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LARGO CABALLERO: lo llamaron el Lenin español y acabó en un campo de concentración nazi

La Unión General de Trabajadores, fundada en 1888, era para muchos trabajadores madrileños no solo un sindicato, sino algo más parecido a una comunidad, a una red de apoyo mutuo en un mundo que no tenía seguridad social, ni pensiones, ni nada de lo que ahora damos por sentado. Largo caballero se afilió siendo muy joven y fue escalando posiciones con una constancia que no tenía nada de brillante ni de espectacular, sino que era simplemente el resultado de presentarse siempre, de hacer el trabajo que nadie quería hacer, de ser el que se

quedaba cuando los demás se iban. Era bueno negociando, eso era lo suyo. No era un gran orador, no en el sentido en que lo eran otros líderes socialistas de su época. no tenía el don de la frase memorable que queda en el aire después de que el miting termina. Lo suyo era la mesa, el papel, el detalle del contrato, la cláusula que parece menor, pero que en la práctica cambia todo para los trabajadores.

Era el tipo de habilidad que no te hace famoso, pero que construye poder real. y fue construyendo ese poder durante décadas con una paciencia que rozaba lo monástico. Para 1918 era secretario general de la UGT, lo sería con algunas interrupciones durante casi dos décadas ese cargo le daba una base de poder independiente de cualquier gobierno, independiente de cualquier partido, anclada en los cientos de miles de afiliados que pagaban su cuota y esperaban que alguien los representara.

Era una base que muy poca gente la España de principios del siglo XX podía igualar. Y fue esa base la que hizo posible la paradoja que a sus compañeros les costó tanto digerir. Cuando Primo de Rivera dio su golpe en 1923 y estableció su dictadura con el respaldo de Alfonso XI, la mayor parte de la izquierda española se colocó en posición de resistencia.

Era la respuesta lógica, la respuesta principista, la respuesta que la historia posterior ha juzgado favorablemente. Largo Caballero hizo otra cosa. Colaboró no de manera entusiasta, no ideológicamente, pero sí de manera práctica y deliberada. Aceptó un puesto en el Consejo de Estado. Siguió participando en organismos laborales oficiales.

Negoció con ministros del régimen sobre legislación laboral. Sus compañeros del PS oe estaban furiosos, algunos no se lo perdonaron nunca. Las acusaciones de colaboracionismo y de traición circulaban en los pasillos de los ateneos y en las páginas de los periódicos socialistas con una crudeza que no se molestaba en disimularse. Pablo Iglesias, el fundador y figura patriarcal del partido, mantuvo con él una relación que podríamos describir como de profunda incomodidad ideológica.

Otros dirigentes fueron más directos en su hostilidad, pero Largo Caballero tenía su propio cálculo y no era un cálculo irracional. Mientras los otros se oponían desde fuera, él negociaba desde dentro y las negociaciones producían resultados. El seguro de maternidad, la regulación de la jornada laboral, el reconocimiento legal de los convenios colectivos.

No eran victorias revolucionarias, no transformaban el sistema, pero eran cosas concretas que mejoraban la vida concreta de trabajadores concretos. Y eso, para Largo Caballero, tenía un valor que los puristas de la izquierda no siempre estaban dispuestos a reconocer. Era en ese sentido, un animal político de una especie muy particular, el reformista radical, el hombre que cree en el cambio total, pero que en la práctica diaria acepta el cambio parcial porque sabe que el cambio total no llega solo.

Es una posición incómoda, filosóficamente tensa, políticamente precaria y produce exactamente el tipo de enemistades que el largo caballero fue acumulando durante toda su carrera. Los de la derecha que desconfían de él por sus convicciones de fondo y los de la izquierda que lo desprecian por sus métodos.

Años después, esos mismos que le habían llamado traidor los llamarían el lenin español. La ironía de eso tiene capas. Muchas capas. El apodo no llegó de golpe. Estas cosas nunca llegan de golpe. Se van depositando como el polvo. Hasta que un día miras y está ahí. Y ya nadie recuerda bien quién lo dijo primero. El Lenin español.

Hay quien atribuye la frase a sus admiradores dentro del movimiento socialista. Hay quien dice que fueron sus enemigos quienes la acuñaron para asustar a la burguesía. Y hay versiones que apuntan a la prensa extranjera que en los años 30 miraba a España con esa mezcla de fascinación y alarma con que Europa miraba cualquier cosa que oliera a revolución.

Lo que sí es verificable es el contexto en que el apodo cuajó y empezó a circular con fuerza. Los años de la Segunda República y en particular el bienio 1934 a 1936, cuando Largo Caballero pronunció una serie de discursos que dejaron a mucha gente con la boca abierta, porque el reformista paciente de los años de Primo de Rivera había hecho algo que sus contemporáneos no acababan de entender del todo.

había girado un giro brusco, visible, que no encajaba fácilmente con la imagen del negociador pragmático, que llevaba décadas sentado en mesas de concertación. En los mítines de 1934, Largo Caballero hablaba de revolución, no como metáfora, no como horizonte lejano y poético, sino como programa, como cosa que había que hacer pronto, antes de que la derecha se consolidara lo suficiente para hacer imposible cualquier cambio.

la conquista del poder político por la clase obrera decía con esa adicción suya seca y sin ornamento, que paradójicamente resultaba más inquietante que la retórica encendida de oradores más dotados. Cuando alguien que no es un exaltado habla de revolución, asusta más. ¿Qué había pasado? Bueno, aquí es donde la historia se complica y donde las interpretaciones divergen de verdad.

La explicación más simple y que contiene bastante verdad, aunque no toda, es que el ascenso de Hitler en Alemania en 1933 había cambiado el cálculo político de toda la izquierda europea. Si el fascismo podía llegar al poder por las urnas, la fe en los mecanismos electorales como cortafuegos frente a la reacción quedaba muy dañada. Largo Caballero sacó la conclusión que sacaron muchos dirigentes obreros de su generación, que había que prepararse para algo más que elecciones.

La otra parte de la explicación, que las fuentes de la época mencionan menos, pero que está ahí si rascas un poco, tiene que ver con algo más personal. Largo Caballero había participado en el gobierno provisional de la República. Había sido ministro de trabajo entre 1931 y 1933. había impulsado una legislación laboral bastante avanzada para los estándares españoles de la época, las bases de trabajo, los jurados mixtos, el intento de regular las relaciones entre propietarios y trabajadores agrícolas en el sur. Y había visto cómo esa

legislación chocaba contra la resistencia organizada y sistemática de la patronal, que prefería el conflicto abierto a ceder 1 centímetro. Si habías intentado el camino del reformismo institucional con toda la energía que tenías y habías visto cómo se estrellaba contra la pared, era lógico, si eras largo caballero, sacar conclusiones.

El PSOE en esos años era un partido tenso hasta el límite. Indalecio que era la otra gran figura del socialismo español y que tenía con largo caballero una relación que podríamos llamar de enemistad afectuosa si fuéramos muy optimistas. representaba una línea completamente distinta, la colaboración leal con la República Burguesa, la apuesta por la estabilidad democrática, la desconfianza hacia la aventura revolucionaria.

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