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OCTAVIO MUCIÑO : LA VERDAD QUE OCULTARON 50 AÑOS – TODO SALIO A LA LUZ

En la temporada de 1970 con apenas 20 años, Octavio Musiño se convirtió en campeón de goleo de la Liga Mexicana. Anotó 18 goles en  28 partidos y el Cruz Azul, dirigido por Treyes y con el centavo como delantero  estrella, ganó su segundo título de liga en la historia, el primer campeonato verdadero de la era moderna del club.

En la temporada 71-72 repitieron el título bicampeonato  Cruz Azul aplastó al Atlante en la final. El centavo marcó cuatro goles  en la liguilla y en la temporada 72-73  llegó el momento que todos los aficionados de más de 55 años recordamos, tricampeonato. Pero el tricampeonato no se ganó contra cualquiera, se ganó contra el América en una final que cambió la historia del fútbol mexicano.

Final de 1972, Cruz Azul contra América. Estadio  Azteca, cuatro goles a cer. 4 a0, querido espectador. Una goleada en la final contra el equipo más grande del país en su propia casa. Y de esos cuatro goles, dos los marcó Octavio Musiño. Dos cabezazos, dos centros desde la banda derecha que el centavo que medía 1,72 y pesaba 68 kg, conectó por encima de defensores que medían 1,85.

Después  de aquella final, en el vestidor de Cruz Azul, el presidente de la cooperativa, un hombre llamado Guillermo Álvarez del Castillo, abrazó al centavo y le dijo otra frase que la familia Muso guardó en la memoria.  Le dijo, “Muchacho, hoy hiciste honor a tu apellido y a tu pueblo. Aquellos años, querido espectador, fueron los años dorados del centavo, 5 años en Cruz Azul, 54 goles en cinco temporadas.

tres títulos de liga, dos conca Champions  y un apodo que ya no era de un niño delgado de Yaso. Era el apodo del delantero más respetado del fútbol mexicano, el cabeceador más certero del país,  el hombre que metía goles en finales. Pero hay algo más, querido espectador, algo que casi nadie cuenta  cuando se habla del centavo musiño.

Y es que en 1973, cuando ya tenía 23 años y estaba en la cima de su carrera, Octavio Musiño recibió una llamada que iba a cambiar su vida. Una llamada que vista 51 años después también iba a marcarlo para morir. La llamada llegó al departamento que Octavio rentaba en la colonia Roma de la Ciudad de México una tarde de marzo de 1973.

Era un compañero del Cruz Azul, un mediocampista paraguayo llamado Juan Ramón Ocampos. Ocampos había jugado en el Valencia de España dos años antes hasta que una lesión de rodilla lo obligó a regresar al fútbol mexicano  y mantenía contacto, según declararía décadas después en una entrevista al diario  Mediotiempo con el director deportivo del Valencia.

Ocampos le dijo al centavo esa tarde por teléfono que el Valencia estaba interesado en ficharlo, que querían un delantero joven mexicano,  capaz de jugar en la liga española y que estaban dispuestos a pagar lo que hiciera falta para sacarlo del Cruz Azul.  El centavo, que nunca había salido de México, escuchó sin contestar durante varios segundos.

Después le dijo a Ocampos una frase  que su esposa Margarita Valdés recordaría muchos años después. Le dijo, “Paraguayo, dile que sí. Yo me voy a España.” Y empezaron las negociaciones, querido espectador. Negociaciones que iban a durar más de un año. Negociaciones que iban a involucrar a tres equipos: Cruz Azul, Chivas y Valencia.

y negociación que sin que el centavo lo supiera, iban a colocar en su camino a un hombre llamado Jaime Antonio  Muldum Barreto, un arquitecto tapatío, hijo de una de las familias más adineradas de Jalisco,  un hombre que jamás había trabajado en su vida y que se ganaba el dinero como intermediario en operaciones que se firmaban en restaurantes de lujo, operaciones que casi nunca aparecían en los registros oficiales de los clubes.

El nombre de Muldum Barreto. Querido espectador, todavía no aparece en esta historia, pero quédate porque va a aparecer pronto y cuando aparezca va a ser para hacer algo que 51 años  después sigue sin tener nombre en los expedientes de la justicia mexicana. En el verano de 1973 las negociaciones del Valencia se complicaron.

El Cruz Azul, según  supo después la familia Muso, había exigido un precio de transferencia que el club español consideró demasiado alto. Y el Valencia, en lugar de cerrar la operación directa con la cooperativa, decidió esperar. decidió que el centavo cambiara primero de equipo dentro de México, que jugara una temporada con un club tapatío  y que desde Guadalajara con la prensa local presionando fuera más fácil cerrar la salida de Europa.

El club Tapatío se llamaba Chivas, el Guadalajara, querido espectador, el equipo más  popular de México, el rebaño sagrado. Y aquí en este punto exacto de la historia es donde apareció por primera vez Jaime Antonio Muldun Barreto. Apareció como un intermediario contratado por la directiva de Chivas para ayudar a cerrar el fichaje.

Apareció como un hombre con conexiones, según dijeron entonces, con empresarios europeos. apareció vestido de saco y corbata en la oficina del presidente de Chivas, un empresario llamado José Antonio Rosada, y apareció con una propuesta que iba a sellar el destino  del centavo. me dijo a Rosada que él podía cerrar la operación,  que tenía contactos en el Valencia, que conocía al director deportivo y que con las comisiones adecuadas distribuidas entre los lugares correctos, el Cruz Azul iba a aceptar el

precio que Chivas estaba dispuesto a pagar, que el Valencia iba a aceptar el precio de salida después de una temporada en Guadalajara y que todos los que tenían que cobrar iban a cobrar. Todos menos el centavo. Octavio Musiño firmó con Chivas en julio de 1973. La operación se cerró por el equivalente, en pesos de aquella época a aproximadamente 2 millones de pesos.

Cifra alta para el  fútbol mexicano. Cifra que la prensa celebró como el fichaje más caro del año. Y la temporada del centavo  en Chivas fue brutal, querido espectador. Brutal en el buen sentido.  En 7 meses de competencia, Octavio Musiño anotó 15 goles y de esos 15, siete los anotó en partidos consecutivos.

Una racha que ningún delantero mexicano había logrado antes. Siete dobletes seguidos. Siete jornadas en las que el centavo entró  a la cancha y marcó dos goles, sin excepción. La afición de Chivas, que es la afición más exigente del fútbol mexicano. Lo adoptó como ídolo en menos de dos meses.

Le besaban la mano cuando lo veían en la calle. Le firmaban autógrafos a los niños del rebaño. Le decían el centavo tapatío, aunque su corazón, todos lo sabían, seguía siendo de Cruz Azul. Pero en la cooperativa de Jaso, donde había nacido, los aficionados lo siguieron llamando suyo. Y cuando Cruz Azul jugaba contra Chivas, el centavo, según contó después su sobrino Roberto Musiño Valdés al diario Vamos Azul, le pedía permiso a su entrenador, el español Javier Aguirreona India, para no marcar gol contra el equipo donde se

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