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Sissi: la emperatriz a la que la tragedia persiguió toda su vida

Elizabeth protestó, lloró, suplicó, no sirvió de nada. Dos años después nació su segunda hija, Gisela y ocurrió lo mismo. La emperatriz más admirada de Europa no tenía derecho a criar a sus propias hijas. dormía en habitaciones separadas de las suyas, las visitaba a horas permitidas y veía cómo otra mujer tomaba las decisiones sobre su educación, su alimentación, sus primeras palabras.

Era en ese dolor silenciado donde comenzó a formarse el carácter que el mundo más tarde llamaría excéntrico, rebelde, incluso frío. Elizabeth no era fría, era alguien que había aprendido muy pronto y muy dolorosamente que el amor en palacio tenía un precio que ella no estaba dispuesta a pagar sin resistencia. El 21 de agosto de 1858, Elizabeth dio a luz a un varón, el hijo que el imperio llevaba años esperando, el heredero.

El archiduque Rodolfo Francisco Carlos José había nacido y con él toda la maquinaria del protocolo imperial se puso en marcha con una velocidad que dejó a su madre sin aliento. Antes de que Elizabeth pudiera siquiera sostener a su hijo en brazos durante más de unos minutos, la archiduquesa Sofía ya había dispuesto quiénes serían sus nodrizas, sus niñeras, sus educadores.

La historia se repetía, pero esta vez había algo diferente. esta vez era el heredero al trono y eso significaba que la lucha por su crianza tendría consecuencias que ninguno de los que vivían en el Hofburg esa noche podía imaginar todavía. Rodolfo creció en un ambiente de contradicciones que marcarían cada uno de sus días.

Por un lado, la disciplina militar brutal que su padre consideraba indispensable para un futuro emperador. Francisco José ordenó que su hijo desde los 6 años fuera educado según un régimen espartano, diseñado por el general Gondre Curt, un hombre que creía que el miedo era el mejor maestro. El niño era despertado de madrugada con disparos simulados.

era expuesto al frío deliberadamente, se le gritaba, se le exigía, se le doblegaba. Las pesadillas lo perseguían. Su salud nerviosa comenzó a deteriorarse desde una edad en que otros niños todavía perseguían mariposas en los jardines. Por otro lado, cuando Elizabeth conseguía estar cerca de su hijo, le abría mundos completamente distintos.

Le leía a Hein, le hablaba de filosofía, le enseñó a amar la naturaleza y a cuestionar las certezas. Rodolfo absorbió todo aquello con una sed que revelaba cuánto necesitaba ese tipo de ternura. Pero esos momentos eran siempre demasiado breves. Elizabeth se ausentaba, se marchaba a viajar, a montar, a escapar de una corte que la asfixiaba y Rodolfo la esperaba.

La esperaba con esa lealtad absoluta e inquebrantable que tienen los niños hacia las madres que los abandonan sin querer. A los 8 años, Elizabeth se enteró por casualidad de los métodos que Gondrecurt utilizaba con su hijo. Lo que oyó la horrorizó. Esa fue una de las pocas veces en su vida en que la emperatriz utilizó su posición con determinación absoluta.

Exigió al emperador que destituyera al general de inmediato y que nombrara un nuevo preceptor para Rodolfo. Francisco José se dió. El nuevo tutor, el coronel Joseph Latour von Turbur, era un hombre muy distinto, culto, sensible, interesado genuinamente en el desarrollo intelectual del niño. Bajo su guía, Rodolfo floreció de maneras que nadie había anticipado.

Era inteligente, extraordinariamente inteligente. Leía con voracidad en varios idiomas. escribía ensayos políticos a una edad en que la mayoría de los archiduques todavía soñaban con uniformes. Se interesaba por las ciencias naturales con una seriedad que sorprendía a sus profesores. Desde joven mostró un gran interés por la ornitología y las ciencias naturales, colaborando posteriormente en publicaciones especializadas.

Había en él un brillo genuino, una promesa de algo grande, aunque también si uno miraba de cerca, una inquietud que no encajaba bien con la rigidez del mundo en que estaba destinado a vivir. Porque Rodolfo no era un joven conservador, no creía en el absolutismo de su padre, se sentía más cerca de las ideas liberales que circulaban entre los intelectuales de Viena y eso lo ponía en una posición incómoda, casi paradójica.

era el heredero al trono de uno de los imperios más tradicionales de Europa y sin embargo, pensaba como alguien que habría preferido vivir en una república. Francisco José lo sabía y eso creaba entre padre e hijo una distancia que ninguno de los dos sabía cómo cruzar. Mientras Rodolfo crecía cargando ese peso, Elizabeth seguía construyendo su propia leyenda de otra manera.

La emperatriz había descubierto que el único territorio donde nadie podía controlarla completamente era el de su propio cuerpo y el de sus desplazamientos. Se obsesionó con mantener una cintura que en sus años más estrechos no superaba los 50 cm. Sometía su cuerpo a dietas de una severidad que hoy reconoceríamos como señales de una enfermedad seria. Comía apenas.

Debía leche fría. caldos de carne cruda, sumos de naranja en las épocas de ayuno más extremo. Se ejercitaba durante horas, caminaba a distancias que agotaban a sus damas de compañía, tenía trapecio en sus habitaciones privadas. En un mundo donde no podía controlar casi nada, controlaba con precisión obsesiva lo único que sentía suyo, su figura, su imagen, su cuerpo.

Pero había algo más que el cuerpo. Había una mente que necesitaba espacio. En 1867, Elizabeth protagonizó uno de los momentos más decisivos de su vida y sin que ella lo supiera en ese instante, uno de los más importantes de la historia de Europa central. Durante años había observado con una atención que muchos subestimaban las tensiones crecientes entre el imperio austríaco y el reino de Hungría.

Los húngaros exigían reconocimiento, autonomía, dignidad. El gobierno de Viena respondía con dureza. Pero Elizabeth, que había aprendido el idioma húngaro en secreto, que había leído su historia y se había enamorado de su cultura, con la misma intensidad con que se enamoraba de la poesía, veía las cosas de otra manera.

Ella intercedió. utilizó toda su influencia sobre Francisco José para impulsar el compromiso austro-húngaro, ese acuerdo que transformó el viejo imperio austríaco en la monarquía dual de Austria-Hungría. Era un pacto sin precedentes, dos coronas, dos gobiernos, un mismo monarca y en el centro de esa transformación histórica, una mujer que oficialmente no tenía ningún poder político, pero que en la práctica había movido montañas con su voluntad.

Cuando Elizabeth fue coronada reina de Hungría en Budapest, las multitudes la aclamaron como a una heroína nacional. era el momento más brillante de su vida pública y también en cierta manera, el último, porque después de ese triunfo, algo en Elizabeth se retiró todavía más profundamente hacia adentro, como si hubiera gastado en ese esfuerzo político una reserva de energía que luego no quiso volver a movilizar, como si la victoria le hubiera recordado dolorosamente cuánto le costaba existir en mundo de protocolos y cálculos.

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