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Lalo Mora: El INFIERNO de Javier Ríos… La CRUEL Noche que Dejaron de Hablarse Para Siempre

En el transcurso de las actuaciones de 4 horas, Lalo Lomora absorbía los aplausos inmediatos de las mujeres sentadas en las filas delanteras. Atrás, Javier Ríos corregía la afinación del fuelle en la penumbra del segundo plano para tapar los errores de tiempo del vocalista. Ningún documento legal organizaba la repartición de  los billetes que terminaban dentro de una caja de cartón bajo la consola de audio.

Las primeras sesiones de cinta magnética se realizaron en un cuarto modesto dirigido por el productor Rubén Garza. El sencillo, que se muera de amor, empezó a transmitirse en señales de onda corta que cruzaban el río Bravo hacia Texas. Los peones que recogían cosechas de invierno en el valle de San Fernando llamaban a las cabinas pidiendo la melodía tres veces por turno.

Las ventas de cassetes aumentaron en los tianguis de Nuevo Laredo y Reyosa con una velocidad constante durante seis meses seguidos. Con el dinero de aquellas regalías  iniciales adquirieron trajes iguales de color marrón y botas de piel  de venado. La agenda de presentaciones se saturó de fechas reservadas para tocar en fiestas ganaderas por todo el  noreste mexicano.

Existe un dato histórico distorsionado sobre el nacimiento de la marca comercial que los dio a conocer en toda la República. El nombre no surgió de una junta directiva ni de un publicista en una oficina con aire acondicionado. Fue el fruto de un concurso radial convocado por la estación La invasora norteña en Monterrey a mediados de 1981.

Los radioescuchas mandaron tarjetas postales escritas con lápiz, sugiriendo títulos para bautizar al dueto que sonaba todas las tardes a las 6 en punto. El conteo manual de aquellas boletas de papel dictaminó la victoria de las palabras los invasores de Nuevo León. La audiencia se apropió del nombre comercial del conjunto mucho antes de que las fábricas disqueras  prensaran el primer vinilo de pista bailable.

A raíz de aquel resultado,  en la radiodifusora local, los organizadores de bailes empezaron a alterar la tipografía de los carteles callejeros. Las letras con el nombre de Lalo Mora comenzaron a imprimirse con un grosor 2 cm  más ancho que el resto de los instrumentistas. Los locutores de las estaciones patrocinadoras anunciaban los temas mencionando únicamente al intérprete  principal al bajar la aguja sobre el plástico negro.

Javier Ríos miraba estas modificaciones sentado en las sillas de espera de las cabinas,  sin articular quejas verbales. Guardaba los recortes de prensa en un portafolio de cuero café que depositaba sobre el tapete del copiloto. La jerarquía de mando se inclinó hacia un solo lado, sin que se produjera un solo enfrentamiento durante las prácticas semanales.

En la madrugada húmeda de un domingo en Reyosa, la furgoneta de transporte del grupo se estacionó frente a un motel de paso con luces de neón parpadeando. Javier Ríos apagó el motor después de conducir durante dos exhaustivas horas ininterrumpidas  por la carretera oscura. Durante todo el trayecto, desde el recinto de baile, el acordeonista mantuvo un tarareo constante,  marcando un ritmo veloz con los dedos directamente sobre el volante de plástico duro.

Lalo Mora viajaba en el asiento del copiloto, escuchando la inédita progresión de acordes sin decir una sola palabra en el camino. Al entrar a la fría habitación compartida que olía a encierro, el evidente cansancio físico no  detuvo el asombroso impulso creativo de aquella noche. El hombre de Matamoros  sacó el instrumento del estuche negro y comenzó a darle una forma definitiva a la melodía instrumental  atrapada en su cabeza.

El corpulento cantante observaba los movimientos rápidos de los dedos sobre los brillantes  botones de Nácar, sentado al borde de una cama con colcha gastada. La compleja progresión musical poseía una cadencia  profundamente melancólica que exigía incorporar urgentemente letras de desamor y una despedida dolorosa.

Lalo Mora bajó rápidamente al área de la recepción para pedir prestado un económico bolígrafo de tinta azul  al empleado del turno nocturno. De regreso en el cuarto de paredes descascaradas,  agarró una servilleta de papel que sobró de la cena comprada en un pequeño puesto callejero horas antes.

Apoyado pesadamente  sobre el cristal manchado de la mesa de noche empezó a  rasguear palabras tristes encima de las visibles marcas circulares de grasa vegetal. La asquerosa verdad  de aquel íntimo momento creativo radica en que el vocalista actuó exclusivamente como un simple taquígrafo de un profundo  sentimiento ajeno.

Javier Ríos repetía el complejo puente  musical una y otra vez para encajar perfectamente la rima textual en los espacios vacíos del  exigente compás. Las dos potentes voces se acoplaron de forma muy natural en el cuarto estrecho, sin necesitar la costosa presencia de micrófonos eléctricos o ingenieros de mezcla profesionales.

Los otros sorprendidos músicos del conjunto instalados en las habitaciones contiguas despertaron de golpe al escuchar la brutal interpretación vocal atravesando las delgadas paredes de yeso. Varios de ellos se asomaron por el oscuro pasillo en ropa de dormir y pararon frente  a la puerta entreabierta, mirando la fascinante escena en absoluto silencio.

Cuando sonó la nota final del pesado fuelle, absolutamente nadie aplaudió ni formuló comentarios de celebración sobre la magnífica obra terminada a Puerta Cerrada. El título provisional escrito apresuradamente  en la parte superior del papel desechable fue exactamente el camino de los dos. Como alguien dedicado a rastrear el oscuro origen de los fraudes en la industria discográfica, revisé minuciosamente los expedientes físicos de la sociedad de compositores correspondientes a esa década.

Sostuve una nítida copia fotostática. de aquella servilleta original  en el húmedo sótano de los archivos legales bajo la luz de una lámpara fluorescente blanca. Ese frágil pedazo de celulosa corrugada no representa solamente el brillante nacimiento de una canción sumamente exitosa en la concurrida radio fronteriza de aquellos lejanos años.

constituye el innegable testamento  físico de una leal amistad que estaba a punto de ser  despiadadamente ejecutada a sangre fría por culpa de la desmedida ambición individual. La tinta azul del bolígrafo del alo mora ocupa estratégicamente todo el espacio del papel cuadrado sin dejar un milímetro disponible para estampar la firma del verdadero creador sonoro.

El contundente  documento oficial de Registro Federal muestra únicamente el nombre de la audaz cantante gozando del 100% de las millonarias regalías. adjudicadas legalmente. El opaco trámite legal se consumó a espaldas del grupo completo durante un viaje relámpago  a la capital del país, pocos días después de aquella insomnia noche tamaulipeca.

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