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Silvia Pinal: La Última Diva Que Sobrevivió a Todos… La Maldición Que Destruyó 3 Generaciones

se enamoró  de ella a pesar de que tenía una hija. Se casaron y Luis reconoció a Silvia como su hija, le dio su apellido, le dio una familia, le dio respetabilidad. Por eso el mundo la conoce como Silvia Pinal y no como Silvia Pasquel. Silvia adoraba a Luis. Era el único padre que conocía, el hombre que la había salvado de ser la hija sin padre.

Pero Luis era estricto, militar de formación. conservador hasta el hueso, veía el mundo del espectáculo como  algo pecaminoso, algo vulgar, algo que las mujeres decentes no hacían. Y cuando Silvia empezó a mostrar talento para el teatro y el canto, Luis se opuso con todas sus fuerzas.

A los 11 años, Silvia convenció a su madre de dejarla estudiar ópera. Tenía una  voz potente, grave, inusual para una niña. Los maestros decían que tenía talento natural, pero cada clase era una batalla con Luis, que le decía que estaba perdiendo el tiempo, que  las artistas eran mujeres de la calle, que ningún hombre decente se casaría con una actriz.

Silvia creció en esa contradicción, adorando  al hombre que le había dado su apellido, pero resintiendo su control absoluto, su forma de decidir todo en su vida,  dónde vivían, porque el trabajo de Luis los llevaba de ciudad en ciudad, Querétaro,  Monterrey, Cuernavaca, Puebla, nunca estableciéndose en ningún  lugar, que estudiaba, con quién hablaba, a qué hora regresaba a casa, Luis controlaba todo y entonces a los 13 años Silvia descubrió la verdad.

Su tía Concha la llevaba a visitar a un señor  que le regalaba cosas, que la consentía, que jugaba con ella. Ese  señor era Moisés Pasquel, su padre biológico, el hombre que la había abandonado cuando nació,  que nunca la reconoció, que tenía otra familia legítima, pero que ahora,  años después, quería conocerla sin decirle quién era.

Cuando Silvia se enteró de la verdad, su mundo se derrumbó. El hombre que le regalaba dulces era su verdadero padre. El hombre que la había abandonado, que había dejado a su madre sola y deshonrada. que nunca dio la cara y ahora quería jugar al papá cariñoso sin asumir ninguna  responsabilidad. Silvia dejó de hablar con Moisés y también se distanció emocionalmente de Luis, porque aunque Luis le había dado su apellido, también la controlaba como si fuera su propiedad.

Y Silvia entendió algo fundamental a los 13 años. Los hombres en su vida siempre iban a  querer controlarla o abandonarla o ambas cosas. Y la única forma de sobrevivir  era encontrar la manera de ser más fuerte que ellos. A los 15 años, Silvia ya trabajaba. Su familia necesitaba dinero.

Luis ganaba bien como político, pero nunca era suficiente. Así que Silvia consiguió trabajo como secretaria en una empresa farmacéutica. Ahí conoció a gente de la radio, gente de la X, la misma estación donde trabajaba su padre biológico, aunque ella evitaba  encontrárselo. Los contactos de la farmacéutica le consiguieron oportunidades en programas de radio.

Pequeños papeles, nada importante, pero era un inicio. Silvia  estudió actuación en el Instituto Nacional de Bellas Artes. Su madre la apoyaba en secreto. Luis  seguía oponiéndose, pero ya no podía detenerla completamente. A los 15 años, Silvia conoció a Rafael Bankquels, actor y director de teatro cubano. Tenía 33  años, casi el doble de su edad.

Estaba divorciado, tenía experiencia, tenía conexiones en el medio artístico y le ofreció a Silvia su primer papel protagónico en teatro. Ella lo vio como su oportunidad. La puerta de entrada al mundo que Luis le había prohibido y Rafael la vio como algo más. Empezaron a salir. Silvia tenía 15, Rafael 33.  Hoy eso sería escandaloso, ilegal en muchos lugares, pero en el México de 1946 era tolerado, especialmente si el hombre era respetable.

Y Rafael lo era, actor conocido, director exitoso, hombre de mundo. Luis seguía oponiéndose al mundo artístico,  pero al menos Rafael era un hombre establecido, no un bohemio muerto de hambre.  Y aquí llega la primera cosa que casi nadie sabe. Lo que Silvia confesó décadas después en entrevistas y en su autobiografía.

Silvia no  se casó con Rafael Vanquels porque lo amara. se casó para escapar de Luis.  En sus propias palabras, años después dijo que se casó para escapar de la opresión de su padre y que le fue peor, porque Rafael  era celosísimo y no la dejaba salir ni a la esquina.

Silvia tenía 16 años  cuando se casó con Rafael en 1947. Él tenía 35. era su segundo matrimonio. Para Silvia era una forma de liberarse del control de Luis, de poder trabajar sin pedir permiso, de ser dueña de su vida.  O eso pensaba. Pero lo que realmente hizo fue cambiar una prisión por  otra.

Rafael resultó ser exactamente lo que Silvia intentaba escapar. Controlador, celoso,  posesivo. No la dejaba salir sola. revisaba sus horarios, decidía qué papeles aceptaba, manejaba  su dinero. Todo el dinero que Silvia ganaba iba directamente a Rafael.  Él le daba una mesada como si fuera una niña.

El padrino de su boda fue Mario Moreno  Cantinflas. Les regaló 5000 pesos. Una fortuna en ese momento. Silvia recuerda haber tocado el cheque varias veces para asegurarse de que era real. Con ese dinero compraron su primera sala. comedor y cama matrimonial. En 1949 nació su primera hija, Silvia Pasquel. El parto fue complicado y costoso.

Rafael estaba en una mala racha profesional. No conseguía trabajo, no tenía dinero.  Silvia trabajaba más que nunca, pero él manejaba todo. Y cuando Silvia necesitó  el hospital, casi no pudieron pagar. Silvia describe esos años como los peores de su vida. Era una actriz en cernes y a Rafael le empezó a ir muy mal.

No tenía trabajo y no encontraba nada. Su carrera despegaba, la de él se estancaba y eso lo ponía peor, más celoso, más controlador, más difícil de soportar. En 1952, después de 5 años de matrimonio, Silvia tomó una decisión. Estaban comiendo sopa, un día  normal, y de repente Silvia le dijo que ya había pensado las cosas y que quería el divorcio.

Rafael se puso blanco, furioso. Silvia recuerda que se le puso la cara blanca, que estaba furioso y que después le agarró un miedo terrible pensando que los iba a matar, pero no se echó para atrás. Silvia Pinal a los 21 años con una hija de tres, se divorció en el México de 1952, donde las mujeres divorciadas eran vistas como fracasadas, como mercancía dañada, como mujeres que ningún hombre decente volvería a querer.

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