Atención, México. Harfuch desmanteló una banda de mugrosos rateros que extorsionan a la gente con préstamos gota a gota, 34 nombres, una libreta azul de papelería de barrio y 11 personas con arsenal suficiente para sostener un enfrentamiento armado. Omar García Harfuch activó el protocolo desde la Ciudad de México a las 11 de la noche.
ordenó el cerco simultáneo sobre tres domicilios en Tuxla, Gutiérrez. y lo que sus elementos encontraron adentro no era lo que ningún noticiero convencional te va a describir esta noche. Porque esto no fue una redada de prestamistas, esto fue el desmantelamiento de una célula de ocupación económica entrenada, armada y con un manual de operación probado en Venezuela, Colombia, Perú y Ecuador antes de llegar a México.
Lo que ningún noticiero te va a contar es que esto empezó con una fotografía, una sola imagen subida a Facebook por una mujer que ya no aguantó más el miedo. Esa foto lo cambió todo, pero la historia de cómo esa imagen destruyó a 11 personas en una sola noche, eso es lo que vamos a reconstruir aquí minuto a minuto.
Y hay una pregunta que va a perseguir este video de principio a fin. Cuando los elementos de Harf abrieron la puerta del primer inmueble, encontraron una libreta. Adentro había nombres, direcciones y al lado de cada nombre una calificación, una escala del uno al cinco. Esa pregunta tiene nombre en los archivos de Harfush.
Y antes de que termine este video vas a entender exactamente lo que significa. Pero hay algo que los noticieros no te van a contar. Tuxla Gutiérrez, capital de Chiapas, una ciudad de calor pegajoso que no baja ni de noche, donde el aire huele a asfalto mojado y a fritangas de esquina. Una ciudad que durante meses no supo que cuatro de sus colonias habían dejado de ser completamente libres.
El fraccionamiento acacias, el barrio Santo Domingo, las colonias El Vergel y Presidentes, cuatro territorios distintos, una sola red invisible que los conectaba. La célula llegó con una promesa simple. Dinero rápido, sin papeles, sin preguntas. Hoy, 120 mañana, 200 hoy, 300 en una semana.
Los números parecían manejables al principio. Siempre parecen manejables al principio. Así funciona el modelo gota a gota. No te ahoga de golpe. Te va llenando los pulmones de a poco hasta que ya no puedes respirar y debes más de lo que jamás pediste. Moisés coordinaba el campo. Era venezolano metódico con años de experiencia en el esquema.
A su lado, Cristian Andrés, Gabriel, Cristian Alexander, Mil Ladies, José Daniel, Víctor y Juan, todos venezolanos. Andrés Eduardo, el colombiano, manejaba las rutas más conflictivas. Jorge y José Leonardo, los dos mexicanos, servían de enlace local de traductores culturales de la violencia. Ellos creían que Chiapas era territorio blando, fronterizo, distraído, con instituciones saturadas por la crisis migratoria.
Creyeron que podían operar con la misma impunidad que habían tenido en otras ciudades. Ese fue su error de cálculo fundamental. No calcularon que las víctimas iban a encontrar una forma de hablar y no calcularon que alguien del otro lado iba a escuchar. Y entonces llegó el dato que lo cambió todo. Tres semanas antes de que cayeran, la célula tomó una decisión que en ese momento pareció brillante.
Las rutas de cobro eran originalmente de 4 días a la semana, lunes, miércoles, viernes y sábado. Suficiente presión sin saturar el territorio. Pero Moisés, mirando los números de recuperación de cartera, decidió escalar a 7 días todos los días sin descanso. La lógica era impecable desde adentro, más frecuencia, más presión, más cobro, más dinero.
Lo que Moisés no sabía era que esa decisión acababa de convertir a sus motociclistas en los personajes más reconocibles de cuatro colonias. Los vecinos empezaron a verlos todos los días, memorizaron las placas, memorizaron los cascos, memorizaron los horarios. En el grupo de WhatsApp del fraccionamiento Acascias alguien escribió, “¿Alguien más ha visto las mismas dos motos todos los días frente a la casa de doña Carmen?” Ese mensaje tuvo 43 respuestas en menos de una hora.
La codicia de Moisés los había vuelto visibles. Ese fue el primero. El segundo error lo cometió 8 días antes del operativo y fue peor. Una víctima. Un comerciante del barrio Santo Domingo, 42 años, con una tienda de abarrotes que había construido en 20 años de trabajo, se negó a pagar. ¿Había calculado que Yaha había pagado el doble de lo que había pedido prestado? Les dijo que no.
La respuesta de la célula fue inmediata. Dos cobradores llegaron al mediodía a plena luz del día y destrozaron la fachada de su negocio con varillas. Rompieron el vidrio, volcaron la mercancía de la entrada, se fueron tranquilos, lo que no vieron porque nunca levantaron la vista. Era la cámara de seguridad instalada bajo el techo de la tortillería de enfrente, una cámara de 200 pesos que lo grabó todo en alta definición.
El comerciante subió el video a la Fiscalía General del Estado esa misma tarde. Los investigadores ya tenían los rostros, ya tenían las placas y ya tenían la dirección h
acia donde se retiraron los agresores. Una casa en el fraccionamiento acacias con dos motocicletas estacionadas afuera. Pero la pregunta que nadie está respondiendo es esta.
El tercer error lo cometió Cristian Andrés la noche anterior al operativo y fue el que cerró la trampa. Cristian tenía dos teléfonos, uno de trabajo, un número que rotaba cada semana para las comunicaciones con la célula y uno personal registrado a su nombre real que usaba para hablar con su familia en Venezuela. Esa noche, con la confianza de quien lleva meses operando sin consecuencias, usó el teléfono personal para mandar por WhatsApp la ruta de cobros del día siguiente.
Nombres, colonias, montos, horarios, todo en un solo mensaje a las 9:47 de la noche. Lo que Cristian Andrés no sabía era que ese número personal llevaba 72 horas bajo intervención judicial. La Guardia Estatal Cibernética había obtenido la orden de intercepción 48 horas después de recibir el video de la Cámara de Seguridad.
Cada mensaje que Cristian mandó desde ese teléfono llegó simultáneamente a una pantalla en las oficinas de la fiscalía en Tuxla, Gutiérrez. Con la ruta completa en mano, los investigadores confirmaron los tres domicilios de base. Triangularon la información con los registros de las denuncias y a las 10:58 de la noche el reporte llegó a la Ciudad de México.
Ese tercer error fue lo último que calculó mal, porque esa madrugada Harfuch ya tenía todo lo que necesitaba. Las 11 de la noche en Tuxla Gutiérrez, la ciudad dormía con el calor de junio pegado a las paredes. Los ventiladores zumbaban en las casas de las colonias. Los perros ladraban sin razón aparente, como siempre lo hacen cuando algo se mueve en la oscuridad.
A las 22:15 horas, un dron de vigilancia con cámara térmica despegó desde un punto de coordinación a 3 km del fraccionamiento acacias. Llevaba órdenes de sobrevolar los tres objetivos de forma alternada con intervalos de 4 minutos entre cada inmueble. Su trabajo no era ser visto, su trabajo era contar cuerpos a través de las paredes.
Los reportes llegaban en tiempo real al centro de coordinación Inmueble 1o, fraccionamiento a cascias, cuatro señales térmicas activas, tres en planta alta, una en planta baja. Inmueble 2, barrio Santo Domingo. Tres señales, todas en movimiento lento, probablemente durmiendo. Inmueble 3, colonia El Vergel.
dos señales, una de ellas despierta frente a lo que el análisis térmico identificó como una pantalla encendida. Nadie en esos tres domicilios sabía que ya eran coordenadas en un mapa táctico. A las 2300 horas exactas, García Harfuch dio la luz verde desde la Ciudad de México a través de comunicación encriptada en frecuencia segura. La instrucción fue precisa.
Tres columnas tácticas, entrada simultánea, cero margen de fuga entre objetivos. La simultaneidad era el punto crítico en Bimbinemice. Si uno de los tres domicilios recibía aviso de los otros, el operativo se comprometía. No podía haber diferencia de más de 45 segundos entre las tres entradas.
Los elementos comenzaron a moverse en silencio absoluto, sin sirenas, sin luces encendidas. Los vehículos apagaron los faros a 400 m de cada objetivo. Las botas tocaban el asfalto con la precisión de quien ha practicado estos cientos de veces. Las formaciones tácticas se desplegaron en semicírculo alrededor de cada inmueble, cubriendo salidas traseras, ventanas laterales, accesos por techo.
El dron confirmó sin movimiento anómalo en los tres objetivos. Ninguno de los 11 había notado nada. Dale like si llegaste hasta aquí porque esto apenas comienza. A las 23:40 horas, el cerco estaba completamente cerrado, los tres inmuebles rodeados, las salidas bloqueadas, los elementos en posición afuera.
Las calles del fraccionamiento acacias del barrio Santo Domingo y de la colonia El Vergel lucían exactamente iguales a cualquier madrugada de junio en Tuxla Gutiérrez, una ciudad que dormía sin saber que en ese momento una trampa que llevaba semanas cerrándose había llegado a su punto final. El dron llevaba una hora y 25 minutos sobrevolando cuando el coordinador de campo transmitió la confirmación final.
Todos los objetivos en posición, todas las salidas cubiertas, comunicación encriptada activa entre los tres equipos. La acción estaba autorizada para iniciar a las 4:47 horas. Lo que faltaba eran 5 horas de silencio armado. Afuera todo parecía normal. Adentro ya era demasiado tarde, 4:47 horas. Tuxla Gutiérrez todavía en oscuridad.
La señal llegó simultánea a los tres equipos. Un clic en la radio encriptada sin palabras. Ese fue el único sonido que antecedió lo que vino después. Los primeros 4 minutos fueron de choque y resistencia. En el fraccionamiento accias, la puerta del inmueble se dio al segundo golpe del ariete táctico. Los elementos entraron en formación cuña con linternas tácticas cortando la oscuridad del interior.
Lo que nadie esperaba, aunque el arsenal de Comisado después lo explicaría todo, fue el sonido que vino desde la planta alta. Dos detonaciones secas calibre 9 mm que hicieron que el primer elemento en entrar se pegara a la pared del pasillo y gritara fuego, fuego, fuego hacia atrás. Adentro, Moisés había escuchado el ariete.
Tuvo 3 segundos para tomar una decisión. Tomó el arma, disparó hacia la escalera sin apuntar, dos veces en pánico, con la esperanza de ganar tiempo para llegar a la ventana trasera. No llegó. El equipo táctico ya tenía cubierta esa salida desde antes de que abrieran la puerta principal. Moisés se encontró con un elemento en la ventana y con dos más subiendo la escalera.
soltó el arma, se tiró al suelo, pero esos 4 minutos ya habían definido el tono de la noche. En el barrio Santo Domingo la entrada fue más limpia, tres señales térmicas dormidas, los tres se despertaron con luces tácticas en la cara y gritos de policía al suelo antes de poder procesar donde estaban. Andrés Eduardo, el colombiano, intentó alcanzar algo bajo la almohada. No llegó.
Un elemento lo inmovilizó en menos de 2 segundos. Lo que había bajo la almohada era un teléfono celular, el de trabajo, el número que rotaba semanalmente, ahora era evidencia. Los siguientes 6 minutos fueron de control y consolidación. Con los dos inmuebles principales asegurados, la comunicación entre los tres equipos fluyó en cadena.
La colonia El Vergel cayó sin resistencia. Los dos ocupantes del tercer domicilio se entregaron al primer contacto manos en la nuca sin intentar nada. Una de ellas era Mil Ladies, la única mujer de la célula, quien según los registros de inteligencia fungía como administradora de la cartera de deudores. La persona que decidía qué víctima recibía, qué nivel de presión en cada semana.
Los elementos aseguraron perímetros, esposaron a los 11 detenidos y comenzaron el procedimiento de revisión de los inmuebles bajo supervisión ministerial. Los 11 quedaron sentados en el suelo de los tres domicilios, separados sin comunicación entre ellos. El dron sobrevolaba todavía. Confirmó sin fuga, sin movimiento externo, perímetro limpio.
Los últimos 3 minutos fueron los de Moisés. El coordinador de campo estaba en el suelo de la habitación principal del inmueble de Acascias cuando un elemento encontró la escalera que bajaba al sótano, un espacio sin ventanas con una silla, una mesa y tres cajas de cartón apiladas. Moisés había intentado llegar ahí y no había llegado.
Los investigadores bajaron al sótano. En la mesa, una laptop con una hoja de cálculo abierta, columnas de nombres, montos, fechas, estados de cobro. En las cajas, fajos de billetes de distintas denominaciones, sin contar mezclados con pesos y dólares. Y en el suelo junto a la silla, algo que no esperaban encontrar. Eso viene después, primero el parte operativo.

A las 509 horas, el coordinador de campo transmitió a Ciudad de México. Alto al fuego, amenaza neutralizada, tres inmuebles asegurados, 11 detenidos, cero bajas federales. García Harfuch recibió la confirmación. El cerco que había autorizado a las 11 de la noche. Había tardado exactamente 6 horas y 9 minutos en cerrarse por completo.
11 personas que se habían creído invisibles en cuatro colonias de Tuxla Gutiérrez amanecieron ese día esposadas con cargos de extorsión agravada que contemplan hasta 45 años de prisión. Y el día apenas comenzaba porque lo que encontraron adentro todavía no había contado toda su historia. Lo que encontraron después no estaba en ningún reporte previo.
El sótano del fraccionamiento acacias as olía a humedad y a dinero sucio. Los elementos de la fiscalía comenzaron el inventario a las 5:14 horas con luz artificial, cámara encendida y un investigador ministerial documentando cada objeto antes de tocarlo. Lo que encontraron en los tres inmuebles combinados construyó un retrato que ninguna nota periodística va a completar por ti esta noche.
Primero, el Arsenal, un arma larga, rifle calibre punto 223 con cargador extendido y 42 cartuchos útiles listos para usar. Dos armas cortas, pistolas 9 mm, una de ellas con el número de serie limado, cuatro cargadores adicionales, 42 cartuchos de distintos calibres dispersos entre los tres domicilios. Esto no era el armamento de 11 prestamistas, era el inventario de una célula que sabía que en algún momento iba a necesitar defenderse o atacar.
Tradúcelo así, con ese arsenal, la célula podía haber sostenido un enfrentamiento de 15 a 20 minutos contra fuerzas de seguridad en campo abierto. Tenían suficiente munición para no rendirse rápido. La decisión de Moisés de disparar en la escalera no fue improvisada. Era el protocolo de una organización que había planificado ese escenario.
Pero hay algo que los noticieros no te van a contar. Después del Arsenal Las Drogas. 52 dosis de metanfetamina, 35 dosis de cristal, 31 dosis de cocaína. En total 118 dosis de sustancias sintéticas distribuidas entre los tres inmuebles. Esto tampoco era consumo personal, era capital de trabajo.
La célula usaba las drogas como herramienta adicional de control sobre sus deudores más vulnerables. Cuando la deuda se volvía impagable en dinero, algunos cobradores ofrecían sustancias como forma de pago diferido. Era una trampa. Dentro de la trampa, el deudor que aceptaba quedaba atrapado en dos espirales simultáneas. Y entonces llegó el dato que lo cambió todo.
Cuatro motocicletas, dos vehículos automotores, las motos con modificaciones en los compartimentos bajo el asiento, espacios ampliados para transportar efectivo o armas cortas sin revisión en filtros de tránsito convencionales. Los vehículos con números de serie en proceso de verificación por parte de la fiscalía.
El inventario continuó y cada objeto contó una historia diferente. Fajos de billetes sin contar en las cajas del sótano, pesos y dólares mezclados, la mezcla de divisas que indica operación transnacional, cobro local con reporte a estructura superior en otra moneda. Los investigadores los contarían después.
El monto exacto no ha sido revelado públicamente, pero fuentes cercanas a la investigación indican que el efectivo recuperado representa semanas de operación de una cartera de deudores de al menos 80 personas activas. Pero lo más valioso no brillaba. En el suelo del sótano, junto a la silla donde Moisés había intentado llegar, había una libreta de espiral azul, de las que venden en papelerías de barrio por 12 pes.

Tamaño carta, con la pasta desgastada en las esquinas. Un objeto tan ordinario que el primer elemento que bajó al sótano la pisó sin verla. La levantó el investigador ministerial. La abrió. 34 nombres escritos a mano. Al lado de cada nombre, una dirección completa en Tuxla Gutiérrez, colonia calle número. Al lado de la dirección, el monto del préstamo original, el monto acumulado con intereses y el saldo pendiente.
Y al lado de cada saldo en tinta roja, un número del uno al cinco. Los investigadores tardaron menos de 3 minutos en entender qué significaba la escala. Las víctimas calificadas con uno todavía estaban en fase de cobro cordial, llamadas telefónicas, mensajes de WhatsApp recordatorios. Las calificadas con dos ya habían recibido visitas presenciales con tono amenazante.
Las calificadas con tres tenían registros de daños a su propiedad. Las calificadas con cuatro habían sido agredidas físicamente y las calificadas con cinco. Había cuatro nombres con ese número. En la libreta habían recibido amenazas directas de muerte contra ellas o sus familias. Eso no es todo. El siguiente hallazgo hizo silencio en la sala porque la libreta no solo registraba Tuxla Gutiérrez.
En las últimas seis páginas con letra diferente, metine más pequeña, más ordenada, probablemente de otra mano había listas de nombres en otras tres ciudades, San Cristóbal de las Casas, Tapachula, Comitán de Domínguez, con el mismo formato, con la misma escala del uno al CCO, con montos en pesos y en dólares.
11 personas fueron detenidas esa madrugada, pero la libreta registraba operaciones activas en cuatro ciudades de Chiapas, lo que significa que había y probablemente sigue habiendo células hermanas operando en territorio que esa noche no fue tocado y alguien en algún lugar las estaba coordinando a todas. A las 11 de la mañana del día siguiente, García Harfuch habló, no desde Chiapas, desde la Ciudad de México.
Lo que dijo fue breve, sin adjetivos, con la precisión de alguien que elige cada palabra sabiendo exactamente a quién le está hablando y que hay más de un destinatario en esa sala. La declaración fue esta. Desarticulamos una célula criminal transnacional dedicada a la extorsión sistemática de ciudadanos en Chiapas. 11 detenidos, tres inmuebles asegurados, arsenal y sustancias ilícitas decomizadas.
Este modelo delictivo no tiene cabida en México y vamos a perseguirlo donde opere. Cuatro oraciones. Ahora analicémoslas. Desarticulamos una célula criminal transnacional. No dijo banda, no dijo grupo, dijo célula, la unidad básica de una estructura mayor y dijo transnacional, que cruza fronteras que tiene origen en otro país que responde a una jerarquía que no termina en Tuxla Gutiérrez.
Esa palabra fue un mapa le dijo a quien la escuchó. Sabemos que hay más niveles arriba de los 11 que cayeron. Dedicada, pues, a la extorsión sistemática de ciudadanos. La palabra sistemática no es accidental. Sistemático implica método, manual, entrenamiento. Implica que esto no fue improvisado por 11 personas que se conocieron en Chiapas.
Implica que alguien les enseñó cómo hacerlo. Alguien que sigue libre. Este modelo delictivo no tiene cabida en México. Harf no dijo este grupo, no dijo estos 11, dijo este modelo. Eso es una advertencia hacia arriba en la cadena, hacia quien diseñó el esquema, hacia quien lo replica en otras ciudades, hacia quién recibe las ganancias desde lejos.
Le dijo a el contador en lenguaje institucional que lo que construyó está siendo identificado y vamos a perseguirlo donde opere. Presente continuo. No pasado, no caso cerrado. Operación abierta. Esa declaración no fue una conferencia de prensa, fue un mensaje codificado y el destinatario principal no estaba en ninguno de los tres inmuebles que cayeron esa madrugada.
Pero la pregunta que nadie está respondiendo es esta: ¿Quién recibía el dinero de Tuxla Gutiérrez, de San Cristóbal, de Tapachula y de Comitán? ¿Quién diseñó la libreta azul? ¿Quién entrenó a Moisés? El modelo Gota Gota no nació en México. Nació en Colombia en la década de los 90 como sistema de microcrédito informal en barrio sin acceso bancario.
Durante años fue exactamente eso, informal, abusivo, pero sin el componente de violencia sistemática. El salto ocurrió cuando estructuras criminales venezolanas lo adoptaron como modelo de negocio a partir de 2015, cuando la crisis económica en Venezuela expulsó a millones de personas y creó una red de operadores con el esquema ya internalizado, dispuestos a replicarlo en cualquier ciudad donde llegaran.
Ese es el dato que conecta lo que pasó en Tuxla Gutiérrez con algo mucho más grande. Perú documentó sus primeras células gota a gota con componente de violencia en 2018, Ecuador en 2019, Chile en 2020, Colombia que ya tenía el modelo original, comenzó a ver versiones más violentas importadas desde Venezuela en 2021. El patrón es consistente.
Primero llega el modelo financiero, después llega el arsenal. Después llega la red de control sobre las víctimas. México no fue el primero, fue el siguiente. Detente un segundo aquí porque lo que sigue es peor. Chiapas no fue elegida al azar. Es el estado con mayor flujo migratorio y regular de México.
La puerta por donde entran decenas de miles de personas cada mes para una célula que necesite instalarse sin documentos, sin historial, sin registro. Chiapas ofrece una invisibilidad que pocas ciudades del país pueden igualar. Tuxla Gutiérrez. con su mezcla de población local y población migrante de tránsito, era el laboratorio perfecto para probar el modelo antes de expandirlo.
La libreta con los nombres de San Cristóbal, Tapachula y Comitán confirma que la expansión ya había comenzado y aquí es donde la historia cambia de dirección completamente. Porque la pregunta que las instituciones no están respondiendo públicamente es, ¿cuántas ciudades mexicanas tienen ya una célula activa de este modelo? No 11 personas, no una libreta, una red con un operador financiero arriba que nunca aparece en los cateos, que nunca toca el dinero en efectivo, que coordina desde una distancia segura y cobra en dólares
desde cuentas en terceros países. Ese perfil no es especulación, es el mismo perfil documentado en los casos de Perú, Ecuador y Chile. Y en todos esos países, el operador financiero fue el último en caer cuando cayó. Hay un nombre que no apareció en ninguno de los tres domicilios de Tuxla Gutiérrez.
No estaba en la lista de los 11 detenidos, no estaba en ninguno de los reportes oficiales publicados esa mañana, pero estaba en la libreta azul, no como deudor, no como víctima, estaba en la última página con una sola inicial y un número de cuenta en dólares al que se transferían los reportes semanales de cada ciudad.
Las investigaciones lo identifican con un solo nombre, el contador venezolano, mediana edad, con al menos 5 años operando el modelo gota a gota en distintos países de América Latina antes de llegar a México. Nunca cobra en persona, nunca aparece en los puntos de operación. Diseña el esquema, recluta a los coordinadores de campo, establece las cuotas de recuperación y recibe su porcentaje antes de que el efectivo llegue a manos de nadie más.
Es la mente financiera de una operación que tiene 11 personas presas esta noche y decenas de víctimas todavía pagando. Lo que Harfuch tiene ahora es considerable. 11 detenidos con cargos que contemplan hasta 45 años de prisión. Tres inmuebles desmantelados, el arsenal, las drogas, los vehículos y lo más importante, la libreta. Esa libreta es un mapa.
Es una cadena de evidencia que conecta cuatro ciudades de Chiapas con un esquema que tiene ramificaciones hacia arriba que los investigadores están trazando en este momento. Lo que le falta a Harf, porque el contador no opera desde Chiapas. La última ubicación conocida registrada en las investigaciones apunta a un departamento en la colonia Nápoles en la ciudad de México.
Un edificio de clase media sin mayores particularidades en una colonia donde nadie pregunta quién vive en el tercer piso. Esta dirección está siendo verificada, este edificio está siendo observado y si la información es correcta, el próximo operativo no va a ser en Tuxla Gutiérrez, va a ser en Ciudad de México, en la colonia Nápoles y va a ser diferente.
Pero había algo que el contador no sabía todavía. La libreta azul no era solo un registro de deudores, era también un registro de pagos hacia arriba, hacia él. Cada semana Moisés anotaba el monto transferido y el número de referencia de la operación. 43 semanas de registros, 43 transferencias rastreables, una cadena financiera que los investigadores de la Unidad de Inteligencia Financiera están descifrando en este momento.
El contador construyó su sistema creyendo que la distancia lo protegía. Lo que no calculó fue que Moisés era metódico, demasiado metódico, que anotaba todo, que la misma disciplina financiera que hacía funcionar el esquema también lo estaba documentando en tiempo real en una libreta de 12 pesos en el sótano de una casa en Tuxla, Gutiérrez.
La libreta tenía 34 nombres, solo se liberaron 11. Los otros 23 todavía están pagando. Hace exactamente 9 meses, una mujer en el fraccionamiento acias de Tuxla Gutiérrez sacó su teléfono y tomó una fotografía. No era periodista, no era activista, era una vecina que había visto la misma motocicleta frente a la casa de su vecina demasiadas veces, que había escuchado el llanto detrás de una puerta cerrada demasiadas veces, que había decidido que el miedo no podía ser más grande que la necesidad de hacer algo, aunque ese algo fuera solo una foto
subida a Facebook con un mensaje que decía, “¿Alguien más ha visto esto?” 847 veces compartida en 6 horas. Ese es el origen real de lo que pasó la madrugada del operativo. No comenzó con un dron, no comenzó con inteligencia de estado, comenzó con una mujer que decidió que su colonia no iba a seguir viviendo con miedo.
Lo que García Harfush hizo fue escuchar, escuchar, investigar, cerrar el cerco y ejecutar. Pero la primera ficha la movió alguien sin armas, sin credencial, sin autoridad. solo con un teléfono y con suficiente valor para usarlo. Esta noche 11 personas están detenidas con cargos de extorsión agravada, amenazas, lesiones y daños a propiedad ajena.
El fiscal general de Chiapas ha confirmado que la fiscalía está integrando carpetas de investigación individuales para cada uno de los 11 y que las autoridades migratorias ya tienen notificación formal sobre los nueve extranjeros detenidos. El proceso judicial está en marcha. Los 45 años de prisión que contempla el delito de extorsión agravada están sobre la mesa.
Pero el video que estás viendo en este momento no termina en esas 11 detenciones, termina en una libreta azul que está en una sala de evidencias en Tuxla Gutiérrez, abierta en la última página con una inicial con un número de cuenta con 43 semanas de transferencias documentadas que apuntan hacia un departamento en la colonia Nápoles de la Ciudad de México, donde un hombre que nunca aparece en los cateos sigue esta noche creyendo que está a salvo.
O el contador lleva 5 años sin caer. Eso está a punto de cambiar. Si este video te dio información que los noticieros convencionales no te dieron, porque esa es la promesa de este canal, dártela siempre. Suscríbete ahora, activa la campana porque el próximo video va a documentar lo que Harf tiene sobre la colonia Nápoles, lo que la Unidad de Inteligencia Financiera encontró en las 43 transferencias y quién más aparece en esa cadena financiera que sube desde Tuxla Gutiérrez hasta Ciudad de México.
Go!