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Pablo de Grecia: el rey sin corona que perdió su reino pero nunca su lugar entre las élites

La herida se infectó y el rey de Grecia murió de septicemia con 30 años, sin descendencia y con el país en plena campaña militar en Asia Menor. En ese momento, el pueblo griego votó en un plebiscito si quería que Constantino de First regresara al trono y dijo que sí. La familia volvió, pero la calma no duró.

La catástrofe militar de Asia Menor en 1922, cuando el ejército griego fue aplastado por las tropas de Mustafa Kemal, en la que los griegos recordarán para siempre como la gran catástrofe, acabó con la segunda era de Constantino de 1. El rey abdicó de nuevo, esta vez en favor de su hijo mayor, Jorge de Secon. Y Pablo quedó oficialmente proclamado príncipe heredero, pero heredero de un trono que ya se tambaleaba.

En 1923, la monarquía griega volvía a caer. Una república fue proclamada. Pablo y su hermano Jorge tuvieron que marcharse de nuevo. Esta vez el exilio duraría 12 largos años entre Londres y otros rincones de Europa, viviendo de los ahorros familiares, de la generosidad de parientes en otras casas reales y en algún momento difícil de trabajos que ningún manual de protocolo real había previsto nunca.

Hay una imagen que resulta casi imposible de asociar con la realeza y que, sin embargo, es completamente verídica. Pablo de Grecia, príncipe heredero del trono Leno, en algún momento de los años 20 o 30 del siglo pasado, buscó trabajo como cualquier ciudadano corriente. Con su familia en el exilio y el dinero escaseando, el príncipe llegó a emplearse en Coventry, en Inglaterra, para la firma Armstrong Sideli, fabricante de motores de coches y aviones.

Era un hombre de veintitantos años, alto, deporte distinguido, con modales de palacio y un árbol genealógico que conectaba con casi todas las casas reales del continente, dando vueltas a una planta industrial en el corazón de la Inglaterra industrial. La historia no recoge exactamente qué pensaban sus compañeros de trabajo sobre aquel joven educado, que nunca hablaba demasiado de sus orígenes.

Probablemente nunca imaginaron que compartían turno con alguien que podría haber sido rey. Estas anécdotas del exilio tienen algo de humillante y algo de fascinante al mismo tiempo. revelan que las coronas cuando se caen no dejan redes de seguridad, que nacer en un palacio no garantiza morir en uno y que la diferencia entre un rey y un hombre común puede reducirse en determinadas circunstancias históricas a un voto popular, un golpe de estado o la mordedura de un mono en un jardín.

Pero Pablo no se amargó, o al menos no de forma visible. desarrolló durante esos años de exilio una disciplina interior que sus contemporáneos admiraron. Se formó militarmente en la academia real de Sandhorst, la misma institución que formaría más tarde a su bisnieto. Viajó, observó, estudió el mundo desde la posición incómoda de quien lo conoce desde arriba, pero vive desde abajo y esperó.

La espera terminó en 1935 cuando su hermano Jorge de Second fue restaurado en el trono griego. Pablo regresó a Atenas, esta vez para quedarse y en 1938 encontró algo que ningún referéndum podría quitarle, el amor. Se casó con la princesa Federica de Hanover, joven, apasionada y tremendamente política. De aquella unión nacerían tres hijos que cambiarían el mapa de la realeza europea para siempre.

El matrimonio entre Pablo de Grecia y Federica de Hanover fue uno de esos enlaces que los historiadores estudian no solo por su relevancia dinástica, sino por la turbulencia extraordinaria que lo rodeó desde el principio. Federica era nieta del Kaiser Guillermo de Secon de Alemania, el mismo que había empujado a Europa al desastre de la Primera Guerra Mundial.

Cuando los dos se casaron en Atenas en 1938, la sombra de una nueva guerra europea ya se proyectaba sobre el continente con una claridad que solo los ingenuos podían ignorar. Tuvieron apenas dos años de relativa tranquilidad. En octubre de 1940, la Italia fascista de Mussolini lanzó su ultimatum a Grecia y el país respondió con un rotundo no, que se convertiría en uno de los momentos más celebrados de la historia griega moderna.

Pablo estaba al lado de su hermano, el rey Jorge de Second, cuando Grecia rechazó la rendición y eligió combatir. Para los griegos, ese día sigue siendo el día del no, una fiesta nacional que recuerda que incluso los pequeños pueden plantar cara a los grandes. Pero los alemanes llegaron donde los italianos no pudieron.

En abril de 1941, la Vermacht entró en Grecia y aplastó la resistencia. La familia real tuvo que huir de nuevo, esta vez con dos niños pequeños, la princesa Sofía y el príncipe Constantino, a través de Creta y luego hacia Egipto, donde el gobierno griego en el exilio estableció su sede. Desde el Cairo, Pablo participó activamente en los esfuerzos militares griegos, manteniendo el rango de oficial en las tres armas: Ejército, marina y aviación.

No era un príncipe decorativo que esperaba en un palacio alquilado a que otros lucharan por su corona. Participó, se implicó, vivió los años de guerra con la misma angustia que cualquier oficial que sabe que su país está siendo ocupado y humillado. Finalmente, la familia se trasladó a Sudáfrica, donde nació su tercera hija, la princesa Irene.

Aquellos años en el exilio africano, dejaron en Pablo una marca que sus contemporáneos recordaron siempre. la de un hombre que había aprendido que los reyes no son más que personas a las que la historia puede despojar de todo en cualquier momento y que lo único que permanece es el carácter con el que se enfrenta la pérdida. Cuando la guerra terminó y la familia real griega regresó a Atenas, nadie esperaba que Pablo fuera a ser rey tan pronto.

Su hermano George de Secon había ocupado el trono durante décadas, aunque gran parte de ese tiempo lo había pasado en el exilio y parecía el tipo de monarca que, habiendo sobrevivido tanto, tenía cuerda para rato. Pero la historia no pregunta cuándo es buen momento. El primero de abril de 1947, el rey Jorge de Secon murió de arteriosesclerosis en el palacio de Atenas.

Pablo tenía 45 años y de repente era rey. No lo había planeado así, o al menos no con esa urgencia. Subí al trono en uno de los peores momentos posibles para Grecia. El país estaba devastado por la ocupación alemana. La economía era un desastre y Paracolmo, una guerra civil feroz entre comunistas y fuerzas gubernamentales desgarraba el territorio desde el norte hasta el sur.

El reinado de Pablo de First, como pasó a ser conocido, duró 17 años, de 1947 a 1964 y estuvo marcado por esa doble tarea imposible de gobernar un país mientras se reconstruye desde las cenizas. La guerra civil terminó en 1949 con la derrota de las fuerzas comunistas y los años 50 trajeron un periodo de crecimiento económico que los griegos recordarían décadas después como una época de esperanza.

Pablo de no fue un rey ausente ni un monarca puramente ceremonial. Se implicó en la política más de lo que muchos constitucionalistas consideraban apropiado, algo que le granjeó críticas dentro y fuera del país. Su esposa Federica, inteligente, ambiciosa y con opiniones muy firmes sobre cómo debía gobernar su marido, fue una figura polarizante que adoraban sus seguidores y detestaban sus enemigos con igual intensidad.

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