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RAFAEL Amaya: TELEMUNDO ganaba MILLONES.. ABANDONADO vilmente mientras sufría PSICOSIS en el ASFALTO

Decate es una ciudad que no figura en los grandes mapas del espectáculo. No es Ciudad de México, no es Guadalajara, no es ninguno de esos centros de poder donde los sueños artísticos se encuentran tierra fértil de manera natural. Es un municipio fronterizo, pequeño, pero con carácter propio, con esa energía particular de los lugares que están entre dos mundos, sin pertenecer completamente a ninguno.

La frontera te da perspectiva, te enseña que hay otras formas de vivir, que lo que parece  inevitable en un lado del muro no lo es tanto cuando lo miras desde el otro lado. Eh, y esa condición fronteriza fue una de las primeras ventajas reales de Rafael. crecer ahí le enseñó inglés con naturalidad, le dio acceso simultáneo a dos culturas, le desarrolló esa capacidad de adaptación que luego le serviría para moverse entre mundos tan distintos como el de las telenovelas mexicanas  clásicas y el del entretenimiento en

español para el mercado estadounidense, que tiene sus propias reglas y su propia lógica y que no perdona a quien no entiende cómo funciona. En Técate también descubrió el deporte como refugio y como disciplina. se metió al atletismo con implementos básicos con lo que había disponible, sin entrenadores de lujo ni instalaciones profesionales que cuestan fortunas que su familia no tenía y llegó a ser campeón estatal y regional de lanzamiento de jabalina, luego campeón nacional.

Todo eso dice mucho de alguien que puede tomar algo tan simple como una jabalina, un campo de tierra pelmazada bajo el sol de Baja California y convertirlo en excelencia a pura fuerza de voluntad, de repetición,  de negarse a aceptar los límites que el origen impone. ese mismo mecanismo mental, esa capacidad de obsesionarse  con un objetivo y no soltarlo hasta dominarlo completamente es el que después lo llevaría al éxito en la actuación y con una ironía que duele si la piensas bien.

Es también el mismo  mecanismo que lo llevaría al fondo cuando la obsesión encontró su objeto equivocado. La música llegó antes que la actuación. En su adolescencia tomó clases de teatro y música, los dos juntos, como  si ya intuyera que el camino iba a estar en algún lugar entre el sonido y la representación. Cuando llegó el momento de buscar su camino en el mundo, lo que atrajo a Rafael Amaya fue el ritmo, la energía eléctrica de estar en un escenario  con un instrumento en las manos y sentir que algo tuyo llega a personas

que no te conocen, pero que en ese momento están contigo. Sin permiso de sus padres, con la audacia un poco irresponsable y completamente necesaria que solo tienen los jóvenes que todavía no saben lo que pueden perder, tomó sus cosas y se fue a la ciudad de México. Su plan era tocar el teclado, unirse a alguna banda, abrirse camino en la escena musical capitalina.

Soñaba con tocar en el Chopo, en Rocotitlán, con hacer algo parecido a lo que hacía Panteón Rococó, esa banda de skaca, que en aquella época llenaba foros y movía multitudes de jóvenes que necesitaban una música que les dijera que el mundo podía ser diferente a lo que les habían contado. El sueño musical era genuino, honesto, completamente suyo y de nadie más.

Pero la realidad respondió de otra forma, como suele hacer con los planes que uno trae bien definidos. Y a veces esa respuesta diferente resulta ser mejor que lo que uno había imaginado. Llegó a la ciudad de México, intentó abrirse paso en la música, vivió la vida de los que llegan sin palancas y sin contactos a una ciudad que no sabe de dónde vienes y tampoco le importa demasiado mientras no tengas algo real que ofrecer.

Conoció a una modelo con quien comenzó un noviazgo y a través de ella llegó a conocer a Glenda Reina. E una empresaria con mucha presencia en el mundo del espectáculo mexicano, madre de una jovencita que con el tiempo se convertiría en una de las figuras más importantes del cine de Hollywood, Eisa González.

Glenda vio algo en ese joven norteño, alto, con una presencia física que resultaba difícil de ignorar, aunque no hubiera estudiado actuación formal. mente y lo orientó hacia el modelaje como punto de entrada al mundo del espectáculo. Esa puerta abierta fue el primer eslabón de una cadena que lo llevaría exactamente a donde terminaría siendo su vida entera.

Del modelaje llegó el Centro de Educación Artística de Televisa, el CA, esa institución que durante décadas ha sido la fábrica de estrellas de la televisión mexicana. Eh, ahí se formaron actores y actrices que terminaron siendo los nombres que cualquier persona que haya visto una telenovela reconoce sin pensarlo. Y vino también un momento casi accidental, casi cómico, si no fuera porque cambió absolutamente todo lo que vino después.

Rafael se enteró de que había un casting para un grupo musical. llegó con su teclado esperanzado en que por fin podría usar lo que había venido a ofrecer al mundo del espectáculo. Y le dijeron que el instrumento no era necesario porque se trataba de un casting para Garibaldi. El grupo de pop mexicano que había conquistado toda Latinoamérica con sus uniformes de charro modernizados y su mezcla de ritmos que no se parecía exactamente a nada previo, pero que funcionaba para audiencias de todas las edades.

Para entrar a Garibaldi no necesitaba tocar el teclado, necesitaba cantar, bailar y aprender coreografías que el grupo ya tenía establecidas. Le dieron un plazo, dos meses, para aprender 12 canciones completas con sus respectivos movimientos escénicos. Cualquiera hubiera dicho que era demasiado en demasiado poco tiempo,  que no tenía la base específica que el grupo requería, que había llegado tarde a ese tren.

Rafael Amayat dijo que sí y se puso a trabajar. Por supuesto que lo hizo porque ya hemos dicho que cuando se obsesionaba con algo no paraba hasta conquistarlo. Su debut con Garibaldi fue en el festival de Acapulco de 1998 y desde ese escenario, frente a miles de personas que cantaban de vuelta cada canción, entendió algo fundamental sobre sí mismo, que quería estar ahí bajo los reflectores, recibiendo la energía del público como si fuera oxígeno y que la actuación era el camino más directo y más profundo para conseguirlo de manera

sostenible a lo largo del tiempo. Pero Garibaldi era un capítulo del libro, no el libro entero. El destino verdadero estaba frente a una cámara construyendo personajes, viviendo otras vidas de manera sistemática y con toda la profundidad que el actor de verdad puede darles. En el año 2000 debutó en las telenovelas con la Casa en la playa, donde interpretó a Romualdo Reyes junto a figuras como Cynthia Clbwo, Sergio Goiri y Blanca Guerra.

Era el tipo de primer papel que te enseña lo que significa trabajar en serio frente a una cámara. rodeado de actores con más experiencia y más oficio, sin red de seguridad y con el tiempo de los rodajes corriendo sin esperar a que nadie termine de encontrarse del todo. Um. A partir de ahí vino una cadena que se fue haciendo más larga y más interesante.

Sin pecado concebido. Salomé en 2001, las vías del amor en 2002 junto a Aracelia Arámbula y Jorge Salinas. Amar otra vez en 2003 donde encarnó a Fernando Castañeda Eslava, un personaje con más complejidad moral de lo que los galanes convencionales de telenovela solían tener. Papeles que crecían en dificultad, personajes que se alejaban de los prototipos.

y se acercaban a los hombres con grietas, a los que no son completamente buenos ni completamente malos y que por eso resultan más interesantes de explorar tanto para el actor como para quien mira. En Amar otra vez asumió un papel de villano y algo se acomodó ahí de una manera que definiría toda su carrera posterior. Se vacuna comprensión de que los personajes oscuros no son simplemente los antagonistas del cuento, sino que son los que tienen heridas más profundas y motivaciones más interesantes de rastrear. Los personajes difíciles son

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