, pero todos pensaron lo mismo. Este hombre se está matando. 1983, Siko volvió a jugar con la rodilla sin operar, con dolor constante, con infiltraciones antes de cada partido. Flamengo ganó el campeonato brasileño.
Pico metió 42 goles jugando al 50% de su capacidad. ¿Cómo lo hacías? Le preguntaron. No corriendo, pensando. Cuando no puedes con el cuerpo, tienes que compensar con la cabeza. 1984. La rodilla empeoró. Los médicos le advirtieron, es ahora o nunca. O te operas o tu carrera termina. Pico aceptó. Cirugía en abril.
6 meses de recuperación. Pero 4 meses después la selección brasileña lo convocó para las eliminatorias del Mundial de México 86. Los médicos dijeron que no. Necesitas dos meses más. El técnico de Brasil, Telana, lo llamó personalmente. Sico, te necesito. Todavía no estoy listo. Lo sé, pero Brasil te necesita.
Ven aunque sea a caminar en la cancha. Esta es la segunda revelación que te prometí al principio, la traición del técnico que lo puso a jugar lesionado. Siko aceptó ir a la selección, no porque estuviera listo, porque no podía decir que no. Teleé era como un padre para mí, confesó años después. Cuando me pidió que fuera, no pude negarme.
Aunque sabía que no estaba bien. Las eliminatorias fueron un desastre. Brasil clasificó por poco. Pico jugó todos los partidos con dolor, con infiltraciones, con la rodilla hinchada después de cada juego. Y en mayo de 1986, tres semanas antes del mundial, la rodilla se volvió a romper. No fue una entrada. No fue un golpe, simplemente se rompió de tanto forzarla.
Los médicos fueron claros. No puedes ir al mundial. Telé Santana fue más claro todavía. Tienes que ir aunque sea para estar en la banca. Siko se enfrentó a la decisión más difícil de su vida. Quedarse en Brasil, operarse, recuperarse bien o ir al mundial, jugar roto, arriesgarlo todo, eligió el mundial.
¿Por qué? Les preguntaron 30 años después, porque era mi última oportunidad, porque tenía 33 años, porque sabía que no iba a haber otro mundial para mí, porque Brasil me necesitaba y yo no podía fallarle otra vez. Esa obsesión, esa necesidad de redimirse. Esa fue la tercera piedra de su tumba. México, 1986, el Mundial de la Redención.
Brasil llegó con el mismo equipo de España 82. Sico, Sócrates, Junior, Falcón. 4 años más viejos, 4 años más lentos, 4 años más cerca del final. Sico llegó lesionado. Los periódicos lo sabían, los hinchas lo sabían, todo el mundo lo sabía, pero nadie dijo nada porque Brasil necesitaba el mito. No al hombre. Primer partido, España, 1 a0.
Sico no jugó, se quedó en la banca. La rodilla no aguantaba ni el calentamiento. Segundo partido, Argelia, 1 a0. Sico entró en el segundo tiempo, 25 minutos. Coando, caminando, pensando, dio la asistencia del gol sin correr, solo con un pase perfecto que dejó solo a Careca. Tercer partido, Irlanda del Norte, 3 a0.
Sico jugó 60 minutos, metió un gol de tiro libre, una obra de arte, pero la rodilla ya no daba más. Después del partido, los médicos tuvieron que drenarle casi medio litro de líquido. “No puedes seguir”, le dijeron. “Quedan tres partidos. Voy a aguantar.” Octavos de final. Polonia 4 a0. Brasil arrasó. Sico jugó 30 minutos.
Dio dos asistencias. La prensa mundial lo proclamó. “Si ha vuelto. Brasil va a ser campeón.” Pero Siko sabía la verdad. Su rodilla estaba destruida. Cada paso era una agonía. Cada giro era un riesgo de que todo se desmoronara. Y entonces llegó el 21 de junio. Guadalajara, cuartos de final, Brasil contra Francia. El partido que lo cambió todo.
Esta es la tercera revelación que te prometí al principio. La verdad sobre ese penal, los documentos médicos que nadie vio. 21 de junio de 1986, Estadio Jalisco, Guadalajara, 65,000 personas. Medio mundo viendo por televisión. Brasil contra Francia. El ganador iba a semifinales, el perdedor se iba a casa.
Sico empezó el partido en la banca. La rodilla no aguantaba. Los médicos habían sido claros esa mañana. Hoy no puedes jugar. Telesantana decidió guardarlo solo si es absolutamente necesario. El partido comenzó. Francia jugó perfecto. Brasil no podía con ellos. Minuto 40. Francia adelante. 1 a0. Platini de penal, segundo tiempo.
Brasil empató. Careca, minuto 17, 1 a 1. El partido estaba abierto. Minuto 72, Telantana miró a la banca. Sico, calienta. Sico se levantó. La rodilla estaba rígida. Casi no podía doblarla. ¿Puedes? Sí, mentira. Pero Siko no podía decir que no. Minuto 75. Sico entró por Müller. El estadio explotó.
Brasil tenía a su Dios en la cancha. Minuto 76. Un pase largo para Sico. Controló. Giró. La rodilla tronó. El dolor fue instantáneo. Sico siguió jugando, cojeando. Apenas podía caminar. Minuto 82. Un centro al área. Branco cabeceó. El arquero francés Joel Bats se lanzó. Le pegó a Branco con el puño. En la cara el árbitro pitó.
Penal para Brasil. 65,000 personas de pie. Brasil a un gol de semifinales. Sico agarró el balón sin dudar, sin preguntar. Yo lo pateo. Los compañeros lo miraron. ¿Estás seguro? Tu rodilla. Yo lo pateo. Pico caminó hacia el punto penal. 65,000 personas en silencio, millones en Brasil conteniendo la respiración.
Puso el balón, retrocedió, tres pasos. La rodilla le dolía tanto que apenas podía sostenerse. Respiró profundo, miró al arquero, miró el balón y supo. Supo que no tenía fuerza en la pierna. Supo que no podía pegarle fuerte. Supo que tenía que colocar el balón. Perfecto, porque no tenía potencia.
Corrió tres pasos, pateó con la pierna mala. El balón salió suave, demasiado suave. Bats lanzó, adivinó, atajó. 65,000 personas en silencio. Psico se desplomó en el piso. No de cansancio, de dolor, de vergüenza. El partido siguió uno a uno. Tiempo extra. Nadie metió. Penales. Brasil perdió 4 a tr. Sico no pateó, no podía ni caminar.
Cuando pitaron el final, Sico se quedó en el piso llorando solo. Y mientras salía del estadio, escoltado por la policía, escuchó los gritos. Traidor, cobarde, te odiamos. 40,000 brasileños querían matarlo. Lo que nadie te contó es lo que pasó tres días después. Siko volvió a Brasil. Directo al hospital, los médicos le hicieron resonancias, radiografías, todo.
El informe médico decía: “Desgarro completo del ligamento colateral medial, fractura por estrés en la tibia, daño irreversible en el cartílago. El paciente no debió haber jugado en los últimos 6 meses. Ese informe médico nunca se hizo público. La Federación Brasileña de Fútbol lo enterró porque si salía a la luz tendrían que admitir que obligaron a Sico a jugar sabiendo que estaba roto, que lo usaron, que lo sacrificaron, que lo mataron en cámara lenta.
Siko tuvo que operarse de emergencia. La rodilla estaba tan destruida que los médicos no sabían si volvería a caminar bien. Estuvo un año fuera, un año de rehabilitación. Un año de dolor y cuando volvió en 1987 ya no era el mismo. Tenía 34 años. La rodilla nunca se recuperó del todo. El dolor era constante.
Flamengo le ofreció renovar contrato. Quédate, retírate aquí. Pico dijo que no. ¿Por qué? Porque no quiero que me vean así. No quiero que me recuerden roto. En 1983, Pico hizo algo que nadie esperaba. Se fue a Italia, a la Udinese, un equipo pequeño de mitad de tabla. No fue por dinero, fue por orgullo. Quería demostrar que todavía podía, que no estaba acabado.
Jugó dos años en Italia con dolor constante, con infiltraciones antes de cada partido. Metió 19 goles en 43 partidos. No era el cico de antes, pero seguía siendo mejor que la mayoría. En 1985 se fue a Japón, al Kashima Antlers, un equipo recién formado. Allí terminó su carrera lejos de Brasil, lejos del Maracaná, lejos de los gritos.
Jugó hasta 1994, 41 años. Y cuando se retiró, no hubo ceremonia en el Maracaná, no hubo partido de despedida, no hubo lágrimas de agradecimiento. Brasil lo había olvidado. O peor, Brasil había decidido recordarlo solo por lo que no ganó. El silencio. Esta es la cuarta revelación que te prometí al principio.
¿Por qué Siko nunca se defendió? 1994. Siko se retiró oficialmente, 41 años, la rodilla destrozada, el cuerpo agotado. Volvió a Brasil, no a Río, a una ciudad pequeña, lejos de todo. Los periodistas lo buscaron. Querían la entrevista, la exclusiva. El adiós de Siko. Pico rechazó todas. Durante 5 años no dio una sola entrevista.

“¿Por qué no hablas?”, le preguntó un amigo cercano. Porque todo lo que diga va a sonar a excusa y yo no quiero excusarme, pero Sico, la gente tiene que saber la verdad, que jugaste lesionado, que te obligaron. Lo saben, solo que no quieren aceptarlo. Es más fácil odiarme que aceptar que el sistema me destruyó. En 1999, 5 años después de retirarse, Siko finalmente dio una entrevista larga a un periodista de su confianza le preguntaron sobre el penal contra Francia.
¿Qué pasó en tu cabeza cuando lo fuiste a patear? Siko respiró profundo. Por primera vez en 13 años habló de ese momento. Sabía que no tenía fuerza en la pierna. Sabía que tenía que colocar el balón. Sabía que si el arquero adivinaba me atajaba. ¿Por qué lo pateaste entonces? Porque era mi responsabilidad.
Porque si no lo pateaba yo. ¿Quién? Junior. Sócrates. Ellos también estaban viejos, también estaban cansados. Yo era el capitán. Yo tenía que asumir. ¿Te arrepientes? Silencio. 15 segundos de silencio. Me arrepiento de haber ido a ese mundial. Me arrepiento de no haberle dicho que no a Telé. Me arrepiento de haber creído que mi cuerpo podía aguantar, pero no me arrepiento de haber pateado ese penal porque era mi deber.
Esa entrevista se volvió viral en Brasil. Miles de comentarios, la mayoría negativos. Pico sigue echándole la culpa a otros. Pico nunca va a aceptar que falló. Pico es un perdedor. Pero hubo algunos, pocos, que dijeron algo diferente. Porque nadie habla de que jugó lesionado. ¿Por qué nadie culpa a los médicos, a los directivos? ¿Por qué solo Pico es el villano? Esas preguntas nunca fueron respondidas porque Brasil no quería respuestas.
Brasil quería un culpable y Siko aceptó ser ese culpable. 2000. Siko tenía 47 años. La Federación Brasileña de Fútbol organizó un evento. Los 100 mejores jugadores brasileños del siglo XX. Siko fue invitado como uno de los homenajeados. Llegó al Maracaná. 50,000 personas en las gradas. Cuando anunciaron su nombre, la mitad del estadio aplaudió, la otra mitad abucheó.
Siko subió al escenario, le entregaron una placa por su contribución al fútbol brasileño. Le dieron el micrófono. ¿Quieres decir algo? Siko miró al estadio, medio estadio aplaudiéndolo, medio estadio odiándolo y dijo algo que nadie esperaba. Gracias a los que me amaron y gracias a los que me odiaron, porque los dos me hicieron ser quién soy.
Yo les di todo lo que tenía, mi rodilla, mi salud, mi vida. Si eso o no, yo no me fue suficiente. Lo siento, pero no voy a pedir perdón por haber dado todo. Salió del escenario sin esperar más, sin mirar atrás. La mitad del estadio lo ovacionó de pie. La otra mitad siguió abucheando. Esa imagen resume todo lo que Siko fue para Brasil.
Un hombre dividiendo a todo un país. 2006, Mundial de Alemania. Brasil fue como favorito. Ronaldinho, Ronaldo, Kaká, Adriano, Roberto Carlos. El mejor equipo sobre el papel. Otra vez Sico fue contratado como entrenador de Japón. iba a enfrentar a Brasil en la primera ronda. Los periodistas brasileños lo atacaron. Sico traicionando a Brasil otra vez.
Sico dirigiendo contra su país. Siko nunca fue patriota. Siko no respondió. Preparó a Japón lo mejor que pudo. El partido fue una masacre. Brasil 4, Japón 1. Después del partido, Ronaldinho se acercó a Sico. Maestro, es un honor. Sico lo abrazó. Tú eres lo que yo quise ser. Juega libre. No cargues con lo que yo cargué.
Ronaldinho no entendió en ese momento, pero años después, cuando él también fue destruido por Brasil, recordó esas palabras. Siko sabía. Él ya había pasado por eso. 2010, Sico tenía 57 años. Un periodista joven que no había vivido la época de Sico, le hizo una entrevista para un documental. ¿Por qué crees que Brasil te odia? Pico sonríó tristemente.
Brasil no me odia. Brasil odia lo que represento. ¿Qué representas? El talento que no fue suficiente, el genio que no ganó el mundial, la promesas que no se cumplió. Pausa. Brasil me puso en un pedestal y cuando no cumplí sus expectativas me tiraron del pedestal y me culparon por caer. Es justo. No, pero así es el fútbol, así es Brasil.
Otra pausa. Pelé ganó tres mundiales. Entonces, Brasil lo ama. Yo no gané ninguno, entonces Brasil me odia. No importa que haya metido más goles que nadie con la selección en esa época. No importa que haya sido tres veces el mejor del mundo, solo importa el mundial. ¿Te molesta? Ya no me molestó durante 20 años.
Ahora solo me da pena. ¿Pena de qué? Pena de Brasil. Porque Brasil no sabe amar a sus héroes imperfectos. solo sabe amar a los campeones. Hay una historia que muy poca gente conoce sobre Sico. En 2015, Sico fue diagnosticado con artritis severa en ambas rodillas, resultado de todas las infiltraciones, de todos los partidos jugando lesionado.
Los médicos le dijeron, “Vas a necesitar dos cirugías de reemplazo total de rodilla. Si no, en 5 años no vas a poder caminar. Sico se operó las dos rodillas. 6 meses de recuperación. Durante esos 6 meses, solo una persona del fútbol brasileño lo visitó en el hospital. Romario. ¿Por qué viniste? Le preguntó Sico.
Porque tú me enseñaste todo y nadie más vino. Sico lloró por primera vez en años lloró. ¿Por qué lloras? Porque recién me doy cuenta de lo solo que estuve siempre. Romario se quedó en silencio. No sabía qué decir. Yo di todo por Brasil, mi salud, mi rodilla, mi carrera y Brasil me olvidó. No todos te olvidaron.
Sí, pero los que me recuerdan me recuerdan mal. 2018, Mundial de Rusia. Brasil fue eliminado en cuartos de final otra vez. Por octava vez consecutiva desde el 2002, los periodistas buscaron a viejas glorias para opinar. Llamaron a Sico. ¿Qué le falta a Brasil para ganar el mundial? Siko respiró profundo y dijo algo que nadie esperaba.
Dejar de vivir del pasado, dejar de comparar todo con el 70, dejar de exigirle a cada jugador que sea Pelé. Brasil destruye a sus jugadores con expectativas imposibles. Lo hizo conmigo, lo hizo con Ronaldo, lo hizo con Ronaldinho y lo va a seguir haciendo hasta que entienda que el fútbol cambió. ¿Qué cambió? Que ya no alcanza con ser talentoso.
Necesitas estructura, necesitas equipo, necesitas dejar que los jugadores sean humanos. Otra pausa. Yo no pude ser humano. Tuve que ser Dios y los dioses no existen. Esa entrevista generó controversia como siempre. Psico echándole la culpa a Brasil, psico resentido, psico amargado. Pero también hubo quienes dijeron, “Siko tiene razón.
Brasil destruye a sus leyendas. Siko fue víctima del sistema. Tal vez deberíamos escucharlo. 2020. Pandemia, todo el mundo encerrado. ESPN Brasil hizo un especial, los mejores jugadores que nunca ganaron el mundial. Sico era el número uno de la lista. Lo entrevistaron por videollamada. ¿Cómo te sientes siendo recordado como el mejor que nunca ganó el mundial? Pico sonríó.
Esa sonrisa triste que desarrolló con los años. Me siento en paz. Porque entendí algo que me tomó 50 años entender. ¿Qué? Que yo no jugaba fútbol para ganar el mundial. Yo jugaba fútbol porque amaba el fútbol. Pausa. El mundial era importante, pero no era todo. Y Brasil me hizo creer que era todo y yo les creí.
¿Te arrepientes? Me arrepiento de haber sacrificado mi salud. Me arrepiento de haber jugado lesionado. Me arrepiento de haberle dado más importancia al mundial que a mi propia vida. Otra pausa. Pero no me arrepiento de haber sido Pico, porque Pico dio alegría a millones y eso vale más que cualquier trofeo. La redención que nunca llegó 2023. Sico tiene 70 años.
Vive en Río de Janeiro, en una casa modesta. Lejos del glamur, lejos de los reflectores, su rodilla izquierda es casi completamente artificial. La derecha está al borde de necesitar otra cirugía. Camina con dolor constante, pero camina. ¿Valió la pena?, le preguntó un periodista en una entrevista reciente. Pico miró por la ventana.
Silencio, 20 segundos. Si me preguntas si valió la pena destruir mi cuerpo por el fútbol, te diría que no. Pero si me preguntas si valió la pena haber sido Pico, te diría que sí. ¿Por qué? Porque Pico fue más que un jugador. Pico fue un sueño para millones de niños, para millones de personas que nunca tuvieron nada. Yo salí de Quintino, un barrio donde nadie tenía futuro, y llegué a ser tres veces el mejor del mundo.
Eso es suficiente. Otra pausa más larga. Para mí sí. Para Brasil nunca lo fue. Hay algo que necesitas entender sobre algo que explica toda su vida. Pico nunca jugó fútbol para ser el mejor. Pico jugó fútbol porque era lo único que sabía hacer. No tenía plan B, no estudió, no aprendió otra profesión, solo fútbol. Mi padre me dijo cuando tenía 12 años, si vas a ser futbolista, tienes que ser el mejor, porque si no eres el mejor, no eres nada.
Esa frase, si no eres el mejor, no eres nada. Esa frase lo persiguió toda su vida porque Siko fue el mejor. Tres. veces según la FIFA, pero nunca ganó el mundial. Y en Brasil si no ganas el mundial no eres el mejor, eres nada. 2024. Un documental sobre el mundial de México 86 se estrenó en Netflix. incluía entrevistas con todos los protagonistas, Platini, Maradona, Lineker y Siko.
Le preguntaron sobre el penal contra Francia. Por centésima vez en su vida tuvo que hablar de ese momento. ¿Qué viste cuando pusiste el balón en el punto penal? Sico cerró los ojos como si estuviera ahí otra vez. Vi a 65000 personas esperando que yo salvara a Brasil. Vi a mi padre que había muerto años antes, diciéndome, “Piensa antes de patear.
” Vi mi rodilla hinchada sin fuerza. Vi todo lo que había sacrificado para estar ahí. ¿Y qué sentiste? Miedo. Por primera vez en mi carrera sentí miedo. Miedo de fallar. No, miedo de que aunque lo metiera no iba a ser suficiente porque Brasil ya había decidido que yo era el culpable, metiera el penal o no. Esa confesión.
Brasil ya había decidido que yo era el culpable. Esa es la verdad que nadie quiere aceptar. Brasil no odiaba a Sico por fallar el penal. Brasil odiaba a Siko porque necesitaba un culpable. Isiko aceptó serpendió algo. Alguien tenía que cargar con la derrota y mejor él que el país entero. En 2020 la FIFA organizó una votación.
El mejor jugador que nunca ganó el mundial. Sico ganó. Por amplia mayoría le mandaron el reconocimiento a su casa. Una placa, un diploma. Sico lo puso en un cajón. Ni siquiera lo colgó en la pared. “¿Por qué no lo colgaste?”, le preguntó su nieto. “Porque no necesito que me recuerden lo que no gané.” Yo ya lo sé, pero abuelo dice que eres el mejor que nunca ganó.
Exacto. El mejor que nunca ganó. No, el mejor. El mejor que nunca ganó. Es un premio de consolación y yo no quiero consolación. Quiero que me olviden. Pero Brasil no lo olvida. Brasil no puede olvidarlo porque Sico representa algo que Brasil no quiere aceptar, que el talento no siempre es suficiente, que el genio no siempre gana, que a veces por más que des todo no alcanza.
Y esa verdad duele demasiado. Hace 3 meses, en noviembre de 2024, pasó algo extraordinario. Flamengo organizó un partido homenaje. Sico, 50 años del debut. Invitaron a todas las leyendas. Junior, Andrade, Leandro, todos volvieron. El Maracaná se llenó, 60,000 personas para ver a hombres de 70 años jugar 20 minutos de fútbol.
Cuando anunciaron a Sico, el estadio explotó de pie, todos aplaudiendo, llorando. Sico salió caminando despacio, con las rodillas destrozadas, pero sonriendo, se paró en el círculo central. Miró las gradas y por primera vez en casi 40 años sintió que Brasil lo amaba. Jugó 5 minutos, tocó tres balones, no corrió, solo caminó y pensó, un pase perfecto que dejó solo a Junior, un tiro libre que pegó en el travesaño, un control imposible con el pecho que hizo delirar al estadio.

5 minutos y el Maracaná entendió por qué Sico fue Sico. Cuando salió de la cancha, el estadio entero cantó su nombre. Sicoo, Sicoo. Siko. Ziko lloró ahí delante de 60,000 personas lloró como nunca había llorado. Después del partido, los periodistas lo rodearon. ¿Cómo te sientes? Soo apenas podía hablar, todavía llorando. Siento que después de 50 años, Brasil finalmente me perdonó.
¿Te perdonó por qué? Por no haber ganado el mundial, por haber sido humano. Esa es la respuesta. Esa es la verdad sobre Sico. Brasil esperaba un dios y Siko era un hombre. Un hombre con rodillas débiles, con dolor constante, con miedo, pero un hombre que dio todo, absolutamente todo. Y cuando todo no fue suficiente, Brasil lo crucificó.
No porque fallara, porque se atrevió a ser imperfecto. Siko tiene 70 años. Camina con dolor, no puede correr, apenas puede subir escaleras. Sus rodillas son un recordatorio permanente de lo que sacrificó. Pero cuando le preguntan si lo volvería a hacer, responde, “Sí, pero con una condición.
¿Cuál? Que no me obligaran a elegir entre mi salud y mi país. ¿Qué elegiste? Mi país y mi país me olvidó hasta que cumplí 70 años y me recordaron. Hay una foto de Pico de hace 3 meses en el partido Homenaje. Está en el círculo central del Maracaná. Los brazos levantados, 60,000 personas de pie aplaudiendo. Tiene lágrimas en los ojos, pero sonríe.
Esa foto resume toda su vida. Un hombre que dio todo, sufrió todo, perdió todo y al final, 40 años después recibió el abrazo que siempre necesitó. La verdad sobre Siko es simple y brutal. Fue el mejor jugador de su generación, tres veces oficialmente, pero nunca ganó el mundial. Y en Brasil eso es lo único que importa.
Jugó lesionado porque su país se lo pidió. destrozó su cuerpo porque Brasil lo necesitaba y cuando falló, Brasil lo destruyó. No porque fuera malo, porque no era perfecto. Fue justo, no fue predecible. Absolutamente. Aprendió algo. Sí, aprendió que el amor de un país es condicional, que la gloria es temporal, que el dolor es permanente, pero también aprendió que hay algo más importante que ganar.
ser fiel a quien eres. Sico pudo haber dicho que no. Pudo haberse quedado en casa en México 86. Pudo haber protegido su salud, pero eligió su país, aunque sabía que lo iba a destruir. Y esa es la diferencia entre un jugador y una leyenda. Los jugadores protegen su carrera. Las leyendas se sacrifican por algo más grande, aunque ese sacrificio los mate, Sico hoy vive tranquilo, sin rencor, sin amargura.
¿Perdonaste a Brasil?, le preguntaron hace poco. No tengo nada que perdonar. Brasil hizo lo que tenía que hacer, buscar un culpable. ¿Y tú? Yo hice lo que tenía que hacer, ser el culpable. Alguien tenía que cargar con eso y yo tenía los hombros más grandes. Si la historia de Siko te enseñó algo que no sabías, si ahora entiendes por qué el mejor jugador que nunca ganó el mundial fue destruido por su propio país.
Si ahora ves al hombre detrás del mito, entonces haz algo por mí. Dale like a este video, suscríbete al canal, compártelo. No por Siico, por todos los genios. perfectos que alguna vez sacrificaron todo y no fue suficiente. Para que la próxima vez que veas a alguien fallar en el momento más importante, recuerdes que tal vez ese alguien ya dio más de lo que tenía y que a veces el verdadero fracaso no es fallar, es exigirle a un ser humano que sea Dios.
Sico no fue Dios, fue algo mejor. Fue humano hasta el final, aunque eso lo matara.
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