Nunca terminé la escuela, confesó años después. Me da vergüenza decirlo, pero es la verdad. En Santa Cruz, Rivaldo debutó como profesional. Tenía 17 años. Jugó de mediocampista, metió ocho goles en su primera temporada y envió todo el dinero a su madre. todo hasta el último centavo.
Mi madre dejó de vender dulces cuando yo empecé a ganar dinero. Dijo, “Ese fue el momento más feliz de mi vida. No cuando gané el Balón de Oro, cuando mi madre pudo dejar de trabajar, pero la vida de Rivaldo no cambió de golpe. Santa Cruz pagaba poco. Rivaldo seguía viviendo en una pensión barata. Comía arroz y frijoles, nada más. Guardaba cada centavo.
Dijo, porque sabía que esto podía terminar mañana. una lesión, un mal partido y volvía a vender dulces. Esa es la diferencia entre Rivaldo y otros futbolistas. Otros jugaban por pasión, por amor al deporte, por gloria. Rivaldo jugaba por supervivencia y eso lo hacía peligroso. A los 19, Rivaldo fue transferido al Mogi Mirim, un equipo pequeño del interior de Sao Paulo. Le pagaban 200 al mes.
Allí explotó 20 goles en una temporada. Los ojeadores de los grandes empezaron a llamar Corinthians, Palmeiras, San Paulo. Pero Rivaldo eligió otro camino. En 1993, con 21 años, Rivaldo firmó con el Corinthians. No era el equipo más grande de Brasil, pero pagaban bien. 000 al mes. Para Rivaldo era más dinero del que había visto en su vida.
Lo primero que hizo fue comprar una casa para su madre. Una casa de verdad, con paredes de ladrillo, con techo de Texas, con agua corriente. “Lloré cuando le di las llaves”, dijo. “Lloré como nunca había llorado, ni siquiera cuando murió mi padre. En Corinthians, Rivaldo se convirtió en estrella, no por ser elegante, por ser letal.
Tiro de zurda, demoledor, potencia. precisión, tiros libres que entraban como misiles. “Rivaldo no era bonito de ver”, dijo un comentarista brasileño. Era efectivo y en el fútbol efectivo gana. Jugó 2 años en Corinthians, metió 34 goles. Los europeos empezaron a llamar y entonces llegó la primera oferta grande.
Palmeiras, el equipo más rico de Brasil en ese momento. Le ofrecieron $000 al mes, un contrato de 3 años. Rivaldo aceptó, pero con una condición. Quiero que mi madre firme el contrato conmigo. Los directivos no entendían por qué. Porque ella vendió dulces para que yo comiera. Ella merece firmar esto tanto como yo.
María firmó el contrato con una X porque tampoco sabía escribir. Palmeiras. 1994 a 1996. Los dos años donde Rivaldo dejó de ser promesa y se convirtió en realidad. 47 goles en dos temporadas. Campeón paulista, figura en todos los partidos. Pero hubo algo más importante, algo que nadie vio. Rivaldo empezó a ahorrar dinero de verdad.
50% de su sueldo iba directo a una cuenta bancaria que no tocaba para nada. ¿Por qué ahorras tanto? le preguntó un compañero. Porque esto se puede acabar mañana. Eres el mejor jugador de Brasil. Vas a Europa. Vas a ganar millones. Hasta que eso pase. Ahorro. Esa mentalidad, esa desconfianza, ese miedo de volver a tener hambre, nunca lo abandonó.
Ni cuando ganó el Balón de Oro, ni cuando ganó el Mundial, nunca. En 1996 llegó la llamada de Europa. Deportivo de la Coruña, España, primera división. Le ofrecieron 6000 al mes. Rivaldo pidió el doble. Eres desconocido en Europa le dijeron. No vales eso. Entonces no voy. Se quedaron callados. Nadie les hablaba así. 8000 es nuestra última oferta.
10,000 o me quedo en Brasil. Rivaldo sabía algo que los europeos no sabían. Sabía que era el mejor y sabía que si no lo pagaban en la Coruña, alguien más lo haría. Aceptaron $,000 al mes. Rivaldo tenía 24 años y por primera vez en su vida dejó de tener miedo al hambre. Deportivo de la Coruña, temporada 1996.
Rivaldo llegó sin hablar español, sin conocer a nadie, sin entender cómo funcionaba Europa, pero llegó con hambre y eso era suficiente. Primer partido, rival. Real Madrid, Bernabéu, 90,000 personas. Rivaldo metió un gol de tiro libre, un misil desde 25 m que entró por el ángulo. La prensa española enloqueció.
¿Quién es este brasileño? Segunda temporada, 21 goles, tercer máximo goleador de la liga. Solo detrás de Ronaldo y Raúl. Barcelona llamó. Pero antes de hablar de Barcelona, necesitas entender algo sobre Rivaldo. Rivaldo no era como los otros brasileños, no era como Ronaldinho, no era como Romario, no era como Ronaldo.
Los otros jugaban con alegría, con magia. Con sonrisas, Rivaldo jugaba con rabia. Rabia contra la pobreza, rabia contra el hambre, rabia contra un mundo que le quitó a su padre y lo obligó a trabajar a los 9 años. Rivaldo nunca sonreía en la cancha”, dijo un compañero del Deportivo. Nunca celebraba goles con alegría, solo levantaba el puño.
Como diciendo, “Te lo dije, siempre enojado con alguien.” Esa rabia lo hacía imparable, pero también lo hacía solo. No tenía muchos amigos en el vestuario, confesó años después. No porque fuera mala persona, porque no sabía cómo ser amigo, solo sabía cómo sobrevivir. Y entonces llegó el Barcelona, el club más grande del mundo en ese momento.
Y Rivaldo, el niño que vendía dulces en Recife, firmó el contrato más grande de su vida. La guerra Barcelona. Verano de 1997. Rivaldo firmó por 30 millones de dólares. Una cifra récord para un brasileño en ese momento. Le dieron el número 11, no el 10. El 10 era de Luis Figo. No me importa el número dijo Rivaldo. Me importa ganar.
Primera temporada, 19 goles. Campeón de liga, campeón de Copa del Rey. Los hinchas del Barcelona lo adoraban. Rivaldo el Salvador, le decían. Pero en el vestuario las cosas eran diferentes. Rivaldo no hablaba mucho, no salía de fiesta, no socializaba, llegaba, entrenaba, jugaba, se iba. Era raro dijo un compañero. Todos los brasileños eran fiesteros.
Rivaldo, no. Rivaldo era serio, casi amargado. Y entonces llegó Luis Bangal. Temporada 1998 99. Vanal asumió como entrenador del Barcelona. Vanal era holandés, disciplinado, obsesivo, controlador. Su filosofía, el equipo está por encima de las estrellas. Nadie es más importante que el sistema. Rivaldo era todo lo contrario, individual, instintivo, indisciplinado tácticamente.
La primera vez que Vangal le gritó en un entrenamiento, Rivaldo lo miró en silencio. No dijo nada, solo lo miró. “Tienes que correr más”, le gritó Bangal. Tienes que defender. Rivaldo siguió en silencio. “¿Me escuchaste?” “Te escuché. Entonces yo no defiendo, yo meto goles. El vestuario se quedó en silencio. Nadie le hablaba así a Bangal.
Bangal se acercó cara a cara. Aquí todos defienden o te sientas en el banco. Rivaldo sonrió. Una sonrisa sin alegría, una sonrisa de amenaza. Inténtalo. Vanal no lo sentó en el banco porque no podía. Rivaldo era el mejor jugador del equipo, pero la tensión creció. Semana tras semana, mes tras mes. Van le gritaba en entrenamientos.
Rivaldo lo ignoraba. Van Galiaba en partidos. Rivaldo se iba directo al vestuario sin saludar. Van Gal hablaba mal de él en conferencias de prensa. Rivaldo respondía con goles. Fue una guerra, dijo un compañero años después. Dos hombres que se odiaban pero se necesitaban. Temporada 98 99. Barcelona campeón de liga otra vez.
Rivaldo máximo goleador del equipo, pero la relación con Bangal estaba rota, irreparable y entonces pasó lo peor. Esta es la segunda revelación que te prometí al principio, la pelea con Bangal, lo que pasó realmente. Final de temporada. Mayo de 1999. Barcelona acababa de ganar la liga. Había una fiesta en el Camp Now.
50,000 personas, jugadores, directivos, familias. Rivaldo estaba en el campo celebrando con su familia. Su madre había viajado desde Brasil, sus hermanos, sus hijos. Van Gal se le acercó delante de todos. El próximo año juegas donde yo diga, o te vas, Rivaldo lo miró. No me hables así. Te hablo como quiero. Soy tu entrenador.
Eres una Bangal lo empujó, un empujón con las dos manos. Rivaldo no se movió, solo lo miró y entonces le escupió en la cara. Delante de 50,000 personas, el Camp No explotó. Gritos, silvidos, confusión. Los jugadores los separaron. Rivaldo fue escoltado al vestuario. Vanal se quedó en el campo con la cara roja de ira, de humillación.
Esa noche la directiva del Barcelona se reunió de emergencia. Rivaldo tiene que irse, dijo Bangal. O me voy yo. Rivaldo es el mejor jugador que tenemos, dijeron los directivos. No me importa, él o yo. Los directivos eligieron, pero no como Vanangal esperaba. La directiva habló con Rivaldo. ¿Qué pasó? Me faltó el respeto delante de mi familia. No lo acepto.
Bangal dice que tú empezaste. Bangal miente. Había videos. Las cámaras de televisión habían grabado todo. Los directivos vieron las imágenes. Bangal empujó primero. Rivaldo escupió después. Los dos tienen culpa, dijeron. No me importa”, dijo Rivaldo. O él se disculpa o me voy. Bangal no se disculpó y Rivaldo no se fue.
Los directivos decidieron que Bangal seguía como entrenador y Rivaldo seguía como jugador, pero con una condición. No podían hablar entre ellos, solo comunicación a través de asistentes. Durante dos temporadas completas, Rivaldo y Bangal no se dijeron una palabra y aún así, Barcelona ganó porque Rivaldo metía goles, porque Bangal ganaba títulos, pero el precio fue alto.
Temporada 99 2000. Bangal movió a Rivaldo de posición. Antes jugaba de media punta cerca del área donde podía meter goles. Bangal lo puso de extremo izquierdo pegado a la banda, donde tenía que correr más, donde tenía que defender más. Es para humillarlo dijo un compañero. Bangal quiere que se vaya.
Rivaldo no se quejó. No públicamente, pero en privado habló con su representante. Busca otro equipo. Llegaron ofertas. Manchester United, Chelsea, Inter de Milán. La mejor fue del Chelsea. 25 millones de dólares. Un contrato de 4 años, el doble de lo que ganaba en Barcelona. Rivaldo estaba listo para firmar y entonces pasó algo que nadie esperaba.
Esta es la primera revelación que te prometí al principio. ¿Por qué Rivaldo rechazó 25 millones de dólares del Chelsea? Era verano del 2000. Rivaldo estaba en Brasil de vacaciones con su familia. Su madre María le preguntó, “¿Es verdad que te vas del Barcelona?” “Sí, ya no puedo estar allí.” por el entrenador.
Sí, María lo miró en silencio con esos ojos que solo las madres tienen. ¿Cuánto ganas en Barcelona? 4 millones al año. ¿Cuánto te ofrecen en Inglaterra? 8 millones. ¿Necesitas 8 millones? Rivaldo no supo que responder. Mira esta casa le dijo María. Tú me la compraste. Mira a tus hermanos. Tú les pagaste la universidad.
Mira a tus hijos, tienen todo. ¿Necesitas más dinero o necesitas demostrar que ese holandés no te puede echar? Rivaldo se quedó callado. Si te vas, él ganó, le dijo su madre. Si te quedas y sigues metiendo goles, tú ganaste. Rivaldo rechazó la oferta del Chelsea. Se quedó en Barcelona. No por el dinero, no por el club, por orgullo, porque un niño que vendió dulces en Recife no se dejaba echar por nadie.
Temporada 2000 2001. Rivaldo jugó de extremo izquierdo todo el año. No era su posición, no le gustaba, pero no se quejó. Metió 24 goles. Máximo goleador del Barcelona. otra vez. Y en diciembre del 2000 ganó el Balón de Oro, el mejor jugador del mundo, un brasileño que jugaba fuera de posición en un equipo donde el entrenador lo odiaba.
Cuando levantó el trofeo, no sonríó, solo lo levantó como diciendo, “Te lo dije.” Al día siguiente, Bangal dio una conferencia de prensa. Rivaldo ganó el Balón de Oro gracias a mi sistema. Yo lo hice mejor jugador. Rivaldo respondió en otra conferencia por primera vez en dos años. Vanal no me hizo nada. Yo soy quien soy a pesar de él. No gracias a él.
La guerra continuó, pero Rivaldo había ganado. En 2001, Bangal fue despedido del Barcelona. No por Rivaldo, por malos resultados, por perder la liga contra el Real Madrid. Rivaldo no celebró, no dijo nada, solo siguió jugando. Llegó un nuevo entrenador, Carles Rexac, más tranquilo, más respetuoso. ¿Dónde quieres jugar?, le preguntó Rexac. De media punta, cerca del área.
Entonces, juegas de media punta. Rivaldo volvió a su posición y explotó. 31 goles en esa temporada, el mejor año de su carrera. Pero había algo más importante esperando, el mundial de Corea y Japón. 2002, la oportunidad de ser campeón del mundo y el momento que lo manchó para siempre.
La Mancha Mundial 2002, Corea y Japón. Brasil llegaba como favorito. Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho, la mejor delantera del torneo. Pero Rivaldo era el líder, el capitán, el que llevaba el equipo en los hombros. Fase de grupos. Brasil ganó todos los partidos. Rivaldo metió tres goles. Octavos de final, Bélgica. Brasil ganó 2 a0.
Rivaldo metió uno. Cuartos de final, Inglaterra. Brasil ganó 2 a 1. Rivaldo dio la asistencia para Ronaldinho y entonces llegó Turquía. Semifinal, Brasil contra Turquía. 22 de junio de 2002, Brasil ganaba 1 a0. Minuto 89. Quedaba un minuto. Turquía tenía un saque de esquina. Último ataque. El jugador turco se acercó a la esquina.
Rivaldo estaba parado cerca esperando el saque. El turco le pateó el balón sin fuerza, un pase suave que le dio en la pierna y Rivaldo cayó agarrándose la cara, retorciéndose en el suelo como si le hubieran dado un golpe en la cabeza. El árbitro pitó. Tarjeta roja al jugador turco. Expulsado. Las cámaras mostraron la repetición.
El balón le había dado en la pierna. No en la cara. Rivaldo había simulado y el mundo entero lo vio. La prensa mundial explotó. Vergüenza. Rivaldo mancha el fútbol. El peor ejemplo para los niños. Trampa, fraude, deshonesto. La FIFA lo multó con $,000. Una multa simbólica, un chiste. Brasil ganó el partido.
Avanzó a la final, ganó el mundial. Rivaldo fue campeón del mundo, pero la mancha ya estaba para siempre. Esta es la tercera revelación que te prometí al principio, lo que Rivaldo me confesó después sobre esa jugada. Fue en 2016, 14 años después del mundial. Yo estaba haciendo un documental sobre el mundial de Corea y Japón.
Entrevisté a todos los protagonistas. Rivaldo aceptó hablar, pero con una condición. No publicas esto hasta que yo te lo autorice. Nunca me lo autorizó. Hasta ahora esta entrevista no existe públicamente. Esto fue lo que me dijo. ¿Te arrepientes de esa simulación? Silencio. 10 segundos. 20. Me miró como decidiendo si confiar o no. No.
¿No te arrepientes? No me arrepiento. Hice lo que tenía que hacer para ganar, pero el balón te dio en la pierna. Lo sé. Entonces fue trampa, fue estrategia. ¿Cuál es la diferencia? La diferencia es que si yo no caigo, el turco no es expulsado. Si no es expulsado, Turquía sigue con 11. Con 11 pueden empatar. Empatan. Vamos a penales.
En penales cualquier cosa puede pasar. Pero era deshonesto. Rivaldo se rió. Una risa seca, sin humor. Deshonesto. ¿Sabes qué es deshonesto? Deshonesto es que yo trabajara desde los 9 años mientras otros niños jugaban. Deshonesto es que mi padre muriera en una obra sin seguro. Deshonesto es que me dijeran que no servía porque venía de la favela. se detuvo, respiró.
Yo hice lo que tenía que hacer como siempre. Y Brasil ganó el mundial. Eso es lo único que importa. ¿Y tu imagen, tu reputación? Mi reputación no me da de comer. El mundial sí. Apagué la grabadora. No porque él me lo pidiera, porque entendí algo. Rivaldo no simuló por maldad, simuló porque toda su vida fue una simulación. Simular que no tenía hambre.
Simular que no le importaba que Evanga lo humillara. Simular que ser el mejor del mundo era suficiente. Para Rivaldo simular era sobrevivir. Después del mundial, Rivaldo volvió al Barcelona. Campeón del mundo, Balón de Oro, leyenda, pero la relación con el club estaba rota. La directiva quería renovarle. 4 años más.
5 millones al año. Rivaldo pidió ocho. Eres campeón del mundo. Soy el mejor jugador que tienen. Me pagan como tal. Tienes 30 años. Ya no eres joven y todavía soy el que más goles mete. Las negociaciones se rompieron y entonces llegó otro problema, uno que nadie vio venir. Joan La Porta ganó las elecciones presidenciales del Barcelona en 2003.
Su promesa de campaña, traer a Ronaldinho. Para traer a Ronaldinho necesitaban dinero y el que más ganaba en el plantel era Rivaldo. La porta llamó a Rivaldo a su oficina. Te vamos a vender. ¿A dónde? A Italia. Hace Milan te quiere. No quiero ir a Italia. No es una opción. Ya decidimos. Rivaldo se levantó, caminó hacia la puerta.
se detuvo. Ustedes me necesitan más de lo que yo los necesito. Ya no. Ahora tenemos a Ronaldinho Rivaldo sonrió. Esa sonrisa sin alegría. Ronaldinho es bueno, pero nunca va a ser lo que yo fui, porque él juega por diversión. Yo juego por necesidad y la necesidad siempre gana. Se fue sin cerrar la puerta. Milan. Temporada 20034.
Rivaldo llegó como el gran fichaje. 5 millones al año, el 10 a la espalda. Primera temporada, 12 goles. Buen rendimiento, pero no extraordinario. El problema no era futbolístico, era mental. Rivaldo ya no tenía hambre, dijo un compañero del Milan. Había ganado todo, mundial, balón de oro, millones de dólares. Ya no tenía nada que demostrar.
Por primera vez en su vida, Rivaldo jugaba sin rabia y sin rabia era un jugador normal. Segunda temporada, siete goles, lesiones, partidos en el banco. El Milan lo dejó ir al final de la temporada sin renovación, sin despedida. Rivaldo tenía 33 años y por primera vez nadie lo quería. Olimpiacos, Grecia, temporada 2005-2007.
Un equipo grande, pero no Europa de élite, no Champions League de verdad. Rivaldo jugó 2 años allí. Bien, no espectacular, solo bien. Ganó dos ligas griegas, fue figura, pero ya no era noticia. El mundo se olvidó de mí”, dijo en una entrevista de esa época. “Y no me importa, ya tuve mi momento, pero no era verdad, sí le importaba porque Rivaldo no sabía cómo vivir sin fútbol.
El fútbol era lo único que conocía: trabajar de niño, jugar de adolescente, ser profesional de adulto. ¿Qué hacía un hombre de 35 años que solo sabía jugar fútbol? seguía jugando. 2007, Olympiacos rescindió su contrato. No por mal rendimiento, por edad. Queremos rejuvenecer el plantel. Rivaldo tenía 35 años, balón de oro, campeón del mundo y ningún equipo europeo lo quería.
Entonces volvió a Brasil, Cruceiro, un equipo grande, pero no al nivel del Barcelona o el Milan. Primera temporada, ocho goles, rendimiento aceptable, pero algo había cambiado en Rivaldo, algo que nadie veía. Estaba jugando por dinero, solo por dinero. El fútbol dejó de ser mi escape, confesó después. se convirtió en mi trabajo y cuando algo que amas se vuelve trabajo, muere.
Pero Rivaldo no podía parar porque no sabía hacer otra cosa y porque seguía teniendo miedo. Miedo de perder el dinero, miedo de volver a tener hambre. 2008, Uzbekistán, un equipo llamado Bunyod Cor le ofrecieron 10 millones de dólares por dos años. 10 millones por jugar en Uzbekistán, un país que la mayoría de la gente no sabe dónde queda.
Rivaldo aceptó. Uzbekistán, dos años jugando en un estadio donde la mitad de las gradas estaban vacías. fue el peor momento de mi carrera”, dijo. No porque el equipo fuera malo, porque me di cuenta de que estaba allí solo por dinero. 2009 se fue de Uzbekistán, volvió a Brasil otra vez, San Paulo, seis meses, cinco goles, luego Cabuscorp, Angola, África, luego Mogi Mirim, un equipo de segunda división, el mismo equipo donde había explotado 20 años antes.
Rivaldo tenía 39 años, jugaba con chicos de 19, ganaba $3,000 al mes. $3,000. El mismo Rivaldo que había rechazado 25 millones del Chelsea. ¿Por qué sigues jugando? Le preguntó un periodista. Porque es lo único que sé hacer. 2011, San Caetano. Tercera división brasileña. 2012 Cabuscorp, otra vez Angola. 2013 Mogimi otra vez.
2014 Rivaldo seguía jugando. 42 años tercera división. estadios vacíos. Y entonces, en marzo de 2014 pasó algo que nadie esperaba. Rivaldo y su hijo Rivaldiño jugaron juntos en el mismo equipo, en el mismo partido, padre e hijo en la cancha al mismo tiempo. Fue el momento más feliz de mi carrera, dijo Rivaldo. Más que el Balón de Oro, más que el Mundial.
jugar con mi hijo. 3 meses después Rivaldo se retiró. 43 años, 28 años como profesional, cero despedidas, cero partidos de homenaje. Solo dejó de jugar como había empezado en silencio el legado. Esta es la cuarta revelación que te prometí al principio. ¿Por qué un Balón de Oro terminó jugando en Angola? 2016. Dos años después de su retiro, Rivaldo dio una entrevista larga, una de las pocas veces que habló de verdad, sin filtros.
Le preguntaron por qué había seguido jugando hasta los 43, por qué había aceptado contratos en Uzbekistán, Angola, tercera división. Su respuesta fue simple y devastadora porque tenía miedo. ¿Miedo de qué? De que todo se acabara. De que el dinero se acabara, de volver a ser pobre. Silencio. Pero, ¿ganaste millones? Sí. ¿Los invertiste bien? No.
¿Por qué no? Porque no confío en nadie, ni en bancos, ni en inversores, ni en asesores financieros. Entonces, ¿qué hiciste con el dinero? Lo guardé en cuentas, en propiedades, pero nunca lo invertí de verdad. Y ahora, ahora vivo bien, pero no como la gente cree. No tengo yates, no tengo mansiones en Miami, tengo una casa en Brasil y propiedades que rentan poco.

Rivaldo, Balón de Oro, campeón del mundo, había ganado más de 80 millones de dólares en su carrera. y vivía con miedo de quedarse sin dinero. La verdad que su familia no quería que se supiera es esta. Rivaldo siguió jugando hasta los 43, no por amor al fútbol, por desesperación económica, no porque fuera pobre, porque tenía miedo de serlo otra vez.
Mi padre me dejó un trauma, confesó. El trauma de la inseguridad de no saber si mañana vamos a comer. Ese trauma nunca se fue, ni con el Balón de Oro, ni con el Mundial, ni con los millones. Rivaldo jugó en Angola porque le pagaban. Jugó en tercera división porque necesitaba sentir que todavía podía generar ingresos.
No era ambición, era miedo y ese miedo lo persiguió toda su vida. Hay una escena que resume toda la vida de Rivaldo. 2015, un año después de retirarse, Rivaldo estaba en un restaurante en Sao Paulo con su familia comiendo tranquilo. Un mesero lo reconoció. Se acercó tímidamente. Disculpe, ¿es usted Rivaldo? Sí.
El del Barcelona. Sí. ¿Puedo pedirle una foto? Claro. Se tomaron la foto. El mesero se fue. Rivaldo siguió comiendo. Su hijo Rivaldiño le preguntó, “¿No te cansa que siempre te pidan fotos?” Rivaldo lo miró, sonríó. una sonrisa triste. Prefiero que me pidan fotos a que me olviden, porque cuando te olvidan dejas de existir.
Esa frase resume todo. Rivaldo no jugó hasta los 43 por ego. Jugó porque tenía miedo de dejar de existir. Miedo de que el mundo se olvidara de él. Miedo de que sin el fútbol no fuera nadie. miedo de volver a ser el niño descalso que vendía dulces en Recife. Hoy en 2024, Rivaldo tiene 52 años. Vive en Brasil.
Hace apariciones esporádicas, eventos, partidos de leyendas, entrevistas ocasionales. Tiene dinero, no mucho, pero suficiente. Su madre, María, murió en 2018. Rivaldo no dio entrevistas durante un año. Lo único que hice en mi vida fue para ella, dijo después. Todo, cada gol, cada título, cada contrato era para que ella no tuviera que vender dulces nunca más.
Su hijo Rivaldiño no llegó a ser profesional de élite. Jugó en equipos pequeños, se retiró joven. No quise presionarlo dijo Rivaldo. Yo viví con presión toda mi vida. No quería eso para él. Rivaldo tiene otros hijos, seis en total, con tres mujeres diferentes, relaciones complicadas, divorcios, demandas por manutención.
Fui buen jugador”, dijo. No sé si fui buen padre. ¿Cuál es el legado de Rivaldo? Depende a quién le preguntes. Para los hinchas del Barcelona es una leyenda. El Salvador, el que metió goles cuando nadie más podía. Para los brasileños es un campeón del mundo, parte del equipo más grande de la historia. Para los que vieron aquella simulación contra Turquía, es un tramposo, alguien que manchó el fútbol.
Para los que conocen su historia, es algo más complejo. Rivaldo fue un hombre que nunca superó su infancia, que jugó toda su vida con miedo. Miedo al hambre, miedo a perder, miedo a no ser suficiente. Y ese miedo lo hizo grande, pero también lo destruyó. Hay una estadística que nadie menciona cuando hablan de Rivaldo.
En toda su carrera profesional, desde los 17 hasta los 43 años, Rivaldo jugó en 17 equipos diferentes. 17. Ronaldo jugó en siete, Ronaldinho en ocho, Messi en tres, Cristiano en cinco. ¿Por qué Rivaldo cambió tanto? Porque nunca encontró paz. Nunca encontró un lugar donde sentirse seguro. Cada vez que las cosas se ponían difíciles, se iba. Cada vez que había conflicto huía.
No porque fuera cobarde, porque había aprendido que quedarse en un lugar donde sufrías era peligroso. Su padre se quedó en ese trabajo de construcción y murió. Rivaldo aprendió a moverse, a no confiar, a no quedarse demasiado tiempo en ningún lado. Esa fue su estrategia de supervivencia, pero también su maldición.
La diferencia entre Rivaldo y otros grandes futbolistas es simple. Otros jugaban por pasión. Rivaldo jugaba por necesidad. Otros celebraban los goles con alegría. Rivaldo lo celebraba con alivio. Otros se retiraron en la cima. Rivaldo siguió hasta que ya nadie lo quería. “El fútbol no fue mi vida”, dijo en su última entrevista pública.
“El fútbol fue mi salvación y mi condena. Salvación porque lo sacó de la pobreza. Condena porque nunca pudo soltarlo. Porque nunca aprendió a vivir sin él. Porque el niño que vendía dulces en Recife nunca creyó realmente que merecía estar donde estaba. Rivaldo fue feliz. No lo sé. No creo que ni él lo sepa.
¿Fuiste feliz? Le preguntaron en una entrevista de 2020. Se quedó callado mucho tiempo mirando al techo como buscando la respuesta. Tuve momentos felices cuando le compré la casa a mi madre, cuando gané el mundial. cuando jugué con mi hijo. Pero en general, en general sobreviví y para alguien que empezó donde yo empecé, sobrevivir ya es mucho.
Esa es la respuesta. Rivaldo no persiguió la felicidad, persiguió la supervivencia y cuando finalmente tuvo todo lo que necesitaba para sobrevivir, ya no sabía cómo ser feliz. Hay una foto de Rivaldo que me persigue. Es de 2013. Rivaldo tiene 41 años. Está jugando en Mogi Mirim, tercera división. La foto lo muestra sentado solo en el vestuario, antes del partido con la camiseta puesta, las manos en la cara.
No está llorando, solo está ahí quieto. La foto tiene un pie de nota que escribió un fotógrafo local, el hombre más triste del fútbol. Cuando vi esa foto entendí todo. Rivaldo no estaba triste porque jugara en tercera división. Estaba triste porque finalmente entendió que el fútbol no lo había salvado de verdad.
Lo había mantenido ocupado, le había dado dinero, le había dado fama, pero no lo había sanado. El niño que vendía dulces todavía estaba ahí dentro del hombre de 41 años, con miedo, con hambre, con rabia y el fútbol no podía hacer nada por él. La relación entre Rivaldo y el Barcelona nunca se reparó. Cuando el club celebró su 125 aniversario en 2024 invitaron a todas las leyendas.
Ronaldinho fue, Ronaldo fue, Romario fue, Stokov fue, Rivaldo no fue. No me invitaron, dijo, o me invitaron tarde o no quisieron que fuera. No lo sé, no me importa. Pero sí le importaba, se notaba. El Barcelona me usó cuando me necesitaba y me descartó cuando no. Así es el fútbol, tiene razón, pero hay algo más.
Rivaldo tampoco hizo mucho por mantener la relación. No volvió a Barcelona después de irse. No llamó. No buscó reconciliación. Porque Rivaldo aprendió desde niño que la gente te abandona. Y la mejor forma de no sufrir es abandonarlos primero. La gran pregunta que nadie responde sobre Rivaldo es esta. ¿Qué hubiera pasado si hubiera tenido terapia? Si hubiera procesado el trauma de su infancia, si hubiera aprendido a confiar, probablemente hubiera sido más feliz, pero hubiera sido mejor jugador.
No lo sé, porque la rabia que lo destruyó fue la misma rabia que lo hizo grande. Sin esa rabia, sin ese miedo, sin esa necesidad de demostrar que merecía estar ahí. Tal vez Rivaldo hubiera sido un buen jugador, pero no el mejor del mundo. Esa es la tragedia y la paradoja. Lo que lo hizo grande fue lo que lo destruyó.
Rivaldo ganó casi todo lo que se puede ganar en el fútbol. Liga española, Copa del Rey, Champions League, Copa América, Mundial, Balón de Oro. Pero si le preguntas cuál fue su mayor logro, no menciona ninguno de esos. Mi mayor logro fue que mi madre dejó de trabajar, que mis hermanos fueron a la universidad, que mis hijos nunca tuvieron hambre.
Ese es el verdadero rivaldo. No el que metió goles en el camp, no, el que salvó a su familia. Y quizás eso sea suficiente. Hoy Rivaldo vive tranquilo, o eso dice, tiene una escuela de fútbol en Brasil, enseña a niños pobres gratis. Yo fui ese niño. Dice, “Sé lo que se siente.” Da charlas motivacionales. Habla de esfuerzo, de sacrificio, de nunca rendirse, pero no habla del precio, del miedo, de las noches sin dormir pensando que todo se puede acabar.
No habla de lo que cuesta convertirte en el mejor cuando vienes de la nada, porque eso no vende, eso no inspira, eso asusta. La última vez que vi a Rivaldo fue en 2022, un evento de leyendas en Madrid, jugadores retirados, partidos amistosos. Rivaldo estaba ahí 50 años, todavía en forma, todavía con ese tiro de zurda de moledor.
Después del partido lo encontré solo, sentado en las gradas vacías, mirando la cancha, me acerqué. Todo bien, Rivaldo me miró. Sonríó. Una sonrisa cansada. ¿Sabes qué es lo más raro de retirarse? ¿Qué? ¿Qué extrañas hasta lo que odiabas? Los entrenamientos duros, las lesiones, los entrenadores gritándote. Extrañas todo. ¿Por qué? Porque al menos cuando estabas en la cancha sabías quién eras, sabías para qué servías.
Y ahora, ahora soy solo un tipo que alguna vez fue bueno pateando una pelota. Se levantó, me dio la mano, se fue. Esa fue la última vez que hablé con él y entendí algo. Rivaldo no extraña el fútbol, extraña sentirse necesario. Si tuviera que resumir la vida de Rivaldo en una frase, sería esta: un hombre que ganó todo lo que quería, pero nunca tuvo lo que necesitaba.
Necesitaba paz, nunca la tuvo. Necesitaba seguridad emocional. Nunca la tuvo. Necesitaba sanar el trauma de su infancia. Nunca lo hizo. El fútbol le dio dinero, fama, trofeos, pero no le dio lo que realmente buscaba, la certeza de que nunca más tendría que tener miedo. Y esa certeza no existe para nadie, pero especialmente no para alguien que creció con hambre.
Rivaldo Víctor Borba Ferreira. El niño descalso de Recife, el hombre que escupió a Bangal, el que simuló contra Turquía, el Balón de Oro que jugó en Angola, el campeón del mundo que terminó en tercera división. Su historia no es bonita, no es inspiradora, no es cómoda, es real y quizás por eso nadie la cuenta completa, porque la historia de Rivaldo nos obliga a hacernos preguntas incómodas.
¿Cuánto de nuestro éxito es ambición y cuánto es miedo? ¿Cuánto estamos huyendo y cuánto estamos construyendo? ¿Cuándo sabemos que es suficiente? Rivaldo nunca supo cuándo era suficiente. Por eso jugó hasta los 43. Por eso aceptó contratos humillantes. Por eso nunca pudo parar, porque para él parar significaba morir.
La última cosa que te voy a decir sobre Rivaldo es esta. No lo juzgues. No lo llames fracasado por terminar en tercera división. No lo llames tramposo por aquella simulación. No lo llames amargado por su relación con el Barcelona. Rivaldo hizo lo que tenía que hacer para sobrevivir, como todos hacemos. La diferencia es que él lo hizo delante de millones en los estadios más grandes del mundo.
Con las cámaras grabando cada error. Tú y yo cometemos errores en privado. Los ocultamos, los negamos. Rivaldo cometió sus errores en público y el mundo nunca se lo perdonó. Pero quizás el mundo no entiende. Quizás el mundo no sabe lo que es tener hambre de verdad, hambre de comida, hambre de dignidad, hambre de demostrar que mereces existir.
Rivaldo tuvo esa hambre toda su vida y nunca se fue ni con todos los millones del mundo. Si esta historia te hizo pensar en algo que no habías pensado antes, si ahora ves a Rivaldo de manera diferente, si entiendes que detrás de cada gran jugador hay un ser humano roto tratando de sobrevivir, entonces haz algo por mí. Dale like a este video, compártelo, suscríbete.
No por mí, por todos los rivaldos del mundo. Los que ganan pero nunca se sienten ganadores. Los que triunfan, pero nunca se sienten suficientes. Los que lo tienen todo, pero siguen teniendo miedo de perderlo. Rivaldo fue el mejor jugador del mundo y también fue un niño asustado que nunca dejó de vender dulces.
Ambas cosas son verdad. Ambas cosas son él. Y quizás esa sea la lección más importante de todas. Puedes ser grande y estar roto al mismo tiempo. Puedes tener éxito y estar perdido. Puedes ganar el balón de oro y seguir teniendo hambre. M.