Llegó por una vía que ni ella misma esperaba y por un hombre que iba a marcarla más profundamente que cualquier otro. Ese hombre fue Gustavo Ala Triste, un empresario y productor cinematográfico que conoció en una reunión en casa de Ernesto Alonso. A la triste estaba a punto de divorciarse de la actriz Ariadne Welter y Silvia ya estaba divorciada de Bankels desde 1952.
La química entre ellos fue inmediata. Se casaron en 1961. Silvia diría décadas después, hasta el último año de su vida, que Gustavo a la triste fue el amor de su vida, el hombre con quien fue verdaderamente feliz. Y fue a la triste quien hizo posible el milagro que cambiaría todo. Silvia y Gustavo viajaron a España y convencieron a Luis Buñuel, el genio del surrealismo cinematográfico, exiliado en México desde hacía años, de que volviera a su país natal a dirigir una película. Buñuel pidió
75,000 pesos por el trabajo. A La triste le firmó un cheque por el doble con una sola condición de buñuel, libertad total de contenido y elección de los actores. Esa película se llamó Viridiana. Ese nombre, Viridiana, viene de una santa medieval que aparecía en cuadros rodeada de los instrumentos de la tortura de Cristo.
Es un nombre cargado, simbólico, religioso, lleno de significado. Silvia Pinal interpretó a la novicia que va a visitar a su tío Jaime, un tío que intenta abusar de ella porque ella se parece a su difunta esposa. La película se rodó en España durante la dictadura franquista cuando se proyectó en el festival de Canes. El 18 de mayo de 1961 ganó la palma de oro.
El régimen de Franco entró en pánico. El Vaticano la calificó de blasfema en su periódico oficial. Las autoridades franquistas destituyeron al director general de cinematografía y ordenaron quemar todas las copias del filme en España. Pero ocurrió un milagro. En París apareció una copia de Viridiana, la única que sobrevivió, y Silvia Pinal y Gustavo Ala triste se hicieron cargo de ella inmediatamente.
Algunos cuentan que llevaron los carretes a México prácticamente de contrabando. Esa copia es la razón por la que hoy podemos ver Viridiana. Sin Silvia y Gustavo, esa película habría desaparecido. Buñuel y Pinal repitieron en El Ángel Exterminador en 1962 y en Simón del Desierto en 1965. Tres películas, una trilogía que la convirtieron en la actriz latinoamericana más cercana a Luis Buñuel, más cercana incluso que Catherine de NV en Francia o Ángela Molina en España.
Buñuel y su esposa fueron los padrinos de bautizo de la única hija que Silvia tuvo con Ala Triste, una niña a la que llamaron Viridiana en honor a la película. Esa niña nació el 17 de enero de 1963. Recuerda esta fecha, la vamos a necesitar. Antes de seguir con su biografía, ¿valeo de Silvia Pinal en sus años de mayor éxito? Porque entender ese círculo es entender también la dinámica que después se replicaría en sus hijas.
En 1954, mientras filmaba un extraño en la escalera, se enamoró de su coestrella, el actor Arturo de Córdoba. Tuvo después romances con el empresario Emilio Azcárraga Milmo, dueño de Televisa, en una época donde estar cerca de él era estar cerca del poder absoluto del entretenimiento mexicano.
Tuvo un romance con el actor egipcio Omar Sharif, el galán internacional de Dr. Giivago y Lawrence de Arabia. tuvo un romance con el actor italiano Renato Salvatori y tuvo también una historia conrad Nicki Hilton, el empresario estadounidense de la dinastía hotelera, expareja de Elizabeth Taylor. Silvia Pinal no era solo la diva del cine mexicano, era una mujer que se movía entre los hombres más poderosos del entretenimiento internacional con una libertad que pocas mujeres latinoamericanas de su generación tuvieron. Y eso en una época
donde a las mujeres se las medía por su recato, era casi un acto político. Silvia escogía, Silvia decidía, Silvia se iba cuando quería irse y eso lo aprendieron sus hijas para bien y para mal, porque la libertad amorosa de la matriarca también dejó cicatrices. El matrimonio con Alatrist terminó en 1967 por infidelidades de él y por problemas de negocios entre la pareja.
Pero Silvia no perdió tiempo. Ese mismo año se casó con Enrique Guzmán, un cantante de rock and roll, 15 años más joven que ella, ídolo juvenil que había conocido en su show de televisión. Tuvieron dos hijos, Alejandra Guzmán, nacida el 9 de febrero de 1968, y Luis Enrique Guzmán, nacido en 1970. Se divorciaron en 1976 y ese divorcio fue público y violento. Silvia denunció maltrato.
Décadas después, Enrique Guzmán haría declaraciones en distintas entrevistas en las que reconocía haber sido violento con Silvia. En una conversación con la revista Quien en 2018 llegó a admitir que la había golpeado y que después había sufrido represalias. Esa violencia doméstica no fue un detalle menor en la historia de la familia.
Fue, podríamos decir, una de las grietas estructurales sobre las que se construyó toda la generación posterior. Alejandra Guzmán y Luis Enrique Guzmán crecieron viendo, escuchando y procesando una relación de pareja que tenía elementos de agresión. Ese aprendizaje, esa normalización no se borra con divorcios.
Guarda el nombre de Enrique Guzmán porque vuelve. Vuelve de la peor manera posible. En 1982, Silvia se casó por cuarta y última vez. El elegido fue Tulio Hernández Gómez, un político priista, gobernador del estado de Tlaxcala. Era un matrimonio de poder, no de pasión. Y Silvia pasaba semanas enteras en la residencia oficial del gobernador en la capital Tlaxcalteca.
Tulio le había regalado a su hija menor viridiana, ya hecha una adolescente prometedora, un Volkswagen Atlantic. Guarda también el detalle del coche. Mientras tanto, Silvia Pinal se construía como un imperio. Era actriz, era productora, era empresaria, era política. Ya en 1977 había montado su propio show de cabaret titulado Felicidades, Silvia, primero en el centro nocturno El patio y luego en el teatro de la ciudad esperanza Iris.
En 1989 adquirió junto a Margarita López Portillo el cine estadio en la colonia Roma de la Ciudad de México y lo transformó en su propio recinto teatral, el teatro Silvia Pinal. Pero su mayor obra televisiva fue una serie que arrancó en 1985 y duró nada menos que 22 años, hasta 2007.
Se llamó Mujer, Casos de la vida real. Y fue durante una generación entera de mexicanos una especie de escuela popular de moralidad, drama y supervivencia. Cada semana Silvia Pinala aparecía elegantísima al inicio del capítulo, presentaba el caso y al final, con voz grave, sacaba la lección moral. Decenas de millones de hogares en México, Centroamérica y Estados Unidos veían ese programa cada semana.
En su faceta política fue diputada federal entre 1991 y 1994 y senadora entre 1998 y 2000. Tuvo un episodio difícil cuando la acusaron de fraude por su responsabilidad en la Asociación Nacional de Actores y tuvo que exiliarse a Miami durante 11 meses. Hospedada en casa de su hija Alejandra fue absuelta. Pero ese episodio mostró algo que Silvia repetiría toda su vida.
Cuando había problemas, sus hijos cerraban filas alrededor de ella. Cuando había gloria, también la dinastía Pinal funcionaba como un clan. Y la matriarca era la cabeza absoluta. Ese era el imperio. Una matriarca con cuatro matrimonios, cuatro hijos, una trilogía con buñuel, una palma de oro contrabandeada a México, un teatro con su propio nombre, una telenovela mítica.
dos cargos en el Congreso de la Unión, un retrato pintado por Diego Rivera y alrededor de ella una nube creciente de hijas, nietas y bisnietas que iban a heredar parte del talento, parte del apellido y también parte de las heridas. Eso era lo que el público veía. Lo que el público no veía era esto. Detrás de ese poder había un patrón que estaba a punto de empezar a repetirse y entonces ocurrió algo que lo cambiaría todo.
Atención, porque aquí llega la primera de las cuatro cosas que te prometí. La maldición de las viridianas. Ese nombre Viridian que para Silvia Pinal había sido sinónimo de gloria, de can, de buñuela, de cima profesional, se convirtió en uno de los nombres más doloridos de la historia del espectáculo mexicano.
Y todo empezó en la madrugada del 25 de octubre de 1982. Esa noche, Silvia Pinal había tenido un día agotador. Llegó cansada de una reunión, se puso la bata y se acostó pasada la 1 de la mañana. Antes de dormirse había tenido una conversación breve, sin importancia aparente con su hija Viridiana en la recámara de la chica.
Viridiana tenía 19 años y era una promesa real del cine y la televisión. Su nombre simbólico no había sido un capricho. Era una niña con presencia, con ojos magnéticos, con el porte heredado de su madre. Había debutado a los 18 años en la película La Seducción, dirigida por Arturo Ripstein, papel por el que la nominaron al premio Ariel.
Había trabajado en el programa cómico Cachun Cachun Rar Ra, donde el público la conocía como Biri. Estaba en la obra de Teatro Tartufo de Molier, en el teatro de la nación y sobre todo estaba grabando Mañana es primavera, una telenovela producida por su propia madre, donde madre e hija aparecían juntas en cuadro. Viridiana iba a dejar todo para concentrarse en esa novela.
Estaba en el ascenso, estaba donde sus padres habían querido que estuviera esa noche. Sin embargo, Viridian había salido a una fiesta en el departamento del actor Jaime Garza, ubicado en la calle Mimosa, al sur de la Ciudad de México. Garza era su novio. La fiesta celebraba la última función de Tartufo de la que Viridiana se despedía. Según contó Garza muchos años después, la velada transcurrió sin novedad.
Viridiana no había bebido alcohol ni consumido drogas. De pronto dijo, “Ya me voy.” Y Garsa la notó inquieta, preocupada, sin entender por qué. Salió en su Volkswagen Atlantic. El coche que le había regalado Tulio Hernández, el cuarto marido de su madre. Pasaba de las 3:30 de la mañana, acababa de llover.
En la avenida Toluca, en la zona poniente de la ciudad, en una pendiente, su coche se salió de los carriles laterales, derrapó, dio varias vueltas y cayó por un barranco. No llevaba puesto el cinturón de seguridad. La autoridad determinó que el exceso de velocidad fue la causa del accidente. El cuerpo fue localizado a las 6:50 de la mañana.
Quien identificó el cadáver no fue Silvia, fue su hija mayor, Silvia Pasquel. A las 7 de la mañana, Silvia Pasquel recibió una llamada. Era Ivón Méndez. Oye, Silvia, necesito que vengas porque Biri sufrió un accidente. Pasquel en una entrevista posterior lo describió así. Cuando me dijo eso, fue un baño de agua helada.
Llegó al lugar y vio el coche. Vio el cuerpo. Se ve que venía bajando y como no tenía acotamiento, la carretera se siguió de frente y voló. No eran muchos metros. como cuatro o cinco. A la hora que ella voló, parece que con el brinco del coche se pegó en la 100 y se mató. Silvia se metió a la delegación, hizo los trámites y entonces le tocó hacer la llamada más difícil de su vida.
Llamó a su madre. Silvia Pinal contestó dormida. Le costó creerlo. La frase que le dijo su hija mayor con la voz hecha a pedazos fue: “Mamá, ya la vi y está muerta.” Silvia Pinal escribió años después en su libro autobiográfico Esta soy yo. Lo que pasó después llegó al lugar. Los rescatistas todavía intentaban sacar el cuerpo de su hija, que había quedado prensado en el automóvil.
Tardaron mucho en liberarla, la subieron a la ambulancia y Silvia se subió con ella, pero no pudo tocarla. No me permitía abrazarla. De ninguna manera podía sentir la frialdad de la muerte en aquel cuerpo que había visto unas horas antes. Mi niña, quien era mi gran felicidad y mi compañera, la mejor estudiante con un futuro prometedor. No, no la toqué, no pude.
Habría sido como dar el cierre definitivo a algo que no aceptaba. Esa frase es de la propia Silvia y describe la imposibilidad de aceptar lo inaceptable. Pero la cosa no terminó ahí. Termina en cierto sentido comienza ahí porque 5 años después, casi exactamente, otra viridiana iba a morir en circunstancias parecidamente atroces.
Y este segundo capítulo es el más oscuro, porque la víctima esta vez tenía 2 años. Para entender lo que pasó el 27 de octubre de 1987, hay que regresar 3 años atrás y entrar en el segundo gran secreto de la familia Pinal. Y aquí viene la segunda revelación. En 1983, después de la muerte de Viridiana a la triste, Silvia Pinal estaba devastada. Buscaba consuelo.
Encontró a Fernando Frade, un empresario poco conocido pero atractivo, con quien empezó una relación que duraría unos 2 años. Fernando Frade tenía un problema, alcoholismo. Algunas versiones añaden problemas con las drogas. Silvia lo dejó por eso la separación parecía amistosa, pero entonces empezó a circular un rumor que para Silvia fue inadmisible.
Fernando Frade estaba saliendo con su hija mayor, Silvia Pasquel. Aquí hay versiones encontradas y el guion las maneja con cuidado. Silvia siempre dio a entender que ella había sido la primera. Silvia Pasquel en distintas entrevistas ha sostenido que ella conoció a Frade primero antes que su madre.
que tuvieron un romance previo, que ella lo dejó por otro hombre, Rafael Puente, y que su mamá empezó después con él. Sea como sea, en 1983, a meses de la muerte de Viridiana, Silvia y Fernando volvieron a verse y reanudaron lo que había quedado pendiente. Pasquel ha admitido en entrevistas que la decisión de retomar esa relación tuvo que ver con el mal manejo del duelo por la muerte de su hermana.
En ese momento estaba muy desubicada. Porque había muerto mi hermana viridiana y enfrentarme a la muerte fue muy fuerte para mí. Esas desubicaciones te llevan a cometer errores, contó en el programa Historias Engarzadas. Yo decía, yo tengo que vivir esto porque si no lo vivo me voy a morir y me voy a quedar pensando que debí de haber hecho muy mal.
En 1985, Silvia Pasquel y Fernando Frade se casaron. Para Silvia Pinal fue una traición que no pudo perdonar. dejó de hablarle a su hija. Se rompió esa relación que había sido tan cercana, tan central en sus vidas. Madre e hija se distanciaron durante años. Imagina eso un momento. La mujer más famosa del cine mexicano, recién golpeada por la muerte de su hija menor, ahora también pierde a su hija mayor en una guerra silenciosa por un hombre.
Ese mismo año, Silvia y Fernando se convirtieron en padres de una niña. La llamaron Viridiana, en honor a Viridiana a la triste, la hermana muerta. El nombre otra vez. Esa palabra que Silvia Pinal había sembrado en una película de Buñuel y que había convertido en el nombre de su hija menor ahora parecía en su nieta.
Pero Silvia no fue al bautizo, no conoció a la niña. Su nieta viridiana Margarita Frade Vanquels creció dos años en una casa donde la abuela más famosa del país jamás puso un pie. El 27 de octubre de 1987 esa niña murió. La muerte ocurrió en una casa rentada en San Jerónimo, calle Santiago, al sur de la Ciudad de México.
Silvia Pasquel y Fernando Frade tenían problemas serios de pareja, problemas que la versión oficial atribuía a la presión y al duelo. Esa mañana los dos salieron de la casa para ir a hacerse una limpia con un brujo. Querían sacarse las malas vibras, querían recomponer su matrimonio. pequeña viridiana a la que cariñosamente le decían fiera.
Había vuelto de la escuela. La casa tenía una alberca grande, pero descuidada, casi un pozo de aguas negras. Según las descripciones que dio años después una amiga cercana de la familia, la niña había recibido un patito, un pato vivo, como regalo de cumpleaños. Amaba a ese patito. Las versiones difieren en algunos detalles, pero coinciden en lo esencial.
Mientras Silvia y Fernando estaban con el brujo, la cuidadora de Viridiana era doble, una empleada doméstica y la media hermana mayor de la niña Stephanie Salas, que entonces tenía 16 o 17 años. Stephanie ese día no había ido a la escuela. Salió al jardín a tomar el sol con audífonos puestos. Le dijo a la empleada que ella se encargaba de la niña, que la empleada podía seguir con sus tareas.
La distancia entre la entrada de la casa y la alberca era considerable. El patito habría caído o saltado a la alberca. La niña, según la propia Silvia Pasquel diría después, fue trás del pato, cayó al agua. Las versiones más duras de testigos cercanos cuentan que pasó cerca de media hora antes de que alguien notara la ausencia, que la empleada desde una ventana superior vio el cabello rubio de Viridiana flotando en el agua negra que se aventó a la alberca a sacarla.
Que cuando llegaron Silvia y Fernando del brujo, la niña ya estaba inconsciente, que la corrieron al hospital más cercano, que ya no había nada que hacer. Y según una versión que tomó fuerza años después, Stefhanie Salas, presa del miedo, salió corriendo de la casa. “Mi mamá me va a matar”, habría dicho. Y se fue. No se sabe a dónde.

A casa de Rocío Bquées, de Paulina Rubio, alguna familiar o amiga cercana. Eso es lo que cuentan testigos. Silvia Pasquel siempre lo ha dicho de manera más suave en sus propias entrevistas. Stefy tenía 15 años. Salió corriendo de la casa. Yo estaba preocupada por ella. No sabía dónde había ido. Hasta mi perrito se escapó ese día de la casa.
Pero el resultado fue el mismo. Una niña de 2 años que se llamaba Viridiana, hija de Silvia Pasquel, sobrina de la otra Viridiana, nieta de Silvia Pinal, había muerto ahogada en una alberca de aguas negras mientras sus padres estaban con un brujo y su media hermana adolescente tomaba el sol con audífonos.
Detente un segundo y piensa en esto. Dos viridianas. La primera, una promesa de 19 años, muerta el 25 de octubre. La segunda, una niña de 2 años, muerta el 27 de octubre. 5 años de diferencia, dos días de diferencia en el calendario y ambas relacionadas en alguna forma con un instante de descuido humano, una sin cinturón, manejando con prisa, una que siguió a un patito hasta una alberca podrida.
La prensa empezó a hablar de la maldición de las viridianas. La familia en privado también lo hizo. Silvia Pinal escribiría después que la muerte de Viridiana a la triste fue para ella, como un reloj que se detuvo de pronto. Y aunque yo me empeñé en darle cuerda y lo hice mover a la fuerza, nunca más funcionó igual.
Esa frase también vale para la familia entera. Después del 27 de octubre de 1987, algo se rompió y nunca volvió a su lugar. Silvia Pasquel cayó en una depresión profunda, se mudó a Cancún, dejó la actuación, abandonó todo. Ella misma lo describió con palabras que duelen. Me levantaba, abría el refrigerador y agarraba la botella de bodka. Ese era mi desayuno.
Fueron 4 meses muy terroríficos. andaba yo muy mal emocionalmente, muy perdida en el abandono. Lo que la salvó, contó después fue una llamada del productor de teatro Morris Gilbert, ofreciéndole el papel principal de Mi vida es mi vida. Esa obra la sacó del fondo y la muerte de la pequeña Viridiana, paradójicamente fue lo que reconcilió a Silvia con su madre.
En una fiesta de año nuevo organizada por Mónica Marván en Acapulco, Pasquel se acercó a Silvia y le pidió perdón. Hay que tener los pantalones de saber decir, “¿Sabes qué? Me equivoqué.” Pinal la perdonó. Madre e hija volvieron a hablarse, volvieron a abrazarse, pero la niña pequeña, la viridiana Margarita, fue sepultada en una caja blanca en el panteón español y Silvia Pinal nunca la conoció, nunca le tomó una foto, nunca le besó la frente.
Esa nieta de hecho, no aparece en las fotos familiares oficiales. Es la ausencia que duele más porque es la que fue cancelada antes incluso de existir para la abuela. Pero no te vayas todavía porque lo que viene es aún más impactante. Y aquí llega la tercera revelación, la que tal vez explica mejor cómo el dolor en la familia Pinal no se concentró en una sola generación, sino que se transmitió casi mecánicamente a las generaciones siguientes.
Si la primera revelación fue una maldición del nombre y la segunda fue una traición entre madre e hija. La tercera es la historia de una nieta que cargó durante 16 años con un padre famoso que se negaba a verla. Stephanie Salas Bankquels nació el 5 de febrero de 1970, hija de Silvia Pasquel y del músico Mike Salas.
Stefanie hizo su debut en la pantalla a los 8 años cantando con su madre en el programa Noche a noche de Verónica Castro. Más tarde se unió al elenco de vaselina, la versión en español de gris junto a los integrantes de Timbiriche. Y fue en esa vaselina a mediados de los años 80 donde un cantante juvenil que ya era una estrella en México fue a verla actuar.
Ese cantante se llamaba Luis Miguel. Stephanie tenía 16 años cuando empezaron a salir. Luis Miguel ya era el sol de México. Era una estrella en la cima absoluta de su popularidad. salieron, según ella misma ha contado, durante alrededor de 2 años sin que fuera lo que ella llamaría un noviazgo normal.
El 13 de junio de 1989 nació la hija de los dos, Michel Salas. Pero Luis Miguel no la reconoció. La visitó cuando era una bebé. Dijo que se parecía a él y se distanció. La niña creció con el apellido de su madre Salas Bankquels. La familia Pinal recibió a Michelle de la mejor manera. Silvia Pinal y Silvia Pasquel estuvieron presentes desde el primer día.
Stephanie en 1994 decidió hablar por primera vez al periódico El Universal y romper los rumores. La declaración fue exclusiva. Luis Miguel es padre de mi hija Michelle. Michelle tenía 4 años. Stephanie explicó que lo hacía pensando en su hija, no en sí misma. El día de mañana crece mi hija y esos chismes le pueden afectar.
No sería justo para nadie. Todo mundo en la vida tiene derecho a tener un padre en las condiciones que sean. Pero Luis Miguel siguió sin reconocerla legalmente. Por muchos años, Michelle creció siendo la hija de un hombre que el mundo entero conocía, pero que se negaba a verla. En 2005, Michelle, a sus 16 años dio una entrevista a una revista y dijo algo que se hizo viral antes de que existiera el concepto de viralidad.
Ya no quiero que me compadezcan por ser la hija no reconocida de Luis Miguel cuando él sabe que existo. No le pido una vida. Solo quiero que me dé 5 minutos para que me explique sus razones, que me diga qué pasó y ya. Esa declaración pública sacudió a Luis Miguel. La presión de su nuevo entorno también ayudó.
La actriz Aracel Arámbula, con quien Luis Miguel mantuvo una relación entre 2005 y 2009, parece haber sido fundamental para que el cantante diera el paso. En 2008, padre e hija se encontraron por primera vez como tales. En 2011, Michelle obtuvo oficialmente el apellido paterno. Se casó con Danilo Díaz en 2023. en una boda en la Toscana Italiana y allí, por primera vez en una celebración familiar, Luis Miguel y Stefanie estuvieron juntos en cuadro conviviendo, hablando con cordialidad.
Stephanie contó después que Luis Miguel le agradeció su trabajo como madre. Sí, la verdad es que sí. No voy a decir las palabras, pero así como lo dijiste. Quizá tú también conoces esa sensación de que alguien que debió haber estado contigo desde siempre se aparece tarde. Quizá tú también has tenido un padre, un familiar, una persona importante que se demoró en mirarte.
Si has sentido eso alguna vez, vas a entender lo que Michelle Salas cargó durante los primeros 16 años de su vida mientras Luis Miguel llenaba el Auditorio Nacional, mientras le dedicaban felicitaciones en periódicos completos, mientras su nombre era sinónimo de éxito, su hija mayor crecía sabiendo que él existía y que él la conocía y que él simplemente no quería verla.
Pero esa fue la generación de Stefanie. En la misma generación había otra mujer que también iba a cargar una herida brutal, aunque la suya tendría una textura distinta. Se llama Alejandra Guzmán. Nació el 9 de febrero de 1968, hija de Silvia Pinal y Enrique Guzmán. Heredó la voz, la presencia escénica y la rebeldía de su padre.
Heredó también, en cierta forma, la elegancia y el sentido del espectáculo de su madre. se convirtió en una de las cantantes más exitosas de México, la reina del rock. Ganó gramis, llenó estadios. Pero la historia de Alejandra Guzmán, sobre todo a partir de 2009, es la historia de un cuerpo que se fue rompiendo desde adentro.
En ese año, Alejandra acudió a una clínica buscando un aumento de glúteos. Le inyectaron metil metacrilato, biopolímeros, una sustancia que produciría con el tiempo una catástrofe médica. Las consecuencias se manifestaron en 2012 durante una grabación en Londres, cuando empezó a tener fiebres altísimas y dificultad para caminar.
Desde entonces, Alejandra Guzmán ha pasado, según sus propias declaraciones, por más de 50 operaciones. Ha tenido infecciones bacterianas múltiples. Ha tenido la espalda abierta por meses. Ha tenido prótesis de titanio en ambas caderas. Le pudieron haber amputado una pierna. Tuvo un tumor en 2007. En septiembre de 2022, en plena gala de la herencia hispana en el Kennedy Center de Washington, en pleno escenario, durante la segunda canción.
se dislocó la cadera y cayó al piso. La ambulancia se la llevó al hospital de la Universidad George Washington. En octubre de 2025 fue sometida a una cirugía mayor de columna vertebral. Sigue presentándose, sigue cantando. Pero el cuerpo de la reina del rock, el cuerpo que bailó en los 90 con esa cadera famosa, lleva cicatrices internas que ningún público ve.
Quizá tú también conoces a alguien que pagó muy caro por buscar la perfección. Quizá tú misma o tú mismo has visto a alguien cercano sufrir las consecuencias de una decisión médica que parecía pequeña y se volvió un infierno. Lo de Alejandra Guzmán es eso, pero amplificado por la fama, por los escenarios, por la imposibilidad de detenerse.
Y aquí viene la tercera revelación en su forma más completa. Porque el dolor de Alejandra Guzmán no se quedó en su cuerpo, pasó a su hija. Frida Sofía Moctezuma Guzmán. Nació en 1992, hija de Alejandra Guzmán y el empresario Pablo Moctezuma. Creció siendo una nieta consentida de Silvia Pinal, una niña en cumpleaños llenos de famosos, una imagen frecuente en los medios desde su infancia, pero algo no estaba bien.
La relación entre madre e hija fue tormentosa desde temprano. Frida Sofía denunció en distintas ocasiones agresiones físicas y emocionales por parte de su madre. Las dos se distanciaron. Frida Sofía se mudó a Estados Unidos. Las cámaras las captaban entrando y saliendo de los pleitos públicos.
Hasta que en abril de 2021, Frida Sofía, residente en Miami, dio una entrevista exclusiva al periodista Gustavo Adolfo Infante para el programa de Primera Mano. En esa entrevista hizo una acusación que sacudió al país entero. Acusó a su abuelo Enrique Guzmán de haber abusado sexualmente de ella desde los 5 años.
Las palabras que usó fueron directas. Me manoseó desde los cinco. Siempre fue muy abusivo. Me pongo a temblar porque tengo mucho que decir de eso. Fue un hombre muy asqueroso, siempre me daba miedo. Me hizo cosas feas. Para respaldar su acusación, Frida Sofía publicó en sus redes sociales una fotografía de su infancia, una imagen en la que ella a los 5 años está en brazos de Alejandra mientras Enrique Guzmán le sonríe de frente.
La expresión de la niña, según ella misma señaló, era de rechazo, de incomodidad, de miedo para todos los que quieren pruebas. Perdón que no tenía cómo grabar al puerco de mi abuelo manoándome a los 5 años de edad. Pero una foto dice más que 1000 palabras. Enrique Guzmán negó todo, llamó mentirosa a su nieta, pidió ayuda psiquiátrica para ella, la contrademandó por daño moral junto al periodista Gustavo Adolfo Infante.
En junio de 2021, Frida Sofía a través de sus abogados Olea y Olea, formalizó la denuncia ante la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México y esa denuncia incluyó algo aún más doloroso. Incluyó también a Alejandra Guzmán, su propia madre, por los delitos de violencia familiar y corrupción de menores.
La acusación contra Enrique era de abuso sexual. La acusación contra Alejandra era de no haber visto, no haber actuado, no haber protegido. El equipo legal de Frida Sofía explicó en conferencia de prensa que aunque los hechos podían haber ocurrido hace más de 15 años, los delitos no prescribían. La familia se partió en pedazos. Silvia Pinal, ya muy mayor, vio a su nieta acusar a su exmarido.
Vio a su hija ser acusada por su nieta. Vio como el apellido Pinal Guzmán pasaba de los titulares culturales a los titulares de los noticieros policiales. En el camino, Frida Sofía tuvo problemas migratorios y dificultades para venir a México a ratificar la denuncia. En cierto momento, hacia finales de 2022, Gustavo Adolfo Infante reveló que Frida Sofía había decidido no continuar con el proceso, que sentía que las autoridades mexicanas no le habían dado seguimiento.
Pero en agosto de 2024, según información que circuló en distintos medios y que reportó la revista TV Notas, Frida Sofía habría regresado a México y habría ratificado su denuncia. La causa sigue abierta en algún lugar de los archivos judiciales. Enrique Guzmán sigue negándolo todo. Alejandra Guzmán, en distintas declaraciones, ha defendido a su padre y ha lamentado el alejamiento de su hija.
La cantante ha dicho que al menos desde 2015 no ha vuelto a beber alcohol y que se refugia en el yoga, en el canto y en su trabajo. Y aquí está el dato que más duele de toda esta historia. Cuando Silvia Pinal entró al hospital en noviembre de 2024, cuando la familia se reunió para acompañarla en sus últimos días, cuando se filtró que recibía cuidados paliativos, Frida Sofía no estaba ahí.
La nieta que había acusado al abuelo no fue cuando Silvia murió el 28 de noviembre de 2024 en el Hospital Médica Sur a los 93 años. Por complicaciones derivadas de una infección en vías urinarias que se extendió al pulmón, Frida Sofía tampoco fue al velorio. Hubo versiones de que llegó al funeral acompañando a su madre, pero la propia familia y los reportajes en sitio confirmaron que Frida Sofía no apareció en el homenaje del Palacio de Bellas Artes.
Lo que hizo Frida fue publicar un video en redes sociales, un montaje de su abuela bailando en películas y obras de teatro con un mensaje breve. Así era mi abuela desde siempre y hasta siempre. Te amo y sigue bailando allá arriba. Pero su cuerpo, sus pies no estuvieron ahí. La fractura era irreparable. Y ahora llegamos a la cuarta y última revelación, la que te prometí al principio.
Si has llegado hasta aquí, esto es para ti. Porque la pregunta más profunda de toda esta historia no es solo cómo Silvia Pinal pudo levantar este imperio mientras su familia se rompía por dentro. La pregunta es, ¿por qué este patrón parece repetirse generación tras generación en cada mujer del clan Pinal con una precisión que asusta? En la primera generación, Silvia Pinal, hija no reconocida por su padre biológico durante una década entera.
En la segunda generación, Silvia Pasquel, distanciada de su madre por años por compartir un hombre, casada con el ex de su madre, perdiendo después una hija, vidiana a la triste, muerta a los 19. A meses de empezar a brillar, Alejandra Guzmán, devorada por dentro por una decisión médica de la que nunca pudo escapar del todo.
En la tercera generación, Stefhanie Salas criando 16 años a una hija que el padre se negaba a reconocer, viidiana Margarita Frade Banquas, ahogada a los dos años en un día en que sus padres estaban con un brujo, Frida Sofía. Una herida abierta sobre el cuerpo del abuelo, una guerra contra el linaje entero y en la cuarta generación ya con Michelle Salas y Camila Val, mujeres jóvenes que han elegido hasta donde han podido vivir lejos del huracán mediático que persigue a su apellido.
Pero ese huracán no se va con voluntad, el huracán se hereda. Camila Valero, la hija menor de Stephanie Salas, nacida en 1997. Fruto de la relación de Stephanie con el músico Pablo Valero del grupo Santa Sabina, ha intentado abrirse camino como actriz y modelo con un perfil discreto. Ella creció viendo a su media hermana Michelle en el ojo del huracán mediático por ser hija de Luis Miguel, mientras ella misma navegaba un camino menos vigilado, pero igual de exigente.
Michelle Salas, ya con el apellido paterno desde 2011, hizo carrera internacional como modelo y emprendedora. Trabajó con marcas de lujo. Vivió en Nueva York. Vivió en Madrid. Se casó en La Toscana en 2023 y construyó un perfil propio que iba más allá de la hija de Pero ambas han tenido que vivir con una pregunta permanente y es si la maldición que tocó a las generaciones anteriores las va a tocar a ellas también.
Y aquí vale la pena nombrar el patrón. Lo que se repite no es la tragedia exacta. Lo que se repite es la falta del padre o del esposo o del apoyo en momentos críticos, Silvia perdió al padre biológico. Silvia Pasquel perdió a su padre Rafael Banquels de forma muy temprana. Su madre incluso le ocultó que había muerto cuando ella tenía 8 años para protegerla. Imagínate eso.
Una niña de 8 años a quien no le dicen que su padre murió. Silvia Pasquel se enteró años después, en circunstancias que ella misma ha contado como traumáticas. Esa decisión de Silvia, la decisión de protegerla del dolor ocultándole la verdad, marcó la relación entre madre e hija de una manera que no se nombra mucho, pero que está en el origen de tantos pleitos posteriores.
Viridiana a la triste tenía a su padre Gustavo a la triste. Pero los padres ya estaban divorciados desde 1967 y la relación era compleja. Stephanie Salas creció con un padre, Mike Salas. Pero su gran golpe fue el padre que tuvo su propia hija, que no quiso verla. Frida Sofía ha denunciado al patriarca de la familia entera.
Michelle Salas tuvo que esperar hasta los 19 años para llevar el apellido de su padre. El patrón no es la muerte, es la ausencia, es la negación. Es la sospecha de que en cada generación los hombres importantes desaparecen, fallan o lastiman. Y son las mujeres las que cargan con todo, las que se levantan, las que cuidan, las que entierran, las que producen telenovelas y montan y graban discos y escriben libros y siguen adelante.
Eso es la dinastía Pinal, una sucesión de mujeres que aprendieron una a una, que la única que de verdad iba a estar siempre, aunque pelearas con ella, aunque te dejara de hablar, aunque te peleara un novio, era la mujer que estaba en la generación anterior, la madre, la abuela, la bisabuela. Por eso, cuando Silvia Pinal murió, hubo un quiebre profundo en la familia, no solamente por el dolor de perderla a ella, sino porque con ella se iba la última garantía de que el clan se sostendría unido por
presencia de quien lo fundó. Pero no te vayas todavía porque hay un detalle más, uno que tal vez sea el más doloroso de toda esta historia y que conecta directamente con el gancho con el que empezamos. Ese mismo nombre, Viridiana, que para Silvia Pinal había sido sinónimo de K, de buñuel, de cima profesional, terminó significando exactamente lo contrario en su vida íntima.

Significa la hija que perdió en el barranco, significa la nieta que se ahogó en aguas negras. Significa el vacío de las dos mujeres que llevaron ese nombre y que ya no están. Cuando la productora de la bioserie de Silvia, Silvia Pinal, frente a ti, reconstruyó su vida en pantalla, la palabra viridiana aparece como un fantasma recurrente, un hombre que no se puede esquivar.
Silvia bautizó al teatro de su propiedad como Teatro Silvia Pinalvi Viridiana en honor a la hija perdida. Cada vez que pasaba por la marquesina, ese nombre la miraba desde arriba. Cada vez que actuaba en su propio escenario estaba dentro del nombre de su hija muerta. Algunos dirían que eso fue una forma de mantener viva la memoria.
Otros dirían que fue una forma de no soltar el dolor. Lo que sí sabemos es que Silvia Pinal nunca dejó de hablar de Viridiana a la triste hasta el último año de su vida. La mencionaba en entrevistas. ponía su foto en sus redes sociales en cada aniversario. 42 años después de la muerte, cuando Silvia falleció, alguien en redes sociales escribió la frase que rompió a media internet.
No todo es malo. Silvia Pinal y su hija viridiana a la triste ya están juntas después de 42 años. Vamos al estado actual de las cosas. Silvia Pinal murió el 28 de noviembre de 2024 a los 93 años. en el hospital médica sur de la ciudad de México. La causa oficial fue una neumonía complicada. Se cuela de una infección bacteriana en vías urinarias por la que había sido hospitalizada el 22 de noviembre.
La presidenta Claudia Shainbound le rindió homenaje desde la mañanera del 29 de noviembre. La Secretaría de Cultura organizó, en acuerdo con la familia un homenaje luctuoso en el Palacio de Bellas Artes el sábado 30 de noviembre a partir de las 11 de la mañana. Con cuerpo presente, acudieron miles de personas.
Llegaron Silvia Pasquel, Alejandra Guzmán y Luis Enrique Guzmán, los tres hijos sobrevivientes. Llegaron también nietas y bisnietas, entre ellas Stefhanie Salas, Michelle Salas, Camila Valero, Jordana Guzmán y Shersa Guzmán. Llegaron amigos cercanos María Antonieta de las Nieves, Daniela Romo, Sergio Goiri, Manuel Landeta y muchos más.
Llegó incluso Pablo Moctezuma, expareja de Alejandra Guzmán y padre de Frida Sofía, en un gesto que quería ser de cercanía con la familia. Pero Frida Sofía, como ya dijimos, no fue. Se quedó del otro lado de la frontera, publicando en redes sociales. Luis Miguel, a quien Silvia había deseado en distintas entrevistas que cantara con mariachi en su funeral porque lo consideraba parte de la familia desde la boda de Michelle.
Tampoco apareció en el homenaje. Aunque estaba en México por sus conciertos. Su ausencia fue notada. La familia, herida de mil maneras, decidió cremar a Silvia. Sus cenizas reposan en una urna en forma de corazón decorada con un diamante. La herencia. Aquí el guion entra en una zona donde se mezcla la versión oficial y los rumores y conviene hacer una distinción clara.
La lectura del testamento se llevó a cabo el 17 de diciembre de 2024 en la residencia de María Elena Galindo, conocida como La Gordita, amiga cercana de Silvia y designada como Albaceea sustituta. El testamento, según se filtró a distintos medios, había sido redactado en 2004. Asistieron los tres hijos de Silvia, Silvia Pasquel, Alejandra Guzmán y Luis Enrique Guzmán, sus cuatro nietas Stefanie Salas, Shersa Guzmán, Jordana Guzmán y Frida Sofía a través de representación o documentación y sus dos bisnietas, Michelle Salas y
Camila Valero. Estuvo también Efigenia Ramos, asistente de Silvia durante 35 años. Entre los activos del testamento se mencionan la inmobiliaria periférico que comprende el teatro Silvia Pinal, el edificio Versalles, el departamento basurto y dos terrenos usados como estacionamientos, una casa en Acapulco, un departamento en Altavista, propiedades en el Pedregal y una colección de arte que incluye un retrato pintado por Diego Rivera.
La cifra total se ha estimado por filtraciones del programa Ventaneando y de la periodista Patti Chapoy en alrededor de 200 millones de pesos en efectivo y bienes. El reparto en líneas generales dejó a los tres hijos como herederos principales. Frida Sofía, según se confirmó, sí fue incluida por su abuela en el testamento, en partes iguales con sus primas.
Pero la lectura no fue tranquila. Hubo dos momentos de tensión. Según reportó el periodista Gustavo Adolfo Infante, el primero cuando se reveló que Silvia Pinal había dejado un 5% de unas obras de arte a Efigenia Ramos, Alejandra Guzmán y Silvia Pasquel, según esta versión, le levantaron la voz a Efigia y le dijeron que no le iban a dar nada, que no lo merecía.
El segundo, cuando Michelle Salas le reclamó a su tío Luis Enrique Guzmán por un asunto delicado. Joyas y piezas de arte de Silvia Pinal habrían desaparecido en 2023. Silvia Pasquel inicialmente había culpado a una enfermera, pero un audio filtrado de Mayela Lagún, expareja de Luis Enrique, supuestamente lo señalaba como cómplice del faltante.
La acusación quedó en el aire. Luis Enrique no respondió. Casi un año después. En agosto de 2025, María Elena Galindo renunció como albacea dejando en suspenso parte del proceso. La distribución sigue avanzando, pero a tropezones. Y hay otro episodio que no se puede dejar de mencionar porque también golpeó a Silvia Pinal en sus últimos años de vida, el caso Apolo.
Luis Enrique Guzmán, el hijo menor de Silvia, había estado casado con Mayela Laguna y de esa relación se asumió durante años que había nacido un niño llamado Apolo, presentado públicamente como nieto de Silvia Pinal. Ella misma sostuvo en brazos al pequeño en cumpleaños y reuniones familiares. Pero en 2023 una prueba de paternidad reveló que Apolo no era hijo biológico de Luis Enrique Guzmán.
La noticia sacudió a la familia. Silvia Pinal, ya muy mayor y con la salud deteriorada, se enteró de que el niño al que había abrazado y presentado como su nieto no llevaba su sangre. Se filtraron audios y declaraciones cruzadas, demandas legales, intervenciones de programas de espectáculos. La propia Silvia en una entrevista televisada hizo una frase que se volvió viral. Apolo no es mi nieto.
Cuatro palabras, una historia entera. Lo que aquello dejó al descubierto fue otra vez la misma lógica de las generaciones anteriores. Un hijo de Silvia involucrado en una relación tormentosa. Un nieto en el medio, una mujer del lado que era expareja, audios filtrados, escándalo público. El patrón seguía vivo.
Apolo, el niño, no tenía la culpa de nada. Pero su nombre se convirtió en los últimos meses de Silvia Pinal en una herida nueva sobre la dinastía. Recuerda la frase Apolo no es mi nieto. Esa frase de la mujer que durante seis décadas había sido sinónimo de elegancia y dignidad dice mucho sobre lo cansada que debió estar Silvia de tantos años de pleitos familiares públicos.
Y mientras los hijos sobrevivientes se peleaban por el reparto, también pasaba algo más, algo más silencioso. La asistente Efigenia Ramos, la mujer que había estado al lado de Silvia durante 35 años, la que la había bañado en sus últimos meses, la que respondía a las llamadas, la que hacía la lista de invitados al funeral, ahora era desestimada por las hijas mayores.
Una mujer que había trabajado con devoción media vida tenía que defender lo que la propia Silvia le había dejado y lo tenía que defender contra las hijas de la patrona. Imagínate eso. La servidora más leal del imperio, gritada en la lectura del testamento. Esa imagen más que cualquier otra define la familia Pinal de hoy.
Hay otra imagen más triste y más concreta, que también vale la pena recordar. Silvia Pinal pasó los últimos años de su vida en una casa del pedregal de San Ángel, en el sur de la Ciudad de México. Tenía cuidadoras, asistentes, doctores. Hubo audios filtrados en los últimos meses sobre el supuesto maltrato de una enfermera hacia ella, que la familia confirmó y que llevaron a la salida del personal involucrado.
Estuvo en silla de ruedas en sus últimas presentaciones públicas, pero seguía actuando, seguía produciendo, seguía siendo hasta el final lo que siempre fue. Una mujer que no sabía estar quieta. La última vez que se subió a un escenario en condiciones lo hizo en silla de ruedas. Su última despedida cinematográfica fue un cortometraje grabado pocos años antes de su muerte.
La frase que mejor la define la dijo Daniela Romo en el funeral. Cuando Viridiana se fue, ella regresó a trabajar con gran profesionalidad. tuvo sus sufrimientos, pero eso la convierte en un ejemplo a seguir. En seis frases es Silvia Pinal, la mujer que vio morir a una hija en la madrugada y al día siguiente entró a grabar la novela La mujer que no se pintó los labios la noche del accidente, pero a las pocas semanas terminó el episodio 40 de Mañana es primavera con una despedida en la que durante 4 minutos escuchaba la voz grabada de Viridiana
sobre imágenes de ríos, lagos y amaneceres. La mujer que convirtió su dolor más privado en pieza pública. Hay también una imagen final. La cripta familiar de la familia Pinal está en el panteón jardín de la Ciudad de México. Allí están Viridiana a la triste, sepultada desde 1982. Allí están otros familiares y allí, en alguna parte, en una urna en forma de corazón descansa Silvia Pinal, la hija que nació de un padre que no quiso reconocerla, la mecanógrafa que terminó siendo musa de Buñuel, la
diputada, la senadora, la dueña de teatros, la madre de cuatro hijos y abuela de cuatro nietas y bisabuela de dos bisnietas, finalmente al lado de la hija que había perdido 42 años antes. Algunos dirán que es una imagen consoladora, otros dirán que es la imagen de una herida que tardó demasiado en cerrar.
Lo que es indudable es que esa cripta hoy es uno de los puntos más visitados por turistas y fans del cine de oro mexicano. Va gente cada semana, lleva flores, toma fotos, llora. La maldición de Viridiana se transformó con los años en una memoria pública y eso es algo que pocas dinastías logran, convertir el dolor más privado en patrimonio cultural.
Ahora detente un momento y mira lo que estamos contando, porque el balance es brutal. Silvia Pinal fue la diva más completa del entretenimiento mexicano del siglo XX, pero también fue la matriarca de una familia en la que cada generación de mujeres cargó una herida distinta. Ganó la palma de oro con una película llamada Viridiana, pero perdió a su hija viridiana en un accidente de auto a los 19 años y a su nieta viridiana ahogada a los dos en el mismo mes y separadas por dos días.
fundó la dinastía artística más famosa del país, pero se peleó con su hija mayor durante años por un hombre que después se convertiría en el padre de su nieta muerta. Construyó un teatro con su nombre en honor a su hija fallecida, pero pasó dos años sin conocer a la nieta que iba a morir antes de llegar a verla.
crió a una hija, Alejandra, que se convirtió en la cantante más vendida de México. Pero esa hija fue acusada por su propia hija de no haber visto el abuso del abuelo. Tuvo a su exmarido Enrique Guzmán a su lado en los últimos días en el hospital, pero ese mismo Enrique Guzmán llevaba más de 3 años combatiendo legalmente la denuncia de su propia nieta.
Murió rodeada de tres hijos, cuatro nietas y dos bisnietas. Pero una de sus nietas, Frida Sofía, no fue al velorio. Murió siendo declarada patrimonio cultural vivo en distintos foros de México. Pero su asistente más leal terminó siendo gritada en la lectura del testamento. Quizá tú también conoces ese tipo de paradojas. Quizá en tu propia familia hay una abuela, una madre, una tía, una mujer fundadora que construyó algo enorme y al mismo tiempo dejó cuentas pendientes que ni ella misma alcanzó a cerrar.
A lo mejor sabes lo que es haber crecido en la sombra de una mujer fuerte, admirable, querida por todos y aún así sentir que algo no terminó de funcionar entre las ramas. Tal vez también has descubierto que en las familias grandes, donde todos parecen exitosos, donde los apellidos abren puertas, el dolor no se reparte mejor por ser menos visible.
A veces el dolor de una familia famosa duele más porque no tiene espacio privado para curarse. Y eso es exactamente lo que le pasó a la familia Pinat. Cada herida íntima fue noticia, cada pleito fue portada. Cada lágrima tuvo cámara enfrente. La reina del rock no podía gritar de dolor sin que alguien lo grabara.
La nieta abusada no podía denunciar al abuelo sin que el país se dividiera. La hija muerta en una alberca no podía descansar sin que 37 años después una amiga rompiera el silencio en YouTube. Antes de cerrar quiero dejarte una pregunta, porque en historias como esta no hay verdades únicas. Dime tú, ¿crees que Silvia Pinal supo mientras vivía todo lo que sus decisiones les hicieron a las mujeres que vinieron después de ella? ¿Crees que Silvia Pasquel pudo perdonarse de verdad la noche que perdió a su hija de 2 años mientras
estaba con un brujo? ¿Crees que Stefhanie Salas y Michel Salas habrán encontrado una paz real con Luis Miguel después de tantos años de silencio? ¿Crees que Frida Sofía en algún momento podrá reconciliarse con su madre o que la herida es definitivamente irreparable? Y cree sobre todo que la maldición de Viridiana, ese nombre que arrasó con dos generaciones, se rompió cuando Silvia Pinal cerró los ojos por última vez en el hospital.
Déjamelo en los comentarios. Quiero leerte porque sé que a muchos esta historia les va a tocar fibras propias. No solo es una historia de famosos, es la historia de cómo el éxito puede convivir durante décadas con el dolor más privado, sin que ninguno de los dos termine por borrar al otro. Si llegaste hasta aquí, te pido que te suscribas al canal.
No para que el canal crezca, sino para que más personas conozcan estas historias. Las historias que otros prefieren callar porque duelen demasiado. Las historias de las mujeres que sostuvieron familias enteras mientras los apellidos brillaban en marquesinas. Las historias que están detrás de los homenajes en bellas artes, detrás de las palmas de oro, detrás de los conciertos llenos. Aquí no juzgamos, aquí contamos.
Y tú, al quedarte hasta el final, ya formas parte de la gente que se atreve a mirar lo que casi nadie quiere mirar. La próxima semana tenemos una historia que conecta directamente con esta. Vamos a hablar de otra dinastía mexicana golpeada por la tragedia, una donde el padre fue ídolo de millones. La hija heredó la voz, la nieta heredó el escándalo y la herencia, otra vez terminó destrozando lo que la fama había construido.
Las mujeres que heredaron el talento y se hicieron grandes, las mujeres que heredaron las heridas y no pudieron levantarse, las que rompieron el ciclo y las que lo repitieron. Una historia en la que vamos a mirar de cerca lo que pasó cuando un apellido mítico empezó a desinflarse en silencio. No te la pierdas porque hay un nombre. Un solo nombre que aparece en ambas historias y que vas a reconocer en cuanto lo escuches. Hasta la próxima.