Sin embargo, a principios de los años 60, cuando María Cristina era ya una joven de 17 o 18 años, tomó una decisión que marcaría su carácter para siempre. Fue a vivir con su padre a Mozambique, entonces todavía colonia portuguesa, donde el varón von Ridnitz tenía una granja. Allí, en ese otro extremo del mundo, la joven pasó tiempo junto a un hombre cuyo pasado permanecía por el momento en silencio.
Nadie hablaba de lo que había hecho durante la guerra. Nadie preguntaba. Europa todavía aprendía a convivir con sus propias culpas. Con el regreso a Europa llegó también la ambición. María Cristina no era una mujer que se conformara con poco. Se instaló en Londres y en Viena. Estudió historia del arte y arte decorativo en el Victorian Albert Museum, uno de los museos más importantes del mundo, y comenzó a trabajar como decoradora de interiores.
Aprende idiomas, cultivó su porte, pulió su acento y fue labrando una imagen de mujer sofisticada, culta y cosmopolita que difícilmente encajaba con la imagen de la hija de una inmigrante que había sobrevivido a la posguerra abriendo un salón de belleza en Australia. Esa capacidad para reinventarse, para proyectar seguridad donde había incertidumbre y linaje donde había ruptura, sería uno de sus talentos más duraderos y también uno de los que más recelos despertaría entre quienes la rodeaban.
Fue en ese ambiente de la aristocracia europea reconstruida, de salones donde el dinero y el título todavía circulaban juntos, aunque el mundo ya hubiera cambiado para siempre, donde María Cristina dio su primer paso en falso en materia sentimental. En septiembre de 1971, con 26 años contrajo matrimonio con Thomas Trubridge, un banquero inglés de buena familia, hermano menor de Sir Peter Trubridge.
Se habían conocido en una cacería de jabalíes en Alemania, lo cual ya dice mucho del ambiente en el que se movía esta mujer. La boda se celebró en la Chelsea Old Church de Londres, pero la felicidad no duró. La pareja se separó en 1973. solo dos años después y el divorcio civil llegó en 1977. una separación discreta, sin grandes escándalos públicos, pero que tendría consecuencias enormes en el futuro.
Lo que nadie sabía todavía, al menos no públicamente, era que María Cristina von Rnitz ya se había fijado en alguien mucho más cercano al trono que Thomas Strubridge. El hombre en cuestión era el príncipe Michael de Kent, hijo del príncipe Jorge Duque de Kent y nieto nada menos que del rey Jorge de Fift de Inglaterra.
un hombre que en el momento de su nacimiento ocupaba el sexto puesto en la línea de sucesión al trono británico, un primo directo de la reina Isabel de Second. El encuentro entre ambos había sido, según la propia María Cristina, organizado por el mismísimo Lord Mount Batten, el tío favorito del príncipe Carlos.
Lord Montbatten, conocido por sus dotes de intermediario en asuntos del corazón dentro de la familia real, habría actuado como casamentero y lo que sembró creció con una fuerza que nadie calculó bien. El problema no era sencillo. Para poder casarse con el príncipe Michael de Kent, María Cristina tenía que resolver tres obstáculos que cualquiera de ellos por separado habría bastado para echar por tierra cualquier relación en el contexto de la familia real británica.
Primero era extranjera, segundo era divorciada, tercero era católica. Esos tres factores combinados eran una tormenta perfecta en el seno de una institución que llevaba siglos rigiendo sus uniones con mano de hierro y protocolo inflexible. El fantasma de Wally Simpson, la estadounidense divorciada por quien el rey Eduardo de Abaicado en 1936 sobrevolaba cada decisión que tomaba la corona en materia de matrimonios.
Para sortear el problema al divorcio, María Cristina solicitó la anulación eclesiástica de su primer matrimonio ante el Vaticano. En mayo de 1978, el Papa Pablo de Six concedió esa anulación. El matrimonio con Thomas Trubrid quedaba oficialmente disuelto también a los ojos de la Iglesia Católica como si nunca hubiera existido.
Solo un mes después, el 30 de junio de 1978, en el Ayuntamiento de Viena, María Cristina von Reidnitz y el príncipe Michael de Kent se casaban en una ceremonia civil. Ella llevaba un traje de dos piezas en color crema, diseñado por Hardy Amies. Él le entregó un anillo de zafiros y diamantes que había pertenecido a su madre, la princesa Marina de Grecia y Dinamarca.
Era un gesto cargado de simbolismo y as collas de la madre del príncipe en el dedo de la mujer que la familia no había elegido. Pero el problema de la fe católica de María Cristina era otra cuestión distinta. La ley inglesa de asentamiento de 1701, todavía vigente en aquel momento, prohibía que cualquier miembro de la familia real que se casara con un católico conservara sus derechos sucesorios.
Así que el príncipe Michael de Kent, que entonces ocupaba el puesto 15 en la línea de sucesión al trono, perdió todos sus derechos dinásticos en el momento en que pronunció el si quiero. No por haberse casado con una divorciada, no por haberse casado con una extranjera, sino por haberse casado con una católica.
Hubo que esperar hasta el año 2015, cuando la ley de sucesión a la corona de 2013 finalmente entró en vigor para que el príncipe recuperara su lugar en la línea de sucesión. Décadas de exclusión por razones de fe. Con el matrimonio consumado y el título adquirido, María Cristina pasó a llamarse desde ese día de junio de 1978 su alteza real, la princesa Michael de Kent.
Era un título peculiar que sonaba más al nombre de su marido que al suyo propio. En el sistema nobiliario británico, solo las hijas y nietas directas de Reyes pueden ser princesas con nombre propio, como la princesa Ana o las princesas Beatriz y Eugenia de York. Las demás mujeres que entran en la familia por matrimonio adquieren el título vinculado al del marido.
Por eso Megan Markle no es la princesa Megan, sino la duquesa de S. ex y por eso María Cristina con toda su sangre aristocrática y su largo árbol genealógico, pasó a ser simplemente la princesa Michael, la princesa del marido. Ella misma, con ese humor cortante que le era característico, contaba que algunos la llamaban directamente May de Kent, mientras que otros más creativos la apodaban a sus espaldas como princesa Pushi, la princesa Mandona.
Era una etiqueta que se ganó rápidamente dentro de los círculos palaciegos, donde su presencia resultaba incómoda para muchos. Había llegado demasiado fuerte, demasiado alta, demasiado rubia, demasiado dispuesta a ocupar espacio en salones donde la norma no escrita era la discreción absoluta. La reina Isabel, según se cuenta, no la recibió con entusiasmo.
El comentario atribuido a la soberana ese de que parecía demasiado encopetada para nosotros, resumía con elegante sequedad lo que muchos en el palacio pensaban, pero no decían en voz alta. La pareja se instaló en un apartamento de cinco dormitorios y cinco salones en el palacio de Kensington, que la reina Isabel pagaba a precio de mercado, 120,000 libras al año de sus propios fondos privados.
El matrimonio contribuía con solo 70 libras a la semana. Este arreglo, considerado extremadamente generoso, dado que el príncipe Michael no recibía ninguna asignación parlamentaria ni el privaría en convertirse en otro frente de controversia pública cuando la prensa lo descubriera años después. Pero en aquellos primeros años de matrimonio, la princesa tenía preocupaciones más urgentes.
En 1979 nació su hijo mayor, Lord Frederick Winsor. En 1981 llegó su hija Lady Gabriela Winsor. La familia crecía, la fachada era impecable y el pasado se acercaba. El primer gran escándalo llegó en 1985. Hasta entonces, la princesa había logrado navegar los agitados mares de la prensa británica con relativa habilidad.
Sus polémicas eran menores, sus meteduras de pata anecdóticas. Pero en ese año un libro reveló lo que muchos en los círculos aristocráticos europeos ya sabían o sospechaban. Su padre, el varón Gunter von Rednitz, había sido miembro del partido nazi alemán y había servido como oficial de caballería en las infames Waffen SS durante la Segunda Guerra Mundial.
La noticia sacudió a la familia real británica con una intensidad que pocos habían anticipado. Las SS no eran simplemente el ejército de Hitler, eran el cuerpo de élite del régimen, la organización directamente responsable de algunos de los crímenes más atroces de la historia, incluyendo la gestión de los campos de concentración y exterminio.
Descubrir que la esposa de un primo hermano de la reina de Inglaterra era hija de un oficial de esa organización, fue un golpe mediático de primer orden. Los tabloides británicos no tardaron ni un día en lanzarse sobre la historia. La princesa reaccionó con una combinación de consternación y distancia.
afirmó no haber sabido nada de la afiliación de su padre al partido nazi, lo cual era plausible dado que tenía solo unos pocos meses de vida cuando la guerra terminó y que había crecido con su madre en Australia, lejos del padre. Finalmente confirmó lo que el libro revelaba, pero ya no podía deshacerlo.
La sombra de ese pasado quedó adherida a su imagen para siempre, como una nota al pie de página que nadie olvida, aunque el texto principal hable de otra cosa. Y la princesa, que tan cuidadosamente había construido su imagen de aristócrata culta y cosmopolita, descubría que el apellido von Regnitz cargaba con un peso que ningún título nobiliario podía aligerar.
Mientras el escándalo del padre nazi todavía resonaba en los titulares, la princesa Mijahael lanzó su primera incursión en el mundo de las letras. En 1986 publicó su primer libro titulado Coronadas en tierra lejana, un conjunto de retratos de ocho novias reales de la historia europea. Era un tema que conocía bien, al menos desde el punto de vista académico.
Ella misma había estudiado historia del arte y decoración en el Victoria Analum y presumía de conocerlos entre hijos de la aristocracia continental con una profundidad que pocos miembros de la familia real británica podían igualar. Sin embargo, el libro no tarda en convertirse en otro problema. Casi de inmediato surgieron acusaciones de plagio.
Otra escritora reclamó que la princesa había incorporado en su obra partes sustanciales de un trabajo previo sin la debida atribución. El asunto no llevó a los tribunales, pero se resolvió con un acuerdo extrajudicial que implicaba una compensación económica. La princesa atribuye el problema a un investigador que le habría entregado notas sin citar correctamente las fuentes.
Fue una explicación que algunos aceptaron y muchos pusieron en duda. Su segundo libro, Los amantes del rey, también enfrentó señalamientos similares. La escritora más prolífica de la familia real británica empezaba a construir una bibliografía con tantos capítulos oscuros como su propia biografía. Lo irónico es que la princesa Michael de Kent era genuinamente una mujer de amplios intereses intelectuales.
Hablaba varios idiomas, daba conferencias en universidades y museos de todo el mundo. Presidió la galería de arte Partridge Fine Art en New Born Street de Londres entre 2007 y 2011. Fue miembro de la junta del propio Victoria en Albert Museum y se convirtió en patrona internacional del Fondo de Conservación del Guepardo en Namibia.
En paralelo siguió publicando libros sobre historia de la realeza europea con regularidad. Su imagen pública era la de una intelectual con contactos en las más altas esferas, pero cada vez que esa imagen parecía consolidarse, algo la erosionaba desde dentro. A mediados de la década de los 90, cuando la familia real británica vivía sus años más turbulentos por el divorcio del príncipe Carlos y la princesa Diana, la princesa Mikel añadió su propia nota discordante.
Durante una entrevista en Estados Unidos llevada a cabo en 1995 para promover uno de sus libros, hizo una afirmación que dejó a muchos boquiabiertos. dijo tener más sangre real en sus venas que ninguna otra persona que hubiera entrado en la familia real desde el príncipe Felipe. Era una declaración de superioridad genealógica que en el contexto de la familia Winsor sonaba como una provocación calculada y técnicamente no era falsa.

A través de su madre, la condesa Sapari, la princesa descendía de Enrique de Secon de Francia y su esposa Catalina de Medichi. así como de la célebre amante del monarca francés Diana de Poatiers. Su árbol genealógico incluía princesas austriacas, embajadores de imperios desaparecidos y una cadena de casas nobiliarias que se extendía por media Europa.
Incluso compartía antepasados comunes con la mismísima reina Isabel de Second. Pero decirlo en voz alta en una entrevista periodística, en términos que sonaban a competición más que a dato histórico era exactamente el tipo de declaración que la familia real jamás habría probado. El palacio volvió a incomodarse.
La etiqueta de princesa Push ganaba nuevas connotaciones. Ese mismo año 1995 habló de la princesa Diana con una franqueza que rozaba la crueldad en una entrevista con el periodista encubierto Master Mamut del News of the World, que se había hecho pasar por un posible comprador de la finca de campo de los Kent en Nether Lippiat.
La princesa describió a Diana como una mujer amargada y mezquina. También aseguró que el príncipe Carlos estaba celoso de la popularidad de su exesposa y que en el fondo había tratado el matrimonio como un asunto dinástico, eligiendo en Diana esencialmente a una matriz para producir herederos. Unas palabras que de haber venido de alguien anónimo habrían sido un cotilleo.
Viniendo de alguien instalada en las mismas habitaciones de Kensington eran una bomba de relojería. Pero no solo Diana fue objeto de sus comentarios incendiarios. En ese mismo contexto de entrevistas y promotions literarias durante la segunda mitad de los 90 y principios de los 2000, la princesa Michael fue sembrando una colección de declaraciones que la hacían casi imposible de ignorar para la prensa.
En una entrevista en Estados Unidos en 2014 afirmó sin aparente remordimiento que los miembros mayores de la familia real eran unos aburridos. La reina, sus hermanos, sus primos, todos reducidos a un adjetivo que ninguna cabeza coronada habría tolerado de buena gana, viniendo de alguien que vivía en un apartamento de palacio pagado con dinero ajeno.
En 2013, la princesa explicó en público que el matrimonio había dejado de cenar en restaurantes para no maldastar. Fue presentado como un gesto de austeridad personal, pero la reacción de la prensa fue inmediata y predecible. Aquí estaba una pareja que vivía en uno de los palacios reales más emblemáticos de Londres, con el alquiler subvencionado durante décadas, sin asignación parlamentaria, pero tampoco con obligaciones fiscales comparables a las del ciudadano común, lamentándose del precio de cenar fuera.
El sarcasmo de los titulares fue generalizado. Nadie en el tabloid británico desaprovechó la oportunidad y luego en 2015 llegó la declaración de los animales. En una entrevista pública, la princesa afirmó con total convicción que los animales no tenían derechos porque no tenían cuentas bancarias, no pagaban impuestos y no votaban.
añadió que los derechos solo correspondían a quienes pagaban sus impuestos porque así se los ganaban. Las redes sociales, que para entonces ya eran un arma de destrucción masiva de reputaciones, se lanzaron sobre ella de inmediato. La ironía era demasiado obvia para pasarla por alto. Como miembro de la familia real, ella tampoco estaba obligada a pagar impuestos.
Sus propias palabras le habían construido una trampa perfecta y ella misma había caído dentro. A estas alturas del siglo XXI, la princesa Michael de Kent llevaba ya décadas acumulando polémicas con la regularidad de quien colecciona estampillas, pero lo que vino a continuación fue de una naturaleza diferente, más grave, más duradera, porque ya no se trataba de declaraciones impludentes, sino de gestos que tocaban la herida más profunda de la sociedad contemporánea.
racismo. Las acusaciones no llegaron de golpe, sino que fueron construyéndose una encima de otra como capas de sedimento, hasta que la imagen de la princesa quedó asociada de manera casi irreversible con una actitud que la colocaba fuera del tiempo en el que vivía. El primer episodio documentado se remonta al año 2004 en un restaurante de Nueva York.
La princesa se encontraba cenando cuando en las mesas próximas había un grupo de comensales afroamericanos. Según la versión que circuló después y que su propio portavoz reconoció en parte, la princesa tuvo algún tipo de altercado con ese grupo. Lo que se negó fue que hubiera dicho exactamente que volvieran a las colonias, aunque se admitió que había habido un enfrentamiento.
Lo que la propia princesa dijo más tarde en lo que pretendía ser una aclaración, pero resultó ser una nueva capa del problema, fue que ese grupo estaba compuesto por raperos. En realidad, entre los comensales había un reportero de televisión, un banquero, un abogado y un ejecutivo musical. Describir a ese grupo como raperos no era solo impreciso, era otra ventana abierta hacia un problema mayor.
Años después, su propio yerno durante un tiempo, el escritor Aish Taser, que había tenido una relación prolongada con la hija de la princesa, Lady Gabriela Winsor, reveló públicamente algo que la señora tenía en su jardín del palacio de Kensington. Dos ovejas negras. Dos ovejas negras a las que la princesa había dado nombre.
Sus nombres eran Venus y Serena. En alusión directa a las hermanas tenistas Venus y Serena Williams, dos de las deportistas más celebradas del mundo. La elección de esos nombres para dos animales de ese color específico no podía interpretarse como una coincidencia inocente y así lo entendió prácticamente todo el que oyó la historia.
El escándalo de los nombres de las ovejas circuló durante un tiempo en los medios especializados en realeza y en los círculos donde se seguía de cerca la vida de los Winsor. Pero fue en diciembre de 2017 cuando la princesa Michael de Kent protagonizó el episodio que la catapultó definitivamente al primer plano de la controversia internacional y que quedaría grabado en la historia reciente de la familia real británica como uno de sus momentos más incómodos.
Fue en la cena de Navidad anual que la reina Isabel de Second celebraba cada año en el palacio de Buckingham antes de retirarse a Sandringham para las fiestas. Esa cena particular no era una más. Era la primera a la que acudía Megan Markle, la prometida del príncipe Harry, en su primera aparición formal ante el conjunto extendido de la familia real.
una mujer negra, actriz estadounidense, que estaba a punto de convertirse en duquesa de Sásex y que esa tarde llegaba a Buckingham para ser evaluada con más o menos disimulo por todos los que ya formaban parte de ese mundo. La prensa había seguido durante meses cada uno de los pasos de Megan desde que se anunció su compromiso.
El ambiente estaba cargado de expectativa. La princesa Michael de Kent llegó a esa cena con un broche en la solapa. Un broche dorado con la figura de un hombre negro estilizada y de perfil. Una pieza de joyería del tipo denominado Blackamore o Moretti, originaria de Venecia en el siglo X. Este tipo de joyas, con sus figuras de personajes africanos representados en oro y piedras preciosas, tiene una historia directamente ligada al comercio colonial y a la esclavitud.
Son piezas que desde hace años generan un debate intenso sobre su uso en espacios públicos. Llevar ese broche específico, esa noche específica frente a esa persona específica fue interpretado de manera casi unánime como un gesto deliberado. El portavoz de la princesa dijo después que ella estaba muy apesadumbrada por el malestar causado y que se disculpaba.
La princesa prometió no volver a usar esa joya, pero la imagen ya estaba en las portadas de todo el mundo. La reacción global al incidente del broche fue instantánea y devastadora para la reputación de la princesa. Las redes sociales que en 2017 ya funcionaban como una maquinaria capaz de amplificar cualquier escándalo en cuestión de horas, construyeron en torno a ella un relato que conectaba todos los episodios previos.
el restaurante de Nueva York, las ovejas bautizadas con los nombres de las Williams, las declaraciones sobre las colonias y ahora el broche. Todo ello formaba un patrón que difícilmente podía seguir atribuyéndose a la torpeza o la ingenuidad. Los seguidores de Megan Markel, que desde el principio habían mirado con lupa cada gesto de la familia real hacia la nueva incorporación, no perdonaron.
La princesa Michael de Kent se convirtió en diano de insultos masivos en Twitter e Instagram. Los medios afroamericanos en Estados Unidos le dedicaron amplios reportajes. Su nombre se convirtió en sinónimo de una actitud que muchos consideraban incompatible con los tiempos. Y lo que resultaba todavía más paradójico era que esta mujer, que tanto había insistido en su excepcional árbol genealógico y en su superioridad aristocrática sobre el resto de los miembros de la familia Winsor, se encontraba ahora en una posición mucho
más vulnerable que cualquiera de ellos. En medio de todo esto, la historia de su padre volvió a la superficie con nueva fuerza. El varón Gunter von Ribnitz, el oficial de la Spaffese, cuya afiliación nazi había salido a la luz en 1985, fue nuevamente citado en artículos y reportajes que intentaban entender de dónde venía esa mujer y cómo había llegado hasta donde estaba.
La princesa, que llevaba décadas esquivando esa pregunta, se encontraba ahora con que el mundo de internet tenía una memoria mucho más larga. y más accesible que el mundo del papel impreso. Cada artículo antiguo, cada declaración anterior, cada anécdota olvidada resurgía con la velocidad de un clic. Pero la princesa Mikel de Kent no era solo un personaje pasivo de los escándalos ajenos.
Su marido, el príncipe Mikel de Kent, tenía su propio historial de controversias y en más de una ocasión ambos compartían protagonismo en las páginas menos edificantes de la prensa. En mayo de 2021, The Sunday Times y el canal de televisión Channel 4 publicaron los resultados de una investigación encubierta que sacudió al palacio.
El príncipe Michael de Kent, primo hermano de la reina Isabel y veterano de más de 20 años de carrera militar en la ONU y el ejército británico, había sido filmado ofreciendo sus servicios como intermediario para hacer negocios con representantes del entorno del presidente ruso, Vladimir Putin. Los reporteros, disfrazados como emisarios de una empresa surcoreana interesada en invertir en Rusia, habían grabado al príncipe en conversaciones en las que él explicaba abiertamente cómo podía usar su estatus de miembro de la
familia real para abrir puertas en el Kremlin. El precio que pedía por sus servicios era de 10,000 libras al día. El gobierno británico definía en ese momento al régimen ruso como la mayor amenaza estratégica para el Reino Unido. El escándalo fue considerable y el palacio tomó distancias con rapidez. El príncipe no recibió ningún castigo formal, pero el daño a la imagen de ambos fue innegable.
No era la primera vez que el nombre de los Kent aparecía vinculado a Rusia. En 2012, una filtración masiva de documentos bancarios reveló que el príncipe Michael había recibido casi 400,000 del controvertido oligarca ruso Boris Perezovski, canalizados a través de una empresa domiciliada en Gibraltar y gestionada por el secretario privado del aristócrata.
Los pagos habían comenzado en 2002 y terminado en 2008. La pareja negó que existiera ninguna irregularidad y aseguró que la cuenta bancaria suiza asociada a esas operaciones había sido cerrada en 2009. Pero la sombra de esas conexiones nunca se disipó del todo. En ese mismo ámbito financiero, la pareja arrastraba otra controversia que en el Reino Unido generaba una irritación sostenida y silenciosa entre quienes seguían las cuentas de la monarquía.
Además del apartamento en Kensington, que habían disfrutado con un alquiler simbólico durante décadas, en 2019 se supo que una empresa propiedad del príncipe y la princesa llamada Cantium Services había facturado 1,300,000 libras en 3 años sin pagar impuestos. Para una pareja que no recibía financiación pública directa, la acumulación de ventajas indirectas hacía difícil sostener la imagen de austeridad que de vez en cuando intentaban proyectar.
La prensa británica, siempre atenta a los cálculos sobre lo que cuesta la monarquía al contribuyente, hizo el ejercicio de su mar. El apartamento en Kensington, la empresa sin impuestos, los ingresos de conferencias y libros, las conexiones con oligarcas rusos, los negocios que usaban el título real como carta de presentación.
El retrato que emergía era el de una pareja que había sabido explotar al máximo los privilegios del sistema al que pertenecían, mientras evitaban con habilidad sus responsabilidades más incómodas. Y en ese retrato la princesa Michael de Kent aparecía no solo como un personaje pintoresco e impredecible, sino como una protagonista activa de decisiones que tenían consecuencias muy concretas.

El año 2022 marcó el fin de una etapa. A principios de julio con motivo del cumpleaños número 80 del príncipe, la pareja anunció su retirada oficial de los compromisos públicos. Décadas de apariciones en actos de representación de la corona, de viajes en nombre de la reina, de patronazgos y conferencias y lanzamientos de libros llegaban formalmente a su fin.
Se cerraba un capítulo de la historia de la monarquía británica que había sido, en palabras de varios biógrafos, el más excéntrico, el más imprevisible y posiblemente el más entretenido para los lectores de tabloides de dos generaciones. Pero el tiempo no trató con suavidad a la princesa Michael de Kent en sus últimos años de vida pública.
A los 75 años, a finales de 2020, la COVID-19 la dejó postrada durante más de un mes con una fatiga extrema que la tuvo confinada en las 10 habitaciones del apartamento de Kensington. La noticia de su enfermedad fue recibida con una frialdad notable en las redes sociales. Los mismos que la habían atacado por el broche, por las ovejas, por las declaraciones en Nueva York, aprovecharon la noticia para desearle lo peor.
Era un reflejo de hasta qué punto su imagen había quedado deteriorada en la opinión pública más joven y más conectada digitalmente. A raíz de ese episodio se supo también que la princesa padecía coágulos de sangre como consecuencia tardía de la infección, una complicación que la acompañó durante meses. la salud, que hasta entonces había sido un asunto privado, salvo por una hospitalización por agotamiento nervioso en 1985 y un tratamiento por cáncer de piel en 2002, se convirtió en un tema cada vez más presente en su historia pública.
A sus años de declaraciones polémicas y vínculos turbios, se sumaba ahora la imagen de una mujer que envejecía en un palacio fuera del foco mediático, pero sin que nadie hubiera olvidado del todo quién era. En 2024, apenas unos días antes de la cena de Navidad organizada por el rey Carlos I en Buckingham, la princesa cayó por las escaleras del apartamento de Kensington y se fracturó ambas muñecas.
Al mismo tiempo se supo que había sido sometida a una operación de corazón alrededor de un año antes, información que también había permanecido fuera del dominio público hasta ese momento. Eran noticias que llegaban mezcladas con el retrato de la familia real que los medios ofrecían en ese periodo de consolidación del reinado de Carlos de THD y que pintaban a la princesa Michael como alguien a quien el tiempo, esa fuerza que no distingue entre reinas y polémicas, había comenzado a cobrarle la factura.
Pero fue en los primeros meses de 2026 cuando la historia de la princesa Michael de Kent llegó a un punto de quiebre que nadie esperaba tan pronto. En marzo de ese año se informó que la princesa, que tenía entonces 81 años, había sufrido un derrame cerebral que la había dejado postrada en cama. La noticia llegó desde las fuentes habituales de la prensa rosa británica y fue confirmada por fuentes cercanas a la familia.
La misma mujer, que durante décadas había ocupado salunes de conferencia, galerías de arte y titulares de tabloides con una energía que parecía inagotable, yacía ahora inmóvil en uno de los apartamentos más célebres de Londres. La reacción del público fue de nuevo ambivalente. Algunos medios hispanohablantes y anglosajones dedicaron espacios a repasar su vida entera con motivo de la noticia, construyendo el recuento de escándalos que la había definido.
Otros la recordaron con algo parecido a la ternura, reconociendo en ella a un personaje irrepetible en la historia de la monarquía moderna. Pocos quedaron indiferentes, porque esa era quizás la cualidad más característica de la princesa Michael de Kent. Era imposible de ignorar, incluso en la quietud forzada de una cama de hospital.
Lo que no podía discutirse era el alcance de su trayectoria. Había llegado a la familia real británica desde los márgenes geográficos y simbólicos de una Europa destruida por la guerra, cargando con el peso del apellido de su padre y la desventaja de ser extranjera, divorciada y católica en una institución que no perdonaba ninguna de esas tres características.
Y sin embargo, durante más de cuatro décadas había estado presente en los actos oficiales. Había representado a la corona en ceremonias de independencia y coronaciones extranjeras. Había publicado libros, dado conferencias y presidido patronazgos en cuatro continentes. Lo había hecho a su manera, que era una manera difícil, ruidosa y a menudo contraproducente, pero lo había hecho.
Para entender a la princesa Michael de Kent con algo de justicia, hay que volver al principio. A esa niña que nació en el invierno de 1945 en una ciudad que ya no existe tal como era entonces. en un país que era otro país, en una Europa que era otro mundo, cuyo padre fue un oficial de las SS, cuya madre cruzó océanos para empezar de cero con dos hijos y un salón de belleza en un barrio de Sydney, que pasó una parte de su adolescencia en una granja de Mozambique colonial, que aprendió sola a moverse por los salones de la aristocracia europea, que
estudió historia del arte en uno de los grandes museos del mundo, que publicó libros y dio conferencias y se casó con un príncipe. Todo mientras cargaba con un pasado que habría sepultado a muchos antes siquiera de empezar. No era una persona sencilla ni tampoco un personaje diseñado para ser amado. Era ambiciosa de una forma que en una mujer de su generación y su posición resultaba incómoda para muchos.
era directa hasta el punto de la imprudencia. Era capaz de afirmar que tenía más sangre real que nadie en la familia, con la misma naturalidad con que otros piden el café. tenía un sentido de la jerarquía y el linaje que pertenecía a otro siglo y lo expresaba en un mundo que hacía décadas había decidido que ese tipo de declaraciones no eran aceptables.
Esa brecha entre su mentalidad y el mundo que la rodeaba produjo gran parte de sus escándalos, pero también produjo algo más. produjo a una persona que durante décadas mantuvo el pulso de la atención pública con una consistencia notable. En un mundo de realezas modeladas para el consumo institucional, donde la regla de oro era no decir nada que pudiera malinterpretarse, la princesa Mijael era exactamente lo contrario.
Era alguien que siempre decía algo que podía malinterpretarse y que a menudo no necesitaba malinterpretarse porque el significado era suficientemente claro de entrada. Eso la convertía en un problema para el palacio y también para los observadores de la realeza en uno de sus personajes más fascinantes.
Hay un elemento de la historia de la princesa Mijael que merece ser considerado con detenimiento y que tiene que ver con sus hijos. Lord Frederick Winsor y Lady Gabriela Winsor, nacidos ambos en el Hospital de Santa María de Londres, crecieron en esa singular combinación de privilegio y excentricidad. que era la vida cotidiana de la familia Kent.
Frederick se casó en 2009 con la actriz Sofie Winkelman y tienen dos hijas, Mot e Isabela. Gabriela se casó en 2019 con Thomas Kingston, un hombre de negocios en una boda celebrada en el castillo de Winsor. Pero la vida de Gabriela fue sacudida por una tragedia el 25 de febrero de 2024 cuando su marido fue encontrado muerto en el condado de Glowsters.
Tenía 45 años. Gabriela quedaba viuda a los 42 sin hijos. en uno de esos golpes del destino que no anuncian ni el título ni la posición social. La madre de esa mujer había protagonizado escándalos durante cuatro décadas. Había sido llamada racista, mandona, encopetada, plagiaria y peor. Había vivido en palacios con alquiler de conveniencia y había acumulado críticas con una eficiencia que pocos podían igualar.
Pero en el momento en que su hija perdió a su marido de manera repentina e inexplicada, la princesa Michael era simplemente una madre con una hija en duelo. Esas capas de humanidad coexistían con todo lo demás. No lo borraban ni lo justificaban, pero existían. La relación de la princesa con su yerno Aish Tasir, el escritor que más tarde revelaría la historia de las ovejas bautizadas como Venus y Serena, no había sido precisamente armoniosa.
Tasir, hijo del político pakistaní Salman Tir y de la periodista británica Carol Toucher, había tenido una relación larga con Gabriela que no terminó en boda. Cuando la relación acabó y Tasir comenzó a hablar en público sobre sus experiencias con la familia, sus testimonios añadieron algunas de las anécdotas más coloridas al ya extenso archivo de controversias de la princesa.
La familia real es, entre otras cosas, una institución que produce exmiembros con recuerdos muy específicos y a veces ganas de contarlos. Si hay un rasgo que define la trayectoria de la princesa Michael de Kent por encima de todos los demás, es su relación con el tiempo. Ella llegó a la familia real en 1978, cuando el mundo todavía toleraba ciertos comportamientos, ciertas actitudes, ciertos modos de hablar sobre la raza, la clase y el linaje que el siglo XXI fue convirtiendo progresivamente en inaceptables.
No fue la única persona de su generación que se quedó atrapada en ese cambio, pero fue quizás la que lo evidenció de manera más espectacular, porque tenía la costumbre de hablar en público con una frecuencia y una franqueza que multiplicaba las posibilidades de que algo saliera mal. El mundo en el que llegó a Kensington era uno en el que un título aristocrático todavía abría puertas, en el que las conexiones con oligarcas rusos podían gestionarse con discreción.
en el que los comentarios sobre las colonias podían quedar circunscritos a los testigos presentes en una escena newyorquina. El mundo en el que protagonizó sus últimos grandes escándalos era completamente diferente. Grabado, fotografiado, twiiteado, amplificado y juzgado en tiempo real por millones de personas que no tenían ninguna razón para ser indulgentes con un aristócrata de apellido alemán, con un padre en las SS que vivía en el palacio de Kensington y se había puesto un broche racista el día en que Megan Markel conocía la
familia. Ese abismo entre el mundo para el que se había formado y el mundo en el que terminó viviendo su historia pública es, en última instancia, el núcleo dramático de su biografía. No es el escándalo del padre nazi por sí solo, ni el broche, ni las declaraciones sobre los animales, ni las conexiones rusas.
Es la suma de todo eso, multiplicada por el contexto en el que cada cosa ocurrió y la imagen de una mujer que nunca terminó de ajustar su brújula interna a las coordenadas de un mundo que seguía moviéndose sin pedirle permiso. En eso, paradójicamente era completamente humana, más humana quizás que la imagen impecable que intentaba proyectar.
La historia de la princesa Michael de Kent es, en el fondo, la historia de una Europa que desapareció, un continente de varones y condesas, de casas aristocráticas con siglos de historia, de títulos transmitidos como herencias y de mapas que se redibujaban con cada guerra. Ella era la última criatura de ese mundo, arrojada por las circunstancias a una isla que tenía su propia monarquía, sus propias reglas y su propio sentido del orden, que no coincidía del todo con el de ningún otro lugar del planeta. Y en esa isla
construyó una vida que fue simultáneamente un triunfo personal extraordinario y un desastre de relaciones públicas casi sin parangón llegó a la familia real como extranjera. divorciada, católica e hija de un oficial de las SS y se quedó más de cuatro décadas. Vivió en el palacio de Kensington.
Representó a la reina en ceremonias oficiales, publicó libros, dio conferencias en universidades, presidió galerías de arte, educó a sus hijos, sobrevivió escándalos que habrían destruido trayectorias enteras y cuando su salud finalmente la obligó a retirarse del escenario que había habitado con tanta intensidad, dejó atrás una imagen que era difícil de reducir a un solo juicio.
No era simplemente la villana que muchos habían decidido ver. ni tampoco la víctima que en ciertos momentos pareció reclamar ser. María Cristina Inés Eduviges, Ida von Rapnits, la princesa Michael de Kent, fue algo más complicado y más interesante que cualquiera de esas dos versiones. fue una superviviente de la posguerra europea que llegó demasiado lejos para el gusto de la institución que eligió, que habló demasiado para el mundo que habitó, que cargó con demasiado pasado para poder escapar de él por completo y que, sin embargo, se negó 81 años a
desaparecer en silencio. En la historia de la familia real británica hay personajes que reinaron, personajes que abdicaron y personajes que escandalizaron. Ella perteneció a esa tercera categoría con una fidelidad casi vocacional y eso a su manera también es una forma de dejar huella. Yeah.