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Princesa Michael de Kent: la mujer más polémica de la realeza británica y sus escándalos

Sin embargo, a principios de los años 60, cuando María Cristina era ya una joven de 17 o 18 años, tomó una decisión que marcaría su carácter para siempre. Fue a vivir con su padre a Mozambique, entonces todavía colonia portuguesa, donde el varón von Ridnitz tenía una granja. Allí, en ese otro extremo del mundo, la joven pasó tiempo junto a un hombre cuyo pasado permanecía por el momento en silencio.

Nadie hablaba de lo que había hecho durante la guerra. Nadie preguntaba. Europa todavía aprendía a convivir con sus propias culpas. Con el regreso a Europa llegó también la ambición. María Cristina no era una mujer que se conformara con poco. Se instaló en Londres y en Viena. Estudió historia del arte y arte decorativo en el Victorian Albert Museum, uno de los museos más importantes del mundo, y comenzó a trabajar como decoradora de interiores.

Aprende idiomas, cultivó su porte, pulió su acento y fue labrando una imagen de mujer sofisticada, culta y cosmopolita que difícilmente encajaba con la imagen de la hija de una inmigrante que había sobrevivido a la posguerra abriendo un salón de belleza en Australia. Esa capacidad para reinventarse, para proyectar seguridad donde había incertidumbre y linaje donde había ruptura, sería uno de sus talentos más duraderos y también uno de los que más recelos despertaría entre quienes la rodeaban.

Fue en ese ambiente de la aristocracia europea reconstruida, de salones donde el dinero y el título todavía circulaban juntos, aunque el mundo ya hubiera cambiado para siempre, donde María Cristina dio su primer paso en falso en materia sentimental. En septiembre de 1971, con 26 años contrajo matrimonio con Thomas Trubridge, un banquero inglés de buena familia, hermano menor de Sir Peter Trubridge.

Se habían conocido en una cacería de jabalíes en Alemania, lo cual ya dice mucho del ambiente en el que se movía esta mujer. La boda se celebró en la Chelsea Old Church de Londres, pero la felicidad no duró. La pareja se separó en 1973. solo dos años después y el divorcio civil llegó en 1977. una separación discreta, sin grandes escándalos públicos, pero que tendría consecuencias enormes en el futuro.

Lo que nadie sabía todavía, al menos no públicamente, era que María Cristina von Rnitz ya se había fijado en alguien mucho más cercano al trono que Thomas Strubridge. El hombre en cuestión era el príncipe Michael de Kent, hijo del príncipe Jorge Duque de Kent y nieto nada menos que del rey Jorge de Fift de Inglaterra.

un hombre que en el momento de su nacimiento ocupaba el sexto puesto en la línea de sucesión al trono británico, un primo directo de la reina Isabel de Second. El encuentro entre ambos había sido, según la propia María Cristina, organizado por el mismísimo Lord Mount Batten, el tío favorito del príncipe Carlos.

Lord Montbatten, conocido por sus dotes de intermediario en asuntos del corazón dentro de la familia real, habría actuado como casamentero y lo que sembró creció con una fuerza que nadie calculó bien. El problema no era sencillo. Para poder casarse con el príncipe Michael de Kent, María Cristina tenía que resolver tres obstáculos que cualquiera de ellos por separado habría bastado para echar por tierra cualquier relación en el contexto de la familia real británica.

Primero era extranjera, segundo era divorciada, tercero era católica. Esos tres factores combinados eran una tormenta perfecta en el seno de una institución que llevaba siglos rigiendo sus uniones con mano de hierro y protocolo inflexible. El fantasma de Wally Simpson, la estadounidense divorciada por quien el rey Eduardo de Abaicado en 1936 sobrevolaba cada decisión que tomaba la corona en materia de matrimonios.

Para sortear el problema al divorcio, María Cristina solicitó la anulación eclesiástica de su primer matrimonio ante el Vaticano. En mayo de 1978, el Papa Pablo de Six concedió esa anulación. El matrimonio con Thomas Trubrid quedaba oficialmente disuelto también a los ojos de la Iglesia Católica como si nunca hubiera existido.

Solo un mes después, el 30 de junio de 1978, en el Ayuntamiento de Viena, María Cristina von Reidnitz y el príncipe Michael de Kent se casaban en una ceremonia civil. Ella llevaba un traje de dos piezas en color crema, diseñado por Hardy Amies. Él le entregó un anillo de zafiros y diamantes que había pertenecido a su madre, la princesa Marina de Grecia y Dinamarca.

Era un gesto cargado de simbolismo y as collas de la madre del príncipe en el dedo de la mujer que la familia no había elegido. Pero el problema de la fe católica de María Cristina era otra cuestión distinta. La ley inglesa de asentamiento de 1701, todavía vigente en aquel momento, prohibía que cualquier miembro de la familia real que se casara con un católico conservara sus derechos sucesorios.

Así que el príncipe Michael de Kent, que entonces ocupaba el puesto 15 en la línea de sucesión al trono, perdió todos sus derechos dinásticos en el momento en que pronunció el si quiero. No por haberse casado con una divorciada, no por haberse casado con una extranjera, sino por haberse casado con una católica.

Hubo que esperar hasta el año 2015, cuando la ley de sucesión a la corona de 2013 finalmente entró en vigor para que el príncipe recuperara su lugar en la línea de sucesión. Décadas de exclusión por razones de fe. Con el matrimonio consumado y el título adquirido, María Cristina pasó a llamarse desde ese día de junio de 1978 su alteza real, la princesa Michael de Kent.

Era un título peculiar que sonaba más al nombre de su marido que al suyo propio. En el sistema nobiliario británico, solo las hijas y nietas directas de Reyes pueden ser princesas con nombre propio, como la princesa Ana o las princesas Beatriz y Eugenia de York. Las demás mujeres que entran en la familia por matrimonio adquieren el título vinculado al del marido.

Por eso Megan Markle no es la princesa Megan, sino la duquesa de S. ex y por eso María Cristina con toda su sangre aristocrática y su largo árbol genealógico, pasó a ser simplemente la princesa Michael, la princesa del marido. Ella misma, con ese humor cortante que le era característico, contaba que algunos la llamaban directamente May de Kent, mientras que otros más creativos la apodaban a sus espaldas como princesa Pushi, la princesa Mandona.

Era una etiqueta que se ganó rápidamente dentro de los círculos palaciegos, donde su presencia resultaba incómoda para muchos. Había llegado demasiado fuerte, demasiado alta, demasiado rubia, demasiado dispuesta a ocupar espacio en salones donde la norma no escrita era la discreción absoluta. La reina Isabel, según se cuenta, no la recibió con entusiasmo.

El comentario atribuido a la soberana ese de que parecía demasiado encopetada para nosotros, resumía con elegante sequedad lo que muchos en el palacio pensaban, pero no decían en voz alta. La pareja se instaló en un apartamento de cinco dormitorios y cinco salones en el palacio de Kensington, que la reina Isabel pagaba a precio de mercado, 120,000 libras al año de sus propios fondos privados.

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