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SALVADOR CABAÑAS: CONFESÓ LA ASQUEROSA RAZÓN POR LA QUE LE DISPARÓ

Le pusieron el mariscal, empezaron a corear su nombre en el Azteca, le pidieron autógrafos a la salida de los entrenamientos. Las cámaras lo seguían a todos lados y Cabañas respondió, “Para finales de 2009. Era el capitán del equipo. Había metido 56 goles oficiales con las Águilas. era el máximo goleador de Paraguay en activo.

Había sido tres veces consecutivas el mejor goleador de Sudamérica entre 2007 y 2009, peleando con Riquelme, con Forlán, con los mejores del continente. Su nombre sonaba en clubes de Europa. El Manchester United mandó observadores. Un agente le ofreció un preacuerdo. La salida a Inglaterra estaba a meses de cerrarse. El mundial de Sudáfrica, donde Paraguay lo veía como su gran esperanza, estaba a la vuelta de la esquina.

A los 29 años, Salvador Cabañas tenía todo lo que un futbolista latinoamericano puede soñar. dinero, fama, una mujer con la que se había casado, un hijo  pequeño, una casa en cuapa, coches, patrocinios y un destino europeo a meses de cumplirse. Y entonces empezó el torneo bicentenario 2010.

Y aquí entra el primer detalle que casi nadie cuenta cuando hablan de esa noche, porque el bar no era un bar cualquiera  y los clientes que se reunían ahí no eran clientes cualquiera. El barbar era un club nocturno en la colonia Nápoles, sobre la avenida Insurgentes, cerca del Parque  Hundido. Había abierto el 15 de noviembre de 1984.

Su dueño era un empresario llamado Simón Sharaf, conocido en el medio del espectáculo mexicano por haber estado vinculado a la modelo Lupita Jones. El bar  no era un bar de barrio, era un club de membresía. Para entrar había que pagar una cuota. Tenía pantallas con videos musicales, luces de neón, mesas exclusivas y un perfil de clientela que iba más allá de la farándula.

Ahí entraban actrices de Televisa. Ahí entraban cantantes,  ahí entraban jugadores de fútbol después de los partidos del fin de semana. Pero también, y esto es lo que durante años nadie quiso decir en voz alta, ahí entraban hombres del crimen organizado, hombres con nombres que aparecían en expedientes federales,  hombres que pagaban cuentas en efectivo de 50,000 pesos por noche.

Hombres con escoltas, con coches  blindados, con armas escondidas a pesar de los cateos de la puerta. Uno de esos hombres era cliente regular del bar. Pagaba bien. Se hacía pasar por empresario transportista. Decía que manejaba tráileres. El gerente del lugar, un hombre llamado Carlos Cázares, conocido en el medio como Charlie,  lo había recibido decenas de veces.

Lo cateaban a la entrada, nunca le encontraron arma, pero su nombre real, el que nadie en el bar sabía esa noche,  era José Jorge Valderas Garza, alias el JJ. operador del cártel de los  Beltrán Leiva, brazo derecho de Edgar Valdés Villarreal, la Barbie. Y la noche del 24 de enero de 2010, ese hombre llegó al barbar y Salvador Cabañas también, casi al mismo tiempo.

Lo que pasó en las siguientes  4 horas todavía hoy se cuenta a medias. Ese domingo 24 de enero, el América había perdido 2 a0 contra Monarcas Morelia  en el estadio Morelos, jornada 2 del torneo bicentenario. Cabañas no había metido gol, había salido cansado, frustrado, en silencio. Regresó a la ciudad de México en el avión del equipo esa misma tarde.

Llegó a su casa de coapa, cenó con su esposa María Lorgia y con su cuñado.  Y a eso de la medianoche, los tres salieron del departamento. Querían tomar algo después del mal partido. Querían distraerse. Querían cerrar la noche fuera de casa. Antes de salir, Cabañas hizo dos llamadas, una al teléfono de su hermano en Paraguay.

Le dijo que estaba bien, que había perdido, pero que la próxima ganaban. le dijo que tenía ganas de regresar a Itahua unos días en el receso de febrero  y antes de colgar le dijo algo que el hermano recordó años después con escalofríos. Le dijo, “Hermano, cuídense ustedes allá que aquí  está la cosa medio rara.

” El hermano no le preguntó a qué se refería. Pensó que hablaba de México en general, de la violencia, de las noticias. Cabañas colgó y 20 minutos después salió de su casa rumbo al barbar. Lo que Cabañas no le dijo al hermano esa noche, lo que llevaba guardado desde hacía días, era que algo lo estaba inquietando desde el partido del San Luis, algo que había empezado ocho noches antes.

El sábado 16 de enero, una semana antes de esa madrugada del bar, el América  había abierto el torneo bicentenario con un partido en el Estadio Azteca contra el San Luis. Y esa noche fue la gran noche de cabañas.  metió dos goles, el primero al minuto 23, el segundo al minuto  62. El América ganó 5 a 1 y Cabañas salió ovasionado del Azteca por más de 40,000 personas.

Esa  misma noche, en una mesa de un palco privado del Estadio Azteca, había un  hombre que también había visto los dos goles, pero no los había aplaudido. Los había visto con la cara  apretada en silencio, mientras tres acompañantes a su lado entendían,  sin que él tuviera que decirlo, que esa noche habían perdido dinero, mucho dinero, y que la culpa era de uno solo, del paraguayo que estaba abajo sobre el césped alzando los brazos.

Ese hombre era el JJ, operador del cártel de los Beltrán  Leiva, mano derecha de Edgar Valdés Villarreal, la Barbie, y dueño, junto con sus  socios de una red de apuestas deportivas que esa noche había puesto una suma fuerte a que el  América perdía contra el San Luis.

La cifra exacta nunca se hizo pública. Algunos investigadores hablaron después de $200,000, otros de 400. Lo que sí está documentado es que el JJ  salió del Estadio Azteca esa noche con la mandíbula apretada, sin felicitar a nadie, sin hablar con sus acompañantes. Subió a un cadilac escalade negro y le dio una sola orden al chóer que lo llevara a casa.

En los días siguientes, en Círculos Cerrados del Bajo Mundo, el JJ habló del partido del San Luis, no con todos, solo con sus operadores más cercanos. Comentó la jugada del primer gol, la del segundo. Dijo que Cabañas había tenido suerte. dijo que el portero del San Luis era una desgracia, pero detrás de los comentarios  técnicos había otra cosa que nadie en su entorno se atrevió a contradecir.

El JJ se había sentido humillado y los hombres del narco mexicano cuando se sienten humillados no olvidan. Imagina por un momento lo que es cargar con eso. Tú no sabes nada. Tú metiste dos goles en el Azteca. Tú duermes tranquilo  y a kilómetros de tu casa, un hombre con poder y con pistola lleva 8 días pensando en tu nombre.

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