La herida se infectó y el rey de Grecia murió de septicemia con 30 años, sin descendencia y con el país en plena campaña militar en Asia Menor. En ese momento, el pueblo griego votó en un plebiscito si quería que Constantino de First regresara al trono y dijo que sí. La familia volvió, pero la calma no duró.
La catástrofe militar de Asia Menor en 1922, cuando el ejército griego fue aplastado por las tropas de Mustafa Kemal, en la que los griegos recordarán para siempre como la gran catástrofe, acabó con la segunda era de Constantino de 1. El rey abdicó de nuevo, esta vez en favor de su hijo mayor, Jorge de Secon. Y Pablo quedó oficialmente proclamado príncipe heredero, pero heredero de un trono que ya se tambaleaba.
En 1923, la monarquía griega volvía a caer. Una república fue proclamada. Pablo y su hermano Jorge tuvieron que marcharse de nuevo. Esta vez el exilio duraría 12 largos años entre Londres y otros rincones de Europa, viviendo de los ahorros familiares, de la generosidad de parientes en otras casas reales y en algún momento difícil de trabajos que ningún manual de protocolo real había previsto nunca.
Hay una imagen que resulta casi imposible de asociar con la realeza y que, sin embargo, es completamente verídica. Pablo de Grecia, príncipe heredero del trono Leno, en algún momento de los años 20 o 30 del siglo pasado, buscó trabajo como cualquier ciudadano corriente. Con su familia en el exilio y el dinero escaseando, el príncipe llegó a emplearse en Coventry, en Inglaterra, para la firma Armstrong Sideli, fabricante de motores de coches y aviones.
Era un hombre de veintitantos años, alto, deporte distinguido, con modales de palacio y un árbol genealógico que conectaba con casi todas las casas reales del continente, dando vueltas a una planta industrial en el corazón de la Inglaterra industrial. La historia no recoge exactamente qué pensaban sus compañeros de trabajo sobre aquel joven educado, que nunca hablaba demasiado de sus orígenes.
Probablemente nunca imaginaron que compartían turno con alguien que podría haber sido rey. Estas anécdotas del exilio tienen algo de humillante y algo de fascinante al mismo tiempo. revelan que las coronas cuando se caen no dejan redes de seguridad, que nacer en un palacio no garantiza morir en uno y que la diferencia entre un rey y un hombre común puede reducirse en determinadas circunstancias históricas a un voto popular, un golpe de estado o la mordedura de un mono en un jardín.
Pero Pablo no se amargó, o al menos no de forma visible. desarrolló durante esos años de exilio una disciplina interior que sus contemporáneos admiraron. Se formó militarmente en la academia real de Sandhorst, la misma institución que formaría más tarde a su bisnieto. Viajó, observó, estudió el mundo desde la posición incómoda de quien lo conoce desde arriba, pero vive desde abajo y esperó.
La espera terminó en 1935 cuando su hermano Jorge de Second fue restaurado en el trono griego. Pablo regresó a Atenas, esta vez para quedarse y en 1938 encontró algo que ningún referéndum podría quitarle, el amor. Se casó con la princesa Federica de Hanover, joven, apasionada y tremendamente política. De aquella unión nacerían tres hijos que cambiarían el mapa de la realeza europea para siempre.
El matrimonio entre Pablo de Grecia y Federica de Hanover fue uno de esos enlaces que los historiadores estudian no solo por su relevancia dinástica, sino por la turbulencia extraordinaria que lo rodeó desde el principio. Federica era nieta del Kaiser Guillermo de Secon de Alemania, el mismo que había empujado a Europa al desastre de la Primera Guerra Mundial.
Cuando los dos se casaron en Atenas en 1938, la sombra de una nueva guerra europea ya se proyectaba sobre el continente con una claridad que solo los ingenuos podían ignorar. Tuvieron apenas dos años de relativa tranquilidad. En octubre de 1940, la Italia fascista de Mussolini lanzó su ultimatum a Grecia y el país respondió con un rotundo no, que se convertiría en uno de los momentos más celebrados de la historia griega moderna.
Pablo estaba al lado de su hermano, el rey Jorge de Second, cuando Grecia rechazó la rendición y eligió combatir. Para los griegos, ese día sigue siendo el día del no, una fiesta nacional que recuerda que incluso los pequeños pueden plantar cara a los grandes. Pero los alemanes llegaron donde los italianos no pudieron.
En abril de 1941, la Vermacht entró en Grecia y aplastó la resistencia. La familia real tuvo que huir de nuevo, esta vez con dos niños pequeños, la princesa Sofía y el príncipe Constantino, a través de Creta y luego hacia Egipto, donde el gobierno griego en el exilio estableció su sede. Desde el Cairo, Pablo participó activamente en los esfuerzos militares griegos, manteniendo el rango de oficial en las tres armas: Ejército, marina y aviación.
No era un príncipe decorativo que esperaba en un palacio alquilado a que otros lucharan por su corona. Participó, se implicó, vivió los años de guerra con la misma angustia que cualquier oficial que sabe que su país está siendo ocupado y humillado. Finalmente, la familia se trasladó a Sudáfrica, donde nació su tercera hija, la princesa Irene.
Aquellos años en el exilio africano, dejaron en Pablo una marca que sus contemporáneos recordaron siempre. la de un hombre que había aprendido que los reyes no son más que personas a las que la historia puede despojar de todo en cualquier momento y que lo único que permanece es el carácter con el que se enfrenta la pérdida. Cuando la guerra terminó y la familia real griega regresó a Atenas, nadie esperaba que Pablo fuera a ser rey tan pronto.
Su hermano George de Secon había ocupado el trono durante décadas, aunque gran parte de ese tiempo lo había pasado en el exilio y parecía el tipo de monarca que, habiendo sobrevivido tanto, tenía cuerda para rato. Pero la historia no pregunta cuándo es buen momento. El primero de abril de 1947, el rey Jorge de Secon murió de arteriosesclerosis en el palacio de Atenas.
Pablo tenía 45 años y de repente era rey. No lo había planeado así, o al menos no con esa urgencia. Subí al trono en uno de los peores momentos posibles para Grecia. El país estaba devastado por la ocupación alemana. La economía era un desastre y Paracolmo, una guerra civil feroz entre comunistas y fuerzas gubernamentales desgarraba el territorio desde el norte hasta el sur.
El reinado de Pablo de First, como pasó a ser conocido, duró 17 años, de 1947 a 1964 y estuvo marcado por esa doble tarea imposible de gobernar un país mientras se reconstruye desde las cenizas. La guerra civil terminó en 1949 con la derrota de las fuerzas comunistas y los años 50 trajeron un periodo de crecimiento económico que los griegos recordarían décadas después como una época de esperanza.
Pablo de no fue un rey ausente ni un monarca puramente ceremonial. Se implicó en la política más de lo que muchos constitucionalistas consideraban apropiado, algo que le granjeó críticas dentro y fuera del país. Su esposa Federica, inteligente, ambiciosa y con opiniones muy firmes sobre cómo debía gobernar su marido, fue una figura polarizante que adoraban sus seguidores y detestaban sus enemigos con igual intensidad.
Cuando en enero de 1964 le diagnosticaron un cáncer de estómago, Pablo de First tenía 62 años y parecía que aún le quedaban décadas de reinado. Murió el 6 de marzo de ese mismo año, apenas semanas después del diagnóstico. Grecia lloró. Las campanas de las iglesias de Atenas repicaron durante horas y su hijo Constantino de Second, de 23 años, se encontró de repente con la corona en la cabeza y el mundo más inestable que nunca a sus pies.
Constantino de Second era joven. Había ganado una medalla de oro en vela en los Juegos Olímpicos de Roma de 1960 y llegaba al trono con una imagen moderna que contrastaba con la austeridad solemne de su padre. Se casó con Ana María de Dinamarca, una princesa de 18 años de extraordinaria belleza.
Y por un breve momento, la monarquía griega pareció haberse reinventado, proyectando una imagen de frescura y vitalidad que tenía algo de Camelot Mediterráneo. Pero Grecia seguía siendo Grecia, un país donde los militares miraban la política con la impaciencia de quien lleva demasiado tiempo aguardando en la antesala, donde la izquierda y la derecha se odiaban con una intensidad que las elecciones no lograban canalizar, donde el rey, demasiado joven y quizás demasiado confiado, tomó decisiones políticas que sus asesores más experimentados le desaconsejaron.
El 21 de abril de 1967, un grupo de coroneles del ejército griego dio un golpe de estado mientras Constantino de Secont dormía en el palacio. Lo que siguió fue uno de los episodios más oscuros de la historia moderna de Grecia, una dictadura militar que duraría 7 años en la que se suspendieron las libertades constitucionales, se persiguió a los opositores y la cultura griega fue sometida a una censura que muchos intelectuales vivieron como una segunda ocupación.

Constantino intentó resistir. En diciembre de 1967 organizó lo que los griegos conocen como el antiquinima. El contragolpe, un intento de movilizar a las fuerzas militares leales para derrocar a los coroneles, fracasó y con ese fracaso se cerró, sin que nadie lo supiera aún, el último capítulo activo de la monarquía griega.
El rey y su familia huyeron a Roma aquella misma noche de diciembre. El rey tenía 27 años. Su esposa Ana María estaba embarazada de 7 meses y llevaban en su avión entre el personal de la corte y los bultos improvisados de una huida nocturna, algo que ningún equipaje puede contener del todo, la certeza de que probablemente no volverían, al menos no como reyes.
20 de mayo de 1967 en Atenas, una ciudad que llevaba apenas un mes bajo el control de los coroneles, nació un niño en el palacio real. Su nombre es Pablo. Es el segundo hijo de Constantino de Second y Ana María de Dinamarca. Y desde el momento en que llega al mundo, algo que él nunca ha pedido ni elegido ya le ha sido otorgado.
El título de príncipe heredero de Grecia. Duque de Esparta. Solo tiene unos meses cuando su padre intenta el contragolpe de diciembre. Solo tiene unos meses cuando la familia abandona a Grecia en la oscuridad de la noche y aterriza en Roma sin saber qué será de ellos. Solo tiene unos meses cuando se convierte, sin haberlo vivido consciente en un príncipe en el exilio.
Hay algo profundamente irónico en ese nacimiento. Pablo llegó al mundo justo en el momento en que el mundo que le pertenecía comenzaba a derrumbarse, como si la historia hubiera querido darle el título antes de arrebatarle el contenido. como si alguien hubiera decidido que era mejor nacer con una corona y perderla que no haberla tenido nunca.
Y todavía le esperaba el golpe definitivo. En 1974, cuando los propios coroneles se hundieron tras el desastre de Chipre, cuando la dictadura militar colapsó y Grecia recuperó la democracia, el nuevo gobierno convocó un referéndum para decidir si el país quería volver a ser una monarquía. La consulta se celebró el 8 de diciembre de 1974.
El resultado fue inequívoco. Aproximadamente el 69% de los griegos votó a favor de la República. La monarquía quedó abolida. Pablo tenía 7 años. un niño que crecería sabiendo que era príncipe heredero de algo que había dejado de existir antes de que tuviera edad para comprenderlo siquiera. Un título que no le abría ninguna puerta en Grecia, pero que tampoco le cerraba las del resto del mundo.
Londres, finales de los años 70. Un niño griego de ojos claros y apellido impronunciable para sus compañeros de clase entra cada mañana a un colegio del barrio de Base Water, donde la mayoría de los alumnos son hijos de la diáspora griega en la capital británica. El colegio se llama La Sagrada Familia, uno de los pocos centros de enseñanza en griego que existían en Londres.
Allí Pablo de Grecia aprende a leer y escribir en el idioma de sus antepasados, el idioma de un país que en teoría es el suyo, pero que en la práctica conoce solo a través de los relatos de sus padres y los veranos en algún yate anclado en el ejeo. Su padre, el rey sin trono, vive entre la nostalgia y la dignidad.
Constantino de Secont mantiene el protocolo de la corte en el exilio con una rigidez que sus hijos seguramente encontraban entre admirable y desconcertante. las reuniones familiares con otras casas reales europeas, los viajes a Dinamarca para visitar a los abuelos maternos, las Navidades en la zarzuela con la tía Sofía y el tío Juan Carlos y el Año Nuevo en las pistas de Vaqueira Ver constituyen el universo social de una infancia que mezcla lo cotidiano de la vida londinense con lo extraordinario de moverse entre reyes y reinas.
Fue precisamente en esos encuentros familiares navideños donde comenzó una de las amistades más significativas de la vida adulta de Pablo. Su primo Felipe, hijo de los Reyes de España, apenas le llevaba un año. Los dos niños crecían en circunstancias superficialmente similares, hijos de familias reales, criados con una educación rigurosa, conscientes desde pequeños del peso que llevan sus apellidos, pero con una diferencia fundamental.
Felipe tendría un día un reino real que gobernar. Pablo, no. Esa asimetría nunca pareció enturbiar la relación entre los dos. Al contrario, la infancia compartida en salones dorados y la adolescencia de viajes y encuentros de protocolo cimentaron entre ellos una complicidad que los medios describirían décadas después como una de las amistades reales más sólidas de Europa.
Los hombres de un mismo mundo con destinos distintos que aprendieron desde pequeños a no envidiar lo que el otro tenía, porque ambos sabían que las coronas, como había demostrado la propia historia familiar, nunca son definitivas. Cuando llegó el momento de continuar los estudios secundarios, Pablo de Grecia no se quedó en Londres.
Sus padres tomaron la decisión de enviarlo a Nuevo México, en los Estados Unidos, donde cursó el bachillerato lejos de la burbuja de la releza europea y del peso cotidiano de su título. Fue allí, en el suroeste americano, tan alejado geográfica y culturalmente de Atenas como se puede imaginar, donde Pablo tuvo por primera vez algo parecido a una vida ordinaria.
Nuevo México en los años 80 era un mundo de cielos inmensos, paisajes áridos y una cultura mestiza que no tenía nada que ver con los salones de los palacios ni con los pasillos del palacio de Buckingham. Pablo estudió entre jóvenes americanos que probablemente no sabían ni dónde estaba Grecia en el mapa y que, desde luego, no tenían la menor idea de que el chico sentado a su lado en clase de biología era técnicamente heredero de un trono europeo.
Ese anonimato relativo fue, según todas las descripciones posteriores, una experiencia liberadora. No tener que ser el príncipe heredero cada minuto del día, poder ser simplemente Pablo, un chico de origen griego con buen nivel de inglés y un acento ligeramente indefinible. Aprender que el mundo es mucho más grande y más indiferente a los títulos nobiliarios de lo que cualquier palacio puede enseñarte.
Después de Nuú México llegó Sherst, la Real Academia Militar del Reino Unido, donde generaciones de oficiales británicos y príncipes de medio mundo se han formado bajo la misma disciplina severa que iguala a todos sus alumnos independientemente de su cuna. Pablo estudió allí y obtuvo el grado deteniente, siguiendo así una tradición familiar que se remontaba a su bisabuelo.
Y después de Sanorse Georgetown. la Universidad de Georgetown en Washington DC, donde cursaría un máster en relaciones internacionales. Era la primera mitad de los años 90 y fue allí donde su vida tomó dos de los giros más importantes de su historia. Washington DC, 1993. En el campus de la Universidad de Georgetown, en el exclusivo barrio de Georgetown, que se refleja sobre el río Potomac, coinciden dos jóvenes que comparten piso a pocos metros de las aulas. Uno de ellos es Pablo de Grecia.
El otro es Felipe de Borbón, príncipe de Asturias, heredero al trono de España. Dos primos que han crecido juntos, que se conocen desde que gateaban por los salones de la zarzuela, que han pasado Navidades y veranos en familia desde siempre y que ahora comparten frigorífico, televisor y la extraña libertad de ser anónimos en una ciudad que no les conoce.
La periodista chilena Mónica Pérez, amiga personal del rey Felipe, contó años después que aquella fue una época de una libertad poco habitual para ambos. Podían pasear en bicicleta por los jardines del campus, comer hamburguesas en cualquier sitio sin que nadie se les acercara para hacerse una foto.
Ir al cine o a un partido de béisbol sin escoltas visibles, sin protocolos, sin el peso de la representación institucional. Para Pablo, que ya había experimentado algo de ese anonimato en Nuevo México, Georgetown significaba algo más. Significaba educarse en uno de los centros académicos más prestigiosos del mundo, en la capital del poder occidental, rodeado de jóvenes que serían los futuros líderes políticos, empresariales y financieros del planeta.
El tejido de relaciones que se teje en esas aulas y en esos pasillos no tiene precio. No es el tipo de cosa que aparece en un currículum, pero es exactamente el tipo de cosa que define a quién llamas cuando necesitas resolver algo complicado. Fue en Washington en 1992 en una fiesta de cumpleaños organizada por el naviero griego Stabros Niarchos para su hijo Philip en Nueva Orleans, donde Pablo conoció a Marishantal Miller.
Los dos habían sido sentados deliberadamente uno al lado del otro en uno de esos gestos de los anfitriones que se presentan como casualidad, pero que raramente lo son. flechazo, pasión o encuentro hábilmente orquestado. El hecho fue que entre el príncipe sin corona y la hija del magnate de los duty Freeió algo que no tardaría en convertirse en una de las bodas más espectaculares de los años 90.
Mar Chantal Miller no era una princesa, pero su padre tenía algo que a veces vale más que un título nobiliario, una fortuna de 1500 millones de dólares y el instinto de quien ha construido un imperio desde cero. Robert Warren Miller era el cofundador de Duty Free Shoppers, la cadena de tiendas libres de impuestos que existe en los aeropuertos de todo el mundo.
Nacido en el seno de una familia americana de clase media, había convertido la simple idea de vender sin aranceles en los pasillos de los aeropuertos en uno de los negocios minoristas más rentables del planeta. Miller tenía tres hijas y según la leyenda que rodea esta historia contrató a un asesor especializado en matrimonios de alto nivel para asegurarse de que las tres encontraran parejas a la altura de su nueva posición social.
No bastaba con ser ricos. Los Miller querían ser recibidos en las cortes, sentarse en los mismos salones que los antiguos, circular con naturalidad en un mundo para el que el dinero es necesario, pero no suficiente. Querían que sus hijas tuvieran nombres que abristen puertas sin necesidad de presentación y lo consiguieron con una eficiencia que habría admirado al mismísimo asesor.
La mayor, Pía Cristina se casó con Christopher R. Getty, nieto del fundador de Getty Oil, la pequeña Alexandra con el príncipe Alexander von Furstenberg, convirtiéndose en princesa Furstenberg y Marie Chantal, la mediana con Pablo de Grecia. Mar Chantal era una mujer de belleza clásica, con una elegancia natural que los fotógrafos de moda perseguirían durante décadas y con una inteligencia social muy desarrollada para circular en los ambientes más exclusivos del planeta, sin dar nunca la impresión de estar haciendo un esfuerzo.
Había crecido entre Tokio, Hong Kong y Londres, hablaba varios idiomas y tenía una facilidad innata para adaptarse a cualquier ambiente sin perder nunca su propio Pablo la vio en aquella fiesta en Nueva Orleans y supo, o al menos eso es lo que la historia cuenta, que algo había cambiado.
Los dos pasarían los siguientes años entre visitas, cartas y los encuentros que permite la agenda apretada de dos personas que viven en lados opuestos del Atlántico. Hasta que en 1995 todo estuvo listo para la boda del año. Primero de julio de 1995. La catedral ortodoxa de Santa Sofía en Londres, un edificio de ladrillo rojo en el elegante barrio de Basewater, se convirtió ese día en el escenario de uno de los matrimonios más espectaculares que Europa había visto en décadas.
13 invitados, 16 casas reales representadas, un número de cabezas coronadas bajo el mismo techo que, según los cronistas del momento, no se había visto reunido desde la boda de Isabel de Second. Mari Shantal llegó a la catedral con un vestido de Valentino, el gran cuturier italiano que era amigo íntimo de la familia Miller.
Era un traje bordado a mano que había requerido meses de trabajo artesano, una obra de alta costura que los expertos en moda clasificarían inmediatamente como una pieza histórica. blanco marfil con una cola interminable que cuatro pajes mantenían en perfecta formación con bordados florales tan intrincados que acercarse a mirarlos era como leer un poema en hilo de seda.
Pablo esperaba en el altar con la serena compostura de alguien que ha pasado toda su vida siendo observado. A sus 28 años era exactamente lo que la élite internacional esperaba de un príncipe europeo. alto deporte impecable con el tipo de atractivo que no necesita explicación. Sin corona, sí, sin trono también, pero con un nombre que resonaba en cada rincón de la sala y que hacía de él algo más que un simple novio.
Entre los invitados estaba naturalmente su primo Felipe, Príncipe de Asturias, también la reina Beatriz de Holanda, el rey Juan Carlos y la reina Sofía, los príncipes de Mónaco, miembros de la familia real británica, empresarios, diseñadores, diplomáticos y una representación impresionante de la alta sociedad global que los Miller y los Glugburg reunían entre ambos.
La unión entre el príncipe sin corona y la hija del rey de los aeropuertos fue mucho más que una boda. Fue la demostración de algo que Pablo de Grecia encarnaría durante las décadas siguientes. Que en el mundo contemporáneo el poder no siempre pasa por los tronos, a veces pasa por las alianzas correctas, por los salones correctos, por los apellidos correctos.
Y Pablo de Grecia tenía exactamente el apellido correcto. Tras la boda, Pablo y Marichantal no se instalaron en Londres, ni en Atenas, ni en ninguna de las residencias históricas de la familia real griega dispersas por Europa. Se instalaron en Nueva York. La gran manzana esa ciudad que no le debe nada a ninguna tradición y donde todo el mundo, desde el magnate hasta el artista de calle, compite en igualdad de condiciones por llamar la atención.
Nueva York era la lección perfecta para alguien que quería construir una vida en el cruce entre la realeza y la modernidad. En la ciudad más cosmopolita del planeta, el apellido Grecia tiene el peso exacto que necesita. lo suficiente para abrir puertas, no tanto como para convertirse en una carga. Pablo comenzó a trabajar en el sector financiero, en el mundo de los fondos de inversión y los hedge fans, donde su red de contactos internacionales valía tanto como cualquier conocimiento técnico.
Maris Chantal, por su parte, lanzó una marca de moda infantil que lleva su propio nombre y que rápidamente encontró su nicho entre las clientas de los barrios más acomodados de Manhattan, Londres y París. Niños de élite vestidos con ropa de princesa por la princesa sin corona de Grecia. Escribió un libro de etiqueta para familias titulado Los modales empiezan en el desayuno, que circuló entre los colegios privados más exclusivos de habla inglesa como un pequeño manual de civilización.
En Nueva York fueron naciendo los cinco hijos del matrimonio, cada uno con un nombre que parece elegido para recordarle al mundo que esta familia tiene raíces profundas en la antigua Grecia. María Olimpia, la mayor, Constantino Alejo, el primogénito varón, Aquiles Andrés, Odiseo Simón y el pequeño Aristides Cruz. Cinco nombres que son también un manifiesto.
No hemos olvidado de dónde venimos. Y mientras los hijos crecían entre apartamentos de Manhattan, colegios privados y veranos en el Mediterráneo, Pablo de Grecia construía silenciosamente lo que su título solo no podría haberle dado. Una vida real, con ingresos reales, con una red de influencia que no dependía de ningún referéndum ni de ningún voto popular.
Uno de los aspectos más fascinantes de la vida de Pablo de Grecia es la naturaleza de su círculo social, que desafía cualquier categorización simple. No es solo un hombre de la realeza, porque la realeza sin trono tiene límites obvios. No es solo un hombre de negocios, porque la cultura empresarial pura nunca le ha interesado tanto como la dimensión humana de sus relaciones.
Es algo más complejo, un nodo de conexión entre el mundo de la aristocracia europea tradicional y el de la nueva riqueza global. Esa posición única se hizo evidente en el verano de 2017, cuando Pablo cumplió 50 años y organizó una celebración en su propiedad de los Scotswalts, la región inglesa de colinas onduladas y casas de piedra gris al norte de Oxford.
La lista de invitados era una declaración de principios. La reina máxima de Holanda, el príncipe heredero Jacon de Noruega con su esposa Mete Marit, el diseñador Valentino y su socio Giancarlo Yametti, París y Nicki Hilton, Poppy de Levin, Eugenin y Archos y el rey Felipe de S de España. En aquellos jardines ingleses ese verano coincidieron en la distancia Felipe de Six y su cuñado Iñakiurdangarin.

Don Felipe acudió solo. La reina Leticia prefirió quedarse con sus hijas. El detalle no pasó desapercibido para los cronistas de la realeza que llevaban años documentando la tensión creciente entre Maris Chantal de Grecia y Leticia Ortiz, iniciada tras un incidente en la misa de Pascua de Palma de Mallorca en 2018, cuando la reina española tuvo un encontronazo con su suegra, la reina Sofía, que fue captado por las cámaras.
Marihantal tomó partido públicamente por la abuela y la relación con Leticia nunca se recuperó. Pero ese tipo de tensiones tan humanas y tan inevitables en cualquier familia extensa no alteraron el lugar que Pablo ocupa en el mapa de la élite mundial. Si algo demostraba aquella fiesta en los coach walls era que 50 años después del referéndum que abolió la monarquía griega, el apellido Gluxburg seguía siendo una moneda de cambio válida en los círculos más exclusivos del planeta.
Mientras Pablo construía su vida entre Nueva York, los Cotswalls y los grandes eventos de la realeza europea, su padre Constantino de Second seguía siendo para muchos observadores el protagonista más melancólico de esta historia. El último rey de Grecia, el hombre que había perdido su trono con 27 años en aquella huida nocturna de diciembre de 1967, vivió más de cinco décadas con el peso de ser el monarca de un país que no le quería de regreso como rey, pero que tampoco podía ignorarle del todo.
Durante años, Constantino mantuvo con el estado griego una relación tensa y a menudo amarga, particularmente en torno a la cuestión de los bienes de la familia real, las propiedades históricas, los palacios, los terrenos. La batalla legal sobre su propiedad se prolongó durante décadas y terminó con decisiones judiciales que los seguidores de la monarquía consideraron injustas y los republicanos inevitables.
En sus últimas décadas de vida, Constantina intentó restablecer algún tipo de relación con Grecia, regresando al país con más frecuencia, apareciendo en eventos públicos, declarando en repetidas ocasiones su amor por la tierra de sus antepasados. El país lo recibía siempre con la misma ambigüedad, ni con los brazos abiertos de quien da la bienvenida a un rey, ni con la hostilidad abierta de quien expulsa a un enemigo.
Lo recibía como a un personaje histórico, con el respeto distante que se reserva para quienes pertenecen al pasado. El 10 de enero de 2023, Constantino de Secont murió en Atenas a los 82 años. fue enterrado en el cementerio real de Tatoy, la finca histórica de la familia real griega en las afueras de la capital.
La ceremonia fue privada, sin honores de estado, sin el protocolo que habría correspondido a un rey en ejercicio. Una despedida íntima para quien había sido el símbolo de una institución que Grecia eligió enterrar hacía medio siglo. Con la muerte de su padre, Pablo de Grecia se convirtió en el nuevo jefe de la casa real grieda, no en el rey, en el jefe de una casa que ya no tiene un reino que gobernar, pero que sigue existiendo, que sigue apareciendo en los eventos de la realeza europea, que sigue siendo reconocida por las demás casas
reales del continente como parte de la gran familia dinástica europea. Diciembre de 2024. Pablo de Grecia se acerca a una ventanilla al Registro Civil de Atenas. y presenta una solicitud. No es un gesto simbólico ni un acto de protocolo. Es una solicitud real con formularios reales, con los documentos de identificación pertinentes y el trámite burocrático que cualquier ciudadano debe completar.
Pablo, junto con sus hermanos y sus hijos pide formalmente la ciudadanía griega. El Estado Briego, la República que en 1974 votó por deshacerse de la monarquía, le concede la ciudadanía sin títulos en el documento oficial, naturalmente, con el apellido de Cres, que es como la familia real griega ha decidido llamarse legalmente, del francés, un apellido que dice exactamente quiénes son y de dónde vienen, sin necesidad de coronas ni de perdaminos heráldicos.
Pablo lo explicó con una frase que circuló ampliamente en los medios griegos y que encapsula perfectamente la paradoja de su existencia. Obtuve la ciudadanía y vivo entre vosotros con mi nombre. Soy un griego que creció en el extranjero y ha regresado. Una declaración que podría sonar humilde si viniera de cualquier otro hombre, pero que en boca del heredero de la casa real griega tiene la densidad de toda una historia.
Ese regreso, más que un cambio de residencia representa el cierre de un ciclo que comenzó en aquella noche de diciembre de 1967, cuando su padre huyó de Atenas con la familia a bordo de un avión. 57 años después, el heredero de ese exiliado vuelve al país que los expulsó, no como rey, no como pretendiente, como ciudadano, como un griego que ha vivido toda su vida entre Londres, Nueva York y los Scottswalls y que decide a sus 57 años que es hora de volver a casa.
A principios de 2026, una entrevista publicada en La Vanguardia conmocionó levemente los círculos de la realeza y la política griega. Pablo de Grecia, el príncipe sin corona, el jefe de la casa real de la República griega, abría la puerta a una posibilidad que hasta ese momento nunca había sido mencionada públicamente con semejante claridad, la de un futuro en la política griega.
No lo dijo con la directa ambición de alguien que anuncia una candidatura. Lo dijo de la forma en que los hombres educados en el arte de decir sin decir suelen comunicar las cosas que aún no han decidido del todo, con una elipsis cuidadosa, con una sonrisa que se puede interpretar en varios sentidos, con palabras que abren puertas sin cruzarlas todavía.
Pero el mensaje estaba ahí, claro para quien quisiera leerlo. Que el heredero de la casa real griega se plantee participar en la política del país que abolió la monarquía es en sí mismo un giro narrativo de enorme calado. no como candidato a restaurar la corona, que sería un proyecto completamente ajeno a la Grecia del siglo XXI, sino como político, como ciudadano, con nombre y apellido, con una red de contactos internacionales que ningún partido griego podría construir en décadas, con la experiencia de haber crecido entre
las élites de Europa y América y con la legitimidad simbólica que da a pertenecer, aunque sea nominalmente, a la historia del país. Grecia en 2026 es un país que sigue buscando su lugar en el mapa político europeo, que arrastra las heridas de la crisis económica de la segunda década del siglo, que mira con ansiedad el Mediterráneo oriental cada vez más tenso, que debate su identidad entre la tradición y la modernidad con la misma intensidad apasionada con la que siempre ha debatido todo.
En ese contexto, un hombre llamado Pablo de Grecia, que decide cruzar desde el mundo de la alta sociedad hacia el de la política, es como mínimo una historia que merecería seguirse muy de cerca. Pero antes de hablar del futuro de Pablo, hay que mirar a su alrededor, porque una de las dimensiones más reveladoras de su vida no es lo que él ha hecho con su destino, sino lo que está haciendo con el de sus cinco hijos.
María Olimpia, la mayor, nacida en Nueva York en 1996, se ha convertido en una de las figuras más visibles de la nueva generación de la aristocracia europea en las redes sociales. Modelo influencer, presencia habitual en las portadas de las revistas de moda internacionales. Mario Olimpia ha construido una identidad pública que mezcla el peso de su apellido con la ligereza de una persona que entiende perfectamente los lenguajes visuales del siglo XXI.
Constantino Alejo, el primogénito varón nacido en 1998 lleva el nombre del bisabuelo y del abuelo. Una decisión que habla por sí sola del peso que la familia concede a la continuidad histórica. Aquiles, Odiseo, Arístides. Los otros tres hijos varones llevan nombres que son un pequeño compendio de la mitología y la historia de la antigua Grecia.
Como si Pablo y Marie Chantal hubieran querido inscribir en el acta de nacimiento de cada hijo un fragmento del pasado que justifica su existencia como familia. El último de los hijos fue bautizado en el Peloponeso en suelo griego en un gesto que la familia presentó públicamente como el símbolo del retorno de la casa real a su tierra de origen.
No fue un acto político en el sentido estricto de la palabra, pero tampoco fue solo un bautizo. Fue un mensaje enviado a los griegos y a Europa entera. Seguimos aquí. La historia no ha terminado. Jos Glugsburg, la dinastía danesa que tomó el trono griego en 1863 y que lo perdió en 1974, aún no ha dicho su última palabra.
Y así llegamos al final de esta historia, que en realidad no es un final, sino un punto de suspensión, porque las historias de personas como Pablo de Grecia no terminan con un decreto ni con una efeméride. Terminan cuando ellas mismas deciden terminarlas y todo indica que él está muy lejos de haber llegado a ese punto.
Mirando hacia atrás desde donde estamos, la historia de Pablo de Grecia es también la historia de algo mucho más grande que un hombre. Es la historia de lo que ocurre cuando las instituciones colapsan, pero las personas que las encarnaban no desaparecen. Cuando el título se vacía, pero el apellido sigue circulando. Cuando un país expulsa a su familia real y 50 años después esa familia vuelve a llamar a su puerta, no para pedir la corona de vuelta, sino para pedir la ciudadanía.
Pablo de Grecia nació en el peor momento posible, en un palacio que estaba a punto de dejar de serlo, en un reino que estaba a punto de dejar de ser un reino. Pasó su infancia en el exilio, su adolescencia entre dos continentes, su juventud construyendo desde cero con el único capital real que nadie puede quitarte.
Las relaciones, la formación, el carácter y el nombre. y su madurez moviéndose con una fluidez asombrosa entre los mundos de la realeza, las finanzas y la cultura global, sin que nadie haya podido decir nunca que parece fuera de lugar, porque esa es quizás la lección más poderosa de su existencia. Los reyes sin corona no desaparecen, se adaptan, encuentran nuevas formas de pertenecer a los círculos del poder, construyen alianzas donde antes había tronos y a veces, cuando el momento lo permite y la historia abre una puerta inesperada, regresan.
No siempre como lo que fueron, pero siempre de alguna forma como lo que son. Pablo de Grecia es hoy un ciudadano griego, jefe de una casa real sin reino, esposo de una de las mujeres más influyentes de la alta sociedad global, padre de cinco hijos con nombres de dioses y héroes, potencial actor político en el país que un día decidió que no le necesitaba.
Un hombre que perdió su reino antes de poder disfrutarlo y que, sin embargo, nunca dejó de pertenecer al mundo para el que nació. El rey sin corona que perdió su reino, pero nunca su lugar entre las élites.