Y mientras eso ocurría, Carles Torras seguía siendo el productor que trabaja desde detrás. Su nombre aparece vinculado a formatos como Conexión Samanta. Y hay una cosa que te quiero decir, proyectos solventes, trabajo real. Pero en el ecosistema mediático español, donde la fama es una moneda de cambio específica, la distancia entre los dos no dejó de crecer.
Durante años, sin embargo, esa simetría no fue noticia. La familia funcionaba. J nació en 2003, Mireya en 2006 y en 2018, tras 8 años de trámites, culminaron la adopción de Dorjete, una niña de costa de marfil. La llegada de la pequeña fue recibida como lo que era. Una decisión generosa, deliberada, cargada de significado.
No un gesto de imagen, sino un compromiso real con una criatura que necesitaba una familia. Para los que los seguían desde fuera, Susana Griso y Carles Torras representaban exactamente eso. Una pareja que había elegido construir en silencio lo que otros exhiben en portada. Una familia de verdad, dicen, es la que no necesita demostrar que lo es.
Pero las familias de verdad también se rompen y cuando lo hacen en silencio, nadie ve venir el momento. Hay parejas que duran porque se necesitan. Hay parejas que duran porque se tienen miedo a lo que vendría después. Y hay parejas que duran porque durante mucho tiempo son genuinamente un buen equipo. Susana Griso y Carles Torras pertenecían a esta última categoría y esa distinción importa porque explica por qué lo que vino después dolió de una manera particular.
Se conocieron trabajando en Cataluña Radio, no en una fiesta, no a través de un representante, no en el tipo de encuentro calculado que produce la industria del entretenimiento. Se conocieron en el único contexto donde dos personas de ese perfil podían reconocerse de verdad, en el trabajo, compartiéndolo, viendo cómo pensaba el otro bajo presión, cómo reaccionaba ante una noticia difícil, cómo construía un relato cuando el tiempo se acababa y había que decidir qué era lo importante.
crea un tipo de vínculo que es difícil de replicar y también difícil de disolver sin que duela en un sitio muy específico. El respeto profesional que precede al amor y que a veces sobrevive cuando el amor ya no alcanza. Antes de que los caminos profesionales de ambos divergieran por completo, fueron socios y coadministradores de una sociedad llamada Paraules Animades SL, un proyecto compartido, un nombre en común en un registro mercantil, la clase de detalle que no aparece en las revistas del corazón, pero que dice más
sobre una pareja que cualquier sesión de fotos. Dos personas que confiaron la una en la otra con algo tan serio como un negocio y luego estuvieron las pérdidas. Porque los años que precedieron a la separación no fueron años normales para Susana Griso, fueron años de duelo acumulado del tipo que no se procesa en un ciclo, sino que se va apilando capa sobre capa hasta que el peso cambia la forma de todo lo que hay debajo.
En noviembre de 2017, su madre Monserrat Raventó falleció a causa de un ictus y el 27 de junio de 2019 su hermana mayor murió de manera repentina por un infarto. Esta segunda pérdida tuvo una dimensión adicional que quienes la siguen recuerdan bien. Susana se enteró estando en directo. El programa continuó. Ella no.
En esos momentos, según las crónicas de la época, Carles estuvo presente. Fue el apoyo, el pilar. Y eso no es un detalle menor en una historia que termina en separación, porque obliga a hacer una pregunta incómoda. ¿Cuándo exactamente dejó de ser suficiente el hecho de estar? ¿En qué punto la presencia física deja de cubrir la distancia que ha crecido en otro plan? Años después, en el podcast de Pilar Vidal, Susana habló de él con una precisión que vale la pena escuchar despacio.
Pensé que siempre iba a estar ahí. Es el padre de mis hijos al que quiero mucho y que yo tenía que cuidar y me propuse cuidarle. Esa frase tiene varias capas. La primera es evidente. El afecto era real. La segunda es más silenciosa. En algún momento del matrimonio, la dirección del cuidado se había invertido o complicado.
Ella se había propuesto cuidarle a él no como algo natural entre iguales, sino como una decisión consciente, casi una obligación autoimpuesta, el tipo de cosa que se dice cuando uno ha notado que el equilibrio se ha desplazado y ha elegido compensarlo en lugar de nombrarlo. Y luego añadió algo que lo resume todo con una claridad que ningún periodista habría encontrado mejor.
También fue porque nosotros éramos un muy buen equipo como pareja y entonces hemos intentado también ser buen equipo cuando nos hemos separado. Un buen equipo, eso fueron. Y esa es exactamente la clase de vínculo que más cuesta romper, no porque sea apasionado, sino porque es funcional, real, construido con años de trabajo compartido y pérdidas atravesadas juntos.
No se rompe con un escándalo, se rompe despacio cuando cada uno empieza a ver que lo que los une ya no alcanza para lo que cada uno necesita ser. Lo que ninguno de los dos contó en ese momento y que la prensa intentó reconstruir desde fuera era la dimensión más incómoda de todo esto, la que no tenía que ver con el desgaste emocional, sino con algo mucho más concreto, más político y más específicamente catalán, porque España estaba cambiando.
Y dentro de esa casa los dos lo estaban viviendo de maneras que ya no tenían traducción el uno para el otro. España no se rompió de golpe. Se fue agrietando durante años por una línea de fractura que muchas familias catalanas conocen bien, la que separa a quienes quieren quedarse de quienes quieren marcharse.
Y en el caso de Susana Griso y Carles Torras, esa línea no corría entre ellos y el resto del país. Corría entre ellos dos. Carles Torras no ocultaba su posición. En su blog personal publicó artículos con títulos que no dejaban lugar a la interpretación. 25 razones para irse de España, aunque no seas catalán, 25 verdades como puños sobre el procés, 15 elementos grotescos del decorado político español.
No era la opinión privada de alguien que prefiere no mezclar política y vida pública. Era una declaración sostenida, documentada, visible para cualquiera que quisiera buscarla. En octubre de 2019, en plenas protestas por la sentencia del Procés, publicó un tweet que concentraba todo. España ha hecho pedagogía de la violencia.
8 años de pacifismo solo han servido para tener a siete cargos electos y a dos activistas políticos en la cárcel. Somos gente de paz, pero no El tweet generó reacciones inmediatas, apoyo de unos, rechazo de otros e, inevitablemente preguntas sobre su mujer, porque su mujer era Susana Griso, presentadora de Antena 3, rostro de las mañanas de una cadena nacional con sede en Madrid, una periodista catalana que había construido su credibilidad precisamente en el espacio de la moderación, en la capacidad de hablar con todos los lados sin ser
reclamada por ninguno. Griso se había mostrado siempre comedida en el debate entre España y Cataluña, lo que le había llevado a protagonizar alguna polémica con entrevistados como Laura Borras de Jun per Cataluña, pero había navegado ese territorio con la habilidad de alguien que sabe exactamente lo que se juega.
Lo que los tweets de su marido ponían en escena era la contradicción que llevaban años gestionando en privado. Ella representaba institucionalmente una España unida desde un canal nacional. Él decía públicamente que esa España era un decorado grotesco. No hacía falta que ninguno de los dos lo dijera en voz alta para que la tensión existiera.

La tensión existía porque la situación la producía y luego estaba la asimetría que llevaba años instalada en el centro de la relación. Cuando Susana Griso se convirtió en la presentadora mejor pagada de A3 Media, cuando su nombre se hizo sinónimo de un horario entero de la televisión española, cuando los premios se acumularon.
Antena de oro, micrófono de oro, premio ondas. Carles Torras seguía siendo para la mayoría del público una referencia entre paréntesis, el marido de el productor, el que también hay una forma específica de invisibilidad que produces ese tipo de situación y no es fácil de habitar durante dos décadas sin que deje marca. La propia Susana lo había detectado y lo había nombrado desde su plató con esa mezcla de orgullo e incomodidad que tiene quien defiende alguien que no ha pedido ser defendido.
Mi marido, incluso cuando dirige programas, dicen que el marido de Susana Griso está diciendo tal cosa y no ponen su nombre. Era una queja legítima. Era también el retrato involuntario de un desequilibrio que ninguno de los dos había elegido, pero que los dos estaban pagando. Y mientras todo eso se asentaba, llegaron las pérdidas.
Una detrás de otra, el padre. Luego la madre en noviembre de 2017, luego la hermana mayor en junio de 2019. Cuatro duelos en pocos años. El tipo de acumulación que transforma a las personas no de manera dramática, sino de manera silenciosa e irreversible. Cambia lo que uno considera importante. Cambia la tolerancia hacia lo que ya no funciona.
Cambia la disposición a seguir invirtiendo energía en mantener una forma que ha perdido el fondo. En 2018, en el punto más oscuro de ese ciclo de pérdidas, llegó también lo que llevaban 8 años esperando, la adopción de Doret, una niña de costa de marfil. Un proceso largo, lleno de trámites y esperas y frustraciones burocráticas que solo se sostiene si los dos empujan en la misma dirección. que lo completaran juntos.
En ese momento dice algo sobre lo que todavía quedaba entre ellos, pero también plantea una pregunta que no tiene respuesta fácil. ¿Puede un proyecto compartido tan grande sostener una relación que en otros aspectos ya ha comenzado a vaciarse? A veces sí. A veces ese proyecto es exactamente lo que da tiempo para que algo se reconstruya y a veces es lo último que los dos hacen juntos antes de que ya no quede más por construir.
El 23 de diciembre de 2020 era miércoles, faltaban dos días para Navidad y a las 8 de la mañana la revista Semana publicó en portada lo que el entorno más cercano de la pareja llevaba semanas sabiendo y el resto de España no. Susana Griso y Carles Torras se separaban después de 23 años de matrimonio. El timing no fue casual ni fue cruel por accidente.
Fue simplemente lo que pasa cuando una noticia filtrada escapa al control de quienes querían manejarla. Alguien habló. Alguien que conocía la situación real decidió, por los motivos que fueran, que la discreción de dos décadas tenía un límite y ese límite llegó a pocas horas de Nochebuena. Lo que siguió en las horas inmediatas fue una demostración precisa de cómo funciona el control de daños cuando la persona afectada es alguien que conoce el oficio desde dentro.
Susana Griso no salió a desmentir, no convocó una rueda de prensa, no publicó un comunicado. Lo que hizo fue exactamente lo contrario. Eligió la palabra más pequeña posible para nombrar la cosa más grande que le había pasado en años. Paréntesis. A través de su representante y luego en declaraciones a Hola.
La presentadora confirmó lo suficiente para no poder ser acusada de mentir y negó lo suficiente para no tener que explicar nada. Estaban en un paréntesis de pareja, no era definitivo. Pasarían las Navidades juntos en Barcelona con los tres hijos, el tiempo diría. Pero mientras Susana hablaba de paréntesis, la revista Lecturas llevaba a su portada algo más concreto.
Las propiedades valiosas que la pareja iba a repartirse no era especulación, era el tipo de información que solo se obtiene cuando los movimientos económicos ya han comenzado, cuando hay abogados, cuando hay decisiones tomadas que dejan rastro en documentos que no mienten, aunque las palabras de los implicados sí puedan matizar.
La contradicción entre el paréntesis de Susana y los movimientos patrimoniales que documentaba lecturas era el mapa exacto de lo que estaba ocurriendo. Una separación real en marcha, gestionada con toda la discreción posible por dos personas que no querían espectáculo, pero que ya no podían evitar que el mundo mirara.
Entonces llegó la pregunta que nadie había hecho todavía de manera directa. ¿Por qué? Según fuentes periodísticas recogidas por la revista Semana, la causa principal habría sido el desgaste acumulado durante años y, de manera específica el independentismo radical de Carles Torras. una posición política que había ido intensificándose con el tiempo y que, según esas mismas fuentes había generado tensiones crecientes dentro del matrimonio.
No una pelea concreta, no un episodio que pueda señalarse con fecha, sino la acumulación lenta de dos visiones del mundo que cada vez tenían menos intersección. El periodista Jaime Peñafiel lo formuló en su columna del mundo con la precisión irónica que lo caracteriza. A punto de celebrar sus bodas de plata, la presentadora se separaba por sorpresa de su marido tras 23 años y tres hijos y añadía la pregunta que flotaba en el ambiente.
¿Había sido la política el motivo? Tanto él como ella, escribió Peñael habían vuelto donde solían profesionalmente hablando. Es una lectura que tiene lógica y que encaja con los hechos documentados, pero también es una lectura incompleta porque reduce a una sola causa lo que probablemente fue la confluencia de varias.
El desgaste que menciona Semana no es solo político, es el desgaste de dos personas que llevan dos décadas construyendo vidas paralelas que en algún punto dejaron de converger. el productor invisible detrás del apellido de su mujer. Ella rostro institucional de una cadena nacional desde una posición que no admite fisuras públicas.
Dos catalanes en Madrid que hablaban catalán con sus hijos en casa y que, sin embargo, representaban públicamente dos respuestas distintas a la misma pregunta sobre qué significa ser catalán en la España de 2017, de 2018, de 2019. Y luego estaba lo que ningún artículo de Prensa Rosa capturó del todo, el hecho de que esa separación se produjo después de los años más duros de la vida personal de Susana Griso, después de cuatro duelos, después de la adopción, después de todo aquello que los había mantenido juntos bajo presión, como si
el matrimonio hubiera aguantado exactamente mientras hubo algo urgente que atravesar juntos y hubiera comenzado a descomponerse en el momento en que ya no quedaba nada más que sostener colectivamente lo que no hubo. Y esto importa. Fue guerra. No hubo declaraciones cruzadas en Tele5. No hubo portadas de acusación.
No hubo filtración de mensajes ni de audios ni de fotografías comprometedoras. Carles Torras no habló. Susana habló lo mínimo y los dos mantuvieron desde el primer día una relación funcional por el bien de sus tres hijos, que era también la relación que más les definía como personas más allá del matrimonio. Eso no hace la historia menos real, la hace más difícil de contar.
Porque las historias que no tienen villano exigen otro tipo de atención. Exigen mirar no al momento en que todo explota, sino al proceso largo y silencioso en que todo se va enfriando. Y ese proceso, en este caso duró años. Años en los que una mujer seguía apareciendo cada mañana en pantalla, perfectamente compuesta, mientras dentro de su casa se gestaba el final de la vida que había construido desde los veintitantos.
La historia oficial no se sostenía desde mucho antes del 23 de diciembre. Lo que cambió ese día es que ya no había forma de seguir sosteniéndola. Cuando una separación ocurre en silencio, el silencio no dura. Lo que ocurre es que otras voces lo llenan. Y en la España mediática de 2020 y 2021, las voces que llenaron el silencio de Susana Griso y Carles Torras dijeron cosas muy distintas sobre lo que esa historia significaba realmente.
Para una parte de la prensa, el relato era político, un matrimonio destruido por el Procés, una presentadora moderada que no podía sostener a su lado a un hombre que llamaba España un decorado grotesco. una historia que encajaba perfectamente en el marco de una época en que las familias catalanas se habían dividido en cenas de Navidad, en grupos de WhatsApp, en conversaciones que ya no terminaban igual que empezaban.
Esa lectura tenía la ventaja de ser limpia legible y de convertir una ruptura privada en un síntoma de algo más grande. Pero esa lectura también tenía un problema. la reducía a ella, a Susana, a lo que ella había tolerado o dejado de tolerar, como si el matrimonio fuera un test de compatibilidad ideológica que ella había suspendido al no mantenerlo unido, como si la responsabilidad de que dos personas con visiones del mundo divergentes siguieran juntas recayera, como tantas veces, sobre la que tenía más que perder públicamente. Porque lo
que rara vez se discutió en aquellas semanas fue la otra cara de la simetría, el hecho de que Carles Torras había pasado 23 años siendo el marido de que su nombre propio, su trabajo, su visión del mundo habían existido durante dos décadas a la sombra de un apellido que no era el suyo, que la radicalización de su posición política, visible, documentada, cada vez más intensa, podía leerse también como la expresión de alguien que necesitaba ocupar un espacio propio, que el matrimonio, tal como estaba configurado, no le dejaba.
Eso no justifica nada ni condena nada, pero es parte de la historia que el foco mediático no iluminó. Ocupado como estaba en construir el relato más simple. Ella, la víctima discreta, él el ideólogo incómodo. Lo que sí ocurrió, y esto sí está documentado, es que Susana Griso eligió desde el primer momento una narrativa que pertenecía completamente, la del duelo sin rabia, la del proyecto que termina, pero deja un cariño que no termina.
En el podcast de Pilar Vidal, meses después de la separación, dijo algo que la prensa rosa recogió como declaración sentimental, pero que era en realidad una toma de posición muy precisa sobre cómo quería que se leyera su historia. Yo no viví el divorcio con rabia, lo viví con dolor porque es un proyecto que termina.

Una periodista sabe exactamente lo que hace cuando elige una palabra y descarta otra. Rabia habría dado combustible a la narrativa del conflicto. Dolor cerraba esa puerta y abría otra. la de una mujer que sufre, pero que gestiona ese sufrimiento con dignidad, que no necesita un villano para que su historia tenga sentido.
Esa elección narrativa fue también una forma de proteger algo, a sus hijos, evidentemente, a la relación funcional que necesitaba mantener con el padre de esos hijos, pero también a sí misma, a la imagen de una mujer que no pierde el control, que no se convierte en personaje de la prensa que ella misma modera cada mañana, que no da al espectáculo lo que el espectáculo pide.
Y ahí está la paradoja más profunda de esta historia. Susana Griso lleva 20 años al frente de un programa que alinaliza disecciona y comenta la vida privada de otros. Ha cubierto separaciones, escándalos, portadas de crisis y reconciliación. Conoce mejor que nadie los mecanismos por los que una historia privada se convierte en consumo público.
Y cuando le tocó a ella, utilizó exactamente ese conocimiento para hacer lo único que ese mecanismo no sabe manejar, no darle nada. Un paréntesis, un dolor sin rabia, un equipo que sigue siendo equipo aunque ya no sea pareja. España consume el dolor ajeno con una naturalidad que ha convertido en costumbre. Lo que Susana Griso le negó a ese consumo no fue la historia, fue el espectáculo.
Y esa negativa sostenida durante meses con una disciplina casi profesional es quizás lo más revelador de quién es esta mujer más allá de la mesa de presentadora. Fon 7. Lo que queda cuando el ruido se bajo el handror. Hay una frase que Jan Torras Griso Leje dijo a su madre cuando tenía 17 años y ella estaba atravesando el final de su matrimonio.
Una frase que Susana repitió públicamente porque le había ayudado más que cualquier otra cosa que le dijeran los adultos de su entorno. No pasa nada. Ahora vamos a tener la mejor versión de cada uno de vosotros. 17 años. 17. Hay algo en esa frase que dice más sobre lo que fue ese matrimonio, cualquier portada de revista.
Dice que un hijo había crecido viendo a dos personas que se querían pero que se habían ido convirtiendo con el tiempo, en versiones reducidas de sí mismas dentro de la relación, que la separación no le parecía una catástrofe, sino una liberación de algo que llevaba, tiempo siendo demasiado estrecho para los dos, que a veces los hijos ven con más claridad que los padres lo que ya no funciona, precisamente porque no tienen nada que proteger, salvo la verdad.
Lo que quedó después del ruido fue, en primer lugar, una familia que siguió siendo familia de otra manera. Susana y Carles mantuvieron lo que ella llamó el equipo, no el matrimonio, sino la estructura de cuidado que habían construido alrededor de tres hijos que necesitaban a los dos presentes y funcionales.
Dorset, que llegó a sus vidas después de 8 años de espera y que tenía seis cuando sus padres se separaron, era la que peor llevó la ruptura según las crónicas de entonces. Y eso es que cualquier declaración pública da la medida de lo que estaba en juego en cada decisión que tomaron sobre cómo gestionar el final.
Lo que quedó también fue una mujer que tuvo que aprender a existir fuera de una identidad que llevaba 23 años construida en parte sobre la D. Otro. Eso no es un proceso rápido ni limpio. Es el tipo de reconstrucción que no tiene titular porque ocurre en los márgenes. En las mañanas antes de llegar al estudio, en las noches después de que los hijos se duermen.
Susana Griso siguió apareciendo cada mañana en pantalla. Siguió analizando las noticias, conduciendo el debate, siendo la voz serena que Media España enciende con el café. Nadie al otro lado de la pantalla habría notado la diferencia. Eso también es una forma de fortaleza. Y también si uno lo mira de cerca, una forma de soledad muy particular, la de quien no puede permitirse en público lo que cualquier persona necesita en privado.
Con el tiempo llegó lo que suele llegar cuando alguien deja de estar disponible emocionalmente para el dolor y empieza a estarlo para otra cosa. Llegó despacio y con la discreción que caracteriza todo lo que Susana Griso hace fuera del plató. Una vida nueva. Primero Joaquín Well discretamente, luego Iñigo Afán de Rivera también en silencio.
Y finalmente Luis Enrquez Nistal, un ejecutivo del sector de los medios al que conocía desde 2007 a través de un amigo común y con quien la relación sentimental com enero de 2025. En octubre de ese mismo año, en su 56 cumpleaños, encontró un anillo debajo de una taza de café. La boda está fijada para el 25 de julio de 2026 en la Costa Brava, la tierra a la que siempre ha vuelto.
Hay algo significativo en ese detalle. No la boda en sí, sino el lugar. La Costa Brava, Cataluña. Las raíces que nunca abandonó aunque construyera su carrera en Madrid, aunque su voz fuera la de una cadena nacional, aunque su nombre se asociara a un horario y a una audiencia que va mucho más allá de su tierra.
Como si después de todo lo que queda cuando se retira el ruido fuera exactamente lo que había al principio. Una mujer de Barcelona que habla catalán con sus hijos, que vuelve al mar cuando puede y que aprendió muy pronto que hay cosas que no se dicen en voz alta porque no necesitan ser dichas para ser reales.
Carles Torras sigue siendo el padre de sus hijos, sigue siendo el hombre con quien construyó la mayor parte de su vida adulta, sigue siendo, según sus propias palabras, alguien a quien quiere. Lo que dejó de ser es la persona con quien compartir lo que viene después. Y eso, sin rabia y sin espectáculo, es todo lo que ella ha dicho al respecto.
Todo lo que ha necesitado decir. 3 años, tres hijos, un paréntesis que resultó ser un punto final y una presentadora que sabe mejor que nadie que las historias más importantes rara vez caben en un titular. Si esta historia te ha hecho pensar en las que se cuentan en silencio, suscríbete al canal y activa las notificaciones.
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