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SARA GARCÍA: MATÓ a su MADRE a los 9 AÑOS… y el ASQUEROSO INFIERNO que la persiguió hasta la TUMBA.

El calor trajo lo que siempre traen los veranos en aquellos años. Ratas, pulgas y la fiebre  que mataba a familias enteras en cuestión de días. Tifus Murino, una enfermedad  transmitida por las pulgas de las ratas que llegaba con escalofríos, fiebre altísima, manchas rojas en el cuerpo y una debilidad que dejaba al enfermo en cama tres semanas.

Si tenías suerte, salías.  Si no, te ibas con una hemorragia interna o con los pulmones llenos de líquido. A finales de julio, Sara amaneció  con fiebre. Doña Felipa, que ya había enterrado 10 hijos, no necesitó que  nadie le dijera lo que estaba pasando. Le puso paños fríos en la frente, le hizo caldos, le rezó toda la noche  con el crucifijo apretado en la mano y le ordenó a Sara que no se acercara ni le respirara  cerca de la cara.

Pero Sara tenía 9 años y cuando su madre se acostaba junto a ella para arrullarla, la niña con fiebre se pegaba  a su pecho buscando ese calor que conocía desde la cuna. 10 días después, doña Felipa empezó a sentir los escalofríos. La fiebre le subió, le aparecieron las manchas rojas en el cuello y en el pecho.

Se la llevó la hemorragia interna dos semanas más tarde. Sara, en cambio, sobrevivió. Tenía 9 años y acababa de matar a su madre. Eso es lo que le dijeron las vecinas en susurros cuando creían que la niña no escuchaba. Pobre criatura. Se la pasó el de la rata a su mamá. Se llevó a doña  Felipa por la boca. Lo decían bajito, persignándose como quien comenta una desgracia  ajena.

Pero Sara escuchaba y lo entendió todo porque ya tenía edad para entender y nunca lo olvidó. Lo cargó adentro de la garganta el resto de su vida. Después de la muerte de su madre, Sara quedó completamente sola en el mundo. Sin padre, sin madre, sin hermanos vivos, sin tíos cercanos. Una niña de 9 años,  huérfana absoluta en una ciudad enorme y hostil.

La familia de una amiga de su madre,  los González Cuenca, se ofrecieron a recogerla por unos días. La metieron en una habitación con su hija más pequeña, una niña  de la misma edad llamada Rosario. Rosario González Cuenca. Acuérdate de ese nombre.  Vas a oírlo muchas veces antes de que termine esta historia, porque esa niña que  esa noche le prestó la mitad de su cama a Sara García, fue la persona que la acompañó hasta el último suspiro 76  años después y la que terminó enterrada en la misma tumba junto a la única hija

que Sara tuvo en la vida. Pero estoy adelantando demasiado. Los González Cuenca solo podían tener a Sara unas semanas.  Eran familia humilde, no tenían cómo mantener una boca más. Así que después de muchas gestiones, lograron internarla en el colegio de las bizcaínas,  una institución antiquísima en el corazón del centro histórico de la ciudad.

Era un colegio  para huérfanas y para hijas de familias venidas a menos, edificio enorme, muros gruesos, patios con fuentes y monjas vestidas  de negro que enseñaban a leer, a escribir, a cocer, a cocinar y a rezar.  Sara entró ahí con 9 años y un nudo en la garganta. Dejó atrás  la última casa donde había sentido calor humano.

Dejó atrás a Rosario y empezó a  aprender lo único que le iba a salvar la vida en los próximos años, a ser fuerte,  a no llorar delante de nadie, a guardarse el dolor hasta que se le hiciera piedra adentro. En las  bizcaínas pasó casi una década. Aprendió declamación, aprendió a recitar poesía,  aprendió a actuar en obras de teatro religioso que las monjas montaban cada Navidad y cada  Semana Santa.

y descubrió algo que cambiaría su vida. Cuando estaba en el escenario, fingiendo ser otra persona, el peso de haber matado a su madre  se aligeraba. Por unos minutos podía ser cualquier otra, una santa, una pastora,  una reina, cualquiera menos esa niña culpable que cargaba con el fantasma de doña Felipa pegado a los hombros.

A los 17 años  salió del colegio de las bizcaínas y lo primero que hizo fue buscar a Rosario González  Cuenca. la encontró. Estaba casada con un hombre mayor que le había puesto la mano encima más  de una vez. Tenían un hijo pequeño. Rosario apenas hablaba,  tenía moretones que escondía con mangas largas incluso en verano.

Sara, sin pensarlo dos veces, le dijo que se fuera con ella, que dejara a ese hombre, que las dos juntas podían salir adelante. Rosario no se atrevió. Todavía no,  pero la semilla quedó plantada. Sara empezó a trabajar como extra en pequeñas compañías de teatro que recorrían el  país. 1915 1916 sueldos miserables, camerinos compartidos con 12 actrices, trenes de tercera clase, hoteles de mala muerte en pueblos perdidos, pero arriba del escenario todo desaparecía.

En una de esas giras, en el año 1917, conoció a un actor llamado Fernando Ibáñez Carranza. era guapo, era mayor que ella. Tenía  esa seguridad de los hombres que han estado con muchas mujeres y saben exactamente qué decir para  que una se sienta especial. Sara, que tenía 22 años y que nunca había tenido un padre en casa, cayó como caen las que crecen, sin saber que se siente  ser cuidada.

Se casaron en 1918. La boda fue modesta,  apenas unos cuantos amigos del teatro. Ningún familiar por parte de Sara, porque Sara no tenía familiares. Rosario  González Cuenca tampoco pudo ir porque su marido no la dejó salir ese día. La luna de miel fue una gira por el norte.

Tepic Nayarit,  Hotel Bola de Oro, una habitación con vista a la plaza principal, una cama deshecha y la noticia  semanas después de que Sara estaba embarazada. El 15 de enero de 1920,  en ese mismo hotel, Sara dio a luz a una niña. La llamó  María Fernanda Ibáñez. Fue el momento más feliz de su vida y también, sin que ella lo supiera todavía, el principio del final.

Porque dentro de 20 años, ese  20 exactos, esa niña que acaba de nacer en la habitación 3 del hotel Bola de Oro va a morir en los brazos de Sara García  por la misma enfermedad que mató a doña Felipa. La misma, el mismo  la misma  fiebre, las mismas manchas rojas en el cuello, la misma hemorragia interna que no respeta  a nadie.

Y Sara, que a los 9 años cargó con la culpa de haber matado a su madre,  va a cargar después a los 45 con algo todavía peor. Va a entender que la maldición no se quedó en 1904,  que la siguió, que viajó con ella escondida en algún rincón del cuerpo esperando el momento perfecto para volver a salir.

que la sangre que ella misma le  pasó a su madre en aquel verano de la Ciudad de México era la misma sangre que ahora le corría por las venas a su hija única y que iba a tener que  verlo todo otra vez, esta vez sin poder hacer nada para detenerlo. Pero antes de llegar a esa noche  en Ciudad Valles, Tamaulipas, en octubre de 1940,  falta una historia que vas a tener que escuchar.

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