Hay un hombre de 72 años encerrado en el penal del altiplano que durante 5 años fue la ley en Tabasco. No una figura de la ley, la ley, el secretario de seguridad y protección ciudadana del Estado, el que mandaba sobre cada policía, cada patrulla, cada operativo, cada detención, el que decidía a quién se perseguía y a quién se dejaba en paz, el que tenía las llaves de todas las puertas.
Y mientras tenía esas llaves, mientras se sentaba detrás de un escritorio con el escudo de Tabasco a sus espaldas y daba órdenes a miles de policías estatales mientras firmaba documentos oficiales con membrete del gobierno y mientras asistía a reuniones de gabinete con el gobernador y posaba para las fotos institucionales. Este hombre dirigía al mismo tiempo una organización criminal llamada La barredora, que operaba bajo el paraguas del cártel Jalisco Nueva Generación.
Reclutaba policías estatales para su banda, los mismos policías que el estado le pagaba para que protegieran a los ciudadanos. usaba los registros de exconvictos del sistema penitenciario estatal, registros a los que solo él tenía acceso como secretario de seguridad para localizar a presos recién liberados y obligarlos a trabajar para su organización.
Robaba combustible de los ductos de Pemex, que cruzan tabascos usando infraestructura y vehículos del gobierno. Cobraba piso a gasolineros, amenazándolos con la misma policía que supuestamente debía protegerlos. secuestrabas personas que aterrorarizanos sanas que por destado durante años usan secretaría de seguridad extorsionaba empresarios con la amenaza de fabricarles cargos criminales desde la propia fiscalía traficaba migrantes centroamericanos por las rutas que su propia secretaría, se suponía debía vigilar y desaparecía a quienes se
oponían. personas que eran sacadas de sus casas por hombres armados con placas oficiales y que nunca volvían a aparecer. El jefe de la policía era el jefe de los criminales, la misma persona, la misma cara, con el mismo nombre, con la misma firma en los dos lados del expediente, sentado en el mismo escritorio durante el día firmando órdenes de investigación y dando órdenes a sicarios durante la noche para cometer los crímenes que él mismo iba a investigar al día siguiente.
Su nombre es Hernán Bermúdez Requena. Sus alias lo dicen todo. El abuelo. El comandante Chache lo llamaban el abuelo porque a los 60 y tantos años seguía dando órdenes como si tuviera 30. Y lo llamaban comandante H, o porque mandaba como un militar, pero con la brutalidad de un narco. Fue nombrado secretario de seguridad de Tabasco en diciembre de 2019 por el entonces gobernador Adán Augusto López Hernández.
El mismo Adán Augusto, que después sería promovido por López Obrador al cargo más importante del gabinete federal, secretario de Gobernación, equivalente al ministro del Interior en otros países. El mismo Adán Augusto, que controló la política interna de México durante el gobierno. Cuarta transformación. El mismo Adán Augusto, que hoy es senador de Morena, uno de los políticos más influyentes del país, con aspiraciones presidenciales apenas disimuladas.
El hombre que puso a un criminal al frente de la seguridad de un estado entero llegó a ser la segunda persona más poderosa de México después del presidente. Y cuando los informes de inteligencia señalaron que su nombramiento había puesto a un líder del crimen organizado en la cúspide de la seguridad tabasqueña, en lugar de investigar, salió a las cámaras a atacar a los periodistas que publicaron la verdad.
Esa conexión política, Bermúdez puesto por Adán Augusto, Adán Augusto promovido por AMLO, todo dentro del mismo partido, todo dentro de la misma estructura de poder. Es lo que hace este caso, sea escándalo político de proporciones que todavía no se han medido completamente. Porque la pregunta no es solo qué hizo Bermúdez en Tabasco.
La pregunta es, ¿quién más sabía lo que hacía y decidió mirar para otro lado? Pero hay algo más que hace que esta historia sea todavía más perturbadora que cualquier otra que hayamos contado en este canal. Algo que tiene que ver con lo que Bermúdez estaba haciendo cuando lo capturaron, porque no lo capturaron en Tabasco, no lo capturaron en México, lo capturaron en Paraguay, en Sudamérica.
a más de 6,000 km de Villa Hermosa y no estaba escondiéndose como un prófugo asustado. Estaba trabajando, estaba intentando expandir el negocios del CJ a un nuevo continente. Estaba abriendo una franquicia internacional del crimen organizado mexicano como si fuera un empresaria, abriendo una sucursal en el extranjero con una esposa detenida en otro continente con 158 años de prisión que la Fiscalía de Tabasco está pidiendo para él con cargos de desaparición forzada que se suman cada mes y con un político que lo nombró, que lo protegió
y que ahora finge que nunca existió. Para armar esta investigación cruzamos los expedientes de la Fiscalía Especializada en materia de delincuencia organizada, los informes de inteligencia de la Secretaría Nacional Antidrogas de Paraguay, los registros de la Unidad de Inteligencia Financiera y las Actas del Juzgado de Control de Tabasco que documentan los cargos por asociación delictuosa, secuestro agravado, extorsión agravada y desaparición forzada de personas.
Y lo que encontramos es la historia más descarada e impune de doble vida criminal institucional que existe en la historia reciente de la seguridad pública mexicana. Un hombre que durante 30 años consecutivos ocupó cargos de seguridad en el estado de Tabasco, desde policía raso hasta secretario de seguridad, pasando por director de cárcel, director de policía de investigación y hasta encargado de la fiscalía y que durante esos mismos 30 años construyó paso a paso, cargo a cargo, un imperio criminal que terminó controlando cada rincón del
estado. policía, que era el criminal, el investigador que era el sospechoso, el protector, que era el verdugo, la ley y el crimen en la misma persona, sentados en la misma silla durante 30 años. Para entender a Bermúdez Requena hay que entender Tabasco, un estado del sureste mexicano rodeado de ríos y seslva, frontera natural con Guatemala, con una economía históricamente dependiente del petróleo y con una tradición política donde el PRI reinó durante décadas hasta que Morena tomó el poder con Adán Augusto López en 2018. Bermúdez no nació
en Tabasco. Nació en Mérida, Yucatán, el 30 de septiembre de 1953. Pero llegó a Tabasco joven y se incrustó en el sistema de seguridad pública del Estado como una garrapata que se alimenta de su huésped sin que este se dé cuenta. O quizás sí se daba cuenta. Quizás todos se daban cuenta, pero nadie hacía nada porque Bermúdez era útil.
Era el hombre que hacía el trabajo sucio que nadie más quería hacer. Su carrera en las instituciones de seguridad abarcó tres décadas completas, 30 años moviéndose dentro del sistema como un parásito que se alimenta de su huésped. Fue policía raso al principio, una agente más en las calles de Villa Hermosa.
Pero Bermúdez no era un policía cualquiera. Tenía una habilidad que en el mundo de la seguridad pública mexicana vale más que cualquier título universitario. Sabía leer el poder. sabía quién mandaba realmente. Sabía quién había que obedecer y a quién se podía ignorar, y sabía cómo hacerse indispensable para los que mandaban. Fue subiendo escalón por escalón.
director del Centro de Readaptación Social de Tabasco, es decir, el director de la cárcel del Estado. Un cargo que parece menor, pero que en la realidad es una mina de oro para alguien con las intenciones de Bermúdez, porque el director de un cerezos tiene aco a algo que ningún otro funcionario tiene. Los expedientes completos de todos los presos del Estado.
sabe quién entró, por qué, cuándo sale, qué habilidades tiene, qué debilidades tiene y cuánta desesperación carga encima al salir. Y Bermúdez usó esos expedientes como un catálogo de reclutamiento. Según las investigaciones de la fiscalía, cuando un preso con perfil útil estaba a punto de salir del cerezo, sicarios, extorsionadores, secuestradores, gente con experiencia en violencia, Bermúdez lo contactaba directamente.
Le ofrecía una propuesta que no se podía rechazar, trabajar para él a cambio de protección policial o volver a la cárcel con un nuevo cargo fabricado que le sumaría años de condena. La mayoría aceptaba. ¿Qué otra opción tenían? Un expresidiario sin dinero, sin trabajo, sin futuro, con un expediente criminal que le cerraba todas las puertas y frente a él el director de la cárcel ofreciéndole trabajo y protección.
La decisión se tomaba sola. Así fue construyendo, ladrillo por ladrillo, preso por preso, la estructura que después se convertiría en la barredora. Después del cerezo vino la subsecretaría de protección civil y readaptación social. Después la dirección de la policía de investigación, después fue encargado de despacho en la propia Fiscalía General del Estado.
En cada cargo que ocupó, Bermúdez usó su posición para dos cosas simultáneas. Fortalecer su red criminal y debilitar cualquier investigación que pudiera alcanzarlo. Tenía acceso a los expedientes de investigación. Sabía qué estaban averiguando los ministerios públicos. sabía quién había denunciado qué y podía manipular, retrasar o destruir cualquier investigación que se acercara a él o a sus operadores. 30 años haciendo eso.
Tres décadas de doble vida institucional, tres décadas en las que cada ascenso le daba más poder, más acceso, más controlad hasta que llegó el ascenso final, el que lo puso en la cima absoluta. El 12 de junio de 2006, cuando Bermúdez fungía como subsecretario de Protección Civil y Readaptación Social del Gobierno de Tabasco, fue detenido por agentes de la Procuraduría General de la República.
El motivo era de gravedad extrema. se le vinculaba directamente con el secuestro y asesinato de Ponciano Vázquez Lagunes. Es identificado en esos años como que principal narcotraficante de la región tabasqueña. El caso Vázquez Lagunes era una guerra entre facciones criminales por el control del territorio y Bermúdez, según las investigación, estaba metido hasta el cuello, no como investigador de crimen, que era su función como subsecretario de seguridad, sino como participante, como operador, como cómplice directo de la desaparición
y muerte de un arco rival al que quería eliminar del mapa para consolidar su propio poder criminal en la región lo sometieron a arraigo federal, un arraigo que en teoría debería haber sido el principio del fin de su carrera en las instituciones de seguridad, porque un funcionario de seguridad pública detenido por la PGR por secuestro y asesinato de un narcotraficante debería ser en cualquier sistema judicial funcional un funcionario acabado, sin futuro, sin posibilidad de volver a ocupar un cargo público marcado para
siempre. Pero esto es México y en México las cosas funcionan diferente. Las acusaciones contra Bermúdez no prosperaron. No por falta de pruebas, no porque fuera inocente, sino porque el sistema de complicidades que protegía a Bermúdez era más fuerte que la justicia. Los testimonios se desvanecieron, los expedientes se empolvaron, las pruebas se diluyeron en el pantano burocrático del sistema judicial mexicano y Bermúdez salió del arraigo como si nada hubiera pasado.
En cualquier otro país con un sistema de seguridad pública medianamente funcional, un funcionario con esos antecedentes habría sido vetado de por vida de cualquier cargo relacionado con la seguridad. Pero en México, en Tabasco, en el sistema donde Bermúdez se movía como pez en el agua, esa detención no fue un obstáculo, fue apenas una anécdota y no solo no fue vetado, fue ascendido.
En los años siguientes ocupó la dirección de la policía de investigación del Estado, el cargo que le daba acceso directo a todos los expedientes de investigación criminal en Tabasco y después fue encargado de despacho de la Fiscalía General del Estado. Decid el hombre que había sido detenido por la PGR como sospechoso de secuestro y asesinato, terminó sentado en la silla del fiscal del Estado, el sospechoso convertido en investigador, el acusado convertido en juez.
Y en diciembre de 2019 llegó el premio mayor, la cereza del pastel de 30 años de impunidad. El gobernador Adán Augustos López Hernández lo nombró secretario de seguridad y protección ciudadana del estado de Tabasco. El cargo más importante en materia de seguridad pública del Estado, el mando supremo de todas las fuerzas policiales de Tabasco.
Miles de agentes bajo su mando directo, presupuestos de cientos de millones de pesos, acceso irrestricto a la inteligencia criminal del Estado. Bases de datos, expedientes, grabaciones, informantes, todo. Acceso al armamento del estado, pistolas, rifles, chalecos, vehículos blindados, helicópteros, acceso a la infraestructura de vigilancia, cámaras de seguridad, centros de monitoreo, sistemas de comunicación encriptados, todo lo que un jefe criminal podría soñar, pero entregado en bandeja de plata por el gobierno con sueldo y prestaciones incluidas. Y desde ese
escritorio, con el escudo de Tabasco a sus espaldas, con el retrato del gobernador en la pared, con la bandera tricolor junto a su silla, con todo el aparato simbólico del Estado mexicano, rodeándolo como un disfraz. Bermúdez Requena construyó la barredora, no la construyó de la nada. Llevaba décadas preparando el terreno, pero el cargo de secretario de seguridad le dio algo que no había tenido antes en esa magnitud.
Control total, control sobre las investigaciones que podían alcanzarlo. Control sobre los policías que podían deadarlo. Control sobre las denuncias que las víctimas presentaban contra su organización, control sobre la información que circulaba sobre criminalidad en el estado. Control sobre absolutamente todo lo relacionado con la seguridad y la inseguridad de Tabasco.
Lo primero que hizo fue consolidar sus reds dentro de la propia policía estatal. Según la Fiscalía Especializada en materia de delincuencia organizada, Bermúdez reclutó activamente a miembros de la policía estatal para integrarlos a la barredora. No eran todos. No necesitaba a todos. Necesitaba a los correctos, a los mandos medios que controlaban las zonas clave, a los que manejaban los retenes en las carreteras donde pasaba el combustible robado, a los que supervisaban las zonas fronterizas donde entraban los
migrantes, a los que atendían las denuncias de extorsión y secuestro para asegurarse de que esas denuncias nunca prosperar. El resultado fue un sistema de impunidad perfecta. Las víctimas de la barredora acudían a la policía a denunciar secuestros, extorsiones y desapariciones. La policía recibía la denuncia, habría un expediente y se lo pasaba al secretario de seguridad para que coordinara la Y el secretario de seguridad era el jefe de la organización criminal que había cometido el delito.
El expediente desaparecía, la investigación se archivaba. La víctima nunca recibía respuesta. Imagina esa situación. Imagina que te secuestran, que pagas un rescate, que te liberan aterrorizado, que vas a la policía a denunciar y que la denuncia termina en el escritorio del mismo hombre que ordenó tu secuestro.
Eso es lo que vivieron cientos de tabasqueños durante 5 años. Un circuito cerrado de horror donde el verdugo y el investigador eran la misma persona, la barredora. Así bautizaron a la organización criminal que Bermúdez dirigió desde la Secretaría de Seguridad. El nombre era un mensaje en sí mismo, bardedora, porque barrían con todo, con los negocios que no pagaban cuota, con los migrantes que cruzaban Tabasco rumbo al norte y que eran tratados como mercancía, con los narcos intentaban operar en su territorio sin su permiso, con los
periodistas que se atrevían a investigar, con cualquiera que se opusiera al controlluto que el abuelo ejercía sobre el estado y la vinculación con el cártel El Jalisco Nueva Generación le daba a la barredora un respaldo que ninguna organización criminal local podía igualar. Bermúdez era el enlace entre el CJ y las instituciones de seguridad del estado de Tabasco.
Un puente de doble vía. El cártel conseguía protección policial total, operaciones sin interferencia, alertas sobre movimientos de fuerzas federales, control sobre las investigaciones que pudieran afectarlos. y Bermúdez conseguía el músculo armado del cártel más poderoso y más violento de México.
Las actividades criminales de la barredora abarcaban todo el espectro delictivo que puede existir en un estado petrolero con frontera internacional y con un jefe de policía que es al mismo tiempo el jefe del crimen. Primero, el huachicoleo. El robo de combustible de los ductos de Pemex. Tabasco es un estado petrolero.
Los ductos de Pemex cruzan el territorio como venas subterráneas llenas de dinero líquido. La barredora instalaba tomas clandestinas a escala industrial en esos ductos, no tomas artesanales con cubetas como las de los huachicoleros, pueblo, sino operaciones sofisticadas con mangueras industriales, pipas de gran capacidad y puntos de distribución organizados.
El combustible robado se vendía a gasolineras cómplices o se comercializaba directamente en el mercado negro. Las pérdidas para Pemex sumaban millones de pesos cada mes y la Policía Estatal de Tabasco, la que supuestamente debía vigilar los ductos bajo las órdenes del mismo hombre que organizaba el robo. Segundo, la extorsión sistemática a gasolineros.
Los dueños de estaciones de Masmonían la visita de hombres que se identificaban como parte de la barredora. La propuesta era simple: pagar una cuota mensual o sufrir las consecuencias: incendios, balaceras, secuestro de familiares. Los gasolineros pagaban porque sabían que denunciar era inútil.
iban a denunciar ante la misma policía que los estaba extorsionando. Era un sistema cerrado de impunidad donde la víctima no tenía a donde acudir porque el victimario controlaba las instituciones de justicia. Tercero, los secuestros, los llamados levantones que aterrorizaron a Tabasco durante años, personas que desaparecían de un día para otro, comerciantes, empresarios, ganaderos, gente guinof dinero que era secuestrada por hombres armados que se movían con la confianza de quien sabe que la policía no va a investigar, porque la policía era parte
del grupo que secuestraba. Cuarto, el tráfico de migrantes. Tabasco es corredor natural de la migración centroamericana hacia Estados Unidos. Miles de migrantes de Honduras, Guatemala y El Salvador cruzan el estado cada año rumbo al norte. La barredora los interceptaba, los cobraba cuotas de paso, los extorsionaba y en algunos casos los reclutaba a la fuerza para trabajar como halcones o como mano de obra en las tomas clandestinas de combustible.
Los migrantes, personas vulnerables, sin papeles, sin derechos, sin nadie que los proteja, eran tratados como mercancía por la misma organización que dirigía el secretario de seguridad del Estado. Y quinto, las desapariciones forzadas, el cargo más grave, el más oscuro, personas que fueron levantadas por elementos que actuaban bajo las órdenes de la barredora y que nunca volvieron a aparecer.
Personas cuyas familias llevan años buscándolas. Personas que probablemente están enterradas en fosas clandestinas en algún lugar de la selva tabasqueña y que quizás nunca serán encontradas. Todo esto lo hacía mientras era el secretario de seguridad del estado. Cada mañana llegaba a su oficina en Villahermosa. se sentaba detrás de su escritorio con el escudo de Tabasco a sus espaldas y recibía reportes sobre crimen organizado en el estado, reportes sobre secuestros que él había ordenado, reporte sobre extorsiones que él mismo cobraba,
reporte sobre robo de combustible que él coordinaba y firmaba instrucciones para que la policía investigara esos crímenes, sabiendo que las investigaciones nunca iban a llegar a ningún lado, porque el jefe de la investigación y el jefe de los criminales era exactamente la misma persona. Sentada en la misma silla.
Los tabasqueños lo sabían. Todos en Tabasco sabían quién era Bermúdez. Los comerciantes que pagaban piso lo sabían. Los policías que recibían órdenes suyas lo sabían. Los gasolineros extorsionados lo sabían. Los periodistas locales lo sabían. Y los medios nacionales empezaron a publicar informes de inteligencia del Estado que identificaban a Bermúdez como líder de la barredora.
Y cuando esos informes se hicieron públicos en octubre de 2022, ocurrió algo que en cualquier democracia funcional habría sido impensable, algo que revela el nivel de protección política que Bermúdez tenía. Los medios nacionales Reforma, El Universal Proceso, publicaron informes de inteligencia del propio Estado mexicano que identificaban a los mandos de seguridad de Tabasco, incluyendo a Bermúdez como líderes de la barredora.
No eran acusaciones de periodistas, eran informes de inteligencia del gobierno, documentos internos de las instituciones de seguridad del propio Estado mexicano que señalaban Madi que el secretario de seguridad de Tabasco era un criminal. Esto, la respuesta lógica habría sido investigar, separar a Bermúdez del cargo, abrir una averiguación.
Sí, sí, en tabasqueña, que estaba siendo gobernada por un criminal desde la Secretaría de Seguridad. Eso habría hecho que cualquier gobierno que se tomara en serio la seguridad pública. Pero el presidente López Obrador y Adán Augusto López Hernández, que para entonces ya era secretario de Gobernación, es decir, el funcionario más poderoso del gabinete presidencial después del presidente, no investigaron, no separaron a Bermúdez, no abrieron ninguna averiguación, hicieron algo mucho peor.
salieron a defender a Bermúdez y a atacar a los medios. En la conferencia mañanera del presidente, López Obrador descalificó las publicaciones como Guerra Sucia Mediática, acusó a los periodistas de querer desestabilizar al gobierno. Minimizó los informes de inteligencia como si fueran rumores de pasillo. El hombre que había nombrado a Bermúdez como secretario de seguridad de Tabasco, el hombre cuya firma estaba en el nombramiento oficial, respaldó esa descalificación.
El presidente de México y el secretario de Gobernación salieron a defender públicamente, frente a las cámaras de televisión en cadena nacional, al hombre que las propias agencias de inteligencia del Estado identificaban como líder de una organización criminal vinculada al CJN. Eso pasó en México en 2022. No en un país bananero, no en una dictadura centroamericana.
En México, en el gobierno que prometió no robar, no mentir y no traicionar al pueblo. Bermúdez no solo no fue investigado, siguió en su cargo. Siguió al frente de la Secretaría de Seguridad de Tabasco como si los informes de inteligencia fueran papel mojado. Siguió dando órdenes a miles de policías. siguió controlando las operaciones de la barredora, siguió extorsionando, secuestrando, robando combustible y desapareciendo personas.
Y siguió así hasta enero de 2024, 2 años más después de que los informes de inteligencia lo señalaran públicamente. Dos años más de impunidad protegida desde Los Pinos. Dos años más en los que los tabasqueños siguieron sufriendo las consecuencias de tener como jefe de policía al jefe del crimen organizado. Cuando Bermúdes finalmente salió de la secretaría en enero de 2024, no fue porque lo detuvieron ni porque lo investigaron, fue porque el cambio de gobierno estatal trajo nuevos funcionarios y aún así, según los reportes, Bermúdez siguió
operando la barredora desde las sombras durante meses más. hasta que las órdenes de aprensión finalmente lo alcanzaron y tuvo que huir a Paraguay. Los tabasqueños lo sabían todo desde el principio. Los comerciantes que pagaban piso lo sabían. Los policías que recibían sus órdenes dobles, la legal y la criminal, lo sabían.
Los gasolineros extorsionados lo sabían. Las familias de los desaparecidos lo sabían. Los periodistas locales que publicaban notas sobre la barredora y después recibían amenazas lo sabían. Todos sabían. Pero nadie podía hacer nada porque el sistema entero estaba diseñado para proteger a Bermúdez.
Y cuando alguien intentaba denunciar, la denuncia llegaba al escritorio del propio Bermúdez. Cuando Bermúdez dejó la secretaría en enero de 2024, sabía que las investigaciones se estaban cerrando sobre él. Los medios habían publicado los informes de inteligencia. La fiscalía estaba armando expedientes. La UIFE estaba rastreando suncentas y las órdenes de aprensión eran cuestión de tiempo, así que hizo lo que hacen los que tienen dinero y contactos internacionales.
Huyó, pero no huyó a Estados Unidos como tantos políticos mexicanos prófugos. No huyó a España ni a Canadá. huyó a Paraguay, a Sudamérica, a un país que la mayoría de los mexicanos no podrían ubicar en un mapa, un país donde pensó que nadie lo iba a buscar. Pero Bermúdez no fue a Paraguay a esconderse, fue a expandir el negocio.
Según el titular de la Secretaría Nacional Antidrogas de Paraguay, Jalil Rachid, las investigaciones determinaron que Bermúdez Requena estaba intentando instalar una célula operativa del cártel Jalisco Nueva, generación en territorio paraguayo. No estaba retirado, no estaba jubilado del crimen, estaba abriendo una sucursal internacional.
El secretario de seguridad de Tabasco, convertido en operador internacional del CJNG en Sudamérica, se mantenía oculto con un círculo íntimo reducido de colaboradores. vivía discretamente, cambiaba de ubicación, usaba teléfonos descartables, pero las autoridades paraguayas, con apoyo de inteligencia mexicana y de Interpol, que había emitido una ficha roja contra Bermúdez en julio de 2025, lo localizaron.
El 13 de septiembre de 2025, agentes de la SENAT paraguaya ejecutaron un operativo de captura. Detuvieron a Bermúdez junto con su esposa, que estaba con él en Paraguay. La esposa acostó a disposición de las autoridades paraguayas y a Bermúdez le aplicaron la expulsión inmediata. Lo subieron a un avión comercial con destino a Colombia, escala en el aeropuerto de Bogotá durante más de 12 horas, sentado en una sala de tránsito internacional con agentes custodiándolo, sin poder moverse, sin poder comunicarse, esperando el
siguiente vuelo. Después otro avión a México con escala en Tapachula, Chiapas. Y finalmente, el vuelo final al aeropuerto internacional de Toluca, capital del Estado de México. Más de un día de viaje, más de 24 horas en aviones, salas de espera y pasillos de aeropuerto. El hombre que durante 5 años fue el jefe supremo de la seguridad de Tabasco con camionetas blindadas, escoltas armados, helicóptero estatal a su disposición, ahora era trasladado como un paquete de un país a otro, esposado, custodiado, sin poder decidir
ni la hora de ir al baño. Cuando aterrizó en Toluca la noche del 18 de septiembre de 2025, agentes de la Agencia de Investigación Criminal de la FGR lo esperaban en la pista. Le leyeron sus derechos frente a las cámaras de la Secretaría de Seguridad DAT, que grabaron todo para el comunicado oficial y lo metieron en una camioneta con destino al penal del altiplano.
El secretario de seguridad de Tabasco ingresó a la misma prisión de máxima seguridad donde México encierra los criminales que considera más peligrosos del país, al mismo penal donde están los líderes de los cárteles que él supuestamente combatía desde su escritorio. el mismo sistema penitenciario que él conocía desde adentro, porque décadas atrás había sido director de la cárcel de Tabasco y había usado esas instalaciones para reclutar a los miembros de su organización criminal.
Los cargos contra Bermúdez son aplastantes en su volumen y en su gravedad. La Fiscalía de Tabasco pidió inicialmente 158 años de prisión. No es un error tipográfico, 158 años, porque los delitos son múltiples, acumulativos y de máxima gravedad. Secuestro agravado con penas que van de 50 a 100 años de prisión, según el Código Penal de Tabasco.
Extorsión agravada de 20 a 40 años, asociación delictuosa de 7 y medio a 18 años. Y en marzo de 2026 se sumó un nuevo cargo que cambió la dimensión del caso, desaparición forzada de personas. El cargo más grave que puede enfrentar un funcionario de seguridad. El cargo que dice que este hombre, desde su posición como jefe de la policía, hizo desaparecer a seres humanos, que personas fueron sacadas de sus casas, de las calles, de sus trabajos, por elementos que respondían a Bermúes y que nunca volvieron a aparecer.
que hay familias en Tabasco que llevan años sin saber dónde están sus padres, sus hijos, sus hermanos, que hay fosas en algún lugar de la selva tabasqueña con restos que nadie ha identificado. En el mismo caso de desaparición forzada se emitieron 19 órdenes de aprensión. 19. No contra Bermúdez, sino contra toda la red que operaba bajo sus órdenes.
10 personas ya están vinculadas a proceso. Los operadores de la barredora están cayendo uno por uno como fichas de dominó. El prada, el rayo, la mosca, Loky, el hombre, el gato. Alias que suenan a personajes de una película de axacción barata, pero que representan a personas reales que ejecutaron secuestros.
tortura y desapariciones forzadas bajo las órdenes directas del secretario de seguridad del estado de Tabasco. A nivel federal, la Fiscalía Especializada en materia de delincuencia organizada también tiene cargos abiertos contra Bermúdez por delincuencia organizada y lavado dinero y se habla de una posible solicitud de extradición a Estados Unidos por cargos de narcotráfico.

Si eso ocurre, Bermúdez iría a parar a una prisión federal americana. donde las condiciones son más duras que en el altiplano y donde no tiene admigos ni contactos ni redes de corrupción que explotar. La Unidad de Inteligencia Financiera del Gobierno Federal actuó con rapidez. Desde julio de 2025 bloqueó todas las cuentas bancarias de Bermúdez, las de sus familiares directos, esposa, hijos y las de las empresas vinculadas a la familia.
Las investigaciones detectaron operaciones inusuales y posibles esquemas de simulación fiscal que se usaban para lavar el dinero generado por las actividades criminales de la barretora. Sus hijos presentaron amparos para recuperar el dinero bloqueado. Un tribunal de apelación confirmó que los recursos seguirán congelados.
No hay dinero accesible, no hay propiedades disponibles, no hay cuentas activas, todo está congelado, embargado o bajo investiga. El patrimonio que Bermúdez construyó durante 30 años de doble vida, 30 años cobrando sueldo como funcionario público por un lado y millones de pesos de actividades criminales por el otro, se evaporó en cuestión de semanas.
Todo confiscado, todo bloqueado, todo perdido. A junio de 2026, Hernán Bermúdez Requena lleva 9 meses en el penal del altiplano. Tiene 72 años cumplidos. Está vinculado a proceso por cuatro delitos de máxima gravedad. Le negaron el amparo contra la prisión preventiva, el recurso legal que era su última esperanza de salir mientras durara el juicio.
Le negaron la libertad en cada audiencia donde la solicitó. Le bloquearon todas las cuenentas bancarias. Le detuvieron a la esposa en Paraguay, separándolo de la única persona de su círculo íntimo que lo acompañaba. Y la fiscalía sigue sumando cargos. Cada mes aparece un nuevo delito, un nuevo expediente, un nuevo testimonio de víctimas que por fin se atreven a hablar ahora que el abuelo está detrás de las rejas.
La vida en el altiplano para un hombre de 70 y 2 años es particularmente cruel. El penal no fue diseñado para ancianos, fue diseñado para narcos jóvenes y violentos que necesitan ser contenidos. Las instalaciones son frías. El altiplano está a 2600 m de altitud en el valle de Toluca, una de las zonas más frías del centro de México.
Las mañanas son gélidas, las noches son peores y un hombre de 72 años siente ese frío en los huesos de una forma que un preso de 30. No, la comida es institucional. Bandeja de plástico, horarios fijos, menú repetitivo. Nada que ver con los restaurantes de Villaosa, donde Bermúdez cenaba mientras era secretario de seguridad.
Los horarios son impuestos, despertar, comidas, patio, encierro. Nada que ver con la libertad de un hombre que durante 5 años decidía su propio horario y el de miles de policías bajo, sumando. El hombre que durante 30 años fue la ley y el crimen simultáneamente en Tabasco, está ahora del otro lado de las rejas que él mismo administró cuando era director del cerezo.
Las mismas rejas, el mismo sistema penitenciario. Pero ahora las rejas no se abren para él. Ahora las rejas lo encierran a él. y el hombre que reclutaba presos liberados para su banda criminal, el que revisaba uno por uno los expedientes del cerezo buscando sicarios disponibles, extorsionadores, experimentados y secuestradores con historial.
Ahora es el mismo un preso del altiplano, un número de expediente, un interno más en una celda de concreto, sin posibilidad de reclutar a nadie porque está demasiado viejo, demasiado vigilado, demasiado acabado y demasiado solo para ser útil a cualquier organización. El hombre que durante 30 años fue la ley y el crimen al mismo tiempo en Tabasco, está ahora del otro lado de las rejas que él mismo administró cuando era director del cerezo.
El hombre que reclutaba presos liberados para su banda ahora es un preso del altiplano sin posibilidad de ser, reclutado por nadie porque está demasiado viejo, demasiado acabado y demasiado vigilado. Adán Augusto López, el hombre que lo nombró secretario de seguridad en diciembre de 2019 y que lo defendió públicamente en las mañaneras de 2022.
Es hoy senador de Morena en el Congreso Mexicano, uno de los políticos más poderosos del país, un hombre que llegó a ser mencionado como posible candidato presidencial y no visita a Bermúdez en el altiplano. No habla de él en entrevistas, no lo menciona en sus discursos. no reconoce públicamente que fue él quien lo puso al frente de la seguridad de un estado donde Bermúdez montó una organización criminal bajo sus narices.
La distancia que Adán Augusto ha puesto entre él y Bermúdez es quirúrgica, como si pudiera borrar su firma del nombramiento oficial, como si pudiera hacer desaparecer las fotos donde aparecen juntos en eventos oficiales, como si pudiera eliminar los videos de las mañaneras donde lo defendió frente a las cámaras. Y como si los 5 años que Bermúdez pasó como su hombre de confianza en Tabasco, pudieran ser borrados del registro histórico, no pueden.
Y esa es otra capa de esta historia que la hace especialmente dolorosa para los tabasqueños. Porque Bermúdez no llegó al poder por casualidad, no se infiltró en el gobierno, no engañó a nadie. Fue nombrado por alguien que lo conocía, por alguien que sabía quién era, que tenía acceso a los mismos informes de inteligencias.
Después calificó de guerra sucia cuando los medios la pregunta que Tabasco se hace y que México entero debería hacerse no es solo. ¿Cómo fue posible que un criminal dirigiera la seguridad de un estado? La pregunta es, ¿quién lo sabía y lo permitió? Y la respuesta a esa pregunta tiene nombre y apellido, y ese nombre hoy se sienta en una curul del Senado de la República.
Y mientras Bermúdez se pudre en el altiplano y Adán Augusto se sienta en el Senado, los tabasqueños siguen buscando. Las familias de los desaparecidos siguen recorriendo la selva. Las madres buscadoras de Tabasco siguen cabando en lugares donde sospechan que hay fosas clandestinas. Los comerciantes que pagaron piso durante años siguen reconstruyendo sus negocios.
Los gasolineros que fueron extorsionados siguen pagando las deudas que acumularon cuando tenían que elegir entre pagar la cuota a la barredora. Cerrar la estación. El daño que Bermúdez hizo durante 30 años no se repara con una sentencia de 158 años. No se repara bloqueando sus cuentas bancarias. No se repara encerrándolo en el altiplano hasta que se muera de viejo.
Porque los desaparecidos no van a aparecer, los muertos no van a resucitar, los años de terror no se pueden devolver, las noches de insomnio de los comerciantes extorsionados no se borran con un expediente judicial. Pero al menos hay algo. Al menos el hombre que hizo todo eso está donde debe estar, detrás de rejas.
Y cada mañana que Bermúdez se despierta en su celda del altiplano a los 72 años con el frío del valle de Toluca entrándole por los huesos, con la comida institucional que no eligió, con los horarios que no decide, con la soledad de un preso al que nadie visita, porque todos los que lo conocían ahora fingen que no existe.
Cada mañana es un recordatorio de que la barredora fue barrida. Bermúdezquena tiene 72 años. La fiscalía pide 158. La aritmética es brutal y simple. Va a morir en la cárcel. No hay sentencia de 158 años que un hombre de 72 pueda cumplir. No hay recurso legal que lo salve porque los cargos siguen acumulándose mes a mes.
No hay político que lo rescate porque el político que lo puso ahí ya fingió que nunca lo conoció y está demasiado ocupado protegiendo su propia carrera para arriesgarse a defender a un criminal confeso. Y hay algo que hace que la situación de Bermúdez sea todavía más patética, a diferencia de los grandes narcos del altiplano, el Chapo, Caro Quintero, la Barbie, que al menos tienen un legado criminal que los hace temidos y respetados dentro de la prisión.
Bermúdez es despreciado por todos. Para los narcos de verdad, los que nacieron en la sierra y crecieron en el negocio, Bermúdez es un traidor al uniforme, un policía corrupto, un funcionario que usó la placa para robar. No es un narco de respeto, es un burócrata que jugó a ser narco.
Y en el ecosistema carcelario del altiplano, eso es lo más bajo que se puede ser. El abuelo que mandaba en Tabasco hoy no manda ni sobre la hora a la que se levanta. El comandante H que daba órdenes a miles de policías, hoy recibe órdenes de un guardia que le indica cuándo puede salir al patio y cuándo tiene que volver a la celda. y los muertos a años que tiene encima, más las enfermedades que acumula, más el frío del altiplano que no perdona, más la soledad de un hombre al que todos abandonaron, pesan infinitamente más en una celda de máxima seguridad que en un
despacho de secretario, estado con calefacción, café caliente y un escritorio de caoba. La barredora barría con todo en Tabasco, pero al final la justicia barrió con la barredora y el hombre que la fundó, el policía que se convirtió en criminal, el director de cárcel que reclutaba presos, el secretario de seguridad que secuestraba y desaparecía personas, hoy está exactamente donde siempre debió haber estado, del otro lado de las rejas, solo que 30 años demasiado tarde.
30 años en los que Bermúdez tuvo placa, sueldo, escolta, camioneta blindada, acceso a todos los secretos del Estado y la protección de gobernadores que lo nombraban, lo ascendían, lo defendían y después fingían que no lo conocían. 30 años demasiado tarde para los comerciantes extorsionados. 30 años demasiado tarde para los gasolineros que perdieron sus negocios.
30 años demasiado tarde para los migrantes traficados y 30 años demasiado tarde para las familias que siguen buscando a los desaparecidos en la selfie de con palas y con esperanzas que cada día se hacen más pequeñas. Si quieres saber que otros funcionarios mexicanos usaron su cargo para dirigir organizaciones criminales desde las instituciones del Estado que debían proteger a los ciudadanos, suscríbete al canal Sis.
Ea.