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VICENTE FERNÁNDEZ: La ASQUEROSA Traición a CUQUITA… Y la AMANTE que Metió a su Propia CASA

Segundo, el mecanismo exacto por el que doña Cuquita aceptó vivir cinco décadas dentro de un matrimonio que el resto del mundo veía como un cuento de hadas, pero que en la intimidad del rancho era otra cosa, una cosa más complicada, una cosa donde la palabra dignidad se mezclaba con la palabra resignación hasta volverse imposibles de distinguir.

Y tercero, lo que doña Cuquita finalmente le dijo a Vicente Fernández en una conversación privada en el verano de 1980. Una conversación que cambió los términos del matrimonio para siempre, que selló el destino de Patricia Rivera con un dolor que ella nunca pudo superar y que dejó al pequeño Rodrigo de apenas dos años de edad sin un padre legal por el resto de su vida.

Aquí no hablamos de chismes, hablamos de declaraciones grabadas en programas de Televisa, de entrevistas con Patricia Rivera, donde ella misma confirmó episodios concretos de testimonios de empleados del rancho Los Tres Potrillos, que han ido apareciendo lentamente con el paso de los años, y de las propias palabras que Vicente Fernández dejó escapar en entrevistas tardías donde, ya enfermo, ya consciente de que el tiempo se acababa, intentó reescribir la versión oficial de las cosas sin lograrlo del todo. Para entender como Vicente

Fernández Gómez, nacido en Henitán, el Alto, Jalisco el 17 de febrero de 1940, terminó convertido en un hombre que durante cinco décadas mantuvo paralelamente un matrimonio legal y una serie de relaciones ocultas que ningún biógrafo oficial pudo documentar del todo. [resoplido] Hay que regresar muy atrás, mucho antes del estrellato, mucho antes de los tres potrillos, antes incluso del primer matrimonio con Cuquita en 1963.

Hay que regresar a un rancho pequeño de las afueras de Guadalajara, donde un niño aprendió desde antes de tener memoria que en el campo mexicano de los años 40 los hombres se medían por dos cosas, por la cantidad de caballos que tenían en sus corrales y por la cantidad de mujeres que pasaban por sus camas, sin que sus esposas legales pudieran reclamar absolutamente nada.

en Titán, el Alto, Jalisco, año de 1940. Una zona rural a las afueras de Guadalajara, donde las casas se levantan con adobe y donde las familias se mantienen con la cría de ganado y la venta de leche en los mercados locales. En una de esas casas modestas nace Vicente Fernández Gómez, hijo de Ramón Fernández, ganadero de mediana fortuna, y de Paula Gómez, ama de casa con un carácter fuerte que durante toda su vida mantendría el rancho funcionando con disciplina. militar.

La familia Fernández Gómez no era pobre, tampoco era rica. Era de esa clase media rural jaliciense que se consideraba a sí misma respetable, decente, católica, con valores tradicionales que se transmitían de padres a hijos con la misma firmeza con la que se transmitían las tierras y los caballos.

Pero hay un dato sobre Ramón Fernández del padre que la versión oficial de la biografía del charro siempre minimizó, pero que las personas que conocieron a la familia recuerdan con claridad. Ramón Fernández, según los testimonios consistentes de antiguos vecinos de Gen Titán, era un hombre con un patrón conocido en el campo jalisiense de la época.

Era un hombre con dos vidas paralelas, una vida pública con su esposa Paula y los hijos legítimos y una vida discreta con al menos otra mujer en un pueblo cercano donde, según los rumores, había engendrado uno o dos hijos más que nunca. Llevaron el apellido Fernández, pero que aparecían ocasionalmente en eventos familiares como sobrinos lejanos de la familia.

Recuerda esto porque es clave. El pequeño Vicente Fernández creció observando exactamente este patrón. [carraspeo] No como una anomalía, no como una excepción escandalosa, como una normalidad rural jalisiense que su propio padre practicaba con la misma naturalidad con la que se prendía un cigarro después de la cena. Vicente vio como su madre Paula, una mujer inteligente, fuerte, profundamente católica, manejaba esa situación.

La manejaba con un silencio digno que en los círculos sociales de Wenditán era admirado como una virtud femenina. La manejaba sin hacer escándalos en público, sin gritar en la mesa, sin denunciar nada frente a los hijos, solo callando, solo cargando, solo demostrando día tras día que la esposa legal era la que sostenía la casa, criaba a los hijos legítimos, manejaba las finanzas y representaba la dignidad familiar frente al mundo.

Las otras mujeres, las que Ramón visitaba ocasionalmente, eran un detalle secundario en la vida del patriarca. Un detalle que la esposa principal toleraba porque entendía algo que las mujeres más jóvenes todavía no habían aprendido. Entendía que pelear contra el patrón era inútil, que denunciarlo era exponerse a la vergüenza pública y que el matrimonio rural mexicano de los años 40 se basaba en un pacto silencioso donde la esposa cuidaba la apariencia exterior y el esposo a cambio garantizaba la estabilidad económica y el respeto

público de la familia. Ese pacto, ese pacto silencioso aprendido en una casa de adobe en Hen Titán, el Alto, Vicente Fernández lo asumiría como su modelo conyugal por el resto de su vida y se lo impondría, sin decirlo nunca explícitamente, a la mujer con la que se casó. A los 14 años, Vicente Fernández ya cantaba en cantinas pequeñas de Guadalajara por unos pocos pesos.

A los 16 ya había probado suerte como golero, como mesero, como vendedor de pollos en el mercado de San Juan de Dios, como empleado de una funeraria donde, según el propio Vicente contaría décadas después, en entrevistas con humor amargo, había aprendido lo poco que vale la dignidad humana cuando se mide en cajas de pino baratas.

Pero Vicente tenía algo que nadie más en su familia tenía. tenía una voz, una voz potente, abierta masculina, con esa textura específica del campo jalisiense, que parecía haber sido formada por el viento de los maizales y el polvo de los caminos rurales. Una voz que en cualquier cantina de Guadalajara, cuando Vicente subía a un improvisado escenario, hacía que los hombres dejaran sus cervezas a medio tomar y las mujeres se quedaran mirando con esa mezcla rara de respeto y deseo silencioso.

Y Vicente, que había crecido viendo a su padre Ramón usar el carisma masculino como una forma de poder rural, aprendió temprano a usar esa voz de la misma manera, no solo para cantar, para conquistar, para impresionar, para hacer que las personas, especialmente las mujeres, le abrieran puertas que de otro modo habrían permanecido cerradas para un muchacho de buen titán, sin estudios ni conexiones familiares.

A los 20 años, Vicente ya cantaba profesionalmente. Hacía giras pequeñas por los pueblos de Jalisco y Michoacán. Brababa demos en estudios modestos y empezaba a soñar con llegar algún día a la ciudad de México, donde se cocinaba la música ranchera de verdad, donde los productores discográficos firmaban contratos millonarios, donde José Alfredo Jiménez, su ídolo absoluto, escribía canciones que sonaban en todas las radios del país.

Y entonces, en 1962, durante un baile popular en la plaza central de Gentitán, Vicente Fernández conoció a una muchacha del pueblo cercano de San Juan de los Lagos. Una muchacha de 17 años, católica e hija de comerciantes locales, educada en colegios de monjas, tímida, pero con un carácter firme que Vicente notó desde el primer baile.

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