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Sissi: La Emperatriz que lo Tenía Todo… Pero Vivió como una Prisionera

Montaba con una habilidad que dejaba boquiabiertos a los jinetes más experimentados, inclinándose sobre el cuello del animal como si fuera una extensión de su propio cuerpo, como si solo en ese movimiento veloz encontrara algo que el resto del mundo no podía darle. Los árboles pasaban como destellos verdes a ambos lados. El viento le golpeaba la cara y le deshacía el peinado que su institutriz había pasado 20 minutos componiendo.

Y ella sonreía con esa sonrisa que los retratos de su juventud capturaron y que hay que ver para entender por qué un joven emperador perdió la cabeza. Tenía también una relación extraña con la poesía desde muy temprano. Sí. Si escribía versos que escondía entre las páginas de los libros de historia natural que se suponía que debía estudiar.

Versos que hablaban de libertad, de pájaros enjaulados, de ríos que corrían hacia el mar sin que nadie los detuviera, de montañas que no preguntaban a los viajeros de dónde venían. Es fascinante, si uno lo piensa con detenimiento, que una niña que todavía no había conocido ninguna jaula ya escribiera sobre el encierro, como si en algún lugar profundo de su ser ya supiera lo que se aproximaba.

como si el instinto le dijera algo que la inteligencia todavía no podía formular. Su padre la adoraba. Maximiliano le enseñó a montar, le enseñó a amar la naturaleza, le inculcó ese desprecio aristocrático por la rigidez y las convenciones que marcaría toda su vida. Era el Padre que te enseña a volar sin decirte nunca que el cielo tiene límites.

Quizás fue ese el primer regalo envenenado de su vida, porque cuando el encierro llegó, llegó desde una altura de la que era imposible no caer. Las lecciones que recibía eran las de su clase y su época. Había tardes en que el duque Maximiliano llegaba a las habitaciones de sus hijos con su cítara bajo el brazo y con esa sonrisa de conspirador que significaba que las lecciones habían terminado por ese día.

Com and sea, kinder decía y los niños no necesitaban que se lo dijera dos veces. Bajaban corriendo las escaleras de Posenhofen hacia el jardín mientras la institutriz protestaba desde el pasillo con la eficacia de quien sabe que no hay nadie escuchándola. Esas tardes, en la orilla del lago, con el sol bajando sobre el agua y la voz de su padre cantando canciones que había aprendido en sus viajes a Grecia o a Italia, sí sentía que el mundo era exactamente del tamaño correcto.

Ni demasiado grande, ni demasiado pequeño, solo suficiente. francés que hablaba con fluidez desde los 8 años. Piano, aunque con menos entusiasmo del que sus profesoras hubieran deseado, historia y literatura, que sí le apasionaban con una intensidad que sorprendía a los que la conocían. Pero lo que nadie le enseñaba de manera formal, lo que aprendía sola entre los árboles y los caballos y los poemas escondidos, era algo infinitamente más valioso y más peligroso.

La convicción de que su vida interior le pertenecía a ella. que había un territorio dentro de sí misma donde nadie tenía derecho a entrar. Esa convicción la acompañaría durante 60 años y le costaría literalmente todo lo demás. Y y y y El verano de 1853 cambió todo. Sí, sí. Tenía 15 años. Su hermana mayor, Helen, conocida en la familia como Nen, era considerada la candidata perfecta para el joven emperador Francisco José de Austria, que tenía 23 años y cuya madre llevaba tiempo buscando para él una esposa adecuada. La madre de ambas, la duquesa

Ludovica, había acordado con la archiduquesa Sofía, madre del emperador y hermana de Ludovica, que el encuentro tendría lugar en Bad Isel. El balneario de moda en Los Alpes, donde la familia imperial pasaba los veranos. Era un plan limpio, ordenado, sin sorpresas, como una ecuación cuya solución ya se conoce de antemano.

Helín y Francisco José se conocerían, se gustarían, se casarían. Sí acompañante, como la hermana menor que todavía jugaba con los caballos y escribía poemas raros en los márgenes de sus cuadernos. El viaje desde Munich a Bad Isell duró 2 días en carruaje. Era agosto de 1853 y el calor húmedo de los valles alpinos se metía por las ventanas del vehículo.

A pesar de las cortinas entreabiertos, Helen iba repasando en voz baja las frases de presentación que su madre le había enseñado para el encuentro con el emperador. La duquesa Ludovica la corregía con la paciencia tensa de quien sabe que hay mucho en juego. Sí. Si miraba por la ventana, miraba los ríos y los bosques y las vacas y los campanarios y pensaba, según escribió después en su diario, que el mundo fuera del carruaje parecía libre de una manera que el mundo dentro del carruaje había dejado de ser desde hacía ya varios

días. Sí. Sií. Fue todo el tiempo mirando por la ventana los paisajes alpinos, los prados verdes con sus vacas de cencerros, los pueblos con las iglesias de cúpula vulvosa, los ríos que bajaban turbios y rápidos de las montañas de agosto. Llegaron a Ischel en la tarde del 16 de agosto. Helen iba nerviosa, perfectamente vestida, perfectamente peinada, perfectamente preparada para su destino. Sí.

llegó con el cabello medio deshecho por el viaje y una pregunta en los ojos que no era de ansiedad, sino de curiosidad genuina. ¿Cómo era exactamente un emperador? Pero los planes que hacen los adultos no siempre sobreviven al primer momento de verdad. Cuando Francisco José vio entrar a Elizabeth en aquella sala de Bad Isell, algo se rompió en el orden previsto.

El joven soberano, educado desde la cuna para controlar cada gesto, cada emoción, cada decisión de estado, miró a aquella muchacha de pelo oscuro y ojos enormes y supo, con esa certeza fulminante que solo aparece unas pocas veces en la vida, que no podía casarse con Helen. quería a Elizabeth. La quería con esa obstinación repentina de los hombres, que raramente desean algo y que cuando lo desean no saben ceder.

Al día siguiente pidió su mano. La archiduquesa Sofía, su madre, quedó desconcertada. Elen era la candidata ideal, bien educada, seria, preparada para las responsabilidades del trono. Elizabeth era una niña de 15 años que montaba a caballo con demasiada energía y que tenía una manera de mirar que daba la impresión de que estaba pensando en otra cosa completamente diferente a lo que se estaba diciendo en la sala.

Pero Francisco José era el emperador y cuando el emperador quería algo, Sofía aprendía a quererlo también, aunque le costara. Sí, sí, lloró. Eso no aparece en los cuadros oficiales, no está en las pinturas que la inmortalizan con la corona y el manto imperial, pero está en las cartas que escribió a su padre en aquellos días.

Está en los testimonios de su institutriz y de las damas que la rodeaban. Lloró porque tenía 15 años y porque la habían elegido para algo que no había pedido. Lloró también, quizás, por algo que no sabía nombrar todavía, la intuición de que a partir de ese momento su vida dejaría de pertenecerle completamente.

Pero también en algún lugar que todavía no sabía nombrar, sentía que aquel joven de mirada seria y porte militar la miraba como nadie la había mirado antes, con una especie de hambre respetuosa, como si ella fuera lo más real que hubiera visto en su vida. Y eso a los 15 años puede pesar más que el miedo, más que la intuición, más que todas las advertencias del mundo.

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