Montaba con una habilidad que dejaba boquiabiertos a los jinetes más experimentados, inclinándose sobre el cuello del animal como si fuera una extensión de su propio cuerpo, como si solo en ese movimiento veloz encontrara algo que el resto del mundo no podía darle. Los árboles pasaban como destellos verdes a ambos lados. El viento le golpeaba la cara y le deshacía el peinado que su institutriz había pasado 20 minutos componiendo.
Y ella sonreía con esa sonrisa que los retratos de su juventud capturaron y que hay que ver para entender por qué un joven emperador perdió la cabeza. Tenía también una relación extraña con la poesía desde muy temprano. Sí. Si escribía versos que escondía entre las páginas de los libros de historia natural que se suponía que debía estudiar.
Versos que hablaban de libertad, de pájaros enjaulados, de ríos que corrían hacia el mar sin que nadie los detuviera, de montañas que no preguntaban a los viajeros de dónde venían. Es fascinante, si uno lo piensa con detenimiento, que una niña que todavía no había conocido ninguna jaula ya escribiera sobre el encierro, como si en algún lugar profundo de su ser ya supiera lo que se aproximaba.
como si el instinto le dijera algo que la inteligencia todavía no podía formular. Su padre la adoraba. Maximiliano le enseñó a montar, le enseñó a amar la naturaleza, le inculcó ese desprecio aristocrático por la rigidez y las convenciones que marcaría toda su vida. Era el Padre que te enseña a volar sin decirte nunca que el cielo tiene límites.
Quizás fue ese el primer regalo envenenado de su vida, porque cuando el encierro llegó, llegó desde una altura de la que era imposible no caer. Las lecciones que recibía eran las de su clase y su época. Había tardes en que el duque Maximiliano llegaba a las habitaciones de sus hijos con su cítara bajo el brazo y con esa sonrisa de conspirador que significaba que las lecciones habían terminado por ese día.
Com and sea, kinder decía y los niños no necesitaban que se lo dijera dos veces. Bajaban corriendo las escaleras de Posenhofen hacia el jardín mientras la institutriz protestaba desde el pasillo con la eficacia de quien sabe que no hay nadie escuchándola. Esas tardes, en la orilla del lago, con el sol bajando sobre el agua y la voz de su padre cantando canciones que había aprendido en sus viajes a Grecia o a Italia, sí sentía que el mundo era exactamente del tamaño correcto.
Ni demasiado grande, ni demasiado pequeño, solo suficiente. francés que hablaba con fluidez desde los 8 años. Piano, aunque con menos entusiasmo del que sus profesoras hubieran deseado, historia y literatura, que sí le apasionaban con una intensidad que sorprendía a los que la conocían. Pero lo que nadie le enseñaba de manera formal, lo que aprendía sola entre los árboles y los caballos y los poemas escondidos, era algo infinitamente más valioso y más peligroso.
La convicción de que su vida interior le pertenecía a ella. que había un territorio dentro de sí misma donde nadie tenía derecho a entrar. Esa convicción la acompañaría durante 60 años y le costaría literalmente todo lo demás. Y y y y El verano de 1853 cambió todo. Sí, sí. Tenía 15 años. Su hermana mayor, Helen, conocida en la familia como Nen, era considerada la candidata perfecta para el joven emperador Francisco José de Austria, que tenía 23 años y cuya madre llevaba tiempo buscando para él una esposa adecuada. La madre de ambas, la duquesa
Ludovica, había acordado con la archiduquesa Sofía, madre del emperador y hermana de Ludovica, que el encuentro tendría lugar en Bad Isel. El balneario de moda en Los Alpes, donde la familia imperial pasaba los veranos. Era un plan limpio, ordenado, sin sorpresas, como una ecuación cuya solución ya se conoce de antemano.
Helín y Francisco José se conocerían, se gustarían, se casarían. Sí acompañante, como la hermana menor que todavía jugaba con los caballos y escribía poemas raros en los márgenes de sus cuadernos. El viaje desde Munich a Bad Isell duró 2 días en carruaje. Era agosto de 1853 y el calor húmedo de los valles alpinos se metía por las ventanas del vehículo.
A pesar de las cortinas entreabiertos, Helen iba repasando en voz baja las frases de presentación que su madre le había enseñado para el encuentro con el emperador. La duquesa Ludovica la corregía con la paciencia tensa de quien sabe que hay mucho en juego. Sí. Si miraba por la ventana, miraba los ríos y los bosques y las vacas y los campanarios y pensaba, según escribió después en su diario, que el mundo fuera del carruaje parecía libre de una manera que el mundo dentro del carruaje había dejado de ser desde hacía ya varios
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días. Sí. Sií. Fue todo el tiempo mirando por la ventana los paisajes alpinos, los prados verdes con sus vacas de cencerros, los pueblos con las iglesias de cúpula vulvosa, los ríos que bajaban turbios y rápidos de las montañas de agosto. Llegaron a Ischel en la tarde del 16 de agosto. Helen iba nerviosa, perfectamente vestida, perfectamente peinada, perfectamente preparada para su destino. Sí.
llegó con el cabello medio deshecho por el viaje y una pregunta en los ojos que no era de ansiedad, sino de curiosidad genuina. ¿Cómo era exactamente un emperador? Pero los planes que hacen los adultos no siempre sobreviven al primer momento de verdad. Cuando Francisco José vio entrar a Elizabeth en aquella sala de Bad Isell, algo se rompió en el orden previsto.
El joven soberano, educado desde la cuna para controlar cada gesto, cada emoción, cada decisión de estado, miró a aquella muchacha de pelo oscuro y ojos enormes y supo, con esa certeza fulminante que solo aparece unas pocas veces en la vida, que no podía casarse con Helen. quería a Elizabeth. La quería con esa obstinación repentina de los hombres, que raramente desean algo y que cuando lo desean no saben ceder.
Al día siguiente pidió su mano. La archiduquesa Sofía, su madre, quedó desconcertada. Elen era la candidata ideal, bien educada, seria, preparada para las responsabilidades del trono. Elizabeth era una niña de 15 años que montaba a caballo con demasiada energía y que tenía una manera de mirar que daba la impresión de que estaba pensando en otra cosa completamente diferente a lo que se estaba diciendo en la sala.
Pero Francisco José era el emperador y cuando el emperador quería algo, Sofía aprendía a quererlo también, aunque le costara. Sí, sí, lloró. Eso no aparece en los cuadros oficiales, no está en las pinturas que la inmortalizan con la corona y el manto imperial, pero está en las cartas que escribió a su padre en aquellos días.
Está en los testimonios de su institutriz y de las damas que la rodeaban. Lloró porque tenía 15 años y porque la habían elegido para algo que no había pedido. Lloró también, quizás, por algo que no sabía nombrar todavía, la intuición de que a partir de ese momento su vida dejaría de pertenecerle completamente.
Pero también en algún lugar que todavía no sabía nombrar, sentía que aquel joven de mirada seria y porte militar la miraba como nadie la había mirado antes, con una especie de hambre respetuosa, como si ella fuera lo más real que hubiera visto en su vida. Y eso a los 15 años puede pesar más que el miedo, más que la intuición, más que todas las advertencias del mundo.
Los meses de noviazgo que siguieron estuvieron marcados por esa mezcla peculiar de fascinación e inquietud que caracteriza a los compromisos que la vida impone antes de que la persona tenga edad suficiente para comprender completamente lo prose que está firmando. Francisco José visitó a Elizabeth en Posenhaffen en septiembre de 1853, pocas semanas después de Bad Isell.
La encontró en el jardín montada a caballo con el pelo suelto y la falda que se había subido de una manera que habría escandalizado a su madre. Él la observó desde la verja durante un momento antes de anunciarse. Según un testimonio de un criado de la casa que fue recogido décadas después, el joven emperador se quedó parado allí con su uniforme militar, perfectamente abotonado, mirando a aquella muchacha que cabalgaba sin preocuparse de nada y sonrió de una manera que sus asistentes dijeron no haberle visto nunca en los actos
oficiales. Era quizás la última vez que ninguno de los dos era completamente libre al mismo tiempo por esa mezcla peculiar de fascinación e inquietud. Francisco José le escribía cartas ardientes llenas de una ternura que su educación rígida raramente le permitía expresar de otra manera. Le enviaba flores y pequeños regalos.
viajaba a Baviera cada vez que el peso del Estado se lo permitía, que no era tan a menudo como él hubiera querido. Y Elizabeth le respondía con afecto real, con ese afecto fresco y sin cálculo de los 15 años. Aunque en sus diarios que guardaba bajo llave también había preguntas que nadie hubiera querido que Francisco José leyera.
pregunta sobre lo que significaba ser emperatriz, sobre si podría seguir montando a caballo, sobre si tendría que vivir siempre en Viena. Las respuestas que obtuvo de su madre y de su institutriz fueron tranquilizadoras y vagas. No era el momento de hacer demasiadas preguntas. La boda se celebró el 24 de abril de 1854 en Viena y los preparativos de los meses anteriores habían sido una iniciación en el tipo de existencia que esperaba a Elizabeth.
Cada aspecto de su persona fue sometido a revisión y a corrección. Su manera de caminar fue evaluada y encontrada demasiado rápida, demasiado enérgica, demasiado poco imperial. Su manera de sentarse fue corregida. Debía mantener la espalda recta, los pies juntos, las manos en el regazo en el ángulo preciso. Su manera de sonreír considerada excesiva para determinados contextos.
Una emperatriz sonreía con mesura, no con esa apertura fresca que el pueblo encontraba encantadora, pero que los diplomáticos extranjeros podían malinterpretar como falta de seriedad. Se le asignó un séquito de damas de compañía bienesas que no conocía y a quienes no había elegido. Mujeres entrenadas en el protocolo del Hofburg, que observaban y reportaban y que en los primeros meses se referían a ella entre sí, según testimonios que surgieron décadas después, como la Bábara, no con afecto con la ligera condescendencia de las que ya estaban allí hacia la que
acababa de llegar, sin saber las reglas. Elizabeth observaba todo esto con los ojos muy abiertos y una expresión que sus contemporáneos describían como serena y que era en realidad el rostro de alguien que está acumulando todo lo que no puede decir en voz alta y que no sabe todavía dónde va a ponerlo.
En la Iglesia de los agustinos. Elizabeth tenía 16 años recién cumplidos. Las crónicas de la época hablan de una ciudad entera paralizada por la emoción, de multitudes que lloraban de alegría en las calles desde el amanecer, de flores arrojadas desde los balcones sobre el carruaje imperial, de campanas que repicaban en cada iglesia de la ciudad.
Para el pueblo bien es era el cuento perfecto, el joven y apuesto emperador que elige el amor sobre la conveniencia, la princesa Bárbara de sonrisa fresca que llega a salvar el corazón de Austria. Nadie veía lo que sí si veía desde dentro del carruaje, la enormidad de lo que acababa de perder, porque Viena no era Posenhofen.
El palacio de Hofburg, con sus 500 habitaciones y sus pasillos que parecían no tener fin, y sus reglas que regulaban desde la hora a la que debía levantarse hasta el ángulo en que debía inclinar la cabeza ante determinados dignatarios, no era aquel castillo desvencijado entre los bosques bárbaros y la archiduquesa Sofía, su nueva suegra, no era nadie que fuera a dejarla correr descalsa entre los árboles.
Sofía de Austria era una mujer de acero. La llamaban el único hombre de la familia Absburgo y no era un cumplido vacío. Había sobrevivido a décadas de política imperial con una frialdad y una determinación que pocos podían igualar. Había visto tronos caer y revoluciones estallar y territorios perderse, y había aprendido que la única manera de sobrevivir en ese mundo era siendo más dura que el mundo mismo.
Para ella, una emperatriz no era una persona, era una función, era un cuerpo que debía producir herederos sanos y varones. Era un rostro que debía representar la majestad del imperio ante los extranjeros. Era una voz que debía guardar silencio en los momentos equivocados y hablar las palabras correctas en los momentos correctos.
Elizabeth, con su pelo suelto y sus poemas escondidos, y su insistencia en montar a caballo durante horas y su manera de mirar a la gente como si estuviera evaluando si merecían su atención o no, era todo lo contrario de lo que Sofía quería en una emperatriz. Lo que siguió durante los primeros años de matrimonio fue una guerra silenciosa.
Pero también hubo momentos en que el amor real entre Francisco, José y Elizabeth era visible de una manera que hacía que todo lo demás pareciera menos definitivo, que habrían la posibilidad, aunque fuera brevemente, de que las cosas pudieran haber sido diferentes. Había noches en que Francisco José llegaba a las habitaciones privadas de Elizabeth después de horas de despacho con los documentos de estado, cansado con ese cansancio concreto de quien carga con el peso de un imperio y la encontraba leyendo en el sillón junto a
la ventana con el pelo suelto sobre los hombros y se sentaba simplemente a su lado, sin hablar, sin el protocolo de las apariciones públicas. Y durante un rato eran solo dos personas jóvenes compartiendo un silencio y Elizabeth dejaba el libro sobre su regazo y miraba el perfil de él, ese perfil que había aprendido de memoria sin proponérselo.
Y pensaba que quizás, quizás, pero esos momentos nunca duraban suficiente. El reloj sonaba, los ayudantes llamaban a la puerta. El imperio reclamaba a su soberano con la urgencia de algo que nunca termina. Y Francisco José se levantaba, se abotonaba la chaqueta con esos movimientos automáticos de quien lleva el uniforme más tiempo que cualquier otra ropa y se iba.
Y la habitación quedaba del tamaño correcto para Elizabeth otra vez, que era el tamaño de algo demasiado pequeño para contenerla. Fue una guerra silenciosa, devastadora, que se libraba en los pasillos del Hofburg con armas invisibles pero certeras. Sofía controlaba los horarios de Elizabeth con una meticulosidad que rozaba lo obsesivo.
Le decía cómo debía vestirse para cada ocasión. Le indicaba qué temas eran apropiados de conversación y cuáles debía evitar. supervisaba sus lecturas, comentaba su manera de caminar, de sentarse, de inclinarse ante los invitados de estado. Era una educación constante e implacable, transmitida con la cortesía glacial de quien está completamente convencido de tener razón y de que la otra persona es simplemente demasiado joven o demasiado ignorante para entenderlo todavía.
Y cuando nacieron los primeros hijos, cuando Gisela llegó en 1856 y Rudolf en 1858, Sofía los tomó literalmente bajo su tutela argumentando que la emperatriz era demasiado joven, el demasiado inexperta, demasiado poco formada en las tradiciones imperiales para criarlos según los estándares que los herederos de los Absburgos requerían.
Las habitaciones de los niños estaban bajo la supervisión directa de la archiduquesa. Elizabeth llegaba a verlos y encontraba la puerta custodiada por institutrices que respondían a su suegra, no a ella. Preguntaba por Rudolf y le decían que estaba descansando, que no era el momento, que mejor volviera más tarde.
Pedía que le trajeran a Gisela y la traían. Sí, pero siempre en presencia de las damas elegidas por Sofía, que observaban y luego informaban. ¿Cómo se describe eso sin que parezca exagerado? ¿Cómo se explica el dolor de una madre a quien le roban la maternidad en nombre del protocolo y la tradición imperial? Hubo una tarde, según el testimonio de la condesa Festerex, dama de compañía de Elizabeth, durante muchos años en que la emperatriz llegó a las habitaciones de los niños y encontró la puerta cerrada.
Llamó una de las institutrices le dijo desde dentro que el archiduque Rudolp estaba estudiando y que la archiduquesa Sofía había dado instrucciones de que no se interrumpiera la lección. Elizabeth se quedó un momento en silencio detrás de la puerta cerrada. La condesa Festetics, que estaba a su lado, dijo que en ese momento vio algo en el rostro de la emperatriz que nunca olvidó.
No era rabia, no era dolor del tipo que se llora, era algo más frío y más definitivo. Era la comprensión formulada en ese instante, con una claridad que no admitía ambigüedad de que el sistema había ganado. “Podría usted imaginar”, le dijo Elizabeth en voz muy baja, sin apartar los ojos de la puerta cerrada, lo que significa para una madre no poder entrar a ver a su propio hijo sin pedir permiso.
Condesa Festetics no supo que responder. La emperatriz dio media vuelta y se fue hacia las caballerizas sin decir nada más. ¿Cómo se explica el dolor de una madre a quien le roban la maternidad en nombre del protocolo y la tradición imperial? Elizabeth lo describió ella misma en sus poemas. Aquellos versos que seguía escribiendo en secreto, con una amargura que se iba espesando con los años como el hielo en los Alpes en invierno.
Escribía de pájaros que golpeaban las rejas de sus jaulas hasta romperse las alas. Escribía de reinas que vivían en palacios que eran prisiones de mármol. Escribía de ríos encadenados que soñaban con el mar. No eran metáforas abstractas buscadas en los libros. eran transcripciones literales de su vida diaria, travestidas de poesía para que pudieran existir sin que nadie la cerrara con llave.
Francisco José la amaba. De eso no cabe duda alguna. la amaba con esa intensidad torpe de los hombres que no saben amar de otra manera que no sea queriendo poseer lo que aman, proteger lo que aman hasta asfixiarlo. Pero era el emperador de Austria, el soberano de un imperio que se extendía desde el norte de Italia hasta las fronteras del Imperio Otomano.
Un hombre educado desde la cuna para creer que el deber era siempre más grande que el deseo, que la razón de estado era siempre más urgente que la emoción privada. Y cuando el deber y el amor entraron en conflicto, como entraron una y otra vez durante décadas, siempre ganó el deber. Siempre. Y cada vez que ganaba el deber, algo en Elizabeth se rompía un poco más, de una manera que no hacía ruido, pero que era irreparable.
Los primeros síntomas físicos aparecieron temprano, dos persistente que los médicos de la corte no lograban explicar. Pérdida de peso notable en una mujer que ya de por sí era delgada, agotamiento que la dejaba postrada en cama durante días enteros con las cortinas cerradas y las visitas rechazadas. Los médicos hablaban de constitución débil, de nervios delicados, del clima de Viena que era demasiado húmedo para una chica criada en las alturas bárbaras.
Recomendaban reposo, recomendaban aires del sur, recomendaban con la delicadeza codificada de la medicina del siglo XIX, que la emperatriz fuera enviada a convalecer lejos del palacio por un tiempo. Hoy reconoceríamos sin dificultad los signos de una depresión severa, quizás también los primeros indicios de los trastornos alimentarios que la acompañarían toda su vida.
Pero en 1857 en la Corte Imperial de Viena no existían esas palabras ni esos conceptos. En el vocabulario médico existía la voluntad, existía el deber, existía la fortaleza moral. Y si te faltaban, era un defecto de carácter, una flaqueza personal, no una enfermedad que mereciera diagnóstico y tratamiento con la misma seriedad que se trataba una fractura de hueso.
Lo que nadie supo ver a tiempo fue que Elizabeth no era débil, era exactamente lo contrario. Era una mujer de una voluntad extraordinaria que estaba siendo consumida por un sistema que exigía su aniquilación completa. Era un fuego que el palacio intentaba apagar cubriéndolo de protocolo y de expectativas hasta que dejara de quemar.
Y el fuego naturalmente se negaba. El año 1857 trajo la primera tragedia sin disimulo posible. Fue en mayo durante aquel viaje a Hungría que debería haber sido un acto de acercamiento diplomático y que se convirtió en la primera herida que no cicatrizó del todo. Los dos hijos mayores habían sido llevados en el viaje, algo que Elizabeth había pedido con insistencia.
La pequeña Sofía, de 2 años apenas cayó enferma durante los primeros días del viaje. Los médicos que acompañaban a la comitiva hablaron de un catarro de algo menor. Elizabeth pidió volver a Viena inmediatamente. Le dijeron que el viaje continuaba, que los compromisos del estado no podían modificarse por la fiebre de una niña que estaba en buenas manos. I2 N.
La condesa Esterasi. presente en aquellos días, recogió en su correspondencia privada que Elizabeth no dormía, que pasaba las noches sentada junto a la cuna de su hija con la mano dentro, sosteniendo esa mano pequeña que ardía. “¿No comprenden?”, dijo en una de esas noches a la condesa con una voz que no era de una emperatriz, sino de una madre de 19 años.
“¿No comprenden que si algo le pasa no me lo perdonaré nunca?” La pequeña Sofía murió el 29 de mayo de 1857. Elizabeth tenía 19 años y algo en ella que todavía podía romperse se rompió esa noche de manera que ningún médico de la corte sabría reparar jamás. La primera que ya no podía envolverse en capas de convención y apariencia.
La pequeña Sofía, la hija menor que había nacido en marzo de ese año y que llevaba el nombre de su abuela, la archiduquesa, murió a los 2 años durante un viaje imperial por Hungría, víctima de una disentería que entonces hacía estragos entre los niños de todas las clases. El duelo de Elizabeth fue descrito por los testigos como algo que daba miedo ver en su intensidad.

una mujer que lloraba sin parar, que no quería comer, que se negaba a separarse del pequeño cuerpo de su hija, que tenía que ser literalmente apartada cuando llegaban los médicos. La archiduquesa Sofía, según algunos testimonios, consideró que aquel dolor tan expuesto, tan físico, tan poco contenido, era un exceso de sentimentalismo inconveniente para una emperatriz, que lo que había que hacer era recuperarse con dignidad y seguir adelante.
Ese momento fue el punto sin retorno. Elizabeth decidió entonces, de manera más o menos consciente, que sobreviviría, pero que sobreviviría a su manera y que si no podía tener libertad en el alma, la tendría en el cuerpo. Comenzó con los caballos, que siempre habían sido su refugio, pero que ahora se convirtieron en algo más cercano a la religión.
Las horas que pasaba montando se multiplicaron de manera que empezó a alarmar incluso a Francisco José. 5 horas al día, 6 horas, a veces siete, hasta que los músculos ardían con ese dolor limpio que vacía la mente de todo lo demás. Los médicos protestaban. La corte murmuraba. Francisco José la miraba con esa mezcla de admiración y alarma que era la marca característica de su amor por ella.
Ella seguía montando. Luego vino la disciplina física que los contemporáneos admiraban como una virtud sobrenatural y que hoy reconoceríamos como algo más complejo y más oscuro. Había algo casi ritual en la manera en que Elizabeth gestionaba cada día de su vida en el Hofburg. Se levantaba antes del amanecer, se ponía la ropa de gimnasio, que era una rareza en sí misma para una emperatriz.
y durante dos horas trabajaba con las barras y los aros que había mandado instalar en sus habitaciones privadas con la determinación de quien está construyendo una fortaleza. Sus damas de compañía, que rotaban por turno en ese servicio, describían esas sesiones matutinas con una mezcla de admiración y angustia.
La emperatriz se ejercitaba, escribió la condesa Festetics en su diario, como si de ello dependiera su vida. No como quien cuida su salud, como quien está librando una batalla. Después venían las 3 horas con Fanny para el cabello. Después el desayuno que era siempre escaso, caldo, una fruta, quizás una taza de leche. Después las obligaciones imperiales, los despachos, las audiencias, los actos de representación que exigían la presencia de la emperatriz y que ella cumplía con una corrección impecable y una distancia interior que los observadores atentos
describían como la de alguien. que está pensando en otra cosa y después, si era posible, las caballerizas, siempre las caballerizas como una virtud sobrenatural y que hoy reconoceríamos como algo más complejo y más oscuro. En una época en que se esperaba que las mujeres de Alcurnia vivieran en una suerte de inmovilidad decorativa, Elizabeth se convirtió en una atleta de una determinación que rozaba el fanatismo.
gimnasia diaria durante 2 horas con barras y argollas instaladas en sus habitaciones privadas del palacio, natación en el lago siempre que era posible. Largas caminatas a paso rápido que dejaban extenuados y humillados a los acompañantes que intentaban seguirle el ritmo. Su cintura se convirtió en leyenda en toda Europa, 52 cm en su mejor época, que mantenía con la ayuda de un corsé que apretaba hasta el límite de lo que los huesos podían tolerar.
Había días en que sus damas de compañía reportaban que la emperatriz había comido solo una naranja y un vaso de leche. Los médicos elaboraban dietas, ella las ignoraba. Hoy lo llamaríamos una relación profundamente perturbada con la alimentación y el cuerpo, la expresión física de una guerra interior que no tenía otro campo de batalla disponible.
Lo que escondía era el único territorio donde Elizabeth seguía siendo dueña de sí misma, su propio cuerpo. Si no podía controlar lo que pasaba fuera, controlaría con una precisión feroz lo que pasaba dentro. Si el palacio podía quitarle a sus hijos y sus horas y su voluntad, no podía quitarle esto. Su cabello se convirtió en otra obsesión pública que era en realidad una declaración privada.
negro, brillante, con reflejos castaños bajo la luz del sol, de una longitud que llegaba hasta el suelo cuando lo soltaba en toda su extensión. El cabello de Elizabeth era famoso en toda Europa. Su peluquera personal, Funny Anger, tardaba 3 horas cada mañana en cepillarlo y componerlo en los peinados elaborados que la etiqueta imperial requería.
Elizabeth exigía que los cabellos que caían durante el proceso le fueran presentados en un platillo de plata para contarlos. Si caían demasiados, el día comenzaba con una espiral de angustia que sus damas de compañía aprendieron a manejar con la paciencia de quien ha visto el mismo temporal demasiadas veces. No era vanidad simple, era control, era el único dominio donde el protocolo imperial no podía entrar a dictar sus normas.
Y luego estaba Hungría, que fue quizás la historia de amor más verdadera de toda su vida. La relación de Elizabeth con Hungría fue uno de los grandes amores de su existencia, quizás el único que le correspondió plenamente y sin condiciones desde su primer viaje en 1857, algo en aquel país, en su música melancólica y apasionada al mismo tiempo, en su pueblo orgulloso y rebelde que se negaba a doblarse, aunque la historia intentara romperlo, en sus paisajes de llanuras infinitas, tan diferentes de los Alpes austriíacos, que eran como estar en otro mundo. Conectó
con algo en Elizabeth que el resto de Europa nunca había sabido tocar. Los húngaros la adoraban desde el primer momento. La veían con esa intuición que tienen a veces los pueblos oprimidos para reconocer a sus iguales en espíritu, como alguien que entendía lo que significaba ser aplastado por el mismo imperio que los aplastaba a ellos.
alguien que no encajaba en el molde que Biena quería imponerle. Igual que Hungría, no encajaba en el molde que Biena quería imponerle. Había entre ellos y ella una solidaridad no declarada, más fuerte porque nunca necesitó ser nombrada para existir. Aprendió húngaro con una dedicación que sorprendió incluso a quienes ya conocían su capacidad de obstinación.
Pero hay que entender qué significaba ese aprendizaje en el contexto de su vida, porque no era solo el aprendizaje de una lengua, era una declaración de identidad en negativo. Soy lo contrario de lo que Viena quiere que sea. Porque Viena despreciaba Hungría con esa condescendencia de los imperios hacia los pueblos que han conquistado, pero que no han podido doblegar del todo.
Los húngaros eran, en el imaginario oficial de la corte, un pueblo primitivo y revoltoso que había tenido la mala educación de resistirse a ser absorbido con elegancia, hablar su idioma de verdad, no de manera ornamental. Era un acto político de una audacia que nadie en el palacio habría esperado de la emperatriz.
Nadie, excepto quienes la conocían de verdad, que sabían que Elizabeth era perfectamente capaz de la audacia cuando algo la importaba suficientemente. Sus primeras profesoras de húngaro quedaron desconcertadas por la velocidad con que aprendía y por la naturaleza de lo que quería aprender. No le interesaban las fórmulas de cortesía, las frases de protocolo, las palabras que una emperatriz necesitaría para dirigirse a sus súbditos húngaros en los actos oficiales.
Le interesaba la lengua viva, la lengua de los poemas de Petuffi, que se había convertido en el poeta nacional de Hungría, en parte porque había muerto joven en la revolución del 48, precisamente contra el imperio austriaco. le pedía a sus profesoras que le explicaran los giros del húngaro que no tenían equivalente en alemán, esas palabras y construcciones que contienen ideas que otras lenguas no han sabido formular.
Hay una palabra húngara, banat, que significa algo parecido a una tristeza que se lleva consigo de manera permanente, una melancolía que forma parte de la identidad de quien la siente. Elizabeth la aprendió y según sus damas de compañía, la usó a menudo en los años posteriores en húngaro, como si no hubiera equivalente en ninguna de las otras lenguas que hablaba, quizás porque no lo había, incluso a quienes ya conocían su capacidad de obstinación, no el húngaro de protocolo, no unas frases aprendidas para los discursos oficiales,
sino húngaro de verdad, fluido, matizado, con los giros idiomáticos que solo aprende quien quien se sienta a escuchar con paciencia y amor genuino. Lo hablaba con sus damas de compañía húngaras, lo leía en los libros de historia y de poesía que encargaba de Budapest. Lo escribía en su diario en los días en que quería que lo que pensaba tuviera cierto grado adicional de privacidad.
Era una declaración política en una corte donde la política nunca descansaba y también era algo más profundo, más personal, un acto de amor hacia un pueblo que la hacía sentir humana en un mundo que quería hacer la estatua. Fue en este contexto donde apareció Jula Andrasi y donde comenzó uno de los capítulos de su vida que ha generado más especulación y menos certeza.
El primer encuentro documentado entre ambos tuvo lugar en Budapest en 1866 en una recepción oficial en la que Andrasi acababa de ser presentado formalmente ante la corte imperial tras años de exilio y amnistía, los contemporáneos que estuvieron presentes dejaron descripciones del momento que varían en los detalles, pero coinciden en lo esencial, que cuando Andrasi se inclinó ante la emperatriz con esa elegancia de quien ha aprendido la cortesía en las cortes de París y que cuando ella le extendió la mano con ese gesto suyo, que era al mismo tiempo
protocolo y desafío, hubo un momento de reconocimiento entre los dos que varios testigos describieron, independientemente como algo fuera de lo ordinario, como si dos personas que ya se conocieran de antes se encontraran finalmente en un lugar donde podían decirlo en voz alta. He oído hablar mucho de usted”, dijo Elizabeth en húngaro.
“Un idioma que Andrasi no esperaba escuchar de boca de la emperatriz de Austria. Todo lo que ha oído”, respondió él sin alterar el tono. “Es verdad, majestad, especialmente lo peor.” Ella soltó una carcajada breve, de esas que no tienen cálculo, y quienes la conocían dijeron que era raro escucharla reír de esa manera en un acto oficial.
muy raro y donde comenzó uno de los capítulos de su vida que ha generado más especulación y menos certeza. Andrasi era un noble húngaro de apellido antiguo y presencia física que los contemporáneos describían de manera bastante unánime como devastadora, alto, de cabello oscuro, con esa combinación de elegancia y peligro que produce en los hombres haber sido condenados a muerte y haber sobrevivido para contarlo.
Había luchado contra el imperio austríaco en la revolución de 1848. Había sido condenado a muerte en ausencia. Había pasado años de exilio en París antes de ser amnistiado y poder regresar a su país. Era exactamente el tipo de hombre que Sofía de Austria habría prohibido que se acercara a su nuera con una sola mirada, lo cual inevitablemente lo hacía enormemente interesante.
La naturaleza exacta de la relación entre Elizabeth y Andrasi ha sido debatida durante más de 150 años sin resolución definitiva. Los historiadores más cautos hablan de una profunda amistad política y emocional. Los más atrevidos señalan que la pequeña Marie Valerie, la hija menor de Elizabeth, nacida en 1868 en Budapest y apodada por su madre, la hija húngara, tenía un parecido físico con Andrasi, que muchos en la corte notaron, pero que nadie mencionó en voz alta, nunca se confirmó nada.
Los documentos que podrían haberlo hecho fueron destruidos o permanecen sellados. Pero lo que sí es cierto es que Elizabeth utilizó toda su influencia sobre Francisco José para abogar por Hungría de manera apasionada y persistente durante años. presionó por el compromiso de 1867 el acuerdo que transformó el imperio austriaco en el imperio austrohúngngaro y que dio a Hungría la autonomía que llevaba décadas reclamando con la sangre.
Cuando se firmó, Andrasi se convirtió en uno de los primeros ministros del nuevo gobierno húngaro. Y cuando los nuevos soberanos fueron coronados en Budapest en julio de 1867, Elizabeth lloraba no de emoción protocolaria, de algo real. Fue quizás el único momento de su vida adulta en que la vida pública y la vida privada confluyeron en algo que no era dolor.
Lo que nadie sabía todavía era que ese fuego también se apagaría y que la oscuridad que vendría después sería más profunda que ninguna anterior. El final de los años 60 y el comienzo de los 70 marcaron el apogeo de todo, de su belleza, que los pintores y los fotógrafos intentaban capturar con una avidez casi desesperada de su influencia política mayor de lo que nunca se reconoció oficialmente de su presencia mítica en Europa que había alcanzado dimensiones globales.
era fotografiada en cada viaje, en cada aparición pública, y las fotos circulaban con una velocidad que los medios del siglo X hacían posible a través del grabado y la reproducción en papel, ya era, en su efecto, algo cercano a lo viral. Su imagen viajaba más rápido que ella misma. Las mujeres de toda Europa copiaban su peinado con la precisión de quien sigue una partitura.
era, en el sentido más moderno de la palabra, una celebridad global de primera magnitud, una marca, una imagen cuya existencia pública ya no le pertenecía. Y sin embargo, en las cartas que escribía a sus pocas amigas íntimas, en los poemas que seguía escribiendo con letra cada vez más apretada, la sensación que aparecía una y otra vez no era la del triunfo, era la del agotamiento profundo de alguien que ha representado un papel durante tanto tiempo que ya no recuerda si hay alguien detrás del personaje.
era la de alguien que ha aprendido a vivir para los demás tan perfectamente que ya no encuentra el camino de vuelta a sí misma. Fue en este periodo cuando el hábito de viajar se convirtió en algo muy parecido a una necesidad biológica. No el tipo de viaje que hacen los emperadores con comitivas de 500 personas y banquetes de 20 platos y discursos preparados por semanas, sino algo completamente diferente.
Viajes con un séquito mínimo, con equipaje reducido, con identidad encubierta bajo el alias de condesa de Hoenems, que usaba cada vez que quería que el mundo la dejara tranquila. a Madeira, donde el clima suave y el anonimato relativo le permitían pasar días enteros caminando junto al océano, a Corfu, que se convirtió con los años en su segundo hogar y donde mandó construir el palacio de Achileyón a Inglaterra e Irlanda, donde podía montar con una libertad que Viena nunca le dio, donde los ingleses, con esa mezcla particular de admiración
y discreción que los caracteriza, la reconocían. Y luego tenían la cortesía de no interferir. Cada vez que regresaba a Viena duraba menos tiempo antes de necesitar marcharse de nuevo. La ciudad, que debería haber sido su hogar, la hacía sentir cada vez con más intensidad, como una extraña en territorio hostil.
Francisco José lo aceptaba porque la amaba de una manera que incluía el entendimiento, sin articularlo nunca, de que intentar retenerla por la fuerza era perderla de una manera más definitiva. Las cartas que se intercambiaban durante las separaciones son documentos extraordinarios en su elocuencia dolorosa.
él escribiéndole con una ternura que su educación casi nunca le permitía expresar cara a cara, contándole los detalles triviales de la vida del palacio, preguntando con una ansiosidad que intentaba disimular cuándo volvería. Ella respondiendo con afecto real, pero con esa distancia que ya no podía fingir que no existía, hablando de los caballos y de los paisajes y de los libros, evitando siempre, con una habilidad que debía costarle algo, la pregunta implícita en cada carta de él.
Y luego llegó el invierno de 1889, el invierno que partió su mundo en dos. Pero antes de Myling, en los años que mediaron entre el apogeo húngaro y aquel invierno oscuro, hubo otras pérdidas que la historia recoge con menos dramatismo, pero que no fueron menos reales. La relación con Francisco José fue deteriorándose no de una manera espectacular, sino de la manera más dolorosa, que es la silenciosa y gradual.
Había años en que se veían pocas semanas. Había periodos en que las cartas tardaban días en recibir respuesta y en que las respuestas eran cortes y vacías, como los comunicados de estado. Francisco José, incapaz de seguirla en sus uidas, incapaz de renunciar a las responsabilidades que lo mantenían anclado en Viena mientras ella navegaba hacia Corfu o cabalgaba por las colinas de Irlanda, encontró compañía y consuelo en otra parte.
La actriz Ctherina Shrat se convirtió con los años en la presencia constante que Elizabeth no podía hacer. Era una relación que la corte conocía y que Elizabeth, según algunos testimonios, no solo toleraba, sino que en cierta manera, facilitó, como si la presencia de otra persona pudiera aliviar la culpa que sentía por sus propias ausencias.
Era un arreglo adulto y triste y completamente desprovisto del romanticismo con que la leyenda tiende a cubrir todo lo que rodea a estos personajes. Era dos personas que se habían amado y que ya no sabían cómo hacerlo de la manera en que el otro necesitaba. El único hijo varón de Elizabeth y Francisco José, el heredero al trono del imperio austrohúngngaro, fue encontrado muerto en su pabellón de casa de Mayerlin en las colinas boscosas al sur de Viena.
Tenía 30 años. A su lado estaba el cadáver de Mary Betsera, su amante de 17 años. Había sido un pacto de muerte, una decisión tomada por dos personas que habían elegido dejar juntos este mundo en lugar de separarse en él. Según las investigaciones que siguieron, Rudolph había intentado proponer ese pacto a otras mujeres antes de que Mary Betera, con la inconsciencia trágica de sus 17 años, hubiera aceptado.
La Corte Imperial intentó primero suprimir los detalles. Los comunicados oficiales hablaron de un ataque al corazón, de una muerte natural repentina, pero era imposible. Demasiadas personas sabían demasiado. La verdad se filtró con esa velocidad implacable de las noticias que no quieren ser contenidas, que se cuelan por las grietas del silencio oficial, como el agua que encuentra siempre su camino.
La noticia llegó a Elizabeth una mañana gris de enero mientras desayunaba en sus habitaciones privadas del Hofburg. Los testigos presentes describieron su reacción con palabras que reaparecen en todos los relatos de la época. Palabras que buscan describir algo para lo que el lenguaje ordinario no alcanza. Se quedó absolutamente inmóvil durante lo que pareció un tiempo muy largo.
No gritó, no se desmayó, no cayó. se quedó quieta como si el tiempo hubiera parado a su alrededor y ella fuera lo único que permanecía en pie en el centro de ese silencio. y luego muy despacio, se levantó de la silla, se alizó la falda negra con las dos manos en un gesto que los testigos recordarían durante décadas, y fue a la habitación de Francisco José para contarle lo que acababa de saber.
Lo que nadie escribió en los documentos oficiales, lo que circuló solo en los murmullos de los pasillos y en las cartas privadas de la época, era que Elizabeth culpó al sistema. Culpó al aparato del imperio que había aplastado a su hijo, igual que la había aplastado a ella, con la diferencia brutal de que ella había encontrado la manera de sobrevivir.
Y Rudolf no. Rudolph había crecido entre el peso aplastante del protocolo imperial y las expectativas incompatibles de un padre que quería un soberano y de una madre que lo adoraba cuando estaba presente y que luego desaparecía durante meses. Había crecido inteligente y curioso y melancólico con esa combinación fatal que a veces produce la aristocracia.
demasiado sensible para el mundo en que había nacido. Demasiado bien nacido para el mundo al que ese mundo sensible lo hubiera llevado si hubiera tenido libre elección. Escribía. tenía opiniones políticas que diferían de las de su padre en aspectos que en aquella época y en aquel sistema no podían expresarse abiertamente.
Amaba a su madre con esa intensidad particular de los hijos de madres ausentes que idealizan la presencia porque la escasez hace que todo se magnifique. Hubo una carta que Rudolph le escribió a Elizabeth cuando tenía 16 años, carta que está conservada en los archivos imperiales de Viena y que sus biógrafos citan como uno de los documentos más reveladores de su psicología.
“Quisiera poder decirte todo lo que pienso”, escribió en esa carta, “pero no sé si hay palabras para eso y tampoco sé si tú querrías escucharlas. A veces me pregunto si ser hijo tuyo significa estar condenado a tu misma clase de soledad o si hay alguna salida que tú no encontraste y que yo todavía puedo buscar. Elizabeth conservó esa carta durante el resto de su vida, doblada dentro de un pequeño medallón que llevaba siempre consigo.
Sus damas de compañía la vieron leerla muchas veces en silencio, con los labios apretados, imperial y las expectativas de un padre que lo amaba a su manera, pero que no sabía expresar ese amor de otra manera, que no fuera exigiendo que su hijo se convirtiera en el heredero perfecto. había crecido viendo a su madre huir, sabiendo que el palacio era una prisión y que la huida era la única forma de resistencia disponible.
Había bebido, había tomado morfina con la regularidad dominosa de quien ya no puede funcionar sin ella. Había intentado encontrar en los excesos lo que el sistema no le daba. La sensación de ser real, de existir más allá del papel que le habían asignado, había sido, en muchos sentidos dolorosamente precisos, el hijo de su madre, brillante, sensible, dotado de una inteligencia que el trono que lo esperaba no sabría usar, incapaz de encajar en el molde que el mundo le exigía.
La diferencia era que Elizabeth era lo suficientemente obstinada para seguir buscando los caballos y los poemas. y Rudolf ya no lo era en enero de 1889. ¿Cómo sobrevive una madre a eso? ¿Cómo se vive con la pregunta que nunca tiene respuesta, pero que tampoco desaparece? Decí algo que hiciste o que no hiciste o que huiste de hacer, contribuyó de alguna manera a que tu hijo llegara a esa habitación de Mayerling con una pistola y una decisión irrevocable.
Elizabeth no respondió a esa pregunta de manera directa en ningún documento que haya sobrevivido. Lo que hizo fue lo que había aprendido a hacer en los momentos de dolor que superaban su capacidad de contenerlos, transformarlo. Sus poemas cambiaron después de Myling. La melancolía que siempre había habitado en ellos se convirtió en algo más oscuro y más explícito.
escribía sobre la muerte como sobre una vieja conocida a quien esperaba con una mezcla de miedo y alivio. Escribía sobre el cansancio de seguir viva en un mundo que se había vuelto demasiado pesado para sostenerlo. Vistió de negro de manera exclusiva e inamovible desde entonces. El negro que era luto por Rudolp, pero también por algo más amplio y más difícil de nombrar.
El negro que era la renuncia definitiva a la imagen que el mundo había construido de ella. Ya no le importaba la belleza pública de la manera en que había importado antes. El abanico negro que usaba en las raras apariciones públicas era su escudo ante las cámaras, porque había dejado de querer ser fotografiada, porque la imagen que el mundo tenía de ella no era suya, y hacerla circular le parecía una mentira que no quería seguir alimentando.
Corfu se convirtió en su refugio más constante. había mandado construir allí el palacio de Aquileon en los años de su relativa gloria, dedicado al héroe griego Aquiles, el hombre que eligió una vida breve y gloriosa sobre una vida larga y sin nombre. Era una elección que decía todo sobre cómo Elizabeth pensaba su propio destino. Mandó colocar una estatua enorme del Aquiles moribundo en el jardín del palacio.
El héroe en el momento de la caída, la rodilla doblada sobre la tierra, la mano que intenta arrancarse la flecha del talón. Elizabeth la miraba durante horas desde su ventana. Nadie en la corte entendía exactamente qué veía en ella. También comenzó a interesarse de manera más intensa por el anarquismo y a cultivar amistades que habrían resultado escandalosas si la Corte hubiera sabido hasta qué punto llegaban.
Había entre sus damas de compañía húngaras mujeres con ideas políticas que en Viena no habrían podido expresarse en voz alta y Elizabeth las escuchaba con una atención que sus biógrafos han interpretado de maneras diversas. No era, según el consenso más extendido, una revolucionaria convencida. Era más bien alguien que encontraba en las ideas de aquellas mujeres un eco de algo que ella misma había sentido durante décadas sin poder nombrarlo del todo, que el orden establecido no era natural, sino construido, que los imperios eran
máquinas de producir sufrimiento disfrazado de grandeza, que la dignidad de un ser humano no dependía del rango en que había nacido. ideas que en 1895 eran radicales y que en 2024 parecen obvias, pero que entonces costaban la vida a quienes las defendían en los países equivocados. Lo que nadie sabía todavía, lo que solo se revelaría años después, era que uno de los hombres que andaba por esos círculos anarquistas europeos, un joven italiano que leía los manifiestos con el fervor de quien ha encontrado la religión que estaba
buscando, había puesto el nombre de Elizabeth en una lista, no una lista de aliados, una lista de objetivos. ese movimiento político que en los últimos años del siglo XIX agitaba Europa con la promesa violenta de destruir el orden establecido, no porque fuera una revolucionaria en el sentido práctico, sino porque algo en la rabia de los anarquistas contra los tronos y los imperios resonaba en ella de una manera que no podía explicar completamente.
Leía sus manifiestos. se reunía, según algunos testimonios que nunca fueron confirmados oficialmente con personas que circulaban por esos ambientes intelectuales. Para la corte de Viena, esto era una fuente constante de alarma. Para Elizabeth era quizás simplemente otra manera de sentirse por un momento del otro lado de la jaula.
El verano de 1898 la encontró en sus movimientos habituales de Viena a Iskol. de Iscol a Feldfing, de Feldfin a Ginebra. Tenía 60 años. seguía siendo una mujer de presencia extraordinaria, aunque el rostro que escondía detrás del abanico ya no era el de la emperatriz de los retratos de juventud, era el rostro de alguien que ha vivido demasiado y que lo sabe.
Sus damas de compañía reportaban que dormía mal, que comía poco incluso para sus estándares siempre austeros, que había periodos en que parecía simplemente estar esperando algo que no sabía nombrar. Llegó a Ginebra el 9 de septiembre de 1898 bajo el alias de Condesa de Johenems. Se hospedó en el Hotel Bu Rivage, frente al lago, en habitaciones con vistas al agua. Hizo lo que hacía en sus paradas.
caminó, respiró el aire del lago alemán, rechazó cortésmente las invitaciones de las autoridades locales que querían rendirle honores. La mañana del 10 de septiembre de 1898 amaneció gris y fresca sobre el lago. Elizabeth decidió dar un paseo antes de embarcar en el vaporcito que la llevaría a Montreu.
Sus damas la acompañaban a cierta distancia, siguiendo la regla que ella había impuesto años atrás, que le dejaran espacio, que no caminaran pegadas a ella. En el trayecto desde el hotel hasta el embarcadero, entre la gente que circulaba por el paseo Lacustre, un hombre joven se separó de la multitud y se acercó a ella. Se llamaba Luigi Lucheni. Tenía 25 años.
Era italiano, de origen pobre, trabajador ocasional. Anarquista declarado. Llevaba días en Ginebra esperando una oportunidad. Su objetivo original había sido el duque de Orleans, que había anunciado su presencia en la ciudad y luego había cambiado sus planes. Cuando los periódicos locales anunciaron que la emperatriz de Austria estaba alojada en el Bage, Luucheni trasladó su atención con la indiferencia de quien no distingue entre sus posibles víctimas, porque lo que importa no es la persona, sino el símbolo. Lo que ocurrió
duró unos pocos segundos. Lucheni se acercó a Elizabeth con un movimiento que podría haber sido el de cualquier transeunte. Llevaba oculto un pequeño estilete, una aguja de acero de 4 pulgadas que hundió en el pecho de la emperatriz con una violencia breve y casi invisible. Elizabeth cayó. Sus damas se precipitaron.
Lucheni desapareció entre la multitud momentáneamente antes de ser detenido. Lo que nadie entendió en ese primer instante, ni las damas. Ni los transeútes, ni la propia Elizabeth, fue la naturaleza real de la herida. El estilete era tan fino que casi no sangraba. El tipo de instrumento diseñado para penetrar, sin llamar la atención, para causar un daño que el cuerpo tarda en registrar como definitivo, Elizabeth se incorporó.
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preguntó con una calma desconcertante qué había ocurrido. Sus damas le dijeron que quizás alguien la había empujado. Ella asintió, se alizó el vestido, caminó hasta el embarcadero, subió al barco y entonces se desplomó. La herida, que había parecido tan pequeña, había penetrado el corazón. El pericardio se llenó de sangre lentamente con esa lentitud cruel que da al cuerpo humano unos últimos minutos de función aparentemente normal antes de que el sistema colapse de manera definitiva.
Los médicos que la atendieron a bordo hicieron lo que podían hacer, que era muy poco. La trasladaron de vuelta al hotel, intentaron todo. No había nada que intentar que cambiara el resultado. A las 2:30 de la tarde del 10 de septiembre de 1898, Elizabeth de Austria dejó de respirar. Sus últimas palabras, según el testimonio de su dama de compañía, Irma Starray, fueron una pregunta formulada con una voz que ya era casi inaudible.
¿Qué me ha pasado? Hay algo en esas cuatro palabras que resulta devastador cuando uno conoce toda la historia. Una mujer que había pasado 60 años intentando entender qué le estaba pasando, qué significaba ser ella en el mundo, que le había tocado habitar, muriendo con esa pregunta, todavía sin respuesta en los labios, como si la respuesta hubiera estado siempre justo un paso más allá de donde ella podía alcanzar, como si toda una vida no hubiera sido suficiente para encontrarla.
La noticia llegó a Francisco José mientras trabajaba en su despacho del Hofburg, como hacía todos los días, con la regularidad casi sagrada de un hombre que ha convertido el trabajo en la única certeza disponible. Y en las horas que siguieron, mientras las noticias se propagaban por el palacio y por la ciudad y por el continente, algo que los testigos no supieron cómo describir con precisión, ocurrió en los pasillos del Hofburg.
Las personas que conocían a Francisco José, que lo habían observado durante 50 años de reinado, decían que nunca lo habían visto así. No era el dolor del luto que él conocía y que había aprendido a mostrar con dignidad. Era algo diferente. Era el dolor de quien descubre cuando ya no hay remedio, que nunca dijo lo que debería haber dicho, que nunca hizo lo que debería haber hecho, que la distancia que dejó crecer entre él y la persona que amaba era exactamente la distancia que ahora le impedía alcanzarla para decirle que lo lamentaba, que lo lamentaba todo, que
si pudiera volver a empezar, haría algo de manera diferente, aunque no supiera exactamente qué. Entre los papeles que se encontraron en el escritorio de la emperatriz en el Bur Revivage de Ginebra, junto a sus libros y sus cartas inacabadas, había un pequeño cuaderno de notas con la cubierta desgastada por el uso.
En él, en la letra apretada que Elizabeth tenía en sus últimos años, había escrito una frase que nadie supo exactamente cuándo había sido escrita, ni qué la había provocado. decía en húngaro, el pájaro enjaulado que por fin escapa no recuerda los barrotes, solo siente el viento. No había fecha, no había contexto, solo esa frase en la última página escrita del cuaderno, seguida de varias hojas en blanco, como hacía todos los días, con la regularidad casi sagrada de un hombre que ha convertido el trabajo en la única certeza disponible. Los testigos
describieron su reacción con palabras que reaparecen en todos los relatos. Se quedó sin voz. El hombre que había gobernado un imperio durante 50 años, que había sobrevivido guerras y revoluciones y la pérdida de su único hijo varón, se quedó literalmente sin voz durante varios minutos. Y lo primero que dijo fue una frase que se ha repetido desde entonces como el epítome de una vida marcada por la pérdida sin pausa.
Nada se me ha ahorrado en este mundo. Ginebra se paralizó. Europa se paralizó. Los telégrafos funcionaron sin descanso durante días, transmitiendo la noticia de capital en capital. Las multitudes se congregaban frente a las embajadas austriacas en silencio. Los periódicos publicaban suplementos especiales con aquella imagen que ella había llegado a odiar, la fotografía de perfil con el pelo recogido y la mirada perdida en el horizonte que apareció en las portadas de todo el mundo con la simultaneidad de un grito colectivo.
Lueni fue detenido y juzgado. En el proceso habló con una frialdad que escandalizó a Europa. Dijo que había querido matar a alguien famoso, a alguien que representara el sistema que odiaba. Dijo que el nombre de la víctima era lo de menos. Fue condenado a cadena perpetua en la prisión de Ginebra, donde murió en 1910, aparentemente por suicidio en su celda.
La ironía de que el asesino de Elizabeth terminara también por su propia mano es una de esas ironías que la historia produce con una brutalidad que no pide permiso ni ofrece explicación. El cuerpo de Elizabeth fue trasladado a Viena con los honores imperiales que correspondían a su rango.
Fue enterrada en la cripta imperial de la Iglesia de los Capuchinos, en el centro de esa ciudad que había sido para ella durante 44 años algo muy parecido a una prisión dorada junto a los otros Habsburgo que habían muerto antes que ella y los que morirían después en un lugar que nunca había sentido como hogar. Francisco José sobreviviría 18 años más, hasta noviembre de 1916, muriendo mientras la Primera Guerra Mundial desmantelaba el imperio que había dedicado su vida entera a preservar.
Sus últimas décadas fueron las de un anciano solo en el palacio más grande de Europa, rodeado de ausencias, su esposa, su hijo, el mundo que había conocido y que ya no existía. Las cartas que escribió en esos años finales tienen algo que los historiadores no saben bien cómo describir. La dignidad intacta de un hombre que nunca dejó de hacer su trabajo.
Y debajo de esa dignidad, visible solo en los detalles más pequeños, la presencia constante de alguien que ya no estaba. Hay un detalle sobre los últimos meses de vida de Elizabeth, que circuló entre las personas que la conocieron y que ninguno de sus biógrafos ha podido verificar completamente, pero que tampoco ha podido desmentirse.
Según varios testimonios recogidos años después de su muerte, Elizabeth había dicho en más de una ocasión, en ese último periodo de su vida, que esperaba morir de manera repentina, que después de Myling, después de tantos años de dolor acumulado, que ya no tenía nombre preciso, lo único que pedía era que cuando llegara su momento llegara rápido y llegara lejos de Viena, sin el aparato interminable de una agonía de estado, sin pasillos de palacio, sin archiduquesas, sin el protocolo que había regulado cada hora de su vida
adulta hasta volverla irrespirable. No podemos saber si es verdad. No podemos saber si aquella mujer en algún rincón secreto de su voluntad había elegido de alguna manera esa muerte. Pero si fuera verdad, entonces habría conseguido al final en el embarcadero de Ginebra, bajo un cielo de septiembre, lo que nunca pudo conseguir en vida, morir en sus propios términos.
sin corona, sin protocolo, con el agua del lago a pocos pasos y el cielo abierto sobre ella, hay algo en esa posibilidad que es de una manera extraña y perturbadora, difícil de articular, casi hermosa. 125 años después de aquella tarde en Ginebra. Y antes de hablar de la fascinación que su figura sigue generando, hay que detenerse en un detalle que la historia oficial tiende a pasar por alto y que dice algo esencial sobre quién era realmente Elizabeth de Austria en los años finales de su vida.
En los últimos viajes, los que realizó entre 1895 y 1898, Elizabeth había desarrollado el hábito de visitar hospitales y asilos. No visitas de representación, no las apariciones con el séquito completo y las flores y los discursos preparados que los monarcas realizaban para demostrar interés en los destitidos.
Visita sin anunciar, con la mínima escolta, a veces de incógnito, se sentaba junto a los enfermos en los hospitales de las ciudades por las que pasaba, preguntaba, escuchaba. Según los testimonios del personal médico que la recibió en varias de estas ocasiones, preguntaba por los casos más difíciles, por los que no tenían esperanza de recuperación, por los que estaban solos.
Pasaba horas en esas salas que olían a enfermedad y a desinfectante, con el vestido negro y el abanico en la mano y los ojos grandes, mirando con una atención que los enfermos que la recordaban describían como algo que no habían visto en nadie más. La atención de alguien que verdaderamente quería entender qué se sentía al estar en ese lugar.
Nadie sabe exactamente qué buscaba en esos hospitales. Quizás solo compañía en el sufrimiento, la solidaridad extraña de quien se siente también moribundo, aunque no haya médico que pueda diagnosticarlo. Quizás algo más concreto, la certeza de que el dolor que sentía era real y no una invención, que otras personas también sentían cosas que el mundo prefería no ver.
o quizás simplemente el consuelo de ser útil de una manera que el protocolo del palacio nunca le había permitido serlo, de ser alguien en esas salas de hospital en lugar de algo. Hubo una tarde en el hospital de la Santa Cruz de Ginebra, unos días antes de su muerte, en que Elizabeth se sentó junto a una mujer anciana que deliraba de fiebre y que no la reconoció.
La anciana le habló durante un rato en el dialecto francés de la región, confundiéndola con alguien de su pasado, alguien llamado Margerit, que había muerto hacía mucho tiempo. Elizabeth la escuchó sin corregirla, tomó su mano, le respondió como si fuera Marguerite. Cuando el médico llegó y la interrumpió con las disculpas del caso, Elizabeth dijo con una tranquilidad que el médico recordó durante años. Déjela.
A veces es más importante ser quien alguien necesita que ser quien uno es. Quizás fue la única frase de toda su vida que resumió, sin buscarlo, todo lo que había querido hacer y no había podido. La fascinación por Elizabeth de Austria no solo no ha disminuido, sino que parece renovarse con cada generación que la descubre.
Los museos de Viena que conservan sus objetos personales, su ropa, sus instrumentos de ejercicio, las cartas que escribió y las que recibió, reciben millones de visitantes cada año que vienen a ver qué queda de esa vida. Los libros sobre su historia se siguen publicando en docenas de idiomas. La trilogía cinematográfica protagonizada por Romy Schneider, que comenzó en 1955, sigue siendo una de las sagas más amadas del cine europeo, redescubierta por nuevas audiencias que encuentran en ella algo que no esperaban encontrar.
El musical que lleva su nombre y que se estrenó en Viena en 1992, ha llenado teatros en más de 30 países y sigue en cartel. ¿Qué explica esa persistencia? ¿Qué es lo que hace que una emperatriz del siglo XIX siga tocando algo en el corazón de personas del siglo XXI? La respuesta más fácil es la belleza, la tragedia, el glamur histórico de las coronas y los palacios.
Pero esa respuesta es insuficiente porque hay muchas mujeres bellas y trágicas en la historia de Europa que no han generado una fracción de la atención que sigue recibiendo Elizabeth. La emperatriz Carlota de México, que perdió la razón esperando una ayuda que nunca llegó. La reina María Antonieta guillotinada a los 37 años.
Alejandra de Rusia, fusilada con su familia en un sótano. Tragedias reales, vidas reales, muertes reales. Y sin embargo, no es de ellas de quien hablan los turistas que visitan el Hofburg preguntando dónde están las habitaciones de Sisi. ¿No es a ellas a quien los jóvenes de Europa en encuestas repetidas durante décadas identifican como la figura histórica femenina con la que más se identifican? ¿Por qué Elizabeth y no las otras? La pregunta merece una respuesta más profunda que el glamur y la belleza, aunque esos elementos estén presentes.
La respuesta está, creo, en algo muy específico de su historia, en que Elizabeth no murió vencida por el sistema que la aplastó. Siguió intentando escapar hasta el final. Siguió montando a caballo a los 50 años con la misma intensidad que a los 20. Siguió aprendiendo idiomas y escribiendo poemas y viajando y buscando, siempre buscando algo que no tenía nombre completamente claro, pero que sabía que existía. No se rindió.
No se convirtió en la estatua que el palacio quería que fuera. Se convirtió en algo más extraño y más interesante, en una persona que vivió en el interior de una jaula de oro sin dejar nunca en ningún momento, de saber que era una jaula. Y esa conciencia, esa negativa a confundir el lujo con la libertad, es lo que su historia le dice a la gente que la escucha hoy.
Es lo que hace que su figura resuene de una manera que las tragedias más espectaculares no logran producir, de las coronas y los palacios. Pero esa respuesta es insuficiente porque hay muchas mujeres bellas y trágicas en la historia de Europa que no han generado una fracción de la atención que sigue recibiendo Elizabeth. La respuesta más verdadera es otra y es más incómoda de enunciar.
La historia de Sisi resuena porque habla de algo que no ha cambiado tanto como creemos, pero hay que ser más precisos todavía, porque no es solo una historia sobre la presión que los sistemas ejercen sobre las personas. Es una historia sobre lo que ocurre cuando una persona extraordinaria nace en el momento equivocado o en el lugar equivocado o con la sensibilidad equivocada para el mundo que le ha tocado habitar.
Elizabeth tenía lo que en otra época, en otro contexto, en otra vida habría sido reconocido como una inteligencia extraordinaria y una voluntad excepcional. Era políglota con esa fluidez que no se aprende, sino que se siente. Además del alemán de su infancia y el húngaro que aprendió por amor, hablaba francés e inglés y griego moderno con competencia real.
leía con voracidad y con criterio, algo muy diferente a leer con voracidad. Tenía opiniones políticas que en privado eran sofisticadas y en público permanecían invisibles porque el protocolo no tenía espacio para la opinión pública de una emperatriz. escribía poesía que los especialistas que la han estudiado en las últimas décadas califican como literariamente valiosa, no solo como documento histórico, sino como obra en sí misma.
era, en resumen, alguien que en el siglo XXI habría tenido un campo de acción completamente diferente, que habría podido elegir en qué usar su energía y su talento. Pero nació en 1837 en el seno de la aristocracia Bárbara y se convirtió en emperatriz de Austria a los 16 años y eso lo determinó todo lo demás.
Hay una imagen que aparece en los últimos años de su vida, recogida en las memorias de la condesa festhetics, que resume de alguna manera lo que fue su existencia entera. Estaban en Corfu, en el Achileon. Era una tarde de verano de los años 90, con el mar jónico brillando abajo como siempre, con el olor de los limoneros en el jardín.
Elizabeth había pasado la mañana escribiendo y estaba sentada en la terraza con un libro abierto en el regazo que no había leído. Miraba el mar. La condesa estaba a cierta distancia, como siempre, respetando el espacio que la emperatriz exigía. Después de un rato muy largo, Elizabeth dijo sin volverse, como si estuviera hablando consigo misma.
¿Sabe usted lo que le pido al cielo todas las mañanas? Le pido que me deje ser nadie. Solo eso que me deje despertar mañana siendo nadie. La condesa Festetics no supo que responder. Escribió esa noche en su diario. No sé si lloraba o no, no le vi la cara. Solo escuché su voz y pensé que era la voz de alguien que lleva demasiado tiempo cargando con algo que nunca pidió cargar.
¿No hemos sentido todos eso alguna vez? No hemos querido todos, en algún momento oscuro de nuestras vidas despertar siendo nadie sin las expectativas y los papeles y los nombres que el mundo nos ha asignado y que a veces pesan más que cualquier corona de verdad. La historia de sí resuena porque habla de algo que no ha cambiado tanto como creemos.
habla de la presión que el mundo ejerce sobre las personas para que sean la imagen que otros necesitan ver, para que existan en función de lo que se espera de ellas, en lugar de en función de lo que son. Habla de la distancia dolorosa que puede abrirse entre la vida que tienes y la vida que sientes que eres, entre el papel que juegas y la persona que hay dentro del papel esperando que alguien le dé la palabra.
habla de los sistemas, las instituciones, las familias, los pequeños y grandes imperios en los que todos habitamos, que pueden consumir a una persona desde dentro si esa persona no encuentra la manera de resistir. Y habla de las maneras de resistir, que no son perfectas, que no son suficientes, que a veces son autodestructivas, pero que son las únicas disponibles.
Los caballos de Elizabeth, sus poemas escondidos, sus idiomas aprendidos en secreto, sus viajes que eran en realidad fugas de algo que no tenía nombre preciso, su cuerpo entrenado hasta el límite como el único territorio que nadie podía administrar por ella. Eran formas de resistencia imperfectas, sí, pero eran suyas.
y en un mundo que le había quitado casi todo lo demás, que lo suyo fuera suyo, aunque fuera solo eso, importaba enormemente. La mujer que fue sisi, la niña que corría descalsa en Posenhofen, sin saber que el destino ya tenía su nombre escrito en una trampa, la joven de 16 años que entró llorando en una ciudad que nunca sería su hogar.
La madre que no podía abrazar a sus hijos sin pedir permiso a su suegra, la emperatriz que aprendió húngaro por amor a un pueblo que la amaba de vuelta, la jinete que encontraba en la velocidad algo que se parecía a la paz, la poeta que escribía en secreto lo que no podía decir en voz alta, porque ninguna voz alta era suficientemente privada.
Esa mujer fue infinitamente más que el cuento de hadas que el mundo quiso hacer de ella. Fue una vida real, con un peso real que aplastaba de verdad, con un dolor real que dolía de verdad, con victorias reales ganadas a un precio alto y fracasos reales que dejaron cicatrices visibles con amor real y con traiciones reales, con momentos de una belleza casi insoportable y con años de oscuridad que ningún retrato oficial fotografió.
Y si hay algo que esta historia nos enseña, algo que traspasa la distancia de más de un siglo y llega hasta nosotros con la fuerza de las cosas que verdaderamente importan, es esto, que no hay corona suficientemente brillante para compensar la pérdida de uno mismo, que la libertad no es un lujo ni un capricho que puede aplazarse hasta que las circunstancias sean más favorables o hasta que el mundo te lo permita.
que los sistemas que exigen las personas se borren a sí mismas para existir en ellos producen tarde o temprano su propia oscuridad. Elizabeth de Austria lo supo, lo escribió en sus poemas durante 40 años, lo gritó en silencio durante 60. Y si hoy, después de todo este tiempo, su historia todavía nos mueve, es porque en algún lugar de su experiencia reconocemos algo de la nuestra.
Porque todos en algún momento de nuestras vidas hemos sentido el peso de una corona que nadie eligió llevar. Y porque todos como ella hemos buscado los caballos o los poemas o los viajes o cualquier cosa que se parezca, aunque sea por un instante, a correr descalzos entre los árboles con el pelo suelto al viento, sin que nadie todavía nos haya dicho que el cielo tiene límites.
¿Y tú, cuántas jaulas llevas puestas sin darte cuenta? Porque esa es la pregunta que la historia de Sisi deja en el aire con una persistencia que los siglos no han podido disipar. No es una pregunta abstracta ni filosófica, es una pregunta concreta, de esas que duelen cuando uno se las hace de verdad, en silencio, sin las defensas habituales.
Cuántas cosas haces cada día porque te han dicho que así es como se hacen y no porque tú hayas decidido que así quieres hacerlas. ¿Cuántas personas eres en presencia de los demás que no eres cuando estás solo? ¿Cuántos idiomas has dejado de aprender? ¿Cuántos caballos has dejado de montar? ¿Cuántos poemas has dejado de escribir? Porque el mundo en el que vives no tiene espacio para esas cosas.
Y tú, hace ya tanto tiempo, ¿aprendiste a no pedir espacio para lo que el mundo no quiere oír? Elizabeth nunca dejó de pedirlo. Ese fue su mayor fracaso y también quizás su única victoria real. Nunca aceptó completamente que la jaula fuera su hogar y eso la hizo infeliz 60 años. Y eso también la hizo de alguna manera que no tiene nombre preciso en ninguna de las lenguas que ella hablaba. libre.
Hay una última cosa que hay que decir sobre ella, algo que los museos y las películas y los musicales no suelen enfatizar porque no es tan fotogénico como el vestido de cintura imposible y el pelo que llegaba al suelo. En sus últimas semanas de vida, en los días que pasó en Ginebra antes de la tarde del 10 de septiembre, Elizabeth fue a una pequeña librería cerca del hotel y compró varios libros.
Eran libros de poesía. griego antiguo, Jaine en alemán, Petofi en húngaro. Los compró ella misma sin avisar a sus damas en esa librería pequeña de una ciudad que no era la suya, con el anonimato de la condesa de Hoems, que nadie sabía que era la emperatriz más fotografiada de Europa. recogió los libros bajo el brazo y caminó de vuelta al hotel por la orilla del lago, sola, sin séquito, sin corona, con los libros y el agua del lago y el cielo de septiembre.
Quizás fue ese momento más libre de toda su vida. ¿Cuántas libertades has aplazado para cuando sea el momento correcto, para cuando el mundo te lo permita, para cuando las circunstancias sean más favorables? Sí. y esperó toda su vida ese momento, resistió de las maneras que pudo, sobrevivió a cosas que habrían destruido a personas menos obstinadas.
Y sin embargo, la libertad completa y sin condiciones que la niña de Posenhofen sentía que le pertenecía por derecho, nunca llegó de la manera en que ella lo esperaba. No llegó en el interior del Hofburg, ni en los Palacios de Corfú, ni en las pistas de equitación de Irlanda. Llegó.
si es que llegó en un muelle de ginebra en los últimos segundos de una vida que había sido demasiado grande y demasiado apretada al mismo tiempo. La próxima vez exploraremos la historia de otra mujer que el siglo XIX convirtió en símbolo y que pagó ese precio con todo lo que tenía. Una historia que tiene más puntos en común con la de Elizabeth de Austria de lo que imaginas.
Una historia que también comenzó en un palacio y terminó demasiado pronto. No te la pierdas.