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MIROSLAVA STERN: La ASQUEROSA TRAICIÓN de CANTINFLAS… 10 AÑOS ENGAÑADA y la Carta que la DESTRUYÓ.

Esta es la historia de la mujer que fue destruida por un hombre que nunca pagó el precio de lo que hizo.  Empecemos desde el principio. Praga. Checoslovaquia. Febrero de 1925.  Nace Miroslava Asternova Becová en una familia judía de clase media acomodada. Su padre es empresario. Su madre es una mujer culta que habla varios idiomas y que le transmite a su hija desde muy pequeña una relación  con el arte, con la música, con la literatura que va a definir el carácter de Miroslava para siempre. Una

niña inteligente, curiosa, con un físico que desde la adolescencia provoca la atención que ella no siempre sabe manejar. Y entonces llega 1939. Hitler entra a Checoslovaquia. La familia Stern, como miles de familias judías en toda Europa central, enfrenta de pronto un peligro que no tiene precedente en su historia.

personal. El padre toma la decisión de salir. No saben exactamente a dónde. Saben que quedarse es morir. El camino los lleva a través de varios países hasta  que en 1940 la familia Stern llega a México. Una familia europea  culta de clase media que de pronto está en un país que no conoce con un idioma que no habla en una ciudad que no se parece en nada a la praga que dejaron atrás.

Miroslava tiene 15  años. Lo que el exilio le da, además del trauma de haber perdido un mundo entero en cuestión de meses, es una soledad específica.  La soledad de quien no pertenece del todo a ningún lugar. La niña checa en Ciudad de México, la europea en el país latinoamericano, la judía  en el México católico.

Esas capas de no pertenencia que en otra persona podrían haberse convertido en amargura,  en miroslava, se convierten en algo diferente, en una manera de observar el mundo desde afuera que le da una profundidad, una intensidad,  una presencia que la gente siente cuando está cerca de ella sin poder explicar  exactamente de dónde viene.

Aprende español con una velocidad que sorprende a sus profesores. Aprende a moverse en la sociedad capitalina con una elegancia que no tiene que fingir  porque viene de una educación real y aprende con la velocidad específica de los jóvenes que necesitan  sobrevivir en un ambiente nuevo a usar lo único que tiene garantizado en un país que no la conoce, su cara.

Miroslava Stern era extraordinariamente hermosa, no con la belleza genérica que  la industria del cine tendía a manufacturar en esa época, con una belleza específica europea de pómulos altos y ojos claros y una manera de estar en el cuadro que la cámara registraba con una fidelidad que los fotógrafos de la época decían que era casi sobrenatural.

Una cara que en blanco y negro ganaba algo que en color habría perdido.  Una cara que parecía hecha para la pantalla, aunque ella nunca lo hubiera planificado así. La industria del cine mexicano la encontró antes de que ella terminara de encontrarse a sí misma. A finales de los años 40, el cine de oro mexicano estaba en su momento más productivo.

Los estudios Churubusco trabajaban a plena capacidad. María Félix era la reina indiscutible. Dolores del Río volvía de Hollywood con su leyenda intacta. Pedro Infante llenaba salas con su sonrisa de ranchero. Y en esa industria que consumía rostros nuevos con una velocidad industrial, el de Miroslava Stern apareció como algo que nadie había visto antes.

Una europea en el cine mexicano. No la herera artificial que los estudios maquillaban para simular lo que no era. europea real, con acento, con historia, con esa manera de mirar a la cámara que transmitía algo que las actrices nacidas en el sistema no siempre podían transmitir. Una mezcla de vulnerabilidad y de fuerza que el público sentía aunque no pudiera nombrarlo.

Su primera película fue en 1946. Los límites, señores, no tardaron en llegar. Trabajó con Pedro Infante en Escuela de vagabundos, un éxito de taquilla que la colocó en los carteles junto al ídolo más amado de México. Trabajó con Pedro Armendari, con Arturo de Córdoba, con los galanes del cine de oro, que en esa época eran los equivalentes a  las estrellas de Hollywood.

Y en 1955 firmó con Luis Buñuel para protagonizar ensayo de un crimen,  la película que los críticos considerarían después una de las más importantes del cine mexicano de esa década. Miroslava Stern tenía 29 años y estaba en la cima. Nadie que la viera en esa época habría apostado por lo que iba a pasar 9  días después del inicio de la filmación con Buñuel.

Pero para entender lo que pasó el 10 de marzo de 1955,  hay que retroceder 10 años. Hay que volver a los pasillos de los estudios Churubusco en 1945  o 46. Hay que encontrar el momento exacto en que una actriz joven recién llegada a la industria, todavía sin el peso completo de la fama, se cruzó por primera vez con el hombre más poderoso del cine mexicano, Mario Moreno Cantinflas,  no el personaje, el hombre, el que detrás del traje roto del peladito, detrás de la risa y el albur y la filosofía de barrio que hacía llorar de

risa a salas enteras, era un hombre casado con fortuna, con influencia absoluta  en la industria, con la capacidad de abrir puertas que nadie más podía abrir y de  cerrarlas con la misma facilidad. Casado con Valentina Ivanova desde 1934,  un matrimonio que el público conocía y respetaba con la devoción específica con que el México de esa época respetaba los matrimonios de sus ídolos.

Un matrimonio que Cantinflas no tenía ninguna intención de terminar, pero que durante 10 años le prometió a Miroslava que terminaría. 10 años. Esa es la cifra que el periodista Jacobo Zabludowski reveló en una entrevista para Televisa décadas después, 10 años durante los cuales Cantinflas le dijo a Miroslava que se divorciaría, que Valentina  entendería que había maneras de arreglar eso, que solo necesitaba tiempo, que ella era la mujer de su vida, que el matrimonio oficial era una formalidad que el mundo del espectáculo imponía y que entre ellos existía algo que ningún

papel podía definir ni ningún papel podía destruir. Miroslava lo creyó no porque fuera ingenua. Era una mujer inteligente, culta, que había sobrevivido el exilio del nazismo y había construido una carrera en un país extranjero desde cero. Pero tenía también algo que su historia de exilio, de no pertenencia de vida construida fuera del lugar donde había nacido, la hacía especialmente vulnerable a la necesidad de ser elegida, de que alguien con poder suficiente dijera su nombre y lo dijera de verdad, de pertenecer

finalmente a algo que no pudiera quitársele. y Cantinflas sabía exactamente cómo sostener esa promesa sin cumplirla.  Con atención, con regalos, con apariciones en los momentos correctos, con esa manera específica que tienen los hombres poderosos de hacerle sentir a una mujer que es la única  cuando en realidad es una más en una lista que él administra con la misma eficiencia con que administra sus negocios.

10 años así, mientras tanto, Miroslava construía su carrera, filmaba, viajaba. Fue a España en 1954. Ahí conoció al torero Luis Miguel Dominguín, el matador más famoso de Europa en esa época. Hombre de romances legendarios  con Aba Garner, con Rita Hayworth, con María Félix. Una aventura breve, un romance de viaje  que Miroslava nunca pretendió que fuera más que eso, pero que el 2 de marzo de 1955,  8 días antes de su muerte, se convirtió en noticia.

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