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Lo que El Mencho y Vicente Fernández ocultaron juntos durante 40 años

Recuerda ese rancho, vamos a volver a él varias veces. El 13 de mayo de 1998, Vicente Fernández Junior salía de los tres potrillos, 34 años, el hijo mayor, el primogénito del rey. Una banda conocida como los mochadedos lo interceptó en la salida. Lo subieron a un vehículo y durante 121 días la familia Fernández vivió lo que ningún dinero, ninguna fama, ningún séquito de guardaespaldas puede impedir cuando el poder real de una región decide que quiere algo de ti.

Vicente no acudió a las autoridades. No era ingenuidad, era experiencia, era saber con la claridad de quien lleva décadas leyendo ese mundo, que en ese territorio hay intermediarios y hay fuerzas que la autoridad oficial no controla ni puede controlar y que involucrar a ciertas instituciones en ciertos procesos tiene costos que pueden ser peores que el problema original.

negoció solo con la información que tenía y con los contactos que había acumulado en 30 años operando en las plazas del occidente. Y siguió cantando. Eso es lo que muy poca gente sabe. Durante esos 121 días, Vicente Fernández siguió subiendo a los escenarios, siguió llenando foros, siguió cantando con la sonrisa que México conocía, con la voz que no fallaba nunca.

La nuera de Vicente, Mariana González, recordó años después las palabras con que su suegro le describió esos meses. Lloraba, era tanta su impotencia, pero seguía cantando con el alma rota. Han escuchado la canción como una marioneta que tiene el alma muerta, pero tiene oficio de saber cantar. El alma muerta. El oficio de saber cantar.

A las pocas semanas del secuestro llegó el primer mensaje concreto de los secuestradores. Le iban a cortar un dedo y la nuera describió algo que se queda grabado para siempre. Vicente Fernández, el rey de México, en esa negociación imposible les preguntó si al menos podía elegir cuál. Escogió.

Le cortaron el primero, se lo enviaron al rancho. Vicente mandó a todos los trabajadores del rancho a peinar el terreno para encontrarlo. No lo encontraron. Semanas después le cortaron el segundo. Vicente Junior les suplicó penicilina porque tenía miedo de una sepsis. Sabía vacunar vacas. Se inyectó él mismo lo que le consiguieron y cuando pensó que lo peor había pasado, le cortaron el otro dedo.

En el escenario, esa noche Vicente cantaba. Había contratado un intermediario para las negociaciones, un antisecuestros. 4 meses después, con su hijo todavía sin aparecer, Vicente citó a ese hombre y le dijo exactamente lo que le diría a alguien que ha pasado 30 años aprendiendo en qué idioma se habla en ese mundo. Tú me dijiste que me dedicara a cantar y canté, así que tú me regresas a mi hijo mañana o ni tú la vas a contar.

Al día siguiente llamaron. Ya le dieron 200 pesos. Vicente Junior llegó a la orilla del periférico de Guadalajara solo, sin bañar, con barba hasta el pecho, con dos dedos menos. Se subió a un taxi, no le dijo al taxista a dónde lo llevaba. Solo le fue dando indicaciones en voz baja, una calle a la vez, como si tuviera miedo de pronunciar el nombre del rancho en voz alta.

Llegó a la entrada de los tres potrillos a la 1 de la mañana. El rancho estaba en silencio, las luces apagadas, los caballos quietos. No quiso que nadie lo viera llegar así. No quiso que ningún trabajador, ningún conocido, ninguna cara lo encontrara en ese estado antes de que su padre lo viera a él. Le habló al velador en voz baja.

Le dijo que le avisara a su padre con el código que solo los dos entendían. Una frase que no significaba nada para nadie más, pero que dentro de ese rancho tenía un solo significado posible, que había parido una yegua. El velador entró. Vicente estaba despierto. Bajó corriendo, cruzó el rancho en la oscuridad, pasó las caballerizas, llegó a la terraza y ahí estaba su hijo 121 días después, con la barba que le llegaba al pecho, con la ropa que llevaba el día que lo secuestraron, con dos dedos que ya no iban a volver. Vicente lo miró. No dijo

nada durante un momento. Luego dijo lo único que podía decirse. No vayas a pensar que no quería pagar lo que me pedían. Lo que ocurrió después tiene un peso que los medios nunca examinaron con suficiente atención. El antisecuestros que había gestionado las negociaciones, el mismo del que Vicente sospechaba que estaba coludido con los secuestradores, apareció muerto poco tiempo después.

Los secuestradores también. Vicente estaba en Milant, Culiacán, en un concierto cuando le avisaron que los habían matado. Esa noche cantó llorando en el escenario. Dijo después que lloraba por sus familias, por sus padres. Ellos estaban igual que yo. Estaban velando a sus hijos. Los vecinos que conocen esa historia en Guadalajara mencionan siempre un detalle que la prensa de espectáculos nunca recogió.

La velocidad con que esos cuerpos aparecieron después del ultimátum de Vicente tiene una lógica que no encaja del todo con la narrativa de una operación policial ordinaria. En ese mundo, las deudas se cobran de maneras que los comunicados oficiales no siempre alcanzan a explicar. Vicente lo sabía y lo que sabía lo guardó.

Aquí llega la primera de las cuatro cosas que te prometí. A finales de los 90 hubo una noche en los tres potrillos. Una noche que no aparece en ningún documental, que no está en ningún archivo periodístico, pero que vive en la memoria de personas que estuvieron presentes con una claridad que 30 años no han logrado difuminar.

Esa noche había músicos, había promotores, había personas cuya presencia era perfectamente comprendida por todos los que llevaban suficiente tiempo operando en ese circuito. Personas sin nombre en ningún cartel, pero con un peso específico en cada conversación. El rancho estaba iluminado, la música sonaba, el tequila corría con esa generosidad de los espacios.

donde el dinero no es un problema. Y en algún momento de esa noche, los circuitos del entretenimiento de Jalisco y los circuitos del poder informal que consolidaba su control sobre la región compartieron el mismo espacio. Bajo el mismo techo que Vicente Fernández había construido con el dinero de sus canciones. Fue una cumbre, no fue una negociación, fue lo que ocurre cuando dos mundos habitan el mismo territorio durante suficiente tiempo.

Los mundos se tocan sin que nadie pueda después fingir que no ocurrió. Vicente estuvo presente esa noche. No estaba en otra habitación, estaba ahí. Los que conocen esa noche desde adentro dicen que Vicente sabía exactamente quién había en ese rancho y por qué estaban ahí. que era imposible no saberlo, que un hombre que llevaba 30 años leyendo las reglas no escritas de ese mundo, no podía no leer lo que esa noche tenía escrito en cada cara, en cada apretón de manos, en cada copa servida con una intención que no aparecía en ningún brindis. no lo

eligió, pero tampoco lo detuvo. Y esa diferencia tiene un peso que ninguna entrevista televisada llegó a examinar. Hay algo que Vicente dijo ese año en una entrevista en Guadalajara. Le preguntaron si le preocupaba la violencia que comenzaba a asomarse en las plazas donde actuaba. Respondió, “En este negocio aprendes muy rápido qué preguntas se hacen y cuáles no.

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