Posted in

Vivien Leigh: El Mundo Entero la Adoraba… y Murió Sola

Para una niña acostumbrada al sol de la India, aquel mundo gris y disciplinado debió de sentirse como otro planeta. Por la noche, en el dormitorio común, muchas niñas lloraban llamando a sus madres. Vivian, según se contaría después, aprendió pronto a no hacerlo en voz alta. La pequeña Vivian aprendió rápido que el llanto no servía de nada, que nadie iba a venir a buscarla esa noche, ni la siguiente, ni la otra.

Aprendió a tragarse el miedo, a guardarse el dolor por dentro, a poner una cara serena mientras por debajo todo dolía. Aprendió a estar sola y aprendió otra cosa, quizás la más importante de toda su vida. En aquel convento había una compañera un poco mayor que ella, una niña irlandesa llamada Mourino Sullivan, que con los años también llegaría a ser actriz.

Una tarde las dos hablaban de lo que querían ser de grandes. Maurí dijo lo que dicen las niñas y entonces la pequeña Vivian, con una calma que elaba la sangre respondió, “Yo voy a ser actriz, una gran actriz, una actriz famosa.” No lo dijo como un sueño, lo dijo como quien anuncia algo que ya está decidido, como una certeza. Tenía 7 años.

Esa niña, que se sentía abandonada al borde del mundo, había encontrado, sin saberlo, su forma de sobrevivir. Si lograba ser tan brillante, tan deslumbrante, tan extraordinaria que fuera imposible apartar los ojos de ella, entonces nunca más volverían a dejarla sola. El aplauso de las multitudes ocuparía el lugar de los brazos que no estaban.

La admiración del mundo entero llenaría ese vacío inmenso del primer abandono. Muchos de quienes estudiaron su vida coinciden en que ahí, en ese pasillo frío de convento, nació la fuerza descomunal que la llevaría a la cima y quizás también la herida que nunca terminó de cerrarse. Aquellos años entre monjas le dejaron además otra marca más difícil de ver.

Le enseñaron a sostener una compostura impecable, aunque algo se estuviera quebrando en su interior. Le enseñaron que mostrar el dolor estaba mal visto, que una señorita debía sonreír, comportarse, no molestar nunca con sus penas. Vivian aprendió aquella lección demasiado bien. También que décadas más tarde, cuando la enfermedad la empujara al límite, seguiría intentando guardar las formas, disculparse, restar importancia a su propio sufrimiento.

La niña que aprendió a no llorar en voz alta, se convirtió en una mujer que pediría perdón por estar enferma. Y esa costumbre de callar, de aparentar que todo iba bien, le costaría carísima. Antes de continuar, queremos preguntarte algo. ¿Desde qué rincón del mundo nos acompañas hoy en esta historia? Déjanoslo en los comentarios.

Nos hace mucha ilusión leerlos y descubrir hasta dónde llegan estas vidas que rescatamos del olvido. Su padre, hombre inquieto y bohemio, la sacó del convento años después y la llevó de viaje por Europa. Vivían. Estudió en Italia, en Francia, en Alemania, en Austria. Cambió de colegio, de ciudad, de idioma.

Una y otra vez aprendió a hablar francés con fluidez, a moverse en los salones europeos, a observar a la gente con la mirada atenta de quien siempre es la recién llegada, la extranjera, la que tiene que ganarse un lugar en cada sitio nuevo. A los 19 años, regresó a Londres con una idea fija clavada en la cabeza, el teatro. Aquella promesa de la infancia seguía intacta.

De aquellos años errantes por Europa, Vivian sacó algo que la marcaría para siempre. Aprendió a ser camaleónica, a adaptarse a cualquier ambiente, a cualquier idioma, a cualquier salón. Aprendió a leer a las personas en segundos, a saber qué esperaban de ella y a dárselo. Era encantadora, divertida, brillante en una conversación, pero esa misma facilidad, para convertirse en lo que los demás querían, escondía una pregunta inquietante que la perseguiría toda la vida.

Detrás de todos esos rostros, de todos esos papeles, ¿quién era Vivian? ¿De verdad más? Era una pregunta peligrosa y todavía faltaban muchos años para que cobrara todo su sentido. Se inscribió en la Real Academia de Arte Dramático, la escuela más prestigiosa del país. Pero entonces, justo cuando empezaba a perseguir su sueño, apareció un hombre.

Se llamaba Herbert Lee Holman. Era abogado, 13 años mayor que ella, elegante, serio, reservado, todo lo contrario al mundo del espectáculo que él miraba concierto desde Vivian, joven y hermosa, se enamoró de esa solidez. Se casaron en diciembre de 1932 y poco más de un año después, en 1933, nació su hija Susan.

A los 20 años, Vivian Hartley tenía una casa hermosa, un marido respetable, una niña en brazos. Tenía exactamente todo lo que se suponía que debía desear una mujer de su tiempo y de su clase y no podía con esa vida. La asfixiaba porque la promesa que se había hecho a sí misma en aquel pasillo de convento seguía ardiendo dentro de ella, más fuerte que nunca.

la maternidad, el matrimonio, la respetabilidad. Nada de eso lograba apagar aquel fuego. Al contrario, cuanto más trataba de ser la esposa perfecta, más sentía que se ahogaba. Volvió a las clases de teatro, consiguió papeles minúsculos en el cine y en la escena y adoptó un nombre artístico que la acompañaría para siempre.

Tomó el segundo nombre de su marido, Ley, y transformó su propio nombre Vivian, en algo más luminoso. Así nació Vivian Ley. En 1935 le llegó la oportunidad que lo cambió todo, una obra de teatro titulada La máscara de la virtud. Vivien tenía un papel pequeño, casi secundario. Pero la noche del estreno ocurrió algo que nadie había previsto.

El público no podía dejar de mirarla. No era solo que fuera bella, que lo era de una manera casi irreal, era otra cosa, una luz, una presencia, un magnetismo que hacía imposible mirar a otro punto del escenario cuando ella estaba ahí. Y detrás de esa belleza había una actriz que trabajaba como pocas. tenía una memoria prodigiosa.

Le bastaba leer un texto una o dos veces para sabérselo de memoria entero. Estudiaba a sus personajes hasta el último gesto. Ensayaba sin descanso. Para vivien, la belleza nunca fue suficiente. Le dolía incluso que la gente se quedara solo en su cara y no viera el trabajo y la inteligencia que ponía en cada papel. Al día siguiente, los periódicos de Londres no hablaban de la obra, hablaban de ella, de esa joven desconocida que había eclipsado a todo el reparto sin apenas pronunciar palabra.

En una sola noche, Vivian Lee dejó de ser una aficionada y se convirtió en la nueva sensación de la ciudad. Los productores la buscaban, los fotógrafos la perseguían, los contratos llegaban. La promesa del convento empezaba por fin a cumplirse y entre quienes acudieron a verla actuar había un hombre que iba a cambiarle la vida para siempre.

Read More