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MARÍA FÉLIX: El OSCURO Secreto tras la HERENCIA a su CHOFER.. Lo que la TUMBA reveló sobre su Muerte

Entre sus 11 hermanos, Josefina, María de la Paz, Bernardo Miguel, Mercedes, Fernando, Ricardo Benjamín, Ana María del Sacramento, hubo uno que fue diferente. Se llamaba José Pablo. Y lo que María sintió por él no puede explicarse con las palabras que se usan habitualmente para describir el cariño entre hermanos. Le decían el gato porque tenía los ojos muy claros, casi amarillos.

Era, según las propias palabras de María en esa autobiografía, un dios de guapo, moreno con el pelo rubio beteado por el sol y un lunar junto a la boca, idéntico al de ella. cantaba y toaba la guitarra como los mismísimos ángeles. Con él, dijo María, fue donde despertó en mí la adolescencia, una flor que se abre, donde el afecto brota del modo más natural.

No podía estar mucho tiempo cerca de él sin sentarme en sus piernas o treparse a su espalda, porque mi madre se ponía furiosa. Los juegos que habían sido naturales en nuestra niñez ya no le gustaban. Ella misma lo llamó un incesto blanco, una conexión que desafiaba todo lo que la sociedad de Álamos Sonora en los años 20 consideraba aceptable y lo dijo en los 80 años con la cámara encendida sin ningún gesto de vergüenza, porque para entonces ya no le importaba lo que el mundo pensara.

Lo único que le importaba era que la verdad quedara dicha antes de que ella ya no pudiera decirla. Lo que hizo la madre de María cuando descubrió lo que estaba pasando entre sus dos hijos fue lo que cualquier madre de un pueblo de Sonora en 1929 habría hecho. Separar, arrancar al varón de la casa, mandarlo lo más lejos posible con la lógica brutal de quien cree que la distancia física puede extinguir algo que ya está instalado en dos personas que se aman.

Y el lugar más lejos y más disciplinado que existía para un joven en el México de esa época era el Colegio Militar. Así que José Pablo Félix Huereña, el muchacho de ojos de gato y guitarra de ángel, fue sacado de álamos y enviado a la ciudad de México, al colegio militar de Popotla. María tenía 15 años, Pablo tenía 17.

La separación fue un desgarro que ella nunca perdonó a sus padres. Y lo que le pasó a Pablo dentro de ese colegio marcó el destino de María de una forma que ninguna película, ninguna canción y ningún hombre pudieron borrar jamás. La última vez que María vio a su hermano con vida fue durante una visita que él hizo de la Ciudad de México a Álamos.

Ya vestía uniforme de cadete, ya era otro hombre, al menos por fuera. Y María, al verlo de militar, pensó algo que después repetiría muchas veces a lo largo de sus 88 años. se lo dijo a Enrique Crauce con una claridad que corta como un cuchillo. Al verlo de militar, pensé en buscarme un muchacho como él que tuviera su piel y sus ojos, pero que no fuera mi hermano.

Era una tontería, porque el perfume del incesto no lo tiene otro amor. El perfume del incesto no lo tiene otro amor. Esa es una de las frases más reveladoras que una mujer pública ha dicho jamás en México. Y María la dijo a los 80 años con la cámara encendida sin bajar la mirada. Recuerda esa frase, recuerda esos ojos de gato.

Recuerda ese lunar junto a la boca. Porque esa frase y esos ojos van a volver en esta historia y cada vez que vuelvan van a pesar más. El 26 de diciembre de 1937, plena Navidad. El colegio militar de Popotla estaba prácticamente vacío porque los cadetes habían salido de vacaciones. En esas condiciones, en un lugar poco transitado donde nadie va durante las fiestas, a menos que tenga una razón muy específica para ir, el cuerpo de José Pablo Félix Huereña apareció en el depósito del escuadrón de cadetes. Tenía 24 años. Tenía un golpe

en el ojo, tenía un balazo en el pecho. La versión oficial apareció al día siguiente en el periódico Excelor con la velocidad específica de las versiones oficiales que alguien necesita que circulen antes de que alguien más pueda contar algo diferente. Se privó de la vida el cadete José Pablo Félix Suereña. No dejó ninguna carta, por lo que el móvil que lo impulsó a matarse está en el misterio.

El periódico incluyó detalles que el propio forense no había reportado todavía y le cambió la edad. Decía que tenía 21 años cuando en realidad tenía 24, como si alguien le hubiera dictado la nota antes de que los hechos estuvieran completamente establecidos. Durante las siguientes seis décadas, esa fue la historia oficial.

Suicidio, depresión, un joven que no pudo con la disciplina militar. Caso cerrado, el cadáver fue sacado del colegio esa misma noche, llevado al hospital militar y de ahí enterrado directamente en una fosa del panteón Sanctorum, un cementerio del gobierno lejos de la familia. No hubo autopsia, no hubo investigación, no hubo justicia. La Procuraduría de Justicia ordenó que el caso no se profundizara.

María tenía 23 años. Era una joven divorciada sin dinero, sin poder, sin nombre. ¿Quién iba a escucharla contra el ejército mexicano? Nunca creyó la versión del suicidio. Desde el primer día dijo que a su hermano lo habían matado. Durante décadas nadie le hizo caso, hasta que 80 años después apareció la escritora Marta Zamora.

Zamora investigó durante 11 meses para su libro Heridas. fue a buscar lo más básico, lo que nadie en 60 años se había molestado en buscar. El acta de defunción de José Pablo Félix Huereña. Y cuando la encontró, el castillo de mentiras, que durante décadas había sostenido la versión oficial, empezó a derrumbarse con la contundencia de los derrumbes, que no necesitan mucho tiempo para completarse una vez que la primera pieza. cae.

El acta decía. cadete del colegio militar, 24 años. Muerto el 26 de diciembre de 1937 por herida de proyectil de arma de fuego. Y como señala Zamora, el acta era deliberadamente vaga sobre dónde recibió el disparo. Si la herida hubiera sido en la 100, como decía la versión del Excelsior, para sostener el relato del suicidio, así se hubiera escrito.

El acta omitía ese detalle con la precisión de quien sabe exactamente qué debe omitirse para que la narrativa funcione. Pero Zamora encontró algo más. El informe forense y lo que ese informe revela destruye la versión oficial con una palabra. Pablo no tenía una bala en la sien, tenía un balazo en el pecho a corta distancia a quemarropa y un golpe en el ojo.

El médico forense que examinó el cuerpo, clasificó la muerte con la palabra que no deja lugar a dudas. Homicidio. Esa palabra aparece en el informe forense homicidio. Pero fue omitida del acta de defunción oficial. Alguien tomó la decisión de que esa palabra no llegara al documento que el mundo iba a ver. Un disparo a quemarropa en el pecho implica que quien disparó estaba a centímetros de Pablo.

Implica que Pablo conocía a esa persona. Implica que no estaba huyendo ni forcejando porque estaban lo suficientemente cerca para que el cañón del arma estuviera prácticamente pegado al cuerpo. Y alguien con poder suficiente se aseguró después de que no se hiciera autopsia, de que el cuerpo se sacara del colegio esa misma noche, de que el Excelsior publicara una versión fabricada.

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