Elizabeth protestó, lloró, suplicó, no sirvió de nada. Dos años después nació su segunda hija, Gisela y ocurrió lo mismo. La emperatriz más admirada de Europa no tenía derecho a criar a sus propias hijas. dormía en habitaciones separadas de las suyas, las visitaba a horas permitidas y veía cómo otra mujer tomaba las decisiones sobre su educación, su alimentación, sus primeras palabras.
Era en ese dolor silenciado donde comenzó a formarse el carácter que el mundo más tarde llamaría excéntrico, rebelde, incluso frío. Elizabeth no era fría, era alguien que había aprendido muy pronto y muy dolorosamente que el amor en palacio tenía un precio que ella no estaba dispuesta a pagar sin resistencia. El 21 de agosto de 1858, Elizabeth dio a luz a un varón, el hijo que el imperio llevaba años esperando, el heredero.
El archiduque Rodolfo Francisco Carlos José había nacido y con él toda la maquinaria del protocolo imperial se puso en marcha con una velocidad que dejó a su madre sin aliento. Antes de que Elizabeth pudiera siquiera sostener a su hijo en brazos durante más de unos minutos, la archiduquesa Sofía ya había dispuesto quiénes serían sus nodrizas, sus niñeras, sus educadores.
La historia se repetía, pero esta vez había algo diferente. esta vez era el heredero al trono y eso significaba que la lucha por su crianza tendría consecuencias que ninguno de los que vivían en el Hofburg esa noche podía imaginar todavía. Rodolfo creció en un ambiente de contradicciones que marcarían cada uno de sus días.
Por un lado, la disciplina militar brutal que su padre consideraba indispensable para un futuro emperador. Francisco José ordenó que su hijo desde los 6 años fuera educado según un régimen espartano, diseñado por el general Gondre Curt, un hombre que creía que el miedo era el mejor maestro. El niño era despertado de madrugada con disparos simulados.
era expuesto al frío deliberadamente, se le gritaba, se le exigía, se le doblegaba. Las pesadillas lo perseguían. Su salud nerviosa comenzó a deteriorarse desde una edad en que otros niños todavía perseguían mariposas en los jardines. Por otro lado, cuando Elizabeth conseguía estar cerca de su hijo, le abría mundos completamente distintos.
Le leía a Hein, le hablaba de filosofía, le enseñó a amar la naturaleza y a cuestionar las certezas. Rodolfo absorbió todo aquello con una sed que revelaba cuánto necesitaba ese tipo de ternura. Pero esos momentos eran siempre demasiado breves. Elizabeth se ausentaba, se marchaba a viajar, a montar, a escapar de una corte que la asfixiaba y Rodolfo la esperaba.
La esperaba con esa lealtad absoluta e inquebrantable que tienen los niños hacia las madres que los abandonan sin querer. A los 8 años, Elizabeth se enteró por casualidad de los métodos que Gondrecurt utilizaba con su hijo. Lo que oyó la horrorizó. Esa fue una de las pocas veces en su vida en que la emperatriz utilizó su posición con determinación absoluta.
Exigió al emperador que destituyera al general de inmediato y que nombrara un nuevo preceptor para Rodolfo. Francisco José se dió. El nuevo tutor, el coronel Joseph Latour von Turbur, era un hombre muy distinto, culto, sensible, interesado genuinamente en el desarrollo intelectual del niño. Bajo su guía, Rodolfo floreció de maneras que nadie había anticipado.
Era inteligente, extraordinariamente inteligente. Leía con voracidad en varios idiomas. escribía ensayos políticos a una edad en que la mayoría de los archiduques todavía soñaban con uniformes. Se interesaba por las ciencias naturales con una seriedad que sorprendía a sus profesores. Desde joven mostró un gran interés por la ornitología y las ciencias naturales, colaborando posteriormente en publicaciones especializadas.
Había en él un brillo genuino, una promesa de algo grande, aunque también si uno miraba de cerca, una inquietud que no encajaba bien con la rigidez del mundo en que estaba destinado a vivir. Porque Rodolfo no era un joven conservador, no creía en el absolutismo de su padre, se sentía más cerca de las ideas liberales que circulaban entre los intelectuales de Viena y eso lo ponía en una posición incómoda, casi paradójica.
era el heredero al trono de uno de los imperios más tradicionales de Europa y sin embargo, pensaba como alguien que habría preferido vivir en una república. Francisco José lo sabía y eso creaba entre padre e hijo una distancia que ninguno de los dos sabía cómo cruzar. Mientras Rodolfo crecía cargando ese peso, Elizabeth seguía construyendo su propia leyenda de otra manera.
La emperatriz había descubierto que el único territorio donde nadie podía controlarla completamente era el de su propio cuerpo y el de sus desplazamientos. Se obsesionó con mantener una cintura que en sus años más estrechos no superaba los 50 cm. Sometía su cuerpo a dietas de una severidad que hoy reconoceríamos como señales de una enfermedad seria. Comía apenas.
Debía leche fría. caldos de carne cruda, sumos de naranja en las épocas de ayuno más extremo. Se ejercitaba durante horas, caminaba a distancias que agotaban a sus damas de compañía, tenía trapecio en sus habitaciones privadas. En un mundo donde no podía controlar casi nada, controlaba con precisión obsesiva lo único que sentía suyo, su figura, su imagen, su cuerpo.
Pero había algo más que el cuerpo. Había una mente que necesitaba espacio. En 1867, Elizabeth protagonizó uno de los momentos más decisivos de su vida y sin que ella lo supiera en ese instante, uno de los más importantes de la historia de Europa central. Durante años había observado con una atención que muchos subestimaban las tensiones crecientes entre el imperio austríaco y el reino de Hungría.
Los húngaros exigían reconocimiento, autonomía, dignidad. El gobierno de Viena respondía con dureza. Pero Elizabeth, que había aprendido el idioma húngaro en secreto, que había leído su historia y se había enamorado de su cultura, con la misma intensidad con que se enamoraba de la poesía, veía las cosas de otra manera.
Ella intercedió. utilizó toda su influencia sobre Francisco José para impulsar el compromiso austro-húngaro, ese acuerdo que transformó el viejo imperio austríaco en la monarquía dual de Austria-Hungría. Era un pacto sin precedentes, dos coronas, dos gobiernos, un mismo monarca y en el centro de esa transformación histórica, una mujer que oficialmente no tenía ningún poder político, pero que en la práctica había movido montañas con su voluntad.
Cuando Elizabeth fue coronada reina de Hungría en Budapest, las multitudes la aclamaron como a una heroína nacional. era el momento más brillante de su vida pública y también en cierta manera, el último, porque después de ese triunfo, algo en Elizabeth se retiró todavía más profundamente hacia adentro, como si hubiera gastado en ese esfuerzo político una reserva de energía que luego no quiso volver a movilizar, como si la victoria le hubiera recordado dolorosamente cuánto le costaba existir en mundo de protocolos y cálculos.
Comenzó a viajar con mayor frecuencia. Grecia, Corfú, Inglaterra, Irlanda se hizo extraordinariamente hábil como Amazona, participando en cacerías que dejaban a los jinetes más experimentados maravillados. En Irlanda, los periódicos locales la llamaban la mejor amazona de Europa. Era su forma de ser libre, su forma de desaparecer sin desaparecer del todo.
Rodolfo, mientras tanto, se convertía en un joven que combinaba el encanto de su madre con la disciplina formal de su padre, pero que por dentro ardía con una intensidad que nadie sabía muy bien cómo manejar. A los 23 años se casó con la princesa Estefanía de Bélgica. No era un matrimonio de amor.
Era, como casi todos los matrimonios imperiales, un acuerdo político cuidadosamente negociado entre dos casas reales. Estefanía era una joven seria, de formación sólida, que se esforzó genuinamente por adaptarse al complicado mundo de la corte bienesa. Pero Rodolfo no la amaba. o si la amó alguna vez. Fue un amor que se enfrió rápidamente bajo el peso de las incompatibilidades, los desaires mutuos y las infidelidades que él no ocultaba con demasiado celo.
El matrimonio produjo una hija, la archiduquesa Isabel, nacida en 1883, pero no produjo la estabilidad emocional que quizás todos esperaban. Rodolfo siguió buscando fuera de su matrimonio aquello que no encontraba dentro y siguió buscando en los libros, en la política, en las conversaciones nocturnas con intelectuales y periodistas, respuestas a preguntas que el protocolo imperial le prohibía hacer en voz alta.
Había en él, cada vez más visible, para quienes lo conocían de cerca, una oscuridad creciente, una melancolía que iba más allá del temperamento artístico que había heredado de su madre. bebía más de lo conveniente. Su salud, afectada desde años antes por una enfermedad venérea que los médicos trataban con discreción, se deterioraba de manera que él mismo podía percibir.

Escribía cartas con un tono que alternaba entre la lucidez brillante y el pesimismo más profundo, y en sus conversaciones privadas a veces dejaba caer frases que sus interlocutores preferían no recordar demasiado tiempo después. Mientras en el salón de baile del Hofburg Viena seguía bailando balses y Elizabeth seguía mirando desde la distancia, algo se preparaba en las sombras de ese invierno de 1889 que cambiaría todo para siempre.
La varonesa María Betszera tenía 17 años cuando conoció al príncipe heredero de Austria-Hungría. Era la hija de un diplomático criada en la sociedad bienesa con la conciencia exacta de lo que significaba estar cerca del poder. Era hermosa, apasionada, con una madurez emocional que a veces desconcertaba a quienes la rodeaban.
Había oído hablar de Rodolfo toda su vida. Cuando finalmente se encontraron en octubre de 1887, la atracción fue inmediata y arrolladora de parte de ella. De parte de él fue algo más complicado, algo a medio camino entre el deseo, la ternura hacia alguien que lo admiraba sin reservas y quizás con el tiempo algo que se parecía al alivio de ser comprendido.
La relación entre Rodolfo y María fue intensa desde el principio, pero también estuvo marcada desde su inicio por una sombra que la diferenciaba de otras aventuras del príncipe. Rodolfo no era un hombre que ocultara sus infidelidades de manera especialmente cuidadosa. Había tenido otras amantes, pero con María algo era diferente.
Las cartas que se escribían tenían un tono que iba más allá del coqueteo o la pasión pasajera. Había en ellas urgencia. Había algo que sonaba, si se leía entre líneas, a despedida. Fue en los meses finales de 1888 cuando Rodolfo comenzó a hablar abiertamente con varias personas de su círculo cercano sobre la posibilidad de morir.
Había intentado, según algunas fuentes, convencer a otra amante anterior de que se suicidara junto a él. La mujer se negó perturbada por la propuesta. Rodolfo entonces se volvió hacia María y María, con toda la intensidad de sus 17 años, con toda la ilusión de alguien que confundía el amor romántico con el destino, dijo que sí. Nadie supo exactamente en qué momento Rodolfo tomó la decisión final.
Hubo señales que después, mirando hacia atrás, resultaban inquietantemente claras. comenzó a despedirse, no de manera dramática, sino con una sutileza que sus más cercanos no supieron interpretar a tiempo. Ordenó sus papeles, escribió cartas, a su esposa Estefanía le escribió pidiendo perdón. A su hermana María Valeria le escribió con una calidez inusual y a su madre.
A Elizabeth le escribió una carta cuyo contenido exacto nunca fue revelado completamente al público, pero que aquellos que la leyeron describieron como una despedida. El 28 de enero de 1889, Rodolfo se reunió con su familia en el Hofburg para el almuerzo del domingo. Fue uno de esos encuentros formales de la corte con las cortesías de rigor, las preguntas de protocolo, las respuestas medidas.
Si Elizabeth notó algo diferente en su hijo esa tarde, si vio en sus ojos esa mirada particular que tienen las personas que ya han tomado una decisión irrevocable, no lo dijo o no pudo decirlo. Quizás no quiso ver lo que había frente a ella. O quizás en el fondo de ese dolor que era su modo de existir, no le sorprendió tanto como debería haberle sorprendido.
Dos días después, el 30 de enero a las 6:30 de la mañana, el criado de Rodolfo llamó a la puerta de la habitación de casa en Mayerling. No hubo respuesta. Llamó de nuevo. Silencio. Forzó la puerta y lo que encontró al entrar fue algo que no podría olvidar el resto de su vida. Rodolfo Franz Carlos Josep, heredero al trono del imperio austrohúngngaro, yacía muerto sobre la cama con un disparo en la 100.
A su lado, también muerta la varonesa María Betsera. tenía flores en la mano. Había elegido morir con flores en la mano. La noticia viajó desde Mayerlin hasta Viena con una rapidez que el frío de enero no pudo detener. Llegó primero al primer ministro, luego al emperador. Francisco José estaba en sus habitaciones del Hofburg cuando le comunicaron que su hijo había muerto.
Según los testimonios de quienes estaban presentes, el emperador permaneció en silencio durante un tiempo que pareció interminable. Luego preguntó con la voz que suelen tener los hombres, que han entrenado toda su vida para no derrumbarse, qué había que hacer a continuación. Pero alguien tenía que decírselo a Elizabeth.
La tarea recayó en la condesa Marie Festetit, una de las damas de compañía más cercanas a la emperatriz. La encontró en sus habitaciones, ya vestida para el día, leyendo quizás, o simplemente sentada con ese silencio denso que Elizabeth habitaba tan a menudo. La condesa le dijo que necesitaba hablar con ella y luego le dijo lo que había que decir.
El colapso de Elizabeth fue total. No fue el tipo de dolor que se contiene para parecer digna. fue algo más primario, más devastador, el tipo de dolor que rompe los muros que uno ha construido durante toda una vida. Lloró de una manera que quienes la conocían describieron como algo que nunca antes le habían visto.
Y sin embargo, incluso en ese momento, el protocolo imperial no podía detenerse completamente. Había que informar a Francisco José de manera oficial. Había que recibir al médico de la corte, había que preparar los comunicados. La versión oficial que el gobierno austríaco presentó al público en un primer momento fue deliberadamente vaga.
Se habló de un fallo cardíaco repentino. Luego, cuando esa versión se volvió insostenible ante los rumores que ya circulaban por Viena como agua entre los dedos, se habló de un derrame cerebral. La presencia de María Betszera en la habitación fue silenciada completamente durante las primeras horas. El cuerpo de la joven varonesa fue retirado del pabellón de casa de manera clandestina en plena noche, transportado en un carruaje entre dos parientes que sostenían el cadáver para que pareciera estar sentado. Fue enterrada
discretamente en el monasterio de Heiligenz, sin ceremonia pública, sin que su nombre apareciera en ningún comunicado oficial. La familia Betsera suplicó que se les permitiera enterrar a su hija con dignidad. No se les permitió. María fue inumada en secreto, como si su existencia misma fuera un escándalo que había que borrar.
Y en cierta manera, para el gobierno austrohúngaro lo era, porque si se reconocía que el príncipe heredero se había suicidado junto a su amante adolescente, el golpe para la imagen del imperio habría sido devastador. El problema era que la Iglesia Católica tenía sus propias reglas sobre el suicidio. suicida no podía recibir sepultura en tierra sagrada y el heredero al trono de Austria-Hungría no podía ser enterrado como un paria.
Así comenzó una de las negociaciones más delicadas de la historia diplomática Absburga, llevada a cabo no en salones de embajadas, sino en las antesalas vaticanas, entre cardenales y emisarios imperiales, que tenían que encontrar la manera de que el Papa hiciera una excepción sin que pareciera una excepción.
Finalmente se llegó a un acuerdo. Los médicos firmaron un documento atestiguando que Rodolfo había actuado en un estado de desequilibrio mental que lo privaba de responsabilidad moral plena. Con ese argumento, la Iglesia aceptó. Rodolfo fue enterrado en la cripta imperial de los Absburgos con todos los honores que correspondían a un archiduque.
Mientras esas negociaciones se llevaban a cabo, Elizabeth recorría las habitaciones del Hofbur envuelta en un silencio que sus damas describían como aterrador. No era la quietud de alguien que ha aceptado el dolor, era la quietud de alguien que todavía no puede creer que el dolor sea real. Algunos días no comía, otros días caminaba durante horas por los corredores del palacio sin decir una palabra.
Por las noches, según varios testimonios, la oían llorar a través de las puertas cerradas. Y en algún momento de esas noches interminables, algo en Elizabeth cambió de manera irreversible. El luto oficial de la corte austríaca duró semanas. Viena se vistió de negro. Los teatros cerraron. Los bailes de temporada fueron suspendidos.
La ciudad entera respiraba con la pesadez fundamental ha cambiado, aunque todavía no sepan exactamente de qué manera. Pero el luto de Elizabeth no era oficial, era otra cosa. Era una herida que no tenía fondo visible. Desde el día en que supo de la muerte de Rodolfo, Elizabeth no volvió a vestirse de otro color que no fuera el negro.
No era un gesto retórico ni una declaración política. Era simplemente la única manera en que podía seguir existiendo dentro de su propia piel. El negro se convirtió en su segunda piel, en su armadura, en la única respuesta honesta que podía dar al mundo que seguía girando como si nada alrededor de ella. Francisco José, a su manera contenida y profundamente estoica, tampoco se recuperó nunca del todo.
Pero el emperador tenía un imperio que gobernar, tenía audiencias, despachos, decisiones que tomar, guerras que evitar. El dolor en Francisco José encontró un lugar donde almacenarse, ordenado y comprimido, en algún rincón del pecho que él nunca abriría en público. Elizabeth no tenía esa válvula o no quería tenerla.
La relación entre los dos emperadores, que durante años había sido una mezcla extraña de amor genuino, distancia física, incomprensión mutua y respeto profundo, alcanzó en este momento una dimensión completamente nueva. Francisco José escribía a Elizabeth con una frecuencia y una ternura que sorprendían a quienes conocían la historia de su matrimonio.
le pedía que regresara. Le contaba los detalles pequeños de su día para mantener el hilo de la conexión. Le decía que la necesitaba. Y Elizabeth respondía desde sus hoteles en Grecia o sus palacios en Corfú con cartas que revelaban a alguien que todavía lo amaba, pero que ya no podía vivir en el mismo espacio que el dolor, porque Viena era el dolor, el Hofburg era el dolor.
Cada corredor, cada habitación, cada ventana que daba al patio interior donde alguna vez un niño de 8 años había visto alejarse el carruaje de su madre, era una puñalada que Elizabeth no podía enfrentar estando presente. Y entonces hizo lo que siempre había hecho cuando el dolor se volvía demasiado grande para los muros que la rodeaban. Desapareció.
Viajó. Viajó con una intensidad que en los años anteriores ya había sido notable, pero que ahora se convirtió en algo parecido a una fuga permanente. Corfú, donde había mandado construir el Aquileon, una villa inspirada en la mitología griega y en su amor por Aquiles, ese héroe que elegía la gloria breve sobre la vida larga.
Era una elección que sus biógrafos estudiarían con atención más tarde. Una emperatriz fascinada por un héroe que prefirió morir joven a vivir sin gloria. Algo en esa elección hablaba de la misma oscuridad que habitaba a Rodolfo. Las cartas de Elizabeth de esa época revelan a alguien que ha cruzado una frontera invisible.
No era solamente la madre que llora a un hijo. Era alguien que se preguntaba con una lucidez brutal si la vida tenía algún sentido que no hubiera sido ya agotado. Escribía poesía, siempre había escrito poesía, pero ahora los versos tenían un tono que sus damas encontraban perturbador. Hablaban de la muerte como de un destino deseado, de la liberación como de algo que se esperaba con impaciencia.
Los estudiosos de su vida debatirían durante décadas si esos versos eran expresión literaria de un temperamento romántico o señales de algo más concreto y peligroso. Mientras tanto, el imperio seguía existiendo sin heredero varón y esa ausencia, esa silla vacía en la sucesión imperial era también un recordatorio político constante de lo que la muerte de Rodolfo había costado.
Los años que siguieron a Mayerlin fueron los años en que Elizabeth se convirtió definitivamente en una leyenda. No porque hubiera hecho nada especialmente brillante, sino porque su dolor se había vuelto tan visible y tan consistente que la gente no podía apartar los ojos de él. Había algo en la imagen de esa mujer bellísima, eternamente vestida de negro, que caminaba por los puertos y los bulevares de Europa con la mirada fija en algún punto que los demás no podían ver, que resultaba absolutamente imposible de ignorar.
Había superado los 40 años cuando decidió limitar drásticamente las fotografías y retratos oficiales. Esa prohibición, que en su momento desconcertó a muchos, se convirtió con el tiempo en uno de los rasgos más emblemáticos de su mitología. La última imagen pública conocida de Elizabeth de finales de la década de 1870.
Todo lo que vino después fue misterio, y el misterio, como siempre ocurre, alimentó una fascinación que no ha decrecido desde entonces. Viajaba con un séquito reducido, usando nombres falsos cuando era posible, evitando los recibimientos oficiales que la obligaban a sonreír y saludar. Llevaba siempre un paraguas negro y un abanico de cuero con el que cubría su rostro cuando se acercaban extraños.
Sus damas de compañía sabían que su única obligación era seguirla sin quejarse, sin preguntar demasiado y sin intentar convencerla de que comiera cuando no tenía hambre. Los médicos que la trataban expresaban en privado su preocupación por un estado físico que la fragilidad de sus hábitos alimenticios hacía cada vez más precario.
En todo ese periodo de errancia, los pocos momentos en que Elizabeth parecía genuinamente presente, genuinamente habitando el mismo espacio temporal que quienes la rodeaban, eran los momentos en que hablaba de Rodolfo, no de la muerte de Rodolfo, de Rodolfo vivo, del niño que había corrido por los jardines de Luxemburg, del adolescente que le había leído sus propios poemas en voz alta, buscando su aprobación.

del joven que cada vez que se marchaba en uno de sus viajes interminables la miraba desde el andén con unos ojos que combinaban el amor incondicional y el abandono, con una mezcla que ella no sabía cómo resolver. Esa culpa, la culpa de la madre que estuvo demasiado poco, que escapó demasiado a menudo, que eligió la libertad propia sobre la presencia que su hijo necesitaba, no la abandonó nunca.
Era el peso silencioso que acompañaba cada amanecer, cada carta a Francisco José, cada paseo solitario por las orillas del mar. No lo decía directamente. Elizabeth rara vez decía las cosas más importantes de manera directa, pero estaba ahí, en la elección del negro permanente, en los versos oscuros, en esa forma de caminar que sus contemporáneos describían como la de alguien que ya no tiene prisa por ningún destino en particular.
Francisco José la amaba. La había amado desde que la vio entrar por una puerta en Body Shill cuando ella tenía 15 años y siguió amándola con la fidelidad obstinada de un hombre que nunca entendió completamente a la mujer que eligió, pero que jamás consideró elegir a otra. Le escribía, le mandaba flores, le preguntaba cuándo volvería y ella volvía.
a veces durante periodos breves y paseaban juntos por los jardines de Shomb Brun y hablaban de cosas que nadie más podía oír, y quizás en esos momentos algo de lo que había sido se recuperaba temporalmente antes de que ella volviera a necesitar el horizonte abierto. Pero el horizonte abierto tampoco era paz, era simplemente otro tipo de soledad.
En el verano de 1898, Elizabeth tenía 60 años. Seguía siendo reconocible como la mujer que había deslumbrado a Viena cuatro décadas antes, aunque el tiempo y el dolor habían esculpido en su rostro algo más severo y más profundo que la belleza juvenil que los retratos de su juventud inmortalizaban. Viajaba todavía.
En septiembre de ese año se encontraba en Ginebra, una ciudad que le gustaba por su discreción, por la tranquilidad del lago y por la posibilidad de caminar sin ser reconocida con demasiada frecuencia. Se hospedaba en el hotel Bogibash bajo uno de sus nombres habituales de incógnito. El 9 de septiembre salió a pasear por la orilla del lago con su dama de compañía, la condesa Staray.
Era una mañana soleada de ese tipo de solo otoñal que en Ginebra tiene una claridad particular. caminaban a buen paso hacia el embarcadero, desde donde Elizabeth tenía que abordar un vapor para continuar su viaje. Era un día, como tantos otros, de esa vida en movimiento perpetuo. Luigi Lukeni tenía 25 años y era un anarquista italiano que había llegado a Ginebra con el propósito inicial de asesinar al príncipe de Orleans, un candidato al trono francés que se encontraba en la ciudad.
Cuando supo que el príncipe había cancelado su visita, Lukeni leyó en un periódico local que la emperatriz de Austria se encontraba en Ginebra, registrada bajo nombre falso, pero identificada de todas formas por la prensa. Cambió de objetivo con la indiferencia de alguien para quien la víctima concreta importaba menos que el acto mismo.
Lo que ocurrió fue tan rápido que la condesa tardó varios segundos en comprender lo que había pasado. Lukeni se acercó a Elizabeth en el paseo, fingió tropezar ligeramente y en ese instante de contacto clavó en su pecho una lima de agusar afilada hasta convertirla en un arma. El instrumento era tan fino que apenas dejó sangre exterior.
Elizabeth cayó, se levantó confundida. Dijo que no entendía qué había ocurrido. La ayudaron a caminar. Llegaron al embarcadero, subieron al vapor. Fue en la cubierta del barco cuando el movimiento de la embarcación hizo que Elizabeth perdiera el conocimiento cuando su dama de compañía abrió el corsé y descubrió la pequeña herida sobre el corazón.
La lima había penetrado entre las costillas con una precisión accidental que resultó fatal. La hoja era tan delgada que la presión del corsé había la hemorragia interna. Cuando esa presión se liberó, la hemorragia fue masiva y rápida. Elizabeth murió ese mismo día, 10 de septiembre de 1898. No recuperó la conciencia.
Sus últimas palabras registradas, dichas antes de subir al barco, todavía de pie y todavía sin entender completamente lo que le había ocurrido, fueron una pregunta. preguntó qué le había pasado. La noticia llegó a Francisco José mientras estaba en Bodyshell. El emperador que había perdido a su hijo 9 años antes y que había pasado esos años escribiendo cartas de amor a una mujer que no podía quedarse quieta en ningún lugar del mundo, recibió el telegrama, lo leyó y, según quienes estaban presentes, dijo en voz baja que nada en
este mundo le sería perdonado. Viena recibió la noticia de la muerte de Elizabeth con una mezcla de conmoción. y de algo que no era exactamente sorpresa, no porque nadie la esperara, sino porque la vida de la emperatriz había tenido desde hacía años esa calidad de tragedia anunciada, esa sensación de que alguien que caminaba tan cerca del borde no podía alejarse del borde indefinidamente.
La ciudad lloró, las campanas tocaron. Los periódicos de toda Europa dedicaron sus portadas a la mujer que durante décadas había sido una de las figuras más fotografiadas, más admiradas y más incomprendidas del continente. Francisco José organizó el funeral con la meticulosidad que era su modo de enfrentarse a todo.
Elizabeth fue enterrada en la cripta imperial de los capuchinos, la misma donde yacía Rodolfo. Madre e hijo, separados en vida por los viajes interminables de ella y por los abismos que el protocolo y el dolor habían cavado entre los dos, quedaban ahora juntos en la quietud de piedra y mármol de esa cripta que era el destino final de todos los Absburgo.
Lucheni fue detenido inmediatamente después del ataque. Se jactó del crimen. dijo que había matado a una emperatriz para demostrar que los poderosos no eran intocables. Fue condenado a cadena perpetua, ya que en Ginebra no existía la pena de muerte en ese momento. Pasó sus años en prisión escribiendo unas memorias que las autoridades no permitieron publicar en vida.
murió en su celda en 1916, ahorcado con el cinturón de su propio pantalón, en circunstancias que la justicia suiza calificó de suicidio, aunque algunos historiadores han cuestionado esa versión. El mundo que Elizabeth había habitado comenzó a desintegrarse con una velocidad que ella desde la distancia de la muerte no pudo atestiguar.
El imperio austrohúngngaro, esa construcción colosal de pueblos, idiomas y tradiciones que Franz Joseph había sostenido durante décadas con una voluntad que no tenía parangón, entró en su cuenta regresiva final. La Primera Guerra Mundial, que estallaría 16 años después de la muerte de Elizabeth, lo borraría del mapa con una violencia que convirtió todos los esplendores de la Viena de los Valces en algo que parecía de otro mundo, de otra época, casi de otro sueño.
Francisco José vivió hasta 1916, casi 18 años después de la muerte de Elizabeth y 27 después de la de Rodolfo. Gobernó hasta el final, anciano y exhausto, sin dejar de trabajar ni un día. Murió a los 86 años en medio de una guerra que él mismo había contribuido a desencadenar y que estaba consumiendo a una generación entera de europeos.
Los que lo conocieron en esos últimos años dijeron que era un hombre que ya no pertenecía completamente al presente, que a veces parecía hablar con personas que no estaban en la habitación, que preguntaba por Elizabeth con la naturalidad de quien espera una respuesta. La cripta imperial de Viena guarda hoy los sarcófagos de ambos, madre e hijo, en esa proximidad que la vida les negó.
con tanta frecuencia. Los turistas que la visitan a menudo se detienen un momento más ante los de Elizabeth y Rodolfo, como si intuyeran que entre esas dos tumbas hay una historia que no cabe completamente en ninguna placa de mármol ni en ninguna guía turística. Y tienen razón. La historia de Elizabeth de Austria es, en el fondo, una historia sobre el precio de la libertad cuando se ejerce dentro de una jaula.
Elizabeth quiso ser libre en un mundo que no tenía vocabulario para una emperatriz libre. Quiso ser madre en un palacio que le quitó a sus hijos antes de que pudiera conocerlos del todo. Quiso amar a un hombre al que nunca pudo acompañar completamente sin perderse a sí misma y quiso a un hijo al que no supo o no pudo estar lo suficientemente cerca cuando ese hijo más la necesitaba.
Rodolfo murió a los 30 años en una cabaña de casa en Mayerlin un 30 de enero de 1889. Las circunstancias exactas de lo que ocurrió esa noche siguen siendo objeto de debate entre historiadores. La versión del doble suicidio es la más aceptada, pero hay quienes señalan contradicciones en las evidencias físicas, quienes cuestionan el estado mental de María Betszera y el grado real de su consentimiento, quienes apuntan a motivaciones políticas que podrían haber convertido lo que parece un pacto romántico en algo más
complejo y más oscuro. La destrucción deliberada de documentos en las semanas siguientes, las versiones contradictorias de los testigos, la velocidad con que el gobierno austríaco enterró la historia junto al cuerpo, no ayudan a iluminar ese rincón donde la verdad se confunde con el secreto de estado. Lo que sí está documentado es lo que ese 30 de enero le hizo a Elizabeth.
le quitó el último hilo que la conectaba al mundo que había elegido habitar, aunque ese mundo la hubiera sofocado durante décadas. Con Rodolfo murió no solo el hijo, sino la posibilidad de cualquier reconciliación con el pasado, cualquier conversación pendiente, cualquier tarde que todavía podría haber ocurrido con los dos sentados en algún jardín de algún palacio leyendo versos de Heine, como lo habían hecho cuando él era niño.
Los 9 años que Elizabeth vivió después de la muerte de Rodolfo no fueron vida en el sentido convencional. Fueron un largo caminar hacia el mar, con la ropa negra al viento y los ojos mirando un horizonte que no prometía nada en particular, pero que al menos no tenía paredes. Sus poemas de esa época, recogidos bajo el pseudónimo de Titania, son documentos extraordinarios de un dolor que no busca consuelo, sino simplemente expresión.
Son los versos de alguien que ha dejado de esperar que el dolor pase y ha decidido, en cambio, hacerse a mira de él. La historia de Elizabeth y Rodolfo ha sobrevivido a su tiempo con una vitalidad que pocas tragedias históricas igualan. Ha inspirado películas, óperas, musicales, novelas, series de televisión.
Diversos musicales y producciones teatrales sobre Sisí se hicieron populares en Europa durante las últimas décadas del siglo XI. La imagen de la emperatriz eterna, joven, bella y libre, se convirtió en un icono cultural que supera ampliamente los límites de la historia de los Absburgos. Pero detrás del icono está la mujer y detrás de la mujer está la madre.
Y la madre es alguien que recibió una mañana de enero una noticia que ninguna madre debería recibir nunca, que se vistió de negro ese día y no volvió a quitarse el negro hasta que ella misma murió 9 años después a orillas de un lago suizo, con una pregunta en los labios. La pregunta que ella hizo antes de morir, esa pregunta sencilla y desorientada de alguien que no entiende qué le ha ocurrido, podría ser también la pregunta que resume toda su vida.
Una vida que fue esplendorosa y asfixiante, libre y encabenada, amada y solitaria. Una vida en la que tuvo todo lo que el mundo considera valioso y careció de casi todo lo que en realidad importa. Una vida en la que enterró a su hijo y en la que nunca, ni un solo día después de eso, volvió a ser la misma. M.