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Dos Ancianos Sin Hogar Cantan “Me Extrañarás” | El Dueto Más Emotivo del Año

Sobre la mesa de la cocina había una sola carta, corta con la letra temblorosa de los últimos tiempos. Estoy bien, no me busquen. No quiero ser una carga. Marcos llamó a Sofía. Los dos buscaron durante meses. Pusieron carteles, llamaron a hospitales, recorrieron calles preguntando por un viejo de voz de maestro.

Nada, hasta que dejaron de buscar. Y con dejar de buscar les llegó algo peor que la búsqueda, la culpa de haber parado. Marcos se despertaba a veces a las 3 de la mañana pensando en su padre durmiendo en algún lugar frío, preguntándose si debió insistir más, si debió hacer algo distinto en algún momento de los 40 años anteriores para que las cosas no hubieran llegado hasta ahí.

Rafael pasó 12 años en la calle, 12 años de frío de noviembre, de hambre de los martes cuando los comedores se llenaban y no alcanzaba el lugar. De esa humillación callada de quien extiende la mano y ve que la gente apura el paso para no tener que mirarlo. 12 años de ser invisible. Pero todas las mañanas, antes de que la ciudad despertara, Rafael se sentaba en la misma banca del mismo parque y cantaba para las palomas que se le acercaban sin miedo, para el aire, para nadie.

cantaba las canciones que había enseñado durante 40 años y cantaba algo más, algo que no venía de ningún libro, que había ido naciendo solo en las noches de calle cuando el silencio pesaba demasiado. Una canción para Marcos y una canción para Sofía. La canción que les debía desde el dibujo guardado en la mochila y desde la silla vacía en la presentación de danza.

Había mañanas en que cantaba esa canción y lloraba solo en la banca con las palomas caminando alrededor como si supieran que ese viejo necesitaba compañía, aunque no supiera pedirla. Una mañana, una mujer que pasaba por el parque se detuvo, lo escuchó y le pidió permiso para grabarlo. Rafael se encogió de hombros y dijo, “Ya, ¿qué más da?” El video duraba 32 segundos.

Un viejo con sombrero de paja cantándole a las palomas con una voz que no tenía ningún derecho de sonar tan hermosa saliendo de alguien que dormía en la calle. En dos días lo habían visto 3 millones de personas, en una semana 20 millones. Y así fue como a Rafael a los 86 años lo invitaron a cantar en la televisión. Uno de los que vieron ese video fue Marcos en su oficina cuando su asistente le mandó el enlace sin saber lo que estaba mandando.

Marcos lo abrió sin prestar mucha atención y se quedó completamente quieto, porque esa voz era la que escuchaba de niño a través de la pared del cuarto, la voz de su padre cantando solo en la cocina a las 11 de la noche cuando creía que nadie oía. Marcos cerró la puerta de su oficina y lloró 20 minutos antes de poder llamar a su hermana.

Los dos hicieron entonces lo que no se habían atrevido a hacer en años. Volvieron a buscarlo, pero cuando llegaron hasta el lugar del video, Rafael ya no estaba. Se había perdido otra vez entre las calles con el aplauso todavía sonándole en los oídos y por segunda vez en su vida se les escapó entre los dedos. La noche del programa, Rafael entró con el sombrero de paja que le habían regalado en un comedor hacía cuatro inviernos, con una camisa que una señora le había dado porque ya no le quedaba al marido, y con unos zapatos que había encontrado en una bolsa de

basura y que le quedaban un número grande, pero que tenían suela entera. cantó su canción, la que les debía a sus hijos, con la voz vieja quebrándose de emoción en cada verso. Y cuando dijo aquello, “De me van a extrañar cuando me haya ido, pero yo ya los extraño desde antes de algo en el teatro no de golpes, sino despacio de adentro hacia afuera se rompen las cosas grandes.” El teatro se vino abajo.

Fue la noche más grande de su vida, pero cuando se apagaron las luces y todos se fueron a sus casas, Rafael no tenía casa a donde ir. Un escenario no es un hogar, así que hizo lo único que sabía hacer. Volvió a la calle, volvió a su rumbo, a sus bancas, a sus palomas, con el aplauso todavía sonándole en los oídos y el mismo frío de siempre esperándolo en la banqueta.

Y fue ahí, de vuelta en la calle, unos días después de la noche más grande de su vida, donde Rafael conoció a Carmen. La oyó antes de verla. Iba caminando por una plaza cuando escuchó a una viejita cantando para las moneditas, sentada en una banca de piedra junto a una fuente vieja. Cantaba con una voz temblorosa y tan sola que a Rafael se le apretó el pecho, porque él conocía esa soledad.

La había cantado 12 años a las palomas. y sin pensarlo, hizo lo único que sabía hacer bien en esta vida. Le puso una segunda voz, una voz baja, gastada, que se acomodó debajo de la de ella como se acomoda un hombro debajo de una cabeza cansada. Carmen no se volteó, no se asustó, no paró de cantar, siguió cantando y por primera vez en muchísimos años su voz no estuvo sola en el aire.

Cuando terminó la canción, se quedaron callados un momento largo. Después ella dijo sin voltear, con media sonrisa, “Cantas bonito, viejo.” Y Rafael contestó, “También sin voltear. Usted canta mejor, señora.” Y así, sin más ceremonia que esa, empezó lo que les iba a salvar los últimos años de la vida. Después, cuando ella le dijo su nombre, a Rafael se le movió algo por dentro, porque Carmen era también el nombre de la esposa que había perdido, la que le había traducido el amor 40 años.

Como si la vida, que había sido tan dura con los dos, hubiera querido guiñarles un ojo esa tarde en la plaza. Carmen también cargaba una historia de un hijo perdido y era tan honda como la de él. Doña Carmen Rosario Vega había nacido en un pueblo llamado San Juan de los Lagos. Su madre se le murió cuando ella tenía 7 años, teniendo el décimo hijo, que también se murió esa misma noche.

Y el padre, que era alfarero, se metió en el aguardiente después del entierro y dejó de trabajar. Carmen aprendió pronto que cantando se aguantaba mejor el hambre. A los 12 años ya cantaba en las bodas del pueblo y le pagaban con un plato de mole. A los 16 el padre la entregó casada a un hombre de 32 años llamado Anselmo Vega para pagar una deuda vieja de la familia.

A Carmen no la consultaron. Aquello no se consultaba en los pueblos. Anselmo cantaba bonito en las fiestas. tenía voz de tenor de iglesia y las vecinas le decían a Carmen, “Qué suerte la tuya, casarte con un hombre que canta así.” Carmen tardó tres semanas en aprender que la voz no salva a nadie.

Anselmo bebía aguardiente desde antes del desayuno y pegaba con lo que tuviera a la mano. Carmen aprendió a esconder los moretones bajo el reboso y a cantar bajito en la cocina, casi sin abrir la boca, porque cantar era la única forma que le quedaba de seguir respirando dentro de aquella casa. A los 17 años nació Joaquín, su hijo único.

Carmen vivía para él. le cantaba en las noches las mismas canciones que su madre le había cantado a ella. Y Joaquín creció sabiendo que la voz de su madre era el único pedazo seguro de aquella casa. Pero a los 8 años el padre empezó a pegarle también al niño y la cosa fue empeorando con los años hasta una noche de octubre en que Anselmo llegó más borracho de lo común.

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