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Los OSCUROS SECRETOS de CAROLINA de MÓNACO: La MALDICIÓN de la PRINCESA que no pudo ser FELIZ

Los funcionarios entran y salen. Las audiencias se celebran en salas que están a metros del comedor. El protocolo regula qué puerta se usa para qué función, a qué hora se come, quién saluda primero a quién y en qué circunstancias. Los tres hijos de Grace Kelly crecieron aprendiendo esas reglas con la misma naturalidad con que los otros niños aprenden a cruzar la calle.

Era lo que había que saber para vivir donde vivían. Lo que eso produce en los niños que crecen en ese entorno no es necesariamente trauma. Es una forma específica de inteligencia social que combina una comprensión muy temprana de cómo funcionan las instituciones con una dificultad para distinguir entre lo que uno siente y lo que se espera que uno sienta.

La institución tiene sus propias emociones, sus propias narrativas, sus propios ritmos y los niños que crecen dentro de ella las absorben antes de tener las herramientas para saber que lo están haciendo. Carolina lo absorbió todo y tardó décadas en saber exactamente cuánto. Mónaco en 1957 era un estado de 2 km², 22,000 habitantes y una economía construida sobre el casino, el turismo y la visibilidad que Grace Kelly había multiplicado de forma espectacular desde la boda de 1956.

El palacio era simultáneamente hogar familiar y sede de un gobierno. Esa mezcla de lo doméstico y lo institucional producía una vida cotidiana que habría resultado extraña para cualquier familia que no hubiera nacido dentro de ella. Carolina creció con su hermano Alberto, un año menor, y con Stefanie, 8 años menor.

Grace Kelly era una madre que amaba a sus hijos con la intensidad de alguien que había renunciado a su carrera para tenerlos. Era también la princesa de Mónaco, siete días a la semana, con las obligaciones que ese título imponía y con el temperamento de quien había aprendido a separar la vida pública de la privada con la disciplina que Hollywood le había enseñado.

Rainiero era un padre presente en los momentos importantes con la dificultad emocional específica de los hombres que confunden el ejercicio del poder con la expresión de la fe. Carolina como primogénita de Grace Kelly recibió desde muy pequeña la atención de ser el futuro simbólico del principado. Fue enviada al St. Mary’s School de Ascott en Inglaterra, donde fue una estudiante excepcional, políglota, lectora seria.

Su profesora de literatura en Ascott la describió décadas después como la alumna más inteligente que había tenido en 20 años de enseñanza. De Ascott pasó a la Universidad de Mamagis, París para estudiar filosofía y letras. Tenía 18 años, era 1975 y era la primera vez en su vida que existía fuera del alcance directo del palacio.

Lo que ocurrió a continuación fue la primera gran crisis visible de la historia de Carolina y fue también la primera vez que el mundo aprendió a malinterpretar lo que hacía. El mundo que Carolina habitaba en esos años parisinos era el de los hijos de las élites europeas que circulaban entre los cafés de Saint-Germain y las fiestas del séptimo arrondisemén con la naturalidad de quien ha nacido con los códigos de acceso.

Pero Carolina no era una más de esas hijas de familia bien. era la hija de Grace Kelly, lo que significaba que cualquier terraza donde se sentara, cualquier hombre con quien la vieran hablar, se convertía en material para las revistas que llevaban años, esperando que la princesa de Mónaco cometiera el primer error fotogénico de su vida adulta.

Era una presión que Carolina gestionó mejor de lo que la prensa de la época reconoció, precisamente porque la prensa de la época estaba más interesada en el error que en la gestión, y porque Carolina, que había aprendido a leer el protocolo antes que el abecedario, sabía exactamente lo que cada fotografía iba a comunicar antes de que el obturador se cerrara.

La relación de Carolina con su madre en esos años parisinos era también más compleja de lo que las versiones oficiales han tendido a presentar. Grace la llamaba, le preguntaba, le aconsejaba con la intensidad de alguien que había tomado decisiones similares a los 20 años y que sabía exactamente a dónde llevaban ciertos caminos. Carolina escuchaba.

No siempre seguía el consejo, lo cual era exactamente lo que Grace había hecho con su propio padre cuando era joven. Dos mujeres inteligentes que se entendían demasiado bien para no chocar. París en la segunda mitad de los años 70 era exactamente lo que Carolina necesitaba y exactamente lo que el palacio temía. La prensa francesa y europea descubrió muy rápido que la hija mayor de Grace Kelly era fotogénica de una forma que vendía revistas.

Las fotos de Carolina en las terrazas de Saint-Germain, en las fiestas del circuito social de la ciudad empezaron a circular con una frecuencia que generó la primera crisis pública de su vida antes de que ella hubiera decidido qué tipo de vida pública quería tener. Rainiero reaccionó con la combinación de indignación y control, que era su respuesta por defecto.

La convocó al palacio, le explicó que su comportamiento era incompatible con su posición. Carolina volvió a París. Siguió haciendo lo que hacía. Rainiero volvió a convocarla. Era el primer turno de un conflicto que duraría años. La prensa lo leyó como rebeldía. Lo que era, si se mira con precisión, era la educación de una mujer que estaba desarrollando el carácter que la haría funcionar en la vida que le esperaba.

Carolina no quería destruir lo que su familia representaba. quería construir una identidad que fuera suya antes de asumir la que la institución le había asignado. Esa diferencia es enorme y la prensa de los años 70 no estaba equipada para verla. Fue en ese contexto cuando apareció Philip Junot.

Junot tenía 37 años cuando conoció a Carolina en 1977. Ella tenía 20. Era parisino, hijo de un empresario francés. atractivo con el tipo de atractivo que en los círculos sociales de París, de esa época se llamaba charme. Confianza en sí mismo, sentido del humor y la capacidad de hacer que la persona con quien hablabas sintiera que era la más interesante de la habitación.

No tenía título, no tenía fortuna significativa. Trabajaba en finanzas de una forma vaga que sus contemporáneos describen como actividad más que como carrera. era en todos los parámetros que Rainiero Tercero consideraba relevantes para el marido de su hija mayor, exactamente lo que el principado no necesitaba. Carolina lo encontró irresistible y la razón por la que lo encontró irresistible es más reveladora que cualquier foto de los dos juntos.

Junot era todo lo que el palacio no era. Espontáneo, donde el palacio era formal, libre de protocolo, donde el palacio era protocolo en estado puro. Era también, y esto importa, un hombre que miraba a Carolina y veía a una mujer de 20 años con opiniones e inteligencia y humor, no a la princesa que el palacio necesitaba que ella fuera.

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