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La SORPRENDENTE VIDA de SARA GARCÍA y su CASA

Los padres venían de Cuba, donde habían vivido varios años rumbo a México. El padre había aceptado un contrato profesional para restaurar una catedral en el norte del país, en Nuevo León. Viajaban en barco hacia el puerto de Veracruz cuando Felipa comenzó a sentir que el parto se adelantaba. El barco estaba todavía navegando en aguas nacionales cuando el 8 de septiembre de 1895 nació Sara García, la undécima hija, la única que viviría.

Nació literalmente en el mar antes de llegar a Tierra Firme, asistida por otro matrimonio español que viajaba en el mismo barco, una familia de apellido González Cuenca, originaria de Cádiz. Y la mujer de esa familia,  Francisca Cuenca, que acababa de dar a luz a su propia hija en mayo de ese mismo año, amamantó a la recién nacida Sara porque Felipa estaba demasiado débil para hacerlo.

Ese detalle que parece un dato menor es en realidad el origen de la historia más importante de la vida de Sara García, porque la hija pequeña de esa familia gaditana que le dio leche materna a Sara se llamaba Rosario González Cuenca. La misma Rosario que décadas después viviría con Sara en la casa de Puerta Roja de la Narbarte, la misma Rosario que sería su herederá universal.

El destino de Sara García y el de Rosario González quedaron entrelazados desde antes de que ninguna de las dos tuviera conciencia de estar vivas. La familia llegó finalmente a la ciudad de México. El padre Isidoro comenzó a trabajar, pero en el año 1900 el hombre sufrió un derrame cerebral que lo dejó incapacitado.

Tuvo que ser internado en la casa de beneficencia española. Felipa, que había llegado de Andalucía con la esperanza de construir una vida estable, se vio de pronto sola con una niña pequeña en una ciudad que no era la suya, sin ingresos, sin red de apoyo familiar. Comenzó a trabajar como ama de llaves.

Internó a Sara en el colegio de las Viscaínas, una institución de principios religiosos católicos en el centro de la ciudad que admitía a niñas que necesitaban apoyo. Ahí, en ese colegio, Sara reencontró a Rosario González Cuenca, la niña gaditana, cuya madre le había dado el pecho al nacer. Las dos se hicieron inseparables. Mientras tanto, el padre de Sara murió en fecha que no quedó registrada, pocos años después de haber sido internado.

Y entonces llegó la segunda gran tragedia. Sara, con aproximadamente 9 años se contagió de Tifus. La enfermedad se la transmitió a su madre y Felipa Hidalgo, que había sobrevivido 10 pérdidas de hijos, que había cruzado el Atlántico y luego el Golfo de México, que había trabajado como ama de llaves para mantener a su única hija viva, murió a causa del tifus que le contagió Sara.

Quédate con eso un momento. Una niña de 9 años que sobrevive una enfermedad y en el proceso, sin quererlo, mata a su propia madre. El peso de eso no tiene nombre. El dolor de eso no se procesa en semanas ni en meses. Sara García cargó esa historia toda su vida y cuando décadas después interpretaba en la pantalla grande a madres que sufrían por sus hijos, la gente lloraba porque lo que veía no era actuación.

Era la memoria de una niña que quedó huérfana a los 9 años en un colegio del centro de la ciudad de México con  la culpa de haber sobrevivido. La familia González Cuenca, los mismos que habían amamantado a Sara al nacer, los fines de semana la llevaban a su casa para que compartiera la infancia con las hijas del matrimonio, especialmente con Rosario.

Sara permaneció como interna en el colegio de las bizcaínas. A los 14 años fue nombrada profesora sustituta de la clase de dibujo en la misma institución donde había estudiado. Era una niña que enseñaba a otras niñas porque no tenía a dónde más ir. Y dos años después, la Revolución Mexicana que estaba desgarrando al país desde 1910 llegó a las puertas del colegio y lo obligó a despedir a sus profesoras.

Sara García quedó sin hogar oficial a los 16 años. Fue entonces cuando descubrió casi por accidente lo que sería su vida entera. En 1917, caminando por el centro de la ciudad, Sara pasó frente a un edificio en la esquina de la avenida Juárez y la calle de Balderas. Adentro funcionaban los estudios Azteca Films.

La productora era de Mimiderba, que había sido compañera de Sara en el colegio de las Bizaínas y que se había convertido en la primera gran estrella del cine mexicano. Sara se quedó hipnotizada mirando las cámaras y las luces desde afuera. El director Joaquín Cosla vio, la llamó y le ofreció un pequeño papel en una película que estaban filmando.

La película se llamó En defensa propia. Sara García tenía 21 años  y no cobró ni un solo peso por ese primer trabajo. Lo hizo porque quería ver cómo funcionaba todo aquello. Ese debut gratuito en 1917 fue el inicio de una carrera que duraría más de seis décadas y que produciría más de 100 películas.

Pero Sara no lo sabía en ese momento. En ese momento era simplemente una mujer joven sin familia que había encontrado un lugar donde le dejaban entrar. Los primeros años Sara alternó el cine con el  teatro. Se integró a la compañía de comedia selecta del teatro Virginia Fábregas, donde desarrolló su habilidad natural para la comedia y para imitar el acento español.

Recorrió el país con distintas compañías teatrales: Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey, Veracruz. Incluso hizo giras por Centroamérica. Era la vida nómada e incierta del Teatro Popular Mexicano de las primeras décadas del siglo XX. Dinero irregular, hoteles modestos, funciones en teatros a veces a medio llenar, pero Sara tenía algo que el teatro le daba y que ningún otro trabajo hubiera podido darle.

Pertenencia, comunidad, un lugar en el mundo. Fue durante una de esas giras teatrales donde conoció a Fernando Iváñez Carranza, actor también, guapo, carismático, con esa facilidad de trato que tienen los actores que han pasado años aprendiendo a conectar con el público. Se enamoraron con la intensidad de dos personas que viven juntas la adrenalina de los escenarios.

Se casaron en 1918 y el 15 de enero de 1920,  durante la luna de miel en el hotel Bola de Oro en Tepic, Nayarit, nació la única hija de Sara García. Se llamó María Fernanda Iváñez. El matrimonio duró aproximadamente 3 años. Fernando le fue infiel con una actriz y empresaria española llamada Elvira Morla.

Cuando Sara lo descubrió, no hubo segunda oportunidad, no hubo negociación, no hubo escenas prolongadas de súplicas y perdones. Sara García tomó a su hija, salió de esa relación y no miró atrás. Así era ella, de las que cuando deciden algo, lo deciden de una vez y para siempre. Quedó sola con María Fernanda, madre soltera en el México de los años 20, cuando ese estado civil era una marca social que las familias decentes  ponían todo su esfuerzo en evitar. Necesitaba trabajar.

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