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SILVIA PINAL: El SECRETO que Se Llevó a la Tumba Sobre Sus Hijas y Que Nadie Te Cuenta

Llegó por una vía que ni ella misma esperaba y por un hombre que iba a marcarla más profundamente que cualquier otro. Ese hombre fue Gustavo  Ala Triste, un empresario y productor cinematográfico que conoció en una reunión en casa de Ernesto Alonso. A la triste estaba a punto de divorciarse de la actriz Ariadne Welter y Silvia ya estaba divorciada de Bankels desde 1952.

La química entre ellos fue inmediata. Se casaron en 1961. Silvia diría décadas después, hasta el último año de su vida, que Gustavo a la triste fue el amor de su vida, el hombre con quien fue verdaderamente feliz. Y fue a la triste quien hizo posible el milagro que cambiaría todo. Silvia  y Gustavo viajaron a España y convencieron a Luis Buñuel,  el genio del surrealismo cinematográfico, exiliado en México desde  hacía años, de que volviera a su país natal a dirigir una película. Buñuel pidió

75,000 pesos por el trabajo. A La triste le firmó un cheque por el doble con una sola condición de buñuel, libertad total de contenido y elección de los actores. Esa película se llamó Viridiana. Ese nombre, Viridiana, viene de una santa medieval que aparecía en cuadros rodeada de los instrumentos de la tortura de Cristo.

Es un nombre cargado, simbólico, religioso, lleno de significado. Silvia Pinal interpretó a la novicia que va a visitar a su tío Jaime, un tío que intenta abusar de ella porque ella se parece a su difunta esposa. La película se rodó en España durante la dictadura franquista cuando se proyectó en el festival de Canes. El 18 de mayo de 1961 ganó la palma de oro.

El régimen de Franco entró en pánico. El Vaticano la calificó de blasfema en su periódico oficial. Las autoridades franquistas destituyeron al director general de cinematografía y ordenaron quemar todas las copias del filme en España.  Pero ocurrió un milagro. En París apareció una copia de Viridiana, la única que sobrevivió, y Silvia Pinal y Gustavo Ala triste se hicieron cargo de ella inmediatamente.

Algunos cuentan que llevaron los carretes a México prácticamente de contrabando. Esa copia es la razón por la que hoy podemos ver Viridiana. Sin Silvia y Gustavo, esa película habría desaparecido. Buñuel y Pinal repitieron en El Ángel Exterminador en 1962 y en Simón del Desierto en 1965. Tres películas, una trilogía que la convirtieron en la actriz latinoamericana más cercana a Luis Buñuel, más cercana incluso que Catherine de NV en  Francia o Ángela Molina en España.

Buñuel y su esposa fueron los padrinos de bautizo de la única hija que Silvia tuvo con Ala Triste, una niña a la que llamaron Viridiana en honor a la película. Esa niña nació el 17 de enero de 1963. Recuerda esta fecha, la vamos a necesitar. Antes de seguir con su biografía, ¿valeo de Silvia Pinal en sus años de mayor éxito? Porque entender ese círculo es entender también la dinámica que después se replicaría en sus  hijas.

En 1954, mientras filmaba un extraño en la escalera, se enamoró de su coestrella,  el actor Arturo de Córdoba. Tuvo después romances con el empresario Emilio Azcárraga Milmo, dueño de Televisa, en una época donde estar cerca de él era estar cerca del poder absoluto del entretenimiento  mexicano.

Tuvo un romance con el actor egipcio Omar Sharif, el galán internacional de Dr. Giivago y Lawrence de Arabia. tuvo un romance con el actor italiano Renato Salvatori y tuvo también una historia conrad Nicki Hilton, el empresario estadounidense de la dinastía hotelera, expareja de Elizabeth Taylor. Silvia Pinal no era solo la diva del cine mexicano, era una mujer que se movía entre los hombres más poderosos del entretenimiento internacional con una libertad que pocas mujeres latinoamericanas de su generación tuvieron.  Y eso en una época

donde a las mujeres se las medía por su recato, era casi  un acto político. Silvia escogía, Silvia decidía, Silvia se iba cuando quería irse y  eso lo aprendieron sus hijas para bien y para mal, porque la libertad amorosa de la matriarca también dejó cicatrices. El matrimonio  con Alatrist terminó en 1967 por infidelidades de él y por problemas de negocios entre la pareja.

Pero Silvia no perdió  tiempo. Ese mismo año se casó con Enrique Guzmán, un cantante de rock and roll, 15 años más joven que ella, ídolo juvenil que había conocido en su show de televisión. Tuvieron dos hijos, Alejandra Guzmán, nacida el 9 de febrero de 1968, y Luis Enrique Guzmán, nacido en 1970. Se divorciaron en 1976 y ese divorcio fue público y  violento. Silvia denunció maltrato.

Décadas después, Enrique Guzmán haría declaraciones en distintas  entrevistas en las que reconocía haber sido violento con Silvia. En una conversación con la revista Quien  en 2018 llegó a admitir que la había golpeado y que después había sufrido represalias. Esa violencia doméstica no fue un detalle menor en la historia de la familia.

Fue, podríamos decir, una de las grietas estructurales sobre las que se construyó toda la generación posterior. Alejandra Guzmán y Luis Enrique Guzmán crecieron viendo, escuchando y procesando una relación de pareja que tenía elementos de agresión. Ese aprendizaje, esa normalización no se borra con divorcios.

Guarda el nombre de Enrique Guzmán porque vuelve.  Vuelve de la peor manera posible. En 1982, Silvia se casó por cuarta y última  vez. El elegido fue Tulio Hernández Gómez, un político priista, gobernador del estado de Tlaxcala. Era un matrimonio de poder, no de pasión. Y Silvia pasaba semanas enteras en la residencia oficial del gobernador en la capital Tlaxcalteca.

Tulio le había regalado a su hija menor viridiana, ya hecha una adolescente prometedora, un Volkswagen Atlantic. Guarda también el detalle del coche. Mientras tanto, Silvia Pinal se construía como un imperio. Era actriz, era productora,  era empresaria, era política. Ya en 1977 había montado su propio show de cabaret titulado Felicidades, Silvia, primero en el centro nocturno El patio y luego en el teatro de la ciudad esperanza Iris.

En 1989 adquirió junto a Margarita López Portillo  el cine estadio en la colonia Roma de la Ciudad de México y lo transformó en su propio recinto teatral, el teatro Silvia Pinal. Pero su mayor obra televisiva fue una serie que arrancó en 1985  y duró nada menos que 22 años, hasta 2007.

Se llamó Mujer, Casos de la vida real. Y fue durante una generación entera de mexicanos una especie de escuela popular de moralidad, drama  y supervivencia. Cada semana Silvia Pinala aparecía elegantísima  al inicio del capítulo, presentaba el caso y al final, con voz grave, sacaba la lección moral. Decenas de millones de hogares en México, Centroamérica y Estados Unidos veían ese programa cada semana.

En su faceta política fue diputada federal entre 1991 y 1994 y senadora entre 1998 y 2000. Tuvo un episodio difícil cuando la acusaron de fraude por su responsabilidad en la Asociación Nacional de Actores y tuvo que exiliarse a Miami durante 11 meses. Hospedada en casa de su hija Alejandra fue absuelta. Pero ese episodio mostró algo que Silvia repetiría toda su vida.

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