Posted in

SERRANO SUÑER: vendió España a Hitler por una llamada — y Franco lo sabía

Cuñadísimo, el superlativo absoluto del cuñado, el cuñado de todos los cuñados, el cuñado elevado a categoría política. La ironía del apodo no era solo lingüística, era una acusación velada en forma de broma. Porque en España el cuñadismo político no necesita explicación. Todo el mundo sabe lo que significa que alguien llegue donde llega, no por sus méritos, sino por estar casado con la persona correcta.

El cuñadísimo encarnaba eso a escala nacional, pero sería un error y un error grave reducir a Serrano Suñera su matrimonio. Era mucho más que un oportunista familiar. Era un hombre genuinamente inteligente, genuinamente comprometido con su ideología, genuinamente capaz. El matrimonio le abrió la puerta, sí, pero lo que hizo una vez dentro no puede explicarse solo por el parentesco.

Lo que pasó después requería ambición propia. visión propia y una disposición a cruzar líneas que la mayoría de los hombres, incluso en aquella época convulsa, no habrían cruzado. El problema es que en 1931, cuando se casó con Cita Polo, Serrano Zuñer todavía no era ese hombre, todavía tenía dudas, todavía tenía hermanos vivos, todavía tenía algo que perder.

La guerra civil se encargaría de quitarle todo eso y lo que quedó al otro lado no se parecía mucho al brillante chico de Murcia que llegó a Madrid con una maleta llena de sueños. Se parecía algo más frío, más limpio en su frialdad, más peligroso precisamente porque ya no tenía miedo a nada. Existe una palabra en español que no tiene traducción perfecta a ningún otro idioma.

Una palabra que los propios españoles usan con una mezcla de afecto, vergüenza y resignación. Una palabra que resume uno de los mecanismos más antiguos y más resistentes del poder en este país. Esa palabra es cuñado, no es simplemente el hermano de tu cónyuge. En el imaginario español, el cuñado es el que llega sin invitación y se queda sin pedir permiso, el que opina de todo sin saber de nada, el que consigue el trabajo, el contrato, el favor, la influencia, no porque sea el mejor, sino porque está en el lugar correcto por las razones equivocadas. El cuñado no gana,

el cuñado aparece. Ramón Serrano Suñer no apareció, conquistó, pero lo hizo por la puerta del cuñado y esa es una distinción que la historia no le perdonó nunca. La boda de 1931 con cita polo fue, vista con distancia uno de los movimientos más decisivos de la política española del siglo XX. No porque nadie la planeara así, sino porque la historia tiene esa costumbre de convertir los actos privados en mecanismos públicos sin pedir permiso.

Un hombre se enamora de una mujer. Esa mujer tiene una hermana. Esa hermana está casada con un general de brigada que en ese momento no es nadie especialmente importante en el panorama político español. Y 5 años después, ese general de brigada es el caudillo de España, el dueño del país, el hombre al que todos deben lealtad o mueren. Y tú eres de la familia.

Hay que detenerse un momento aquí para entender lo que eso significaba en la España de Franco. El régimen no era una estructura burocrática fría donde los cargos se asignaban por mérito o competencia. Era una constelación de lealtades personales, de clanes, de facciones que orbitaban alrededor de una figura central.

La familia era el vínculo más poderoso de todos, porque era el único que no podía romperse con una purga o una destitución. Podías perder un ministerio, pero no podías perder el hecho de ser el cuñado. Serrano Suñer entendió esto con una claridad que pocos de sus contemporáneos tuvieron y lo usó con una maestría que hasta sus enemigos tuvieron que admitir a regañadientes.

Pero la boda fue solo la llave. Lo que él hizo con esa llave dependió de algo más que del parentesco. Porque cuando Franco llegó al poder en 1939, necesitaba algo que el ejército no podía darle. Necesitaba construir un estado. Los militares sabían ganar guerras, sabían ocupar territorios, sabían fusilar disidentes, pero construir un aparato ideológico, una estructura administrativa, un sistema de propaganda que convirtiera la victoria militar en legitimidad política permanente, eso requería otro tipo de hombre. requería a

alguien que hubiera leído a los teóricos del fascismo europeo, que conociera cómo funcionaban los ministerios, que supiera redactar decretos y discursos, que pudiera reunirse con diplomáticos extranjeros sin avergonzar al régimen. Prequería, en resumen, a alguien como Serrano Zuñer. En 1938, antes incluso del fin de la guerra civil, Franco lo nombró ministro del Interior, el ministerio más importante en un estado que se estaba construyendo desde cero sobre las ruinas de la República. Desde ese despacho, Serrano

Zuñer no gobernó, arquitectó. Diseñó las estructuras del Estado nuevo con la precisión fría de alguien que ha estudiado los modelos europeos y ha decidido importar los que le parecen más eficientes. El modelo elegido no fue el italiano de Mussolini, aunque había admiración, fue el alemán de Gobels. La delegación nacional de prensa y propaganda que Sarrano Sunier creó estaba calcada del Ministerio de Propaganda del Reich.

Mismo principio de control total de la información, misma filosofía de que un pueblo al que se le da el relato correcto no necesita la verdad. Misma convicción de que la prensa no es un servicio público, sino un instrumento de poder. Sus detractores dentro del régimen, y los tenía, muchos y poderosos, lo llamaban el hombre que quería convertir España en una colonia alemana.

Sus admiradores lo llamaban el arquitecto del Estado Nuevo. Ambos tenían razón y ambas descripciones eran, cada una a su manera, una condena. Pero lo que nadie terminaba de calcular en aquellos años era el peso real de esa conexión familiar, el acceso que le daba, la protección que le otorgaba, la certeza con que podía moverse en los espacios donde otros caminaban con miedo.

En el régimen de Franco nadie era intocable, excepto aparentemente el cuñadísimo. Los generales que lo odiaban y eran legión no podían hacer nada. Los falangistas que lo envidiaban y eran más se mordían la lengua. Los ministros, que lo consideraban un peligro para la estabilidad del régimen, presentaban sus informes, susurraban sus sospechas y comprobaban que Franco escuchaba, asentía y no actuaba.

No todavía, porque Franco también era un hombre que entendía perfectamente el valor de tener cerca a alguien que te debe todo. Serrano Zuñer, sin la conexión familiar, era simplemente un político inteligente con ideas peligrosas. Serrano Suñer como cuñado era un recurso, alguien que haría el trabajo sucio que los generales no sabían hacer, que construiría las estructuras que el ejército no entendía, que viajaría a Berlín y hablaría con los nazis de tú a tú, mientras Franco mantenía las manos limpias de ese contacto directo hasta que dejó de

serlo. Porque hay un momento en que el cuñado útil se convierte en el cuñado peligroso, en que el hombre al que le debes el estado que tienes se convierte en el hombre que sabe demasiado sobre cómo construiste ese estado en que el arquitecto se convierte en un testigo incómodo. Ese momento todavía estaba lejos en 1938.

Todavía estaba lejos en 1939, cuando la guerra terminó y Franco instaló su régimen sobre el cadáver de la República. Todavía estaba lejos en 1940 cuando Serrano Zuñer se convirtió en ministro de asuntos exteriores y Francia cayó en seis semanas y el mundo pareció inclinarse de forma permanente hacia el eje Berlín Roma.

Read More