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ROCÍO DÚRCAL: La TRAICIÓN de Juan Gabriel… Y el Romance SECRETO con su ESPOSO que la DESTRUYÓ

Hay que regresar a una España de posguerra, gris, pobre, católica, donde una niña madrileña con ojos enormes y voz clara aprendió desde muy temprano que el éxito artístico era la única forma de escapar de una familia donde el silencio sobre los temas incómodos era la regla más estricta. una familia donde no se hablaba de ciertas cosas, donde las dudas no se preguntaban, donde las traiciones cuando ocurrían se enterraban con dignidad burguesa y donde una mujer aprendía desde niña que su deber sostener la apariencia de un matrimonio

perfecto, aunque por dentro ese matrimonio se estuviera pudriendo. Hay tres cosas sobre Rocío Durcal que el público latinoamericano nunca supo del todo. Tres cosas que su familia ha protegido durante medio siglo. Tres cosas que esta noche [música] vamos a descubrir. Primero, la verdadera naturaleza del matrimonio con Antonio Morales, conocido como Junior, ese cantante apuesto [música] del grupo Los Brincos, que en el imaginario popular siempre fue presentado como el esposo perfecto, el compañero leal, el padre

devoto, pero que en la intimidad del hogar, según testimonios consistentes que han ido apareciendo lentamente desde su muerte en 2014, fue exactamente lo contrario. Un hombre que durante décadas mantuvo una doble vida que Rocío conocido, cayó y cargó hasta el final. Segundo, el origen real de la pelea entre Rocío Durcal y Juan Gabriel a finales de los 90.

Una pelea que la versión oficial siempre atribuyó a un conflicto profesional sobre regalías y contratos, pero que en realidad, según las personas más cercanas a ambos artistas, tuvo un detonante mucho más íntimo, [música] un detonante que tenía que ver con unas fotografías, un detonante que tenía que ver con un viaje a Cancún en 1997 y un detonante que tenía que ver con el hombre que Rocío Durka amaba y al que al mismo tiempo había dejado de creerle desde hacía años.

Y tercero, el contenido aproximado del mensaje que Rocío dejó en el buzón de voz de Juan Gabriel 4 horas antes de morir. Un mensaje que ha circulado solo en los círculos más íntimos del entorno familiar y que según los testimonios fragmentados que han llegado a la prensa española, contiene tres frases específicas que cambian completamente la versión oficial de la relación entre estos tres artistas.

Aquí no hablamos de chismes, hablamos de testimonios. grabados, de declaraciones de Shanck Berman en programas de Televisa, de confesiones que el propio Juan Gabriel hizo dos meses antes de morir en 2016 en una entrevista que duró 4 horas y de la cual solo se publicó una versión muy editada. Madrid, España, 4 de octubre de 1944.

En una casa modesta del barrio de Chamberí nace María de los Ángeles de las Eas Ortiz, hija de Pablo de las Heras y de Asunción Ortiz, una familia obrera que apenas alcanzaba a sostener una vida de clase trabajadora en la España de posguerra. Madrid en 1944 no era una ciudad, [música] era una herida.

Las cicatrices de la guerra civil todavía sangraban en cada rincón. Había escasez de alimentos, [música] había racionamiento, había hombres mutilados pidiendo limosna en cada esquina, había niños jugando entre los escombros de edificios bombardeados y había, sobre todo, una sociedad que había aprendido a callar para sobrevivir.

Bajo la dictadura franquista, hablar de ciertos temas podía costar la cárcel. Hablar de política era peligroso. Hablar de religión más allá del catolicismo oficial era peligroso. Hablar de homosexualidad era peligroso. Hablar incluso de los muertos de la familia republicana era peligroso. La pequeña María de los Ángeles creció en una casa donde, según los testimonios que la propia Rocío daría décadas después, en pocas entrevistas que tocaron el tema, las conversaciones familiares estaban siempre tamizadas por la prudencia. Sus

padres hablaban en voz baja. Sus tíos cambiaban de tema cuando los niños entraban a la sala. Las visitas se despedían con frases ambiguas que solo los adultos entendían. Y María, que era una niña inteligente, observadora, sensible, aprendió rápido el código familiar. Aprendió que las cosas importantes no se decían.

Aprendió que las verdades dolorosas se cargaban en silencio. Aprendió, en el fondo, a vivir entre dos lenguajes paralelos. el lenguaje de lo que se decía y el lenguaje de lo que se sabía sin decirlo. Pero la pequeña María tenía algo distinto. Tenía una voz, una voz que desde los 5 años llenaba la casa familiar de Chamberí mientras ella cantaba canciones que escuchaba en la radio.

Una voz que las vecinas asomadas a las ventanas escuchaban subir desde el patio interior. Una voz [música] que sus padres, aún siendo de origen humilde, reconocieron temprano como algo fuera de lo común. Pablo de las Eas trabajaba como administrativo en una empresa pequeña. Asunción cosía vestidos de novia por encargo para vecinas de barrios mejores.

No tenían dinero para pagarle clases de música a la niña, pero tenían algo que en la España franquista era casi tan valioso como el dinero. Tenían la decisión firme de no negarle a su hija el único don que la naturaleza le había regalado. Cuando María cumplió 9 años, sus padres la inscribieron en un concurso infantil de radio organizado por la cadena Radio España.

María cantó y ganó. Ganó el primer premio. Y desde ese momento, según los testimonios que circularían años después, Los Eras Ortiz entendieron que su hija no iba a tener la vida normal de las niñas de Chamberí. María de los Ángeles iba a tener otra vida, una vida distinta, una vida que la sacaría del barrio, una vida que sin que ellos lo previeran en ese momento, también la metería en mundos donde el silencio aprendido en casa iba a ser su mejor herramienta de supervivencia.

Recuerda esto porque es clave. Rocío Durcal no nació en una familia rota, nació en una familia silenciosa, una familia católica, conservadora, trabajadora, que amaba a su hija, pero que la había entrenado sin quererlo en el arte de no nombrarlo incómodo. Y ese entrenamiento, ese pliegue mental que María aprendió en los pasillos de la casa de Chamberí, sería el mismo pliegue que 40 años después le permitiría sostener sin romperse jamás en público, [música] una vida matrimonial que cualquier otra mujer habría denunciado o

abandonado, porque ahí está la primera gran clave de esta historia. La capacidad de Rocío Durcal para mantener la apariencia de una vida perfecta no era una virtud artística, era un mecanismo aprendido en la infancia. Era un trauma silencioso que se confundió durante toda su vida pública con elegancia profesional y era, en el fondo, el primer eslabón de una cadena que llegaría hasta esa madrugada del 25 de marzo de 2006 en Torrelodones.

Una cadena hecha de silencios eslabonados unos con otros durante seis décadas. Una cadena que solo se rompió paradójicamente en el último mensaje que dejó en un buzón de voz pocas horas antes de morir. A los 12 años, María de los Ángeles ya [música] cantaba en programas de radio profesionales. A los 14 hizo su primera aparición en cine en una película pequeña llamada Las Estrellas, donde tuvo [música] un papel infantil que pasó casi inadvertido para la crítica, pero que la puso en el radar de los productores madrileños. A los 15

conoció al hombre que cambiaría su nombre y con eso su destino. El productor Luis Sanz, un español emprendedor con olfato afilado para detectar talentos juveniles, la vio cantar en un café teatro de Madrid y le hizo a la familia una propuesta directa. Quería convertirla en una estrella de cine para adolescentes.

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